domingo, 27 de octubre de 2013

Doce

Por César Abraham Vega.


Sagitario

Mi vientre se atravesaba de dolor, mi corazón se rompía en silencio, el estruendo de su rotura se ocultaba tras el horrísono rugir de los truenos. No había parado de llover en veinte noches, no había parado yo de andar unas veinte leguas sin un rumbo fijo, de mendigar ya muchos días en las iglesias, de salir de Culhuacán y apersonarme en Chalco, van mis vestidos raídos y tiesos por el légamo, con mi vientre famélico hinchado como un globo... voy dando pena... dando tumbos... dando asco... y dando a luz.

Sagitario, arquero mesoamericano
Olgger Dubon

 
          Dando a luz en esa noche, la más oscura de mi entera vida, con las aguas de los humedales dándome más arriba de las caderas; con las aguas de los cielos dándome duro en las espaldas... 

¡Servando, maldito seas! ¡Mal haya la hora en que aspiré yo tu perfume! ¡Maldigo tus ojos tan dulces y tan tiernos! ¡Aborrezco tus palabras tan gentiles y tan bellas que aún resuenan turbias en mi más profundo adentro! ¡Maldita la criatura que traigo yo a este mundo producto de tus burlas y cínicas mentiras! ¡Maldita yo por puta, por triste enamorada! ¡Por crédula! ¡Qué ilusa! 

¡Pero este bastardo tuyo hoy se convierte en trasgo! ¡Nace para morirse! ¿Me oyes? No para ser parido, solamente defecado... como lo que se arroja a letrinas, hoy lanzo este despojo a este gris pantano.  

Y me extraje a la criatura con violencia y con las uñas, sin sacarla a superficie, sumí su cabecita en el lodo más profundo del lecho de la Ciénega; con una piedra laja corte la tripa aquella que aún muy palpitante y tibia nos unía. Maldije al vil Servando gritándolo en el cielo y el cielo, enfurecido, me devolvía centellas. 

Y cuando me dispuse a confortarme con la infame paz que viene con el asesinato, los dolores del parto no se fueron, regresaron, y me doblaron por medio los entresijos del cérvix... 

Más doloroso que el primero, me brotó un nuevo hijo inesperado, una nueva criatura que, con suplicios indecible,s me cobró factura cara por la muerte de su hermano. Retorcíome entre las aguas como anfisbena la sierpe, parir mi benjamín costo mi vida casi entera, por eso lo amé, por ser tan mío y, como yo, lo extraje de las aguas con cariño, lo arropé en mis brazos con encanto, me solacé con sus ojos de Servando, no pude... no quise... hacerle lo mismo que a su hermano. 

El benjamín me devolvió lo ilusa, pacificó la ira que el primogénito trajo y hasta la lluvia intensa pareció escamparse. Apareció el tenue brillo de múltiples estrellas y en mi cuerpo se abrieron sensaciones remotamente huidas; sentí el hambre de nuevo, compasión, frío y tristeza; un cansancio mortal y una esperanza inaudita. Toqué el fondo de mis angustias y al contemplarlas remotas supuse mansa e ingenuamente que el mundo no era malo, que podría sobreponerme, que ya nada subyugaría mi nuevo afán tan inflamado. 

Mi vástago hermoso de ojitos claros reposaba con un llanto dulce entre mis brazos, los despojos de mi bastardo flotaban destrozados y sangrientos ajados por el picado lago. 

Mientras musitaba una canción de arrullo a mi benjamín hermoso, a mi tito tan blanquito, el centauro se erigía traído por un mal hado. El sagitario negro, con su rifle encartuchado, con sus espuelas de plata y calzón encueretado, me decía desde la espalda apoyando el cañón en su antebrazo y horrorizado por el cadáver minúsculo que flotaba destrozado. 

¡Bruja, dame a ese niño! 

Un escalofrío mordiome el espinazo, se me erizaron los pelos y me temblaron los brazos. 

¡Víbora asesina, suelta a esa criatura inocente o te mato! 

¿Qué perversidad me acecha para quitármelo todo? ¿Por qué hacerme odiar a la vida, a mis sueños, a este mundo; y luego entregarme una prenda en la que cifro mi única y prematura esperanza para quitármela tan pronto profiero que le amo? 

¡Nunca! Espete al jinete negro y preferí arrancar la vida dulce de mi benjamín recién amado, pero no me socorrió la fuerza y un arcabuzazo en la espalda dio conmigo en el lago. 

Con mi más extremo aliento constreñí a mi bebé contra mis pechos, pero los brazos atroces del jinete los arrebataron de mis brazos y de los brazos de la muerte. 

¡Ay Dios!, blasfemo tu nombre para preguntarte con el último de mis alientos ¿Qué será de mis hijos? ¿Qué será de mis hijos... del que es muerto... y del que es vivo...?
 

domingo, 6 de octubre de 2013

Café y a la misma hora

Por Nidya Areli Díaz.

Arribé,  libro en mano como siempre, la vista al alcance de mi lugar favorito, sin embargo, un hombre atractivo, cuyas manos sostenían a la altura del mentón un ejemplar como el mío, lo invadía. Peor aún: todas las mesas ocupadas. Entonces me acerqué bajo la sospecha de que el individuo aguardaba por mujer alguna. —¿Esperas a alguien? —, pregunté casi con temor, y ante la negativa de aquella boca de cereza pegada al cafeto, tomé lugar. Luego el mesero vino por saber que deseaba. Un doble cortado con denominación Blue Mountain hubiera estado bien, pero la idea de un buen grano brasileño recién molido y preparado a la Bedoña me reanimó.
 
Cefé vienés
Ernest Descals  
 
          Mientras el mesero vertía  la aromática infusión, me percaté que el par de abismos incitantes del guapo hace rato me miraban. El perfume subía lento hasta penetrar mi alma por las fosas nasales. No estaba segura de decir algo: la gama de presentaciones es un mar de posibilidades entre dos desconocidos. Esos vapores, de un resabio entre dulzón y amargo, estimularon lo suficiente mis papilas  para dar el sorbo de entrada; luego la sonrisa surgió espontánea, yo había dado el primer paso y ahora él, con sus ojos color grano tostado y a propósito del aroma embriagador, correspondió: —¡Qué maravillosa bebida! Dicen que la descubrió un pastor etíope—. —Y que durante un buen tiempo estuvo prohibida en Europa bajo pena de tortura—, lo interrumpí, pues de sobra conocía la leyenda, la historia y las denominaciones del café. La conversación afloró espontánea bajo el efecto socializante del exquisito elixir.

Nos fuimos después de varias horas de charla... y quedamos de vernos al día siguiente a la misma hora.         

                                                                                             

miércoles, 2 de octubre de 2013

Con la lluvia a cuestas

Por Víctor Hugo Pedraza.
 
Con la lluvia a cuestas 

Detrás de mí como mi sombra,
Más arriba, las nubes
Carlos Osorio
un toque metálico me seduce,
alcanza con sus delicados suspiros mi memoria:
son las grises nubes,
las que se preparan, se decoran,
sonríen, me enamoran. 

En secuencia de murmullos,
amores y palabras por los vientos se deslizan.
Ya sin compasión detonan mis pupilas,
se funden con el tiempo
y se estrellan en mis sueños. 

¡Ay de ti, nube gris!
Que avanzas con certeza,
que te meces con el viento,
no apartes de mí tu lluvia. 

¡Ay de ti, nube gris!
Que con sorpresa en una lúcida vorágine me atrapas,
solo veo hojas muertas,
se derraman,
se enamoran.
Caen al piso y alfombran mi camino.
Su muerte da vida,
su vida me transforma y aniquila.
Aniquila mis quebrantos
Y se diluyen con tu lluvia.