domingo, 25 de diciembre de 2011

Columna vertebral

Exquisitos pepenadores
Sergio Garval
Ausencia

En el jardín
ya no se oyen los grillos,
sólo las flores
más fuertes iluminan
cual diminutos soles
que la noche devora.


Distantes ecos
de tu voz en la alcoba.

En las desiertas tardes
preñadas de tristeza
de éste mi invierno,
entumecido,
rebusco tu presencia,

donde no hallo
entre abatidos días
el exquisito aroma
del café ahora frío.


                    Jorge Iván Dompablo.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Crisol florido

Regreso del poeta
Giorgio de Chirico
       
Érase una historia


Érase una historia
que hablaba de ti cuando me miras.

Había letras inmóviles,
hombres guardianes de la nada,
melodías susurrantes,
orbes enamoradas de tu belleza.

En esta historia cabían unicornios,
princesas inimaginadas,
juglares alegres,
cánticos y danzas nocturnas.

En ella estaba y no estaba todo:
Un tiempo eterno para ser,
rabias y alegrías transformadas.

La historia era de los dos,
Tú, cálida brisa cristalina,
oculta en los silencios de mi cuerpo.

Yo, aquel jinete que cabalga el mundo
buscando trozos de tus labios...

Érase aquello que imagina
un poeta taciturno cuando sueña,
una historia
que me cuentan y es la mía
cuando tiemblo por tenerte y no tenerte
cada vez que esquivas la mirada.

                                   Francisco Daniel Alarcón Ceceña.

Crisol florido es un espacio abierto para aquellos que tengan algo que aportar en este sitio del universo de la red. Sugerencias y colaboraciones (ensayo o cuento de 400 a 500 palabras o poesía de máximo treinta versos) a nidyaareli@gmail.com

martes, 6 de diciembre de 2011

La sombrita

Quijote
Gustave Doré
En la bravura del tiempo y las sinrazones de cada día se encuentra la esencia de la vida. Solemos disponernos a las hazañas grandes las más de las horas, y éstas se pasan inclementes e impacientes sin que llegue la hazaña tan ansiada. Si la vida es sueño, ¿qué será la muerte? Sueño también, dice el gran Unamuno. Y de entre sueños se yergue la existencia sin más antesala ni más colofón que la nada. Usurpando a la existencia un pedazo del sedal de la tela que urde, tejemos la nuestra, microscópica entre las existencias todas que no fueron, son y serán…
       El alma, poblada de cuestionamientos, temores insomnes y aflicciones robustas, se nos escapa del cuerpo en la espera, y pues la espera no rinde frutos, y tan egoísta es la espera como lo nefando de la misma. Se aboga por lo elaborado y sublime tanto como por la simplicidad, aunque claro está que lo sublime suele ser simple pues, ¿no son los extremos caras de un mismo ente? En la turbulenta, osada, o pacífica beatitud de lo que es, navegamos, airosos unas veces, ansiosos otras; o naufragamos sin más consuelo que un poco de sol en los días nublados.
       Buscamos la brisa cálida en un remanso de consuelo que no existe o, ¿acaso alguien ha visto el paraíso? El edén no existe sino en cada sustancial corazón que lo inventa y lo recrea para consuelo propio. Y puesto que las imprecaciones y sinsabores del osado mundo nos abruman de vez en vez, no queda más que respirar el aire ocioso y enervante de la vida, pararse al sol frente al horizonte y empezar de cero. En la renovación del esfuerzo, la avidez de lo simple y la espera que es también la esperanza, está el lenitivo del alma. Y porque la vida es sueño soñemos proezas homéricas, recobremos el aliento lanza y adarga en mano, y no importa que tan oxidadas estén nuestras armas, no se olvide que cual quijotes, siempre podemos arreglarlas con un poco de cartón o lata, que de vencejos viejos con que arreglar las armas están llenas las calles de esta ciudad y de este mundo.
       Si resuella el corazón hay que atizarlo, cantémosle una canción y ¡a la batalla!, que guerra es la faena del día, y pues que de faenas y batallas y alguna ramplonería se suceden las horas, ¡a resollar, y suspirar, y guerrear y morir, morir y soñar!
Nidya Areli Díaz.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Columna vertebral

La muerte de Casagemas
Pablo Picasso
La muerte es, según la Biología, la cesación de la vida; sin embargo, ésta cumple a un mismo tiempo la función de alimento para otros seres y sirve también para dejar espacio a que nuevos organismos participen y evolucionen en la vida. La muerte, asimismo, es una de las grandes interrogantes que se ha planteado el ser humano desde sus orígenes como sociedad y, de igual modo, como individuos, llega un momento en nuestras vidas en el que nos hacemos conscientes de ese acontecimiento ineludible.
       Tratar de concebir la propia muerte resulta una tarea extenuante y por demás dolorosa si se lleva a cabo con honestidad. Así, ésta es uno de los grandes temas que la literatura y las artes en general abordan en un intento por explicar, o al menos tratar de acercarnos en un plano emocional a lo inexplicable. Miguel de Unamuno expone en el prólogo a su novela Niebla su concepción de la existencia la cual cobra sentido a partir de la existencia de todas aquellas personas que nos conocen y de algún modo nos dan vida al soñarnos. En ese mismo prólogo escribe refiriéndose a la muerte y a la existencia “[…] se me han muerto los míos, los que me hacían y me soñaban mejor”. Ésta, supongo, es una de las razones por las cuales nos duele la pérdida de alguien cercano, pues al irse se lleva una parte de cada uno de los seres que le conocíamos; sin embargo, no hay que olvidar que la muerte aunque dolorosa, es parte de la existencia misma y en un plano más general o cósmico, en el sentido del orden que guarda todo en el universo, estamos hechos de polvo de estrellas y somos parte de una totalidad y si en un sentido hay una pérdida con la muerte, en el otro, podemos llegar a alcanzar la inmortalidad a través de los otros como lo escribe Borges en su poema “Inscripción en cualquier sepulcro” del libro Fervor de Buenos Aires “ […] Lo esencial de la vida fenecida/ -la trémula esperanza, / el milagro implacable del dolor y el asombro del goce- / siempre perdurará. / Ciegamente reclama duración el alma arbitraría/ cuando la tiene asegurada en vidas ajenas, / cuando tú mismo eres el espejo y la réplica/ de quienes no alcanzaron tu tiempo/ y otros serán (y son) tu inmortalidad en la tierra”.
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Encuentros

El viaje por el océano
Cristina Alejos Cañada
                                    ABANDONO

Son estas notas en mi libreta
sin sentido
delatoras
de un retiro tormentoso
cuántas cosas olvido
en las calles abandonadas
intento
beber del tiempo
sus gotas dispersas
las siento todas mías
enferma está la tierra
cálido invierno
a dónde voy
si después no existo
abandono    
porque vivo
entre sombras
permanezco callado
y aunque desaparezca
el fuego
siento amor
de los sueños escapa
                                     no le pertenece
                                     nada de este mundo
                                     parece absurdo
                                     esperar otro día 
                                                                       la sentencia del sol
                                                                       perseguir su destierro
                                                                       sin penitencia
                                                                       morir.                
                                                                                            
                                                                                                  Frank CasPe.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Crisol florido


Mesoamérica
Ernest Descals

¿A qué sabrá la muerte? 

¿A qué sabrá la muerte? —Pregunta Ausencio cerrando los ojos—. Genaro dijo que sabe un poco como el ajonjolí y el frijol… Ya ves, cuando el Comisionado Izquierdo le baleó, le reventó todita la vena del hombro derecho, hizo un reguero de sangre por todo el salón “Faisán”, estuvo doce días sin despertar, inconsciente, y otros siete sin hablar, como idiota, clueco, ido y venido de una tierra de espanto sin porvenir, no fue hasta que mamá Juvelina vino y le dio una pastita de peyote raspado cuando Genaro despertó como si el mismo Lucifer le hubiera pateado en los meritos tanates... —Cállate—, exige Esther. — ¿Tienes miedo?—, le inquiere traviesa mientras deposita un beso flaco y flojo entre los albinos  labios  del   casi-niño-muchacho.     No, ¿cómo crees?, ya habíamos quedado—, dice muerto de miedo. —Si no te gusta, voy sola—, agrega con astringencia, garbo azul y desmembrado. —No me gusta…, pero lo voy a hacer, quiero intentarlo—. El pinchazo en la vena, la inyección de un afluente lánguidamente dorado, letal —Sólo treinta segundos, eh, por favor—, profiere el joven con estupor en la boca. —En la película fue más…, pero como gustes—, remata la mujer con algo de consternación y tedio.
       El miedo se metió en sus carnes, un temblor incapacitante le cosquilleaba atrás del riñón, el mundo se comprimió en un vaso convexo y sepia, sus ojos errabundos por las paredes y el techo, cayó su mirada a su costado contemplando ansiosamente la jeringa del antídoto, suplicando en silencio que muy prontamente se incrustara en sus venas…, sobrevino el dolor como parca caricia, sintió un ejército de hormigas asesinas colarse hasta su corazón, puñaladas pequeñas y mortíferas en el musculo cardiaco que se constreñía temeroso y confuso olvidando su latir. Ni un quejido. Una mirada larga alcanzó el rostro prieto de Esther sumergiéndose en una oscuridad más adusta y gruesa que la de su piel. Trató de aglutinar de nuevo su dispersa atención, enfocó sus fuerzas en su lengua para detectar algún sabor en esa mórbida oscuridad…
-o-
Sus pies andaban sobre una sustancia furunculosa como arena, sus ojos ardían con el perfume de los cirios: la cera quemada, adusta; el rojo aroma del copal rascándole el lado profundo del vientre, la oscuridad tornaba a tierna luz palpitante.
       La vereda hasta hace poco ignota y gris es incendiada por gotas de fuego anaranjado ardiendo en la membrana interna del Cempazúchitl, la piel pergaminosa, erizada recio por la humedad de un altar en el que buscaba solícito los sabores de la muerte; los indaga y los reconoce en la perforación del sabor del chocolate dentro del mole; pero el picante se le esfuma antes de tocarle la lengua. El aroma de tabaco mordiéndole los ojos y la garganta como una pacificadora señal de humo de indiana. — ¡No!—, exclama al ver su fotografía flanqueada por las veladoras torvas, comprende con ingenuidad deprimida que ha pasado muchísimo más de treinta segundos desde que murió…
-o-
Esther depone la muñeca, deja de tomar el tiempo, pasan tres minutos, luego cinco y ella sigue inmersa en contemplar los rasgos finísimos e inertes de Herminio, coge las llaves, arroja todas las jeringas a la basura, incluso el par que para ella reservó, abandona el cadáver aún tibio de su alumno-amante-admirador, sale del cuarto con una sonrisa aguda hiriéndole los labios, sube las escaleras, inspira hondo, se arroja al vacío sin titubear. La sonrisa le hierve al atravesar el aire y, justo antes de estrellar su cabeza contra el suelo, se le fuga, al percibir atrás de las muelas, un sabor a amaranto y frijol.

Cladudio Phoenicoperus.

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domingo, 6 de noviembre de 2011

La sombrita

Divina misericordia
Ricardo Olvera Jiménez

El hombre que hace, lucha, defrauda, persigue, comprende, piensa, propone, remueve, bendice, redime, compra, sabe, presume, instaura, tiene, blande, define, exime, juzga, perdona, emprende, vaga, dice, lamenta, come, besa, deposita, previene, hiere, suspira, asalta, deduce, especula, mata, distorsiona, decepciona, magnifica, inventa, renueva, presta, invierte, cobra, defiende, especifica, influye, sonríe, entretiene, paga, mira, ignora, tropieza, llora, tima, baila, seduce, construye, suelta, sostiene, puntualiza, se divierte, respira, camina, duerme, calla, opina, se levanta en armas, sueña, delata, brinda, disfruta, envejece, convive, desea, logra, odia, desprecia, todo hombre, en fin, dirige siempre sus pasos, a la tumba.
       Por ello, lo mejor es no abstenerse: haga el amor, luche por sus ideales, defraude al embaucador, persiga la chuleta, comprenda a sus seres amados, piense a menudo en el mundo más allá de sus ojos, proponga soluciones a los problemas que nos importan a todos, remueva de su vida las malas pasiones, bendiga al bueno, redima al malo, compre sólo lo que necesite, sepa usted un poco de todo, presuma sólo al presuntuoso, instaure un día especial cada día, tenga bondad para con los semejantes, blanda la espada ante la injusticia, defina el amor a menudo, exima a sus deudores, juzgue al juez, perdone de corazón, emprenda diversas empresas, vague por el mundo con sus pasos y su alma, diga lo que piensa, lamente sus errores, coma frutas, bese a la gente que se encuentre en la calle, deposite la basura en su lugar, prevenga un cáncer evitando los corajes y la comida procesada, hiera al truhán pero de frente, suspire con las canciones ochenteras, asalte al acaparador, deduzca las verdades sobre los misterios del universo, especule en la cantidad de sonrisas que puede brindar cada día, mate el aburrimiento, distorsione en buenos los malos actos, decepcione a sus enemigos, magnifique a sus amigos, invente nuevos motivos para ser feliz, renuévese a usted mismo, préstese atención a menudo, invierta su tiempo en estar en paz, cobre las deudas de caricias y besos, defienda al pequeño, especifique las cosas que le gustan y las que no, influya al influyente, sonría al triste, entretenga al deprimido, pague sus deudas, mire a su alrededor, ignore al prepotente, tropiece para aprender, llore para desahogar el espíritu, time al mentiroso y luego ríase de la travesura, baile sin música, sedúzcase frente al espejo, construya una fantasía, suelte las penas, sostenga sus ideas, puntualice en los verdaderos problemas, diviértase sin medida, respire correctamente, camine mucho y erguido, duerma lo necesario, calle cuando no sepa, opine si se justifica, levántese en armas cada día con la adarga de la justicia y el escudo de la razón, sueñe en positivo, delátese ante usted mismo si está mal, brinde por la vida, disfrute el sol, envejezca con dignidad, conviva con las personas y con usted mismo que también es persona, desee la paz mundial y el cese de la hambruna, logre la dicha de vez en vez, odie el fraude y la injusticia, desprecie la desigualdad y llegue con luz a la tumba.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 30 de octubre de 2011

Columna vertebral

Ausencias presentes II
Guillermina Rivas

Despierto en la madrugada, aunque el cuerpo y el calor de la cama me piden permanecer acostado un rato más, un resorte en la conciencia me catapulta primero a las pantuflas y luego a la regadera. Templo el agua sólo lo suficiente para no enfermar. Un rato después me cercioro, en el momento de salir de casa, de llevar conmigo el boleto de autobús, ya en la terminal hago fila unos instantes en el frío de la mañana antes de abordar y emprender el viaje. De camino, al levantarse la neblina, la ciudad comienza a hacerse presente y me obsequia un poco de trafico como última postal.
       Hace años que debí hacer este viaje. Siempre, sin embargo, encontraba un pretexto para evadirlo: el trabajo, la escuela, el dinero. Ella, cuando aún estábamos juntos, me decía que yo era de las personas que para salir a la calle necesitaba ir provisto incluso de un paracaídas. Ahora el viaje es impostergable, mi linaje se extingue… Así, mientras espero todos los días con ansiedad y terror la noticia de la muerte de un familiar que esta desahuciado desde hace varios meses, recuerdo cómo en sólo un par de años, tres más se han ido. Ellos que fueron una coordenada geográfica en mi alma han dejado desierta una parte muy honda de mi vida. No están y para siempre será así, por eso viajo, el pretexto ahora es llevarles flores, ya que todo el mundo lo hace, en realidad voy porque quiero ver con mis ojos, que ahora son también los suyos, esa tierra mítica en mi imaginación que tantas veces me negué a conocer. A mi llegada a la que fue su casa me encuentro con un patio abandonado, la yerba está crecida y los limones y limas pueblan con su color y aroma ese territorio virgen para mí al que me entrego. Por fin estoy aquí, les digo, y mi voz resuena por todos los rincones, salgo a caminar por el empedrado de las calles; voy a la plaza y los árboles centenarios me parecen fascinantes, casi puedo sentir su presencia, alguna vez mi horizonte fue también el suyo. Busco a los enamorados en el kiosco, imagino a las muchachas caminando en un sentido y a los chicos en otro, reconociéndose. Observo al otro extremo de la plaza a una mujer que empuja una silla de ruedas en la cual va un señor delgado con gorra de piel, que conversa animado con ella. Me digo que son ellos, que siguen aquí…
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 16 de octubre de 2011

Crisol florido


Biscie d'aqua
Gustav Klimt

Sábado en la tarde, solo, la tarea escolar me espera en mi escritorio, amenazante recordatorio de un deber aún no hecho. En tanto, afuera, en lo alto, el manto celeste se ha encobijado de lana gris y me regala con refrescantes y líquidos diamantes que se estrellan en el cristal de mi ventana y que van tomando un ritmo de bossa que recuerda Bahía y El Corcovado. Mis sueños despiertos se encaraman por las notas de la guitarra de Jobim que se derraman por los bordes del cristal en una cascada de música líquida y refrescante. Las notas del bossa nova hacen que mis pies dancen acompañados por personajes insólitos y brillantes que se van formando de los destellos de colores que lanzan las gotas al romperse contra el cristal. Incluso las montañas de nubes han comenzado a teñirse de colores, ríos de colores que fluyen en vertientes psicodélicos: rosas fulgurantes, azules rutilantes, rojos insólitos, amarillos asombrosos.
       Todo se transforma, el cielo confabula para construir poesía. Poesía colorida y fluida que llega a mí en forma de música que destila miel y sensualidad: es la voz de Astrud Gilberto que me envuelve, penetra a mi interior y me hace brillar. Meditación y sus sonoros bajos despiertan mi ánimo dormido por la Didáctica del español y hacen que mis pensamientos deriven a un mar verde esmeralda distante y prístino, como recién creado, sin mácula aún, como en el primer día del mundo.
       De algún lado del cosmos se desprende y viene directo a mí una boca femenina, de labios bermejos, carnosos, húmedos, brillantes. Los labios se mueven y dicen palabras que aún no oigo pero que entiendo perfectamente, mis sorprendidos ojos danzan con lentitud al compás de la corriente de armonías que se desparraman de esa boca grande y sensual. Poco a poco sus trinos se hacen más claros y fuertes: es la sensual boca de Gal Costa cantando Dindí.
                                             Ai, Dindí
                                                            Se soubesses o bem que eu te quero
                                                            O mundo seria, Dindí, tudo, Dindí, lindo, Dindí
                                                            Ai, Dindí
                                                            Se um dia você for embora me leva contigo, Dindí
                                                            Olha, Dindí, fica, Dindí...
Berto Naviera.

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domingo, 9 de octubre de 2011

La sombrita

Con el silencio y los cerros
Cecilia Revol

El silencio camina despacio, pausado y sin muchas vanas pretensiones, anda con su túnica vestido de mesurados pasos.
       El silencio es un sol silente, una sombra que lo cubre todo, un atiborrado desmenuzar de andanzas y brisas, una cuajada madrugada de perlas en el cielo.
       El silencio es un invasor del ruido, lo invade todo como manto eterno y etéreo, es un néctar que bebe y embebe lo absoluto, un trote ligero y taciturno, un soplo cuadrado que se mete entre los costados, que finiquita al hombre, a la bestia, al vegetal.
       El silencio es la larva arrebujada y sonámbula, es una célula autótrofa que se vasta sola para sólo lo que ella decidiera y quiera, es un obstinado y melancólico hado, un salpullido de pequeñas gotitas de nada, una inconmensurable grandeza callada, un invisible repujado en madera de un árbol manco y obcecado.
       El silencio es un canto que danza en la muerte, una pequeña y acomodaticia claraboya en medio de un inusitado lienzo blanco.
       El silencio es un despertar en la parca soledad del desierto, en el hielo más quimérico, más sortílego, más sacrílego, más intrincado, formado de estalactitas y estalagmitas infinitas y silenciosas.
       El silencio es un rugido que se siente en el alma como machete horadador de cabezas nefandas, es la causa perdida del revolucionario resignado y cabizbajo, es el onírico suceso en medio del griterío monstruoso de todos los días, es la pierna enraizada de la noctámbula araña, es un juego de dichas y desdichas crónicas, una elevada y rauda certidumbre, un descalabro creciente y ardiente, una muela descalza que lo perdona todo pero no lo dice, un inacabado deambular de constelaciones infinitesimales y animales y bestiales y silentes.
       El silencio es una oscuridad que deslumbra, una ociosidad que embelesa, un embalsamado sitio de internet, una punzada que solaza ampliamente a las neuronas, un pan incomible que no consuela, una constante llama fatua, un chilladero de pájaros perdidos en la oscuridad de la conciencia inconsciente, un mastuerzo con torvo espinazo y acre sabor, una palabra cegada, una bandeja de olvido, un rosario contenido, un Dios-mío en las entrañas pausadas y denodadas, una aglomeración atormentada, una bravura de orquídeas rozagantes y tristes, un pulular de insectos desconocidos y fértiles, una fuente en el Hacedor incontenible e inmensa.
       El silencio es la caricatura escueta de la existencia, el enfermizo rumiar de las horas, la fatiga llana, la voz crepitante, los ríos que no corren y, estancados, mueren.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 2 de octubre de 2011

Columna vertebral

Nabucodonosor
William Blake

El viejo se levanta de la cama trabajosamente, lo mueve un inaplazable deseo de orinar, sin embargo, considera cada movimiento antes de llevarlo a cabo, sus pies descalzos exploran el pasillo con una incertidumbre absoluta; concentra toda su atención en dicha labor, pues pretende estar listo para reaccionar ante el más impredecible obstáculo. La memoria le falla desde hace varios años, por eso, conforme se acerca al cuarto de baño aligera sus pasos presintiendo algún mueble fuera de su sitio. Este acto, tan cotidiano en su vida, se ha convertido conforme pasa el tiempo en toda una aventura. Así, al llegar a la puerta de aquel, con los dedos cada vez más torpes de su mano derecha, gira el picaporte, avanza un pie… el roce del mármol húmedo le provoca una explosión de ansiedad, ésta es el resultado de su temor a resbalar y caer en cualquier momento. En la oscuridad palpa la pared en busca del interruptor que por fin logra encontrar, lo acciona y la luz blanca ciega por un instante sus ojos, poco después acaricia la pequeña cicatriz que lleva en la barbilla, al mismo tiempo que en el espejo se proyecta la figura de un ser desconocido de ojos amarillos y marchitos, al verlo cara a cara le surge de inmediato la pregunta: — ¿Quién es IVTC? —. El otro, con la mirada triste, no le responde; se limita a sonreírle de forma grotesca. Para tratar de quitarse el sabor amargo que ha dejado la interrogante en su boca, cepilla minuciosamente la poca dentadura propia que aún conserva. Minutos más tarde, al terminar dicha tarea, acomoda cada objeto en su lugar y vuelve al pasillo, pero esta vez emprende el viaje hacia su alcoba con decisión. Avanza hasta encontrarse frente a una mesa antigua de madera apolillada, allí lo aguarda una agenda telefónica, en la hoja frontal esta escrito IVTC 75 64 41… El anciano, se repite en voz alta estas letras y el número hasta el hartazgo, entonces, con rencor, arranca el papel haciéndolo una bolita que finalmente arroja al cesto de basura, sin embargo, ésta pega en una orilla y cae al piso. Furioso la recoge para depositarla junto con las otras que yacen en el fondo.
       — Cadáveres. Eso son —, berrea — sólo cadáveres —. Es entonces cuando una punzada debajo del ombligo le recuerda que ha olvidado orinar y dirige sus pasos tardos, nuevamente, hacia el baño…

Jorge Iván Dompablo.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Encuentros

El músico
Georgína Etcheverry

La luz ya no entra por mis ojos

Esta vez decidí quedarme a escribir una canción, el público a través de las redes sociales se ha vuelto algo exigente, necesitan algo de mí, en general me da la impresión que devoran cuanta información encuentran por la internet, todo es mediático. Algunos colegas basan sus estrategias de publicidad mediante la proyección de videoclips por demás portentosos, otros se dedican a abogar por las causas sociales, se toman fotos en la colecta semanal de basura de la zona en la que viven, la suben a sus perfiles, anexan un comentario, editan la imagen en photoshop por si existiese una imperfección que les delate la calvicie, las arrugas o el sobrepeso: publicaciones intranscendentes.
       Me sugirieron algunos colegas que realizara un concierto masivo en el centro de la ciudad, pero la verdad es que también he venido analizando mi probable retiro, han sido muchos viajes, ya probé casi de todas las comidas posibles, qué decir de la cantidad de mujeres con las que he compartido noches y amaneceres. No creí mencionarlo algún día, pero la verdad estoy cansado, es hora de quedarme con la guitarra en un ambiente más íntimo, el resto del día me la pasaré aferrado al sonido que se produce al pulsar con los dedos las cuerdas, ocultaré la voz. Tengo mucho ruido en la cabeza, las ideas huelen a nostalgia y la luz ya no entra por mis ojos.
       Esta nueva melodía pretende hablar de mi estado de ánimo resultado de las sumas de los años, estoy contento en general pero hay un dejo de tristeza a pesar de los triunfos obtenidos a lo largo del tiempo, siento como cualquier humano un hueco, en el caso mío viene del corazón, es éste el momento donde quisiera estar rodeado de una familia y, en lugar de abrazar un instrumento musical, preferiría la discusión después de la cena con una esposa y un par de hijos: me estoy haciendo viejo…
       Esto es lo que soy
mis manos tocan el viento
a donde viaja voy.
       Iré a dormir, no me gusta el resultado de la letra, evaluaré para mañana si decido sacarla a los medios o la trabajo por un rato más, aunque también me pregunto si la gente se conformaría con un producto mediocre para justificar la ausencia de los reflectores, valdrá la pena escuchar opiniones de los amigos antes de decidir o, en definitiva, la otra opción es dejar pasar más tiempo y optar por el olvido.
Frank CasPe.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Crisol florido

Apocalipsis
José Maniscalco

¿Hasta dónde llegará la vista del hombre? La mayoría de las veces al centro del universo, al fin del mundo. Pero qué lugar será ese, en la antigüedad se contaban historias sobre el último borde de la tierra, dónde abundaban los animales horrorosos e inimaginables, las sirenas cautivadoras, el temor y la muerte; porque de un sitio así no habría retorno posible salvo la locura. Con el descubrimiento de América se vinieron abajo todos esos mitos pero no la idea de encontrar el lugar preciso, entonces el fin se tornó centro a pesar de Copérnico o por él mismo. Toda materia existente tiene un centro y la humanidad se precia de existir porque piensa, dicen… por lo que sea que fuere: Porque el hambre aprieta, porque es innegable la belleza de Juan Perez Manzano, famosísimo; porque mañana si no se paga la renta habrá consecuencias; porque… «Porque esto a nadie trae cuentas e igual lo escribes; porque no hace falta pensarlo mucho para saber que yo soy yo y no la señora de los tubos que se para en la esquina esperando la basura.
       Yo ¿quién soy yo? El universo es infinito y de mí hacia todos sus límites la distancia debe ser por lógica: Igual. Destruí la casa vieja porque no la necesito. Los animales, las pequeñas plantas, todos los recursos del planeta están a mi servicio. Hace mucho tiempo me cansé de recolectar frutos y de cazar mi alimento, me hice sedentario. Yo hablo desde entonces y me encanta mi voz, es tan… versátil, dormirías en mi regazo tranquilamente si escucharas mis canciones de cuna; todos los enemigos recelan mi fragor, todos. Yo pinté sobre muros de piedra, levanté montañas y cerré mis ojos y cerré mis oídos y cerré tu boca. Yo acaricié la redondez del globo, le puse dos caras a la moneda para jugar al azar, aunque la suerte no exista yo inventé los monociclos, me divertí un tiempo pero… me cansé de hacer las cosas, soy un ser sensible y delicado, es mejor que trabajen las máquinas por mí. No soy una máquina, ni estoy al servicio de nadie, que quede claro. Yo soy quien subió el queso a la luna carcajeándose con el chiste de la oferta y la demanda, pero… me aburro.
       Yo estoy abajo y arriba, inventé la jerarquía porque desde la infancia me aficioné a derrumbar torres ¿me recuerdas? ¿Quién soy yo? Con frecuencia se me olvida, pero…» Pero una cosa es existir y otra muy distinta estar de acuerdo, de otro modo cómo se explica el continuo afán por que todo termine. Si se lee una novela muchos se saltan el medio por el final, en lo que podría pasar por un arrebato de curiosidad; pero si consideramos las telenovelas, todos conocen su final y no por eso se lo pierden, salta a la vista que el móvil no es la curiosidad sino el final en sí. De no ser las profecías de Nostradamus, son las mayas (aunque ellos ni lo hubieran considerado); o qué tal las fechas curiosas como el 6 del 6 de 2006. Otros son más prácticos, no se fían de mitos y están decididos a terminar con el mundo con sus propias manos; derraman petróleo, talan bosques, tiran basura por las calles… ¿Seremos felices para siempre?
María de Jesús Gómez Lazos.

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domingo, 11 de septiembre de 2011

La sombrita

Femme fatale
Karl Bang

Un tal Romilo Croronte, de quien habla Herodoto en su libro histórico aún no hallado, el de Ilustrísimos prehistoriadores de la antigüedad, narra, según el padre de la Historia, que en cierto país de las antiguas ciudades matriarcales, una peculiar gobernante, que murió bajo el yugo auto-infligido del suicidio, fue enterrada en una tumba ya desconocida en tiempos de Croronte, con las más suntuosas exequias y bajo el llanto amargo de no pocos de sus amantes. Se dice que a sus funerales llegaron toda clase de príncipes e ilustres personajes del sexo masculino, llorando todos por la misma dama. Se desgarraban los hombres, sin importarles el peso de sus títulos ni la dignidad de su hombría, en una letanía de berridos y chillidos de la que hablaron no pocas generaciones después del suceso. Llegaron, dice Herodoto que refiere Croronte, del medio y lejano Oriente, de la isla lejana de los Atlantes y, de una muy remota tierra donde se acostumbraba derramar la sangre de las hermosas vírgenes en honor de los dioses. 
       Es un verdadero misterio cómo se propagó la fama de la mujer por todo el globo terráqueo, y mucho más enigmático aún, es el poder de seducción y enamoramiento que ejercía sobre todo tipo de hombres; príncipes y plebeyos deseaban vehementemente contraer nupcias con ella, pero, según las pesquisas del prehistoriador y, más tarde, del padre de la historia, se arroja que la gobernanta en cuestión murió sin haberse casado nunca. Hay que saber además que la mujer rehusaba, incluso, el trato con todo ser de género masculino. Sabía que, sin su deseo, todos los hombres caían rendidos a sus pies apenas les otorgaba alguna palabra de cortesía, por ello solía recluirse apartada del mundo al estudio de las artes y ciencias clásicas; no obstante, hasta su soledad llegaban los enamorados que, más instados aún por la renuencia de señora tal al trato con el mundo, se las ingeniaban para arribar hasta ella y caer rendidos de amor y a sus delicadas plantas.
       Harta de su némesis, sabiéndose la causa de la desgracia de muchos individuos de todas clases, así viciosos como virtuosos, bondadosos y malvados, insignificantes, célebres y, en fin, de todos tipos y condiciones, decidió darse muerte. Colgóse de una torre muy alta visible a muchas leguas de distancia. Los amantes, venidos en legiones desde todos los puntos de la rosa de los vientos, miraron desde allí, su fantasma aún colgado.
       Resulta difícil en estos tiempos imaginar una criatura capaz de imbuir tal hechizo sobre la rapiña escrupulosa de los hombres. El hombre con su genio, con su adarga, con su automóvil deportivo, con su perfecto dominio sobre un mundo en decadencia. Sin embargo, Lou Andreas Salomé, alumna de Freud, embrujó sin miramientos ni dificultades a Nietzsche tanto como al poeta Rainer Maria Rilke, a quienes además, se dio el lujo de despreciar…
       La Marquesa de Chatelet murió en gracia de Dios a lado de su marido el señor Marqués; del intelectual más prestigiado de la época, nada menos que Monseur Voltaire, amante de la aludida con el consentimiento del señor Marqués y, un poeta de obra desconocida llamado Jean François de Saint Lambret, que había robado el corazón de la dama en los últimos años. 
       Hay que agregar, además, que las mujeres en cuestión se destacaron no poco en diversos ámbitos de las ciencias y las artes, y creo yo, por alguna causa más allá de la calentura intelectual, gozaron el amor de tan ilustres hombres que se disputaban y derretían por ellas. Habría que averiguar si existirá hoy en día, alguna femme fatale de la ciencia y el arte que anda por el mundo rompiendo los corazones de los intelectuales cuyos tropiezos se escribirán un día en la post-historia.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Columna vertebral

Los tres pequeños cerdos
Vitor Barata

LA MUSA
(Segunda y última parte)
Después del día de ese encuentro, tuvieron que pasar varios meses antes de volverla a ver, en esa ocasión ella iba acompañada de su novio; el dibujante, en una acera, discutía con la suya, cuando estuvieron uno frente al otro se repitió aquel saludo cómplice. Luego nunca más volvió a verla, bueno, por lo menos en el plano terrenal, pues en el onírico hubo un encuentro final inquietante: ella en la oscuridad recostada e inerte como si estuviera muerta yacía sobre un montón de hojarasca, desnuda como aquella vez, sólo que ahora su desnudez era angelical en otro sentido, pues no era del todo seguro que fuese ella, era un ángel porque no tenía sexo y, a pesar de parecer muerta; su cuerpo bajo la luz del farol, que directamente la alumbraba, se veía tan suave y puro como la parafina en el instante preciso de pasar de ese liquido claro que es cuando el calor la abrasa al color opaco y suave que nos incita a moldearla con nuestros dedos cuando el calor ya no es suficiente; incluso, él estaba seguro que si de algún modo pudiera acercarse a ella percibiría esa calidez.
       A su alrededor todo estaba entre las sombras, de ellas emergieron, siniestros, tres cerdos enormes que comienzan a olisquearla, es casi seguro que terminarán devorándola, todavía no comienzan su banquete, pero es cuestión de segundos, no hay nada que hacer, tú lo sabes, pues eres él y sabes que es un sueño; sin embargo, eso no te quita la angustia que sientes. Detrás miras una vieja cabaña de madera y todavía más lejos, los árboles que van perdiendo sus oscuras hojas cuando el viento helado las cercena.
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 28 de agosto de 2011

Encuentros

El grito rojo
Carmen Luna

Ciudadano rojo

Focos rojos inundan la ciudad, se distribuyen por las calles acompañadas de portentoso sonido, crónicas de un lamento urbano. ¿A dónde huir?, se preguntan unos. ¿Cuánto tiempo más durará esta situación?, se cuestionan otros. Llego a una esquina cercana a mi domicilio, la luz verde indica seguir hacia delante, volteo alrededor antes de cruzar la calle, me asombra el hecho de hallar detenidas en el espacio a las personas y objetos, de alguna forma se terminó el movimiento de las masas. Mientras avanzo pretendo olvidar dicho suceso, no encuentro las llaves del apartamento, vuelvo a las calles, camino en reversa para intentar recordar cómo comenzó la historia de hoy, todo está como antes.
       Estoy refugiado debajo de un auto tras la explosión del restaurante en el cual solía tomar café por las noches, una camioneta con hombres armados disparan al libre albedrío, antes usaban máscaras para encubrir su identidad, ahora no tienen miedo de ser reconocidos. ¡Al suelo, al suelo! Ciudadanos cubiertos de sangre, heridos, gemebundos. ¡Ayuda! Ha pasado el peligro, y en lugar de auxiliar a los demás, las personas se disponen a grabar con sus celulares las ruinas en los rostros rojos, imágenes que serán usadas para subirlas a las redes sociales, conseguir algo de fama o dinero, salir en los periódicos y, quizá mañana también formen parte de esta calamidad.
       Entre los escombros los soldados se ocultan, la gente comienza a unirse, vestida de color blanco se reúne, avanzan antes de que el futuro decida exterminarlos, al menos tener la sensación de lucha en la piel alivia el espíritu, comienzan los gritos, reclamos y hasta poesía dirigidos a una sola figura humana, responsabilizándola en absoluto de su situación, en tanto continua su paso la mancha blanca, otros seres, ciudadanos rojos los vigilan, van directo a una hoguera sin saberlo, parece estar previsto, es el fin, comienza el incendio, el líder que los conduce se prende fuego en el cuerpo, lo siguen los demás, insisten...es el fin.
       Otra vez ha llegado el amanecer, descubro el cielo con un hermoso resplandor, encuentro mi reflejo en el baño, un poco de barba de hace dos días, mis labios secos, los ojos verdes, las líneas de expresión, lo de ayer fue una pesadilla -me repito-. Sin embargo todo sigue quieto y oscuro, ¿qué voy a hacer?, ¿hacia dónde debo dirigirme? Me visto y desayuno. Tomo un trapo, lo uso para limpiar la sangre de un rifle AK-47, también recargo el cartucho, está listo. Debajo del colchón guardaron dinero, queda muy poco, así que me llevo una bolsa con algunos gramos de cocaína para lo que se ofrezca, ¿hace cuánto que no vuelvo a casa?
Frank CasPe.

domingo, 21 de agosto de 2011

Crisol florido

La culpa de la luz
Paula Buffone

Procedimiento para paliar un rencor

El ser humano es tan intrínseco a la arrogancia como a su vanagloriado raciocinio, en su pecho pocas veces suelen cocinarse potajes tan astringentes como aquellos que se hierven en el fuego del resentimiento intestino, las causas suelen ser diversas y, ciertamente, disímbolas dependiendo del individuo aunque, según lo veo, la mayoría ―si no es que todas― detonan en la rotura de la frágil crisálida del ego por alguna afrenta de orgullo.
       Pero, ¿cómo enfrentar los embates del remordimiento? o con mayor precisión, ¿cómo paliar los efectos duros de una persona a quien hemos ofendido y nos castiga con la fustigante reata del resentimiento?
       1.- No lo tome personal: claro, es obvio que el asunto del rencor tiene sendos tintes personales; sin embargo, imagínese que se trata de un rencor de índole profesional, digamos, como aquella vez que dejó sin tóner a la oficina completa por habérsela pasando el día entero imprimiendo novelitas eróticas. Minucias en realidad. El jefe paga.
       2.- Compénselo al doble: si la ofensa es de un grado, digamos reparable, busqué a toda costa subsanarla, es más, si la repara al doble usted quedará en la posibilidad de ser tomado como un héroe en vez de un completo imbécil; por ejemplo, si usted entra medio ebrio a la cochera de casa y no se percata de que arrolla al perrito de su hija, la mejor forma de repararlo es comprándole dos perritos, o un perrito y un gato, y ya verá cómo se le pasa el enfado y gana adeptos indecibles.
       3.- Justifíquese: no importa cuán seguros estén los agraviados del escarnio o la cantidad abrumadora de pruebas que lo inculpan, siempre justifíquese empleando todos los recursos a su mano. Como cuando nalgueó a Janet, la secre del jefe, ante la mirada atónita de seis testigos y usted se justificó diciendo que padecía un horrible síndrome de personalidad múltiple y presentó la receta de su psiquiatra como evidencia de su mal. Ellos nunca se enteraron de que la sertralina es sólo un antidepresivo convencional, pero vaya excusa de campeonato. ¡Aún tiene trabajo!
       4.- Mienta y exagere: cuando los pasos anteriores no sean suficientes lleve la mentira a un nuevo nivel en el cual, ponga en un relieve tan enfático su supuesta afrenta, como por ejemplo, aquella vez que después de la llamada iracunda de su esposa reclamándole encolerizada su aparente olvido de su XV aniversario de casados, decidió pagarle a dos vagos para que le golpearan un poco a fin de fingir un asalto. Éstos terminaron mandándose al ponerle una santa golpiza, asaltándole de verdad y dejándole un balazo en el empeine que, aunque doloroso, bien sirvió para justificar el olvido arguyendo que aquellos dos rufianes le abordaron para robarle el presente de aniversario.
       5.- Emborráchese: lo cierto es que para paliar la culpa de haber sido un idiota no hay nada mejor que una buena borrachera; en realidad, el yerro le perseguirá de cerca y le recordará a menudo que es usted un desalmado, pero en estado de ebriedad no le provocará mella alguna o al menos ya no le importará tanto. Y es que en mis años de ofender a mis congéneres no he podido encontrar nada que pueda combatir el remordimiento. Salvo, claro, pedir perdón que, por cierto, nunca se me ha dado, o en su defecto, dejar de ser un imbécil, lo que me está a todas luces muy vedado. Así que como decía el buen Baudelaire en su libro de Pequeños poemas en prosa: “¡Embriagaos!”
       En fin, si usted sigue estos sencillos pasos, le aseguro que no tendrá mayor problema al subsistir y desenvolverse en esta sociedad de porquería donde no somos pocos los cretinos e insensatos.
César Abraham Vega Guerra.

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domingo, 14 de agosto de 2011

La sombrita

To be reborned
Remedios Varo

Para hallar la concentración hay que poner la mente en blanco, se debe cerrar los ojos con lentitud, respirar acompasadamente y pensar con fuerza en cada rítmica exhalación. Hay que encontrar muy dentro del pecho lo que uno buscaba en el origen, lo que uno quería aún antes de mirar la luz del mundo, hay que recordar allá, muy en lo remoto, lo que Dios nos encargó, era algo sencillo y muy directo, pero, al llegar, el mundo era de tantos y tan brillantes colores; nos llenamos de sensaciones y luego de sentimientos de todos tipos, de ideas refulgentes y acechadoras, y en algún punto olvidamos en qué consistía la tan escueta misión y… quiénes somos. Comenzamos a ser lo que nos dijeron otros, a adoptar misiones de otros, a cuidar nuestra propia imagen para no desilusionar a los otros, y la existencia perdió sentido: Dios murió.
       Ahora, para encontrarnos de nuevo, hay que cerrar los ojos y respirar muy hondo, y sentir cada inhalación como si fuera la última. Hay que dejar de pensar en los colores del mundo aunque nos deslumbren, hay que buscar en el pecho y en la mente. Al cerrar los ojos a conciencia y a contraluz, se pueden ver las paredes, la cavidad del vientre materno con su luz infrarroja del origen, cuando aún éramos gérmenes enviados por la fuerza del big bang, un dios de cosmos y estrellas y centellas en medio de la nada. Entonces, con los ojos bien cerrados, con los pulmones dispuestos a la vida, con el corazón bien colocado y presto a sentir, tal vez sea posible saber, recordar el verdadero motivo, quizá sea posible que la cavidad matriz del vientre abandonado e infrarrojo que nos sigue dentro del propio ser, nos lo recuerde.
       No se trata del Dios de las iglesias, ni del ruido y el rugido estrepitoso del mundo, ni siquiera de lo que hay alrededor. Se trata de cerrar los ojos… cerrar los ojos y recordar lo que había allá en lo remoto, cuando nos dijeron la primera vez que esto o aquello estaba mal, y a nosotros nos pareció que en realidad no lo estaba…, pero hicimos caso, y fuimos del mundo y no de nosotros mismos.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 7 de agosto de 2011

Columna vertebral

El pintor y su modelo desnuda
Eduardo Zamaicos y Zavala

La musa
(Primera parte)
La primera vez que la vio, ella estaba desnuda y se moría de frío; no hubo amor a primera vista, más bien él se preguntó cómo podía estarse quieta y aparentar esa calma celestial mientras todas esas miradas ávidas recorrían su cuerpo, o se detenían en algún punto de él: la cintura esplendida, el muslo nácar, la pierna…, en un afán algo morboso por obtener la mejor representación de ese ángel que posaba para ellos sobre una vieja mesa de roble. La mayoría eran hombres entre cuarenta y sesenta años, sólo ellos dos no rebasaban los veinte. La sesión apenas duró veinte minutos agobiantes para él, pues le temblaba la mano. Mientras veía cómo los demás sacaban el mejor provecho de aquel cuerpo altivo que durante diez minutos estuvo dándole la espalda y en los últimos diez lo miró de frente. Hubo cierto momento, mientras intentaba delinear los rasgos principales de su rostro, en que notó cierto sonrojo cuando sus miradas se encontraron, sólo eso, luego ella recuperó el aplomo y elevó sus pensamientos a alturas insospechadas. Todos los demás (dibujantes con experiencia) hicieron un esbozo general bien proporcionado y dejaron el acabado, ya sin modelo, con más calma, para después. Sólo él dibujó una mujer deforme, demasiado rígida y tosca que nada tenía que ver con la modelo. Al terminar alguien le ofreció una manta con la cual ella se envolvió mientras la dejaban a solas para que pudiera vestirse.
       La segunda vez que la vio fue ese mismo día cuando aún, algo aturdido por su fracaso ante la modelo real, dibujaba con carboncillo la mascarilla mortuoria de un antiguo grabador y ella pasó a su lado y, con una sonrisa muy cordial, se despidió de él…
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 31 de julio de 2011

Encuentros

La paranoia de Leonardo Da Vinci
Agim Meta

La pregunta
Abro los ojos cerca de las seis de la mañana, mi primer intento por levantarme; suena la alarma y la apago, diez minutos después logra su cometido al repetirse, voy al baño, regreso, luego me dispongo a disfrazarme de corredor: tenis, pants, playera deportiva y un par de sudaderas encima para no resentir el clima hoy un tanto fresco, aun está oscuro el día.
       Calentamiento previo a la sesión, estiro las extremidades para no resentir alguna lesión, quisiera llegar a los ocho kilómetros en esta pista, llevo tres semanas corriendo menos, no estoy entrenando para alguna carrera, sólo quiero correr otra distancia, sé que resistiré, además he reducido el peso nueve números abajo, me siento bien, tomo el tiempo con el reloj de mano. Inicio.
       Ya casi inician las clases. Tengo junta a las once de la mañana. Debo entregar la presentación de ventas. Aún no termino el guión de la novela gráfica, es para mediados de agosto. En la noche hay que ver a Rogelio para platicar de una propuesta. Me gusta Cinthya, la chica de las asesorías, ¿cuántos años tendrá? Yo creo unos veintitrés, tiene los ojos verdes, me agrada mucho, quiero invitarle a tomar un café. No dará tiempo si veo a Fernanda en la avenida Reforma, pospondré la cita. Y si desisto a la idea de correr tanto, quiero volver a entrenar como antes, necesito un domy para patear como antes. Mi pierna me empieza a doler. Este tramo huele a basura siempre. Hay dos pendientes en toda la pista. Doce minutos para la primera vuelta, no he bajado el tiempo. Dejé de usar auriculares. ¡Qué bonita es Cinthya! ¿Cuál era la pregunta que venía a resolver aquí?
       Una mujer me rebasa en la tercera vuelta, justo cuando vamos de bajada, intento alcanzarla durante todo el circuito pero me es imposible, lo único que logro concluir es que siempre habrá alguien mejor que yo, pero el tener a alguien que motive un mayor esfuerzo hará que sin darme cuenta haya dejado atrás a otros. Consigo reducir dos minutos la distancia recorrida. Queda una última vuelta.
       Las ideas no son claras en pleno cansancio, comienzo a respirar con profundidad, vuelve la fuerza, abandono los pensamientos por un instante...
       Llego a la meta, descanso, estiramientos finales. Tomo un periódico gratuito, lo leo y vuelvo a casa.

Frank CasPe.

domingo, 24 de julio de 2011

Crisol florido

Última cena mexicana
Gustavo Monroy

Recuerdo que cuando leí los cuentos de Dormir en tierra de José Revueltas, me quedé asombrado por la capacidad que despliega el escritor mexicano que logra colocar al lector dentro de un ambiente de terror en el que, involuntaria y forzosamente, se ve involucrado. Especialmente en el cuento llamado “Hombres en el pantano” Revueltas logra hacerte sentir asediado: asediado por un pequeño pero mortal soldado japonés, asediado por el hambre, por el sueño, por el miedo, pero principalmente asediado por la muerte. Intempestivamente “sientes” el disparo desde el fusil de un enemigo y esperas que no seas tú el alcanzado, que vivas para tener un nuevo acceso de tos o para llorar tu terror nuevamente como aquel infortunado soldado de Arizona. En un breve texto de apenas tres cuartillas, Revueltas logra colocar tres días con sus noches de enloquecedor suspenso. Aunque más bien son 4,320 minutos o más explícitamente 259,200 segundos plenos de angustiante suspenso. Así de largo es el tiempo que, como lector y como actor de la trama, te hace sufrir el escritor duranguense. Sin embargo, al cerrar el libro queda el agradable sabor de una buena lectura y la sensación de adrenalina que el autor sabe compartir con sus lectores. El terror se desaparece, el soldado japonés y su rifle de asalto pierden su calidad de asesino y la muerte -por lo menos la literaria- deja de asediar al entusiasmado lector. Pero... ¡Carajo! siempre hay un pelo en la sopa. ¿Qué pasa cuando ese terror se instala en la vida cotidiana?, ¿qué pasa cuando es la verdadera muerte violenta y cruel la que asecha a cada uno de nosotros, cuando cada uno de los habitantes de este país (¡pobre país!) sufre aquel martirio impuesto por el rey Dionisio de Siracusa a aquel griego adulador y que dio origen a la leyenda de la “Espada de Damocles”?
       Y, ¿a qué viene todo lo anterior? El día 6 de julio de 2011, dentro del noticiario de Ciro Gómez, se dio a conocer un video verdaderamente aterrador en donde dos hombres tirados, maniatados, son torturados salvajemente por otro grupo de hombres mientras una voz los insta a golpearlos hasta la muerte. ¡Ese es nuestro verdadero México! El México actual, el México que cada uno de los ciudadanos “de a pie”, sin guaruras, ni escolta, ni estado mayor que nos proteja, nos toca vivir cotidianamente. Me pongo, o mejor dicho, me han puesto del lado de todos aquellos conciudadanos que ya están ¡Hasta la Madre! Finalmente y con zozobra en el corazón vienen a mi mente aquellos versos de Herrera:

                                   veré colgada de un sutil cabello
                                   la vida del amante embebecido
                                   en su error, en engaño adormecido,
                                   sordo a las voces que le avisan dello.

Berto Naviera.

Crisol florido es un espacio abierto para aquellos que tengan algo que aportar en este sitio del universo de la red. Sugerencias y colaboraciones, sujetas a aprobación, a nidyaareli@gmail.com