domingo, 28 de agosto de 2011

Encuentros

El grito rojo
Carmen Luna

Ciudadano rojo

Focos rojos inundan la ciudad, se distribuyen por las calles acompañadas de portentoso sonido, crónicas de un lamento urbano. ¿A dónde huir?, se preguntan unos. ¿Cuánto tiempo más durará esta situación?, se cuestionan otros. Llego a una esquina cercana a mi domicilio, la luz verde indica seguir hacia delante, volteo alrededor antes de cruzar la calle, me asombra el hecho de hallar detenidas en el espacio a las personas y objetos, de alguna forma se terminó el movimiento de las masas. Mientras avanzo pretendo olvidar dicho suceso, no encuentro las llaves del apartamento, vuelvo a las calles, camino en reversa para intentar recordar cómo comenzó la historia de hoy, todo está como antes.
       Estoy refugiado debajo de un auto tras la explosión del restaurante en el cual solía tomar café por las noches, una camioneta con hombres armados disparan al libre albedrío, antes usaban máscaras para encubrir su identidad, ahora no tienen miedo de ser reconocidos. ¡Al suelo, al suelo! Ciudadanos cubiertos de sangre, heridos, gemebundos. ¡Ayuda! Ha pasado el peligro, y en lugar de auxiliar a los demás, las personas se disponen a grabar con sus celulares las ruinas en los rostros rojos, imágenes que serán usadas para subirlas a las redes sociales, conseguir algo de fama o dinero, salir en los periódicos y, quizá mañana también formen parte de esta calamidad.
       Entre los escombros los soldados se ocultan, la gente comienza a unirse, vestida de color blanco se reúne, avanzan antes de que el futuro decida exterminarlos, al menos tener la sensación de lucha en la piel alivia el espíritu, comienzan los gritos, reclamos y hasta poesía dirigidos a una sola figura humana, responsabilizándola en absoluto de su situación, en tanto continua su paso la mancha blanca, otros seres, ciudadanos rojos los vigilan, van directo a una hoguera sin saberlo, parece estar previsto, es el fin, comienza el incendio, el líder que los conduce se prende fuego en el cuerpo, lo siguen los demás, insisten...es el fin.
       Otra vez ha llegado el amanecer, descubro el cielo con un hermoso resplandor, encuentro mi reflejo en el baño, un poco de barba de hace dos días, mis labios secos, los ojos verdes, las líneas de expresión, lo de ayer fue una pesadilla -me repito-. Sin embargo todo sigue quieto y oscuro, ¿qué voy a hacer?, ¿hacia dónde debo dirigirme? Me visto y desayuno. Tomo un trapo, lo uso para limpiar la sangre de un rifle AK-47, también recargo el cartucho, está listo. Debajo del colchón guardaron dinero, queda muy poco, así que me llevo una bolsa con algunos gramos de cocaína para lo que se ofrezca, ¿hace cuánto que no vuelvo a casa?
Frank CasPe.

domingo, 21 de agosto de 2011

Crisol florido

La culpa de la luz
Paula Buffone

Procedimiento para paliar un rencor

El ser humano es tan intrínseco a la arrogancia como a su vanagloriado raciocinio, en su pecho pocas veces suelen cocinarse potajes tan astringentes como aquellos que se hierven en el fuego del resentimiento intestino, las causas suelen ser diversas y, ciertamente, disímbolas dependiendo del individuo aunque, según lo veo, la mayoría ―si no es que todas― detonan en la rotura de la frágil crisálida del ego por alguna afrenta de orgullo.
       Pero, ¿cómo enfrentar los embates del remordimiento? o con mayor precisión, ¿cómo paliar los efectos duros de una persona a quien hemos ofendido y nos castiga con la fustigante reata del resentimiento?
       1.- No lo tome personal: claro, es obvio que el asunto del rencor tiene sendos tintes personales; sin embargo, imagínese que se trata de un rencor de índole profesional, digamos, como aquella vez que dejó sin tóner a la oficina completa por habérsela pasando el día entero imprimiendo novelitas eróticas. Minucias en realidad. El jefe paga.
       2.- Compénselo al doble: si la ofensa es de un grado, digamos reparable, busqué a toda costa subsanarla, es más, si la repara al doble usted quedará en la posibilidad de ser tomado como un héroe en vez de un completo imbécil; por ejemplo, si usted entra medio ebrio a la cochera de casa y no se percata de que arrolla al perrito de su hija, la mejor forma de repararlo es comprándole dos perritos, o un perrito y un gato, y ya verá cómo se le pasa el enfado y gana adeptos indecibles.
       3.- Justifíquese: no importa cuán seguros estén los agraviados del escarnio o la cantidad abrumadora de pruebas que lo inculpan, siempre justifíquese empleando todos los recursos a su mano. Como cuando nalgueó a Janet, la secre del jefe, ante la mirada atónita de seis testigos y usted se justificó diciendo que padecía un horrible síndrome de personalidad múltiple y presentó la receta de su psiquiatra como evidencia de su mal. Ellos nunca se enteraron de que la sertralina es sólo un antidepresivo convencional, pero vaya excusa de campeonato. ¡Aún tiene trabajo!
       4.- Mienta y exagere: cuando los pasos anteriores no sean suficientes lleve la mentira a un nuevo nivel en el cual, ponga en un relieve tan enfático su supuesta afrenta, como por ejemplo, aquella vez que después de la llamada iracunda de su esposa reclamándole encolerizada su aparente olvido de su XV aniversario de casados, decidió pagarle a dos vagos para que le golpearan un poco a fin de fingir un asalto. Éstos terminaron mandándose al ponerle una santa golpiza, asaltándole de verdad y dejándole un balazo en el empeine que, aunque doloroso, bien sirvió para justificar el olvido arguyendo que aquellos dos rufianes le abordaron para robarle el presente de aniversario.
       5.- Emborráchese: lo cierto es que para paliar la culpa de haber sido un idiota no hay nada mejor que una buena borrachera; en realidad, el yerro le perseguirá de cerca y le recordará a menudo que es usted un desalmado, pero en estado de ebriedad no le provocará mella alguna o al menos ya no le importará tanto. Y es que en mis años de ofender a mis congéneres no he podido encontrar nada que pueda combatir el remordimiento. Salvo, claro, pedir perdón que, por cierto, nunca se me ha dado, o en su defecto, dejar de ser un imbécil, lo que me está a todas luces muy vedado. Así que como decía el buen Baudelaire en su libro de Pequeños poemas en prosa: “¡Embriagaos!”
       En fin, si usted sigue estos sencillos pasos, le aseguro que no tendrá mayor problema al subsistir y desenvolverse en esta sociedad de porquería donde no somos pocos los cretinos e insensatos.
César Abraham Vega Guerra.

Crisol florido es un espacio abierto para aquellos que tengan algo que aportar en este sitio del universo de la red. Sugerencias y colaboraciones, sujetas a aprobación, a nidyaareli@gmail.com

domingo, 14 de agosto de 2011

La sombrita

To be reborned
Remedios Varo

Para hallar la concentración hay que poner la mente en blanco, se debe cerrar los ojos con lentitud, respirar acompasadamente y pensar con fuerza en cada rítmica exhalación. Hay que encontrar muy dentro del pecho lo que uno buscaba en el origen, lo que uno quería aún antes de mirar la luz del mundo, hay que recordar allá, muy en lo remoto, lo que Dios nos encargó, era algo sencillo y muy directo, pero, al llegar, el mundo era de tantos y tan brillantes colores; nos llenamos de sensaciones y luego de sentimientos de todos tipos, de ideas refulgentes y acechadoras, y en algún punto olvidamos en qué consistía la tan escueta misión y… quiénes somos. Comenzamos a ser lo que nos dijeron otros, a adoptar misiones de otros, a cuidar nuestra propia imagen para no desilusionar a los otros, y la existencia perdió sentido: Dios murió.
       Ahora, para encontrarnos de nuevo, hay que cerrar los ojos y respirar muy hondo, y sentir cada inhalación como si fuera la última. Hay que dejar de pensar en los colores del mundo aunque nos deslumbren, hay que buscar en el pecho y en la mente. Al cerrar los ojos a conciencia y a contraluz, se pueden ver las paredes, la cavidad del vientre materno con su luz infrarroja del origen, cuando aún éramos gérmenes enviados por la fuerza del big bang, un dios de cosmos y estrellas y centellas en medio de la nada. Entonces, con los ojos bien cerrados, con los pulmones dispuestos a la vida, con el corazón bien colocado y presto a sentir, tal vez sea posible saber, recordar el verdadero motivo, quizá sea posible que la cavidad matriz del vientre abandonado e infrarrojo que nos sigue dentro del propio ser, nos lo recuerde.
       No se trata del Dios de las iglesias, ni del ruido y el rugido estrepitoso del mundo, ni siquiera de lo que hay alrededor. Se trata de cerrar los ojos… cerrar los ojos y recordar lo que había allá en lo remoto, cuando nos dijeron la primera vez que esto o aquello estaba mal, y a nosotros nos pareció que en realidad no lo estaba…, pero hicimos caso, y fuimos del mundo y no de nosotros mismos.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 7 de agosto de 2011

Columna vertebral

El pintor y su modelo desnuda
Eduardo Zamaicos y Zavala

La musa
(Primera parte)
La primera vez que la vio, ella estaba desnuda y se moría de frío; no hubo amor a primera vista, más bien él se preguntó cómo podía estarse quieta y aparentar esa calma celestial mientras todas esas miradas ávidas recorrían su cuerpo, o se detenían en algún punto de él: la cintura esplendida, el muslo nácar, la pierna…, en un afán algo morboso por obtener la mejor representación de ese ángel que posaba para ellos sobre una vieja mesa de roble. La mayoría eran hombres entre cuarenta y sesenta años, sólo ellos dos no rebasaban los veinte. La sesión apenas duró veinte minutos agobiantes para él, pues le temblaba la mano. Mientras veía cómo los demás sacaban el mejor provecho de aquel cuerpo altivo que durante diez minutos estuvo dándole la espalda y en los últimos diez lo miró de frente. Hubo cierto momento, mientras intentaba delinear los rasgos principales de su rostro, en que notó cierto sonrojo cuando sus miradas se encontraron, sólo eso, luego ella recuperó el aplomo y elevó sus pensamientos a alturas insospechadas. Todos los demás (dibujantes con experiencia) hicieron un esbozo general bien proporcionado y dejaron el acabado, ya sin modelo, con más calma, para después. Sólo él dibujó una mujer deforme, demasiado rígida y tosca que nada tenía que ver con la modelo. Al terminar alguien le ofreció una manta con la cual ella se envolvió mientras la dejaban a solas para que pudiera vestirse.
       La segunda vez que la vio fue ese mismo día cuando aún, algo aturdido por su fracaso ante la modelo real, dibujaba con carboncillo la mascarilla mortuoria de un antiguo grabador y ella pasó a su lado y, con una sonrisa muy cordial, se despidió de él…
Jorge Iván Dompablo.