domingo, 27 de enero de 2013

Novela. 1

Por Nidya Areli Díaz.

1.El doctor C’ell con su nuevo cuerpo


Hacía tres meses que el doctor C’ell había perdido todo su cuerpo durante un experimento científico en la “Corporación de Investigación y Formación Nuclear”; después de la terrible detonación sólo pudo sobrevivir su cabeza con el cerebro y los ojos intactos, quizá algunos segmentos de piel y algunos huesos. A C’ell, que era un científico notable y había dejado paradas, tras el accidente, varias investigaciones de vital importancia, le fue imposible a la corporación dejarlo partir a los misteriosos dominios de la muerte. Construyeron mediante fibras sintéticas un nuevo doctor C’ell idéntico al que había sido al menos en el exterior, a este cuerpo le metieron el cerebro brillante que aguardaba intacto en un contenedor especial dormido en un líquido purpúreo y salino, los hubieron de conectar mediante redes micro eléctricas que además decodificaban los deseos y pensamientos del cerebro natural mediante pequeñísimos chips que transportaban la información a una micro computadora en una cavidad situada estratégicamente en la zona pectoral, desde ahí maquina y cerebro convivirían infinitamente o hasta que la corporación lo requiriera. Con los trozos de piel que subsistieron cultivaron más, cubrieron el cuerpo sintético con la dermis nueva y ésta debía ser humectada durante un período prolongado en una mezcla líquida especial de sales y nutrientes esenciales, de este modo cuando el doctor C’ell volviera a la vida, habría de dormir cada noche durante varias horas en un contenedor especial con este líquido. El nuevo doctor, mucho más resistente que el de antes, no necesitaba comer ni defecar pues no había tracto digestivo, le habían adaptado por pura estética los miembros genitales de un porcino cuya erección era posible gracias a un pequeño contenedor de líquido neutro que se llenaba mientras el doctor C’ell dormía y que se mantenía vivo nutriéndose a su vez con el líquido nocturno, este accesorio le concedería al doctor el privilegio —en su nuevo estado— de tener relaciones sexuales casi con el mismo placer que seguramente hubiera de sentir antes del accidente. Cuando el contenedor llevaba demasiado tiempo con el mismo líquido, la microcomputadora del interior de C’ell mandaba un mensaje a su cerebro para que éste sintiera ganas de orinar, se descargaba la mitad del líquido y se renovaría la otra mitad en la noche, lo cual le concedería la posibilidad de tener al menos una erección durante el día siempre y cuando se humectara cada noche como era debido y también le obligaba a ir al baño a orinar una vez al día. Todo esto, aunque en el sentido estricto de la ciencia era innecesario, contribuía de alguna manera a mantener cuerdo al individuo y que sus nuevas condiciones no le desquiciaran haciéndole sentir del todo ajeno a la vida humana. Lo único indispensable que requería el nuevo doctor era el sueño, los científicos del globo no habían podido en ciento veinte años, hallar una forma de prescindir del sueño, pese a que se había abierto el campo de esta investigación desde mucho antes que ocurriera la “Guerra de Fusiones” y la corporación existiera, lo más que había logrado la ciencia onírica era reducir las horas necesarias de sueño de siete u ocho a solamente la mitad que eran cuatro, pero seguía siendo necesario dormir cada noche y muchas veces las personas que no tenían acceso a la dosis semestral del inhibidor, tenían que conformarse con inyecciones de drogas más baratas para mantenerse despiertos en tanto los demás lo estaban, sólo desistían de dicha operación cuando podían conseguir una orden oficial falsa o el dinero suficiente para adquirir la dosis. No era la primera vez que la corporación llevaba a buen termino este tipo de hazañas y finalmente había salvado lo único que le interesaba de C’ell: su cerebro, y ahora el doctor estaba casi listo para volver a la vida con su nuevo cuerpo, sumergido en un líquido rosáceo, hacían los últimos ajustes a su mezcla humectante de diario, el cerebro o más bien el doctor C’ell en su nuevo cuerpo simplemente soñaba con su vida pasada desde la pecera vital que lo contenía.

miércoles, 23 de enero de 2013

La muerte de la página


La muerte de un artísta
Xavi Carbonell
Pero, ¿cómo será la muerte de la página?


Es una palpitación acelerada y luego fu… nada.

Un par de horas, un par de minutos, dos pares de días,

se viene el universo a la hoja en blanco,

se vienen en tropeles los significantes, los fonemas, las grafías.

La página muere simplemente,

la página agoniza simplemente,

deja de darse la página

del interior del pubis a los rostros sedientos.

¿Cómo será tocar el infinito?,

mecerse con el eco de la gloria,

la oscilación encarnada de las palabras,

la discontinuidad de los instantes.

Una insinuación celeste ha de ser,

una rimbombante nota, tal vez,

un lumínico gran grito;

erizado desierto en el hipotálamo,

en las cavidades laxas de la corteza,

en los hemisferios todos del axón.

He jugado a embridarme en mis razones comunes,

a declinar a favor del Dios avecindado a mí,

a crear con paciencia la oración unificada,

a secundar los alcances del Parnaso,

a huir del ruido cuando no se está;

pero siempre termino guarecida,

sin saber cómo la página,

cómo la noche,

cómo el mito,

cómo la discontinuidad espacio-temporal.

No puedo más,

callo, pero,

¿cómo será la muerte de la página?,

el silencio nacido,

la estrechez de las notas que quedaron varadas,

un inmediato galimatías de sonidos,

una precariedad

agonizando

agonizante.

                                Nidya Areli Díaz.

domingo, 20 de enero de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

Era la tierra seca

Era la tierra seca, áspera y blanquecina lo que más le molestaba de la situación, lo otro no importaba, después tendría tiempo para preocuparse. Lo inmediato era evitar esa picazón en la garganta que lo obligaba a toser contra su voluntad, pues, ahora lo veía, el aire que expulsaban con violencia sus pulmones levantaba diminutas tempestades frente a su rostro, tempestades que inhalaba con desesperación a su pesar. Había entrado en un círculo vicioso, en el que la convulsiva tos le vaciaba de aire los pulmones con la consiguiente sensación de ahogamiento, lo cual lo obligaba a aspirar de manera desesperada los remolinos de polvo.

          Cerró los ojos que comenzaban a arderle y trato de pensar. Algo en especial debe de tener esta tierra, alguna sustancia a la que soy alérgico. Nuevos estruendos vibraron en su pecho, iba a abrir los ojos, pero la orden muscular, que ya viajaba veloz, fue interceptada en el último momento por la idea de que sería un gasto innecesario de energía, esperó todavía a que pasará el siguiente ataque. Aspiró y antes de que las convulsiones llegaran otra vez, concentró todas sus fuerzas en un movimiento con el cual consiguió voltearse boca arriba.

          El picor en la garganta fue disminuyendo hasta que cuajó en una costra. Los parpados cerrados cambiaron de un tono café a uno naranja que rápidamente se convirtió en rojo intenso, maquinalmente giró un poco la cabeza para tratar de evitarlo. Es el sol. Se sintió feliz. Me recuperaré un poco, estoy muy agotado.

          Un choque de adrenalina lo obligó a abrir instintivamente los ojos y el sol se los quemó, volvió a cerrarlos. Algo caminaba por arriba de su ceja derecha. Una araña. Intento mover sus manos pero no pudo. Va a meterse en mi oído. No podía hacer nada, sólo imaginar, describirse la sensación… No era muy grande y estaba tibia. Estoy sudando. Sonrió, y para comprobarlo giró la cabeza al lado contrario. El movimiento que sentía arriba de la ceja se detuvo y luego cambió de dirección.

          Se imaginó a sí mismo tirado como estaba, sudando en medio de la nada, el rojo de los parpados cambió el color del sudor en su imaginación. Quizá es sangre. Aspiró profundo tres veces y alcanzó a percibir un sabor a ocre. Es sangre

          A ver si deberás eres muy machín, cabrón

          Algo se le revolvió en el estomago, no quería pensar en eso, escuchó un crujido y la tierra comenzó a temblar acompasadamente, respiró profundo una vez y estuvo atento. Ahí siguen. Sólo la tierra seguía temblando. Comenzó a contar lentamente. Uno, dos, tres

          Paró en el tres mil seiscientos. Una hora y nada. Pero la tierra seguía temblando. Maldito sol, de seguro es mi cabeza, ojalá pronto oscurezca. Intento mover uno por uno de sus miembros y, exceptuando la cabeza que podía ir de izquierda a derecha, ninguno le respondió. Estoy muy débil. Más al rato.

          Para pasar el tiempo se ejercitó en recordar, saltaba de un momento a otro de su vida. Es como un largo insomnio. Hábilmente evitó durante horas los hechos recientes. No supo en qué momento el rojo dejó de serlo. Primero observó a su derecha, luego a su izquierda. Nada, estoy solo. Y comenzó a sentirse triste, luego el hambre y finalmente la sed que sentía lo hicieron concentrarse en otras cosas.

          Trató en vano de moverse en repetidas ocasiones. Estaba a punto de llorar, pero se sintió ridículo. No tiene caso

          Primero apareció la luna, después una estrella. Es un planeta, pero ¿cuál? La noche toda llena de estrellas se veía magnifica. Tenían razón no valía la pena meterse en estas cosas… Se interrumpió, y se quedo mirando el cosmos, luego cerró los ojos…

miércoles, 16 de enero de 2013

Vino Rojo


Mujer de rojo sobre fondo gris
Javier Aoiz Orduna
La Falda roja, vaya manera de jugar con el rojo, con la potencia fogosa y ramplona con que rasguña las pupilas de los paseantes, un poco de rojo también en los labios, faltaba más, aunque no tan encendido como el de la tela de la saya, éste era, con toda sinceridad, un rojo profundo, sangriento, bastante sofisticado y misterioso, y aunque me arda el vientre debo admitir de igual modo que… era muy bella, tenía una piel blanquísima, una gasa tersa de nieve sobre los brazos, en los muslos y en la cara, que levitaban fantasmales sobre las abismadas profundidades de sus ojos vastos y muy negros; del desfiladero borrascoso y humeante del tinte barato y azabache de su pelo, de su blusa de licra bruna… y por supuesto de la fiebre de sus labios y de la falda.

          Me siento a tres mesas de ella, en el jardincillo para poder fumar, si por aquello de la ansiedad me es preciso; no puedo dejar de mirarla a través de las hojas de Bougainvillea que se interponen entre nuestras mesas y nuestras miradas, observo que un garçon le trae una botella pequeña de un vino mirlo bastante ostentoso pero harto corriente, le sirve en copa una pequeña cata, la pobre idiota lo bebe con grosería en un trago, y fingiendo tener la destreza de sommelière esboza un gesto de repulsión y asiente con mucha flema, el camarero anega a medias la barriga henchida de la copa con el vino tan rubí, ella mira a su alrededor con insistencia, saca de su bolsito su teléfono móvil, le da un trago más a la copa sin ningún miramiento y gesticula como si bebiera pebre, deja un rastro vulgar de labial en la primorosa finura de la ampolletita vidriosa, hace una llamada, cuelga con una cara de felicidad estúpida. —Es una boba—, musito.

          El mismo garçon me expulsa de mi contemplación ilógica al arrojarme groseramente le carte sobre le mantelet, le miro con odio, ni siquiera la abro, adivino que un Louis Jadot Chambertin Clos de Beze, hermoso pinot negro estará a la altura de una ocasión tan extraordinaria y perfecta; lo pido mirándole sobre la lobreguez de mis gafas con un francés perfectísimo colgándome en los labios fuscos, hay que ser espléndidos, pido la botella completa, cruzo las piernas con toda la languidez que me place, me adhiero al respaldo de la silla sometiendo las vértebras dolientes contra el hierro forjado, me acomodo y poniendo los codos sobre la mesa la miro nuevamente de soslayo, aprendo en esa pose a regocijarme con la mullidura de sus pechos atenidos en la compresión del sostén y de la blusa, bastante ceñida a su torso de mujer volupta, le mido a groso modo la longitud de las piernas, la fragilidad de sus manos, su nariz respingante, la sutil pila del cuello, el par de pies tan pequeños y el restallante aroma de su perfume que me envenena como si fuera estiércol.

          El mesero trae mi botella, la descorcha con pericia excitante y derrama un chorrito púrpura sobre el cristal hermoso de la copa posada gentil sobre mi mesa, le miro con odio nuevamente y él se retira con presteza dejando el vino en la cubitera, me relajo, es menester dejar el odio y la pasión cuando se bebe pinot pues el riesgo de engullir su espíritu sin degustar el hermoso velo de purpureas auroras prisioneras en su vid, sería algo peor que un delito, un pecado mortal muy penoso.

          Al tenerlo en la boca en un beso agobiado y etílico, Horacio desciende de los cielos, me coge la mano y en aterido vuelo me lleva hasta los viñedos morados de Clos-de-Bèze en donde al pie de la abadía un monje de ojos azules me persigue apasionado, me arranca las faldas, me postra a un lado de las viñas y me hace el amor con fuego en los ojos y menta en el aliento. Ovidio me recoge con la piel desnuda y me arroja en un prado de rosales retorcidos, soy virgen y mi piel descalza acaricia una vereda alfombrada por petalitos muertos de rosas blancas, de mi brazo pequeño pende una canasta colmada de cerezas, granadas y frambuesas; mis piecitos van curtidos por los minerales de las piedras. Esquilo me sumerge de nuevo en las alturas y me despluma los ojos tirándome en Zempoala, puedo ver a Felicia y a Genaro siendo niños nadando en las lagunas y yo mirándoles desde la orilla, rascando con los pies la tierra húmeda, pensando en la horrible muerte de Sebastiancito que se ahogó en Manzanillo años atrás y cuyo recuerdo se tornó en mi inefable miedo a aprender a nadar. Mis ojos llenos de lágrimas se abren extasiados, sólo para notar una imagen más infausta y dolorosa; Filiberto llega, saluda a aquella mujer con un beso muy pasional en la boca con su boca, me pongo a beber como una loca, me jalo las trenzas y bebo con avidez imperdonable copas y copas del pinot herido, mientras miro a los enamorados con un recelo atroz, entre pausas recuerdo cuando lo conocí en Toulouse con su traje gris tan encantador, su cabeza calva reluciente y su ceño de hombre inteligentísimo, o cuando me regaló tulipanes el día de mi cumpleaños o cuando me hacía el amor con esa forma tan suya… tan aburrida y execrable pero que me proyectaba al cielo con unas pocas de sus palabras; bebía y bebía con una solitud avasallante creciéndome en los adentros, mientras acariciaba la fría y negra piel metálica de la colt en mi bolsillo, doy un trago final a mi pinot bendito, lo reposo entre los labios, dejo que juegue con mi garganta, con mi lengua, y con mi voz, me levanto para hacer lo planeado, me levanto y avanzo con sigilo, alcanzo con la mano izquierda el cuello de esa zorra y le doy un tiro franco en la nuca, el rostro de mi marido trepidante de terror en ruinas por la zozobra y el desconcierto, salpicado bellamente por la sangre de esa puta, me murmura cosas que ni entiendo, acaricio el borde de la copita empañado de rouge à lèvres, le arrojo el contenido en la cara con el esputo simultaneo de mi afrenta, me acerco muy quedo le lamo las mejillas entintadas…(con rubor, con labial, con sangre y con merlot)… me incorporo y le vuelo la cabeza. Camino unos cuantos pasos sobre la rivera y me tiro en el agua del Sena.

César Abraham Vega.

domingo, 13 de enero de 2013

Se busca


I


¡Sí, ya sé!, no es suficiente. Elogia la madrugada, el trabajo, le gusta sentir la fuerza de su cuerpo. El calor la desmaya. No es bonita. Permanece tirada mucho tiempo ¿Le interesa? Dos ojos pequeños, nariz extraña, la boca es apenas un hueco de su cara. Le digo, pasa desapercibida. Sube al micro, se sienta, saca las monedas… a veces no se sienta y a medio camino se baja.

          Anda con la mochila en hombros, no habla. ¡Por supuesto que no es muda!, y tampoco cambia. ¿Cuánto pesa? Ella sostiene la mirada, hace cosquillas en el cuello, jala. Un momento de tensión, sin sonrisa, sin lágrimas, cuatro puntos ¿Y la vida?

          Le gusta jugar con los niños, con los perros, con… le gusta jugar. ¿No le ha dado algún consejo? Seguro le sería muy útil. Son pocos sus amigos y mueren pronto, caen cuando sopla el viento, cuando los invaden, cuando quieren. Ya entrados en el tema, debo informarle que canta como el agua. A veces tiene la boca abierta por horas, su voz a medio día parece hilacha.

          Esa garganta, otro de sus problemas. En este momento podría tener fiebre, la cabeza helada, estar a obscuras revolcándose en un colchón seco, tomando jugo de uva artificial. Ha cortado limones, nunca la cantidad necesaria; y a quién le importa, si las ensaladas se aderezan con vinagre. No sabe cocinar pero lo hace, y no sabría volar tampoco. “Dime con quién andas”, yo no diré nada ¿y usted?


          No le gustan las tangentes. Riega las plantas y acomoda el arcoíris, hasta que sus pies están bien cubiertos de lodo. Luego descansa.

          La temporada propicia para subir a los barcos es cuando llueve, especialmente si hay tempestad. ¿Y la cama? de madera. ¡Listos los pañuelos que comeremos cerezas!

          Hay feria en el pueblo ¿quién quiere ir a España? ¿Y venderá su vajilla? Sólo para comprarla. Toda transacción pecuniaria aburre con la práctica. El algodón no es negocio porque no se extraen dividendos de las lámparas. ¿Le interesa?

          Usaba rebozo para salir, y a pesar de la rutina nunca aprendió a dar la espalda. ¿Dónde nacen los andantes?, ¿de las suelas gastadas? Los años se les resbalan, no tienen destino. Ella ha sido testigo porque el dulce la empalaga, porque siempre crea distancia. ¡Eso es! Y se da cuenta... Acostumbra usar vestidos por el calor. Tiene uno con lunares rojos. Afuera, entre mosquitos hambrientos.

          ¿Ha sentido miedo? De pie. Siempre de pie vacilan las piernas. Se endurece, presiente.

          Buena fuera fugitiva, pero ¿usted qué cree? ¿Por qué la busca? ¿Quién es usted? ¡Responda!


María de Jesús Gómez Lazos.


miércoles, 9 de enero de 2013

Qué bonitos ojos tiene...


Pueblo rural
Eduardo José Guerrero Duarte
Hay unos lindos ojos manchadores de almas. Ojos de rubí y de gema y de incontables destellos estelares. ¿Por qué no puedo olvidar los ojos?, ¿a qué debo el desbordamiento de mis obnubilados sueños? Ah, sí: llegué de noche al jardín pero allí estaban los ojos, mirándome. Le he dicho a mi abuelo que cierre bien la puerta cuando duermo en la tarde. Enumeraba los adoquines mientras avanzaba por la bóveda celeste, escuché las estruendosas campanas de la parroquia, un perro desconcertado salió en huída espantado por mis pasos de deshoras. Los ojos estaban escondidos, en mi anonadado paseo los pasé de largo sin atender.

          Oye, niña, ¿a dónde tan solita?, dijo la voz mientras los ojos me perseguían. Yo quedé impávida, muy niña y muy mujer enamorada de las estrepitosas chispas de ese orbe. ¿Cómo le digo a usted que se arranque los ojos porque los quiero míos? Sin razón me detuve a mirarlos en el intento de adivinar al portador. Quizá lo conociera de alguna vez. Quizá de día no me hubiera sentido impregnada de nube, de la nube etérea que lo secundaba. Pero, ¡ah!, si me permite: “qué bonitos ojos tiene / debajo de esas dos cejas. / Debajo de esas dos cejas / qué bonitos ojos tiene”. Ya me hacía yo dominando el torrente que me arrastraba ahora. Seduciendo con mis doce años aquellos delirios que se llaman vistas.

          Las manos de la voz y de los ojos me tomaron mis manitas inquietas. Niña, te llevo donde vives. No está bien que camines de noche. Ay, señor de las manos y la voz, ¿quién le nombró a usted mi protector? Cuídese de mí, señor, que de Lolitas pulula el mundo. Esas manos rasposas me gustaban, eran como de campo y como de ciudad; es decir, un poco de ambos como es aquí. Porque aquí los jóvenes van a trabajar al centro en la mañana y pasan a la milpa por el viejo en la tarde; o bien, llevan a las vacas temprano y luego sacan el taxi a dar unas vueltas para llegar en la noche o en la madrugada. Los jóvenes de aquí son taxistas, obreros y chalanes. Otros, con más suerte, llegan a maestros o hasta ingenieros, doctores a veces.

          Le decía a usted, señor, que me cuadra para papá de mis hijos. Yo ni lo miraba, estaba muy sonsa como para darle la cara. El señor era señor quizá hasta casado. A mí todavía me ponían vestido y, lo peor, floreado. Traía las tiras sueltas por detrás, se me había deshecho el moño en la tarde, cuando me quedé dormida después de andar corriendo. Tuve pesadillas y me salí de la casa sin darme cuenta de lo noche que es. Estas manos medio rasposas me tomaban con fuerza. Las niñas no piensan en casarse y esas cosas de grandes; yo pensaba sin embargo. A mí me cuadraban las manos y la voz y los ojos que no me atrevía a ver de frente. Me percataba incluso del olor que acompañaba a las manos y a la voz y a los ojos. Me gustaba todo.

          ¿De quién eres hija?, espetó el señor. Yo no decía nada. Estaba chiveada. Mi chiveamiento no me permitía abrir la boca. Me hubiera gustado más bien que el señor me llevara a su casa, que el señor me quitara mi vestido floreado, que me contara un cuento mientras me metía a la cama para dormir. ¿Cómo va una a saber lo que le hubiera gustado?, en realidad una se da cuenta de esas cosas mucho después, sin saber muy bien porqué fueron de una forma y no de otra. Ahora deseaba llorar. Llorar quería porque ni me salía palabra ni pensamiento. Me reflejaba en el temblor de la noche; digo que la noche temblaba de frío y yo con ella. Ojalá el señor me hubiera llevado a su casa. De frente venía mamá con su reboso puesto y mi suéter blanco en la mano. Ay, muchas gracias, Pancho, que esta niña otra vez se nos escapó. Le da la pesadilla y se sale corriendo.

          Nada más me puso el suéter y me llevó de la mano. Atrás quedaron los ojos, la voz, la mano y el olor de Pancho. ¡Se llama Pancho!, pensé, como mi abuelo Pancho.

Nidya Areli Díaz.

domingo, 6 de enero de 2013

Doce

Por César Abraham Vega.

Acuario

                                        No se manifestaba la faz de la tierra.
                                        Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión.
                                        No había nada junto,
                                        que hiciera ruido,
                                        ni cosa alguna que se moviera,
                                        ni se agitara,
                                        ni hiciera ruido en el cielo.
                                        No había nada que estuviera en pie;
                                        sólo el agua en reposo,
                                        el mar apacible,
                                        solo y tranquilo.
                                        No había nada dotado de existencia.

                                                                                                              El Popol Vuh.


I

Dicen que todo nació en el agua, antes de que las eras fueran de tiempo y que la vida dejara su inerte siesta de mutis inquebrantable sólo había agua, mares tremendos, piélagos de agua hervida tres mil veces por segundo, la Panthalassa hecha con todos los mares pasados y futuros asediaba con sus pleamares ardientes a todas las tierras constreñidas de los remotos y los nuevos tiempos del mundo, la Pangea se hacía ovillo y reposaba como un feto chupándose los terrarios de sus dedos, flotante en un amniótico caldo de creaturas aún no vivas, aún no muertas; las estrellas sí existían y millones de ellas eran ya muy viejas, algunas temblaban en el cosmos lejano siendo esquirlas fantasmas de su fuente que ya estaba a años luz de muerta.

          Todo nació en las aguas de los mares, el hombre y el mono, la luz de las voces, los sueños, las metáforas, los pábilos de las velas que me aluzan esta noche… y el miedo… el miedo nació ahí también.

          ¿Qué es el miedo? ¿Es solamente ese torrente de adrenalina que te sube a los ojos y te llena de blancura el rostro, esa asunción de humores que te consume el pensamiento en un dos por tres y te menea las rodillas para verte caer? Para mí el miedo es el agua, quisiera olvidármelo todo pero está ahí siempre, la sensación del ahogamiento que me visita muy a menudo por los sueños.

II

Me bajé del taxi y miré la hora en la pantalla del celular, ya rayaban las doce, los tacones me estaban matando, me alisé la falda tanto como pude con las palmas de las manos y fue cuando vi que llevaba la media izquierda muy corrida, balbuce una queja y entonces me percaté de que seguía muy ebria, el rímel se me había metido en los ojos y apenas me dejaba ver las escaleras del puente que cruzaba el canal, las aguas rebosaban y corrían bonitamente con su espejo negro tezcatlipoca con una luna regordeta sinuosa en su interior. Ahí fue cuando la vi, a la llorona, con su vestido perfectamente blanco y sus bordes salpicados del barro negrísimo del canal, sus manos eran tan pequeñas como las de una niña y su boca murmuraba un grito que se proyectaba a la más remota lejanía de mi umbral auditivo; la sentí en mi sexo, muy mujer, muy señora y muy violenta… después se alejó y entre más se alejaba escuchaba su voz cada vez más cerca… en el oído. Dicen que la llorona se escucha cercana cuando está muy lejos y la escuchas lejos cuando está detrás de ti.

          Mire mis rodillas rotas, la tibia rompiéndome la carne y sangrando con voluntad esmerada, en algún momento, no me di cuenta, quizá por la impresión caí de las escaleras, mas nunca sentí el dolor. De pronto, con mucha fuerza, comenzó a llover.

III

Abordé el autobús en la TAPO, Carmela me llamó muy afectada, me pidió verla en Cholula el siete de febrero muy temprano, me pidió que no le dijera nada a mamá ni a Ernesto, así que ni siquiera empaqué, me dirigí a la terminal camionera tan pronto salí del taller a eso de las doce; compré un boleto en la corrida de la 01:00 am y me subí en la última butaca que quedaba en la ventanilla de la fila de hasta atrás; pegué mi oreja contra el cristal y trataba de dormir pero la memoria que me refrescaba a menudo la voz angustiosa de Carmelita me quitaba el sueño en un santiamén. ¿Y si estaba embarazada? No, no podía ser, aunque…

          El autobús avanzaba muy rápido saliendo de la ciudad y entró a la autopista y yo sólo miraba desatento el paisaje suburbano, las casitas de lámina, las marañas de los tendederos, las farolas improvisadas, los montones de basura, como tres cadáveres de perros y en el fondo la serpenteante joroba de un canal de aguas negras que poco a poco se juntaba con el margen de la carretera; bostecé muy profundamente y sentí de pronto un violento jalón; el autobús salía de su rumbo y al mirar por la ventanilla atisbé una avalancha de lodo que ajaba a su voluntad el tremendo pulman que pareciera haber sido de papel, detrás de nosotros un tráiler pipa de L.P. también se desarticulaba violentamente mecido por las olas de aguas turbias y tepetate que brotaban de una fractura en el canal, todos los pasajeros sentimos un encontronazo horrendo que nos lanzó a todos de un lado para otro. Yo terminé en el piso, me levanté rápido mientras el autobús se detenía lentamente, me asomé por la ventanilla, vi el nivel del agua que crecía, el habitáculo comenzaba a filtrar las aguas apestosas y nos mojaban ya los pies, vi a varios autos desperdigados por el caos, ya no se miraba ni rastro de la carretera, todo eran olas negras que chocaban fuertemente contra el autobús, miré a una Nissan estaquita desaparecer debajo de las olas… las narices me picaban, olía muy fuerte a gas y en mis pies húmedos aún sentía el ronronear del motor del pulman que seguía encendido… De pronto todo fue fuego, estallido y dolor…



miércoles, 2 de enero de 2013

Inconciencia del mesías



La crucifixión
Giambattista Tiepolo
El joven vecino de la casa de enfrente, niño de no más de doce años, corre de arriba a abajo la calle en su pequeña pero sonora motocicleta. Con el escandalo que provoca ha ahuyentado a los pequeños demonios que la mayoría de nosotros cargamos metidos en nuestras cabezas: insomnios mal asimilados, amores mal correspondidos, mandados mal ejecutados, coitos demasiado disfrutados, pendientes trabajos laborales, consabidas preocupaciones matrimoniales, visitas espectrales, dormidas ansias sexuales, preocupaciones banales, una que otra conversación indiscreta, algún plan vengativo, dos o tres lágrimas postsepulturales y algunos asuntos culinarios matinales.

El pobre chico no reconoce aún su perfil de exorcizador mesías.

Traigamos una cruz.

¡Crucifiquemosle!


Berto Naviera.