domingo, 28 de julio de 2013

Se busca

Por María de Jesús Gómez Lazos. 

VIII 

No siempre existe lo que se busca, ni se busca siempre lo que existe. Sus pisadas pudieron ser surcos viajando en espiral; puntos mudos, firmes o vacilantes; huellas con grecas torcidas; códigos secretos en escritura binaria…     

Oleaje en el mar
Antonia Moraga Olivares
        
          Pudo ser pero ella juega y llegará el momento en que no tenga con quien jugar. Entonces romperá las reglas de los otros juegos. Pegará las piezas de los rompecabezas, los llenará de besos y velará sus sueños hasta que se levanten fuertes, saludables, enteros y puedan correr por ahí como galgos alegres. Abrirá orificios en los paraguas, en las suelas de los zapatos, en los libros. Se rociará alpiste en la cabeza para alimentar a las aves. Y cuando nadie recuerde su nombre aprenderá a volar.

         Es que ella se entiende con el viento. Su amor es de tardes verdes endulzadas con miel de abeja. Cantos simples, caricias suaves. Él es niño y aún no se la puede llevar. Acostada en el pasto anhela el día en el que modelará a las nubes a su antojo. Le llueven las hojas, se vuelven peces, de cada árbol un barco se hace a la mar.
 

domingo, 21 de julio de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 


Leo

Cuando desperté pensé que dormía... hice tanto por no soltarla de mis brazos, la abracé como un león impío que no perdona, hice cuanto pude por aferrarme a sus costillas hasta el último flujo de conciencia que atravesó los cuencos de mis ojos... muchos años atrás ceñí a Elena del mismo modo, con toda fuerza, con toda vida, con toda intención de hacer con mis brazos fronteras para impedir que la vida se le saliera del cuerpo... ¡pero carajo! Se le salió. 
 
León
Bernarda Enriquez
 
Cuando desperté aquella madrugada pensé que aún dormía, pensé que sus labios seguían aún tibios, que sus mejillas tan blancas aún rebosaban de sonrojos y de hoyuelos... los hoyuelos que despuntaban cuando se sonreía. 

Pasaron tres mil segundos, quizá, antes de recordarlo todo, la sillas que le arrojamos, las esquirlas de las botellas, los vidrios de las ventanas clavadas entre mis carne, aquella triste penumbra más absoluta que a mis ojos haya cegado; el crujir de las duelas con sus pasos terribles, el sabor a la sangre que mi boca llenaba, los gritos de la Elenita ahogarse en aquella noche, después desmayé y no supe... no recuerdo casi nada... desperté y le miré su rostro, reposando en la duela junto al mío, con sus cabellos suaves cayéndole en la cara, con sus rasgos de niña inocente, imperturbable.  

Me levanté con un dolor atravesado en las rodillas, con chorros de sangre brotando de mi cara, con la luz del foco aún tambaleando desde el techo. Nunca supe cuántos de mis mareos fueros provocados por la bebida y cuantos otros por el golpe en la cabeza. Cuando pude escuchar de nuevo cada fibra de mi piel se estremeció, escuché el vaivén de su voz que henchía mis oídos con el miedo, sus pasos terribles cruzaban los cuartos de la casa retumbando estrepitosos en los maderos viejos de las duelas. La oía dar traspiés en la recámara de arriba, segundos después escuchaba su voz fétida murmurando a mis oídos cosas que me acercaban al suicidio. Azotaba las ventanas y las puertas, soplaba su aliento muerto congelándome los huesos...  

Sentí las entrañas embotadas de un cruel miedo, quería gritar hasta colapsarme los pulmones, no recuerdo mucho de eso, tal vez grité desaforado rasguñándome la cara, tal vez fue ella la que me gritaba en la cara mientras me clavaba las uñas en el rostro intentando morderme cada ojo. 

Tenía que escaparme de ahí antes de que mi alma decidiera adelantarse. Tomé la muñeca de Elena para poner su brazo alrededor de mi cuello, una descarga de hielo atravesó mis falanges desde su piel eterizada, me rehusaba a pensarla muerta y la tome de la espalda para salir junto con ella, pero me aterrorizó el ver su cabeza moverse rígida imitando la trayectoria de su torso, sin colgar desde su cuello como eventualmente lo haría un cuerpo vivo pero exangüe. El rigor mortis entablillaba cada gozne de su cuerpo, cada trazo era pétreo, inmóvil... irremediable. 

Mi miedo se trocó por odio y arrojé de todo a todos lados, invoqué a Chokani a que se llegara hasta mis brazos, a que me descubriera de su manto transparente el horror y el misterio de su rostro, a que me diera muerte fulminante, a que me dejara tomarle del pescuezo hasta morirme o yo matarle a ella de nuevo, si es que eso era posible. 

Cuando desperté ella dormía, con sus cabellos hirsutos cayéndole en la cara, su rostro totémico, con dos grandes surcos en las mejillas labrados bellamente por la erosión salina de su llanto. Yo la abrazaba sin pensar mucho en ella... mi mente estaba aterida de Elena... ¡que tristeza que haya muerto!, ¡sabía tan poco sobre ella!... que olía muy rico a veces a jazmin y otras a menta, que tenía desportillado un diente, que le gustaba London calling, que vivía sola con su mamá en la Roma, que tenía unas manos muy bonitas, que su piel era muy blanca, que era un año más grande que yo, que tenía un perro al que llamó Juguete, que le habían nombrado Elena como su abuela materna, que le gustaba el vodka, el rock, el chocolate, los  capuchinos, las tortas de milanesa, el pasto mojado, el humo de los trenes... que tenía un chingo de discos chidos... pensaba en que nunca supe su cumpleaños pero sí supe que era Leo.
 

domingo, 14 de julio de 2013

Soy

Por Nidya Areli Díaz.

 
Yo soy los pasos distraídos que no doy,
Madre e hijo muerto
Jacek Yerka
un escombro diletante,
las almohadas insidiosas desdobladas
en oquedades siniestras,
el zapato precavido del enterrador
encumbrado ―pobrecillo― en sus dunas.
          Soy la víctima de mí.
          No encuentro desde hace mucho
palabras ni vocablos ni voces.
          No encuentro estilos que ponderen
nuestras esperanzas.
          Solo quedo sola seminómada conversa,
semiatea y semimaometana,
distrayendo los pasos por distraer algo.
          Un lirismo ansioso me obsesiona
…si tú supieras de mis notas vagas,
de las conformidades del desván de mis sueños,
de mi cabeza retrotraída en llamas,
de los convexos lapsos de tristezas errabundas;
…si tú imaginaras mis fluidos verticales,
todos los vanos versos que dejo en la punta de mis lágrimas,
el ungüento maloliente que me queda dentro,
pudriéndose.
          ¡Ay!, cómo me desborda el azul craneano del cosmos,
cómo se me eriza el cogote de mirar las banquetas;
soy las latitudes todas del mar océano,
comiendo además el lomo de una tortuga,
cuatro elefantes,
un gran plano,
la caída blonda en el éxtasis
kunderiano del vértigo.
          Tengo cerrados los ojos con monedas,
cerradas las manos con un pocito de barro dentro,
cerrada la vagina con torundas de algodón,
cerradas la orejas con bolitas de alcanfor;
calzo guaraches de lazo,
visto de blanco muy blanco lino,
mi rebozo lo llevo en la cabeza,
mi escuintle a lado,
mi beldad,
mi grito,
mi grito…
          No entiendo a qué ha venido mi alma,
por qué me llamaba Dios.
          ―¿Dios existe?―, me pregunto,
Dios me llamaba y existe,
pero nunca se presenta a donde voy,
nunca mira mis circunstancias,
no se conmueve ante los vellos míos que se erizan
reinterpretando el mundo. 
 

domingo, 7 de julio de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

POR FIN ERA LA CALMA

La angustia de la noche anterior había dejado de ser una opresión en la garganta, un ahogo, y un laberinto con solo una salida. Sentada con la vista fija en la danzante llama, mientras que sus manos recargadas sobre las piernas sostenían un pedazo de papel higiénico arrugado por tanto uso, trataba de fijar en la memoria la figura, el timbre de la voz y lo dicho, tal vez también el aroma. Esa era la razón que la hacía volver una y otra vez sobre sus recuerdos; los cuales al principio ganaban en riqueza, detalles nuevos se desvelaban tras una segunda, tercera, cuarta…, lectura: una arruga en la camisa, un brillo que se colaba por la ventana, la aspereza que tenía el rostro mal rasurado. Sin embargo, llegó el momento en que ya no hubo más, incluso cada retorno comenzó a desgastar la nitidez que había logrado en ellos.
Gansos
Laura Beticia Aguilar
          Alguien de la familia tose, son las tres de la madrugada y el frío comienza a colarse bajo la piel, la euforia ha abandonado a los aún presentes que se resignan a quedarse quietos en sus sitios. Ya se han contado todas las anécdotas posibles. Soñolientos todos, se resisten a la derrota, pero sus mentes divagan, trémulas sombras haciendo guardia ante el abismo. Las calles deben de estar casi desiertas y las luces de las casas apagadas.
Cuando lo trajeron, ella quería que los dejaran solos. Sacar la maleta en donde estaban guardadas, junto con los papeles más diversos, las pocas fotografías que tenían, y contarle, otra vez, como se había salvado de la fiereza de los gansos cuando era niño, gracias a la cualidad de andar gateando por el patio en vez de caminar, pues su hermano mayor que sí caminaba, constantemente era atacado por una horda de furiosos patos que se creían dueños de ese territorio. En cambio él y el perro eran respetados por su andar en cuatro patas. Quería contarle también de donde provenía la cicatriz que tenía debajo de la barbilla. Quería… Sin embargo, cuando por fin los dejaron solos tuvo que conformarse con vestirlo. Había tanto por disponer.
Entonces, todavía no era la ausencia, aún era un pinchazo no ubicable que cambiaba de lugar, que se retorcía, que por momentos parecía ser falso. Además, las mismas circunstancias reclamaban cierta atención de su parte, responder a preguntas prácticas de familiares acomedidos que, torpemente, trataban de ser útiles. No sería sino hasta horas más tarde cuando por fin habría de llegar  la calma. Olor a tierra húmeda, a flores dulces en descomposición, a tabaco y a café. El dolor puro, sin angustia, sin incertidumbre, sin más escenarios posibles que lo realmente acontecido.