Femme fatale
Karl Bang
Un tal Romilo Croronte, de quien habla Herodoto en su libro histórico aún no hallado, el de Ilustrísimos prehistoriadores de la antigüedad, narra, según el padre de la Historia, que en cierto país de las antiguas ciudades matriarcales, una peculiar gobernante, que murió bajo el yugo auto-infligido del suicidio, fue enterrada en una tumba ya desconocida en tiempos de Croronte, con las más suntuosas exequias y bajo el llanto amargo de no pocos de sus amantes. Se dice que a sus funerales llegaron toda clase de príncipes e ilustres personajes del sexo masculino, llorando todos por la misma dama. Se desgarraban los hombres, sin importarles el peso de sus títulos ni la dignidad de su hombría, en una letanía de berridos y chillidos de la que hablaron no pocas generaciones después del suceso. Llegaron, dice Herodoto que refiere Croronte, del medio y lejano Oriente, de la isla lejana de los Atlantes y, de una muy remota tierra donde se acostumbraba derramar la sangre de las hermosas vírgenes en honor de los dioses.
Es un verdadero misterio cómo se propagó la fama de la mujer por todo el globo terráqueo, y mucho más enigmático aún, es el poder de seducción y enamoramiento que ejercía sobre todo tipo de hombres; príncipes y plebeyos deseaban vehementemente contraer nupcias con ella, pero, según las pesquisas del prehistoriador y, más tarde, del padre de la historia, se arroja que la gobernanta en cuestión murió sin haberse casado nunca. Hay que saber además que la mujer rehusaba, incluso, el trato con todo ser de género masculino. Sabía que, sin su deseo, todos los hombres caían rendidos a sus pies apenas les otorgaba alguna palabra de cortesía, por ello solía recluirse apartada del mundo al estudio de las artes y ciencias clásicas; no obstante, hasta su soledad llegaban los enamorados que, más instados aún por la renuencia de señora tal al trato con el mundo, se las ingeniaban para arribar hasta ella y caer rendidos de amor y a sus delicadas plantas.
Harta de su némesis, sabiéndose la causa de la desgracia de muchos individuos de todas clases, así viciosos como virtuosos, bondadosos y malvados, insignificantes, célebres y, en fin, de todos tipos y condiciones, decidió darse muerte. Colgóse de una torre muy alta visible a muchas leguas de distancia. Los amantes, venidos en legiones desde todos los puntos de la rosa de los vientos, miraron desde allí, su fantasma aún colgado.
Resulta difícil en estos tiempos imaginar una criatura capaz de imbuir tal hechizo sobre la rapiña escrupulosa de los hombres. El hombre con su genio, con su adarga, con su automóvil deportivo, con su perfecto dominio sobre un mundo en decadencia. Sin embargo, Lou Andreas Salomé, alumna de Freud, embrujó sin miramientos ni dificultades a Nietzsche tanto como al poeta Rainer Maria Rilke, a quienes además, se dio el lujo de despreciar…
La Marquesa de Chatelet murió en gracia de Dios a lado de su marido el señor Marqués; del intelectual más prestigiado de la época, nada menos que Monseur Voltaire, amante de la aludida con el consentimiento del señor Marqués y, un poeta de obra desconocida llamado Jean François de Saint Lambret, que había robado el corazón de la dama en los últimos años.
Hay que agregar, además, que las mujeres en cuestión se destacaron no poco en diversos ámbitos de las ciencias y las artes, y creo yo, por alguna causa más allá de la calentura intelectual, gozaron el amor de tan ilustres hombres que se disputaban y derretían por ellas. Habría que averiguar si existirá hoy en día, alguna femme fatale de la ciencia y el arte que anda por el mundo rompiendo los corazones de los intelectuales cuyos tropiezos se escribirán un día en la post-historia.
Nidya Areli Díaz.
