domingo, 25 de diciembre de 2011

Columna vertebral

Exquisitos pepenadores
Sergio Garval
Ausencia

En el jardín
ya no se oyen los grillos,
sólo las flores
más fuertes iluminan
cual diminutos soles
que la noche devora.


Distantes ecos
de tu voz en la alcoba.

En las desiertas tardes
preñadas de tristeza
de éste mi invierno,
entumecido,
rebusco tu presencia,

donde no hallo
entre abatidos días
el exquisito aroma
del café ahora frío.


                    Jorge Iván Dompablo.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Crisol florido

Regreso del poeta
Giorgio de Chirico
       
Érase una historia


Érase una historia
que hablaba de ti cuando me miras.

Había letras inmóviles,
hombres guardianes de la nada,
melodías susurrantes,
orbes enamoradas de tu belleza.

En esta historia cabían unicornios,
princesas inimaginadas,
juglares alegres,
cánticos y danzas nocturnas.

En ella estaba y no estaba todo:
Un tiempo eterno para ser,
rabias y alegrías transformadas.

La historia era de los dos,
Tú, cálida brisa cristalina,
oculta en los silencios de mi cuerpo.

Yo, aquel jinete que cabalga el mundo
buscando trozos de tus labios...

Érase aquello que imagina
un poeta taciturno cuando sueña,
una historia
que me cuentan y es la mía
cuando tiemblo por tenerte y no tenerte
cada vez que esquivas la mirada.

                                   Francisco Daniel Alarcón Ceceña.

Crisol florido es un espacio abierto para aquellos que tengan algo que aportar en este sitio del universo de la red. Sugerencias y colaboraciones (ensayo o cuento de 400 a 500 palabras o poesía de máximo treinta versos) a nidyaareli@gmail.com

martes, 6 de diciembre de 2011

La sombrita

Quijote
Gustave Doré
En la bravura del tiempo y las sinrazones de cada día se encuentra la esencia de la vida. Solemos disponernos a las hazañas grandes las más de las horas, y éstas se pasan inclementes e impacientes sin que llegue la hazaña tan ansiada. Si la vida es sueño, ¿qué será la muerte? Sueño también, dice el gran Unamuno. Y de entre sueños se yergue la existencia sin más antesala ni más colofón que la nada. Usurpando a la existencia un pedazo del sedal de la tela que urde, tejemos la nuestra, microscópica entre las existencias todas que no fueron, son y serán…
       El alma, poblada de cuestionamientos, temores insomnes y aflicciones robustas, se nos escapa del cuerpo en la espera, y pues la espera no rinde frutos, y tan egoísta es la espera como lo nefando de la misma. Se aboga por lo elaborado y sublime tanto como por la simplicidad, aunque claro está que lo sublime suele ser simple pues, ¿no son los extremos caras de un mismo ente? En la turbulenta, osada, o pacífica beatitud de lo que es, navegamos, airosos unas veces, ansiosos otras; o naufragamos sin más consuelo que un poco de sol en los días nublados.
       Buscamos la brisa cálida en un remanso de consuelo que no existe o, ¿acaso alguien ha visto el paraíso? El edén no existe sino en cada sustancial corazón que lo inventa y lo recrea para consuelo propio. Y puesto que las imprecaciones y sinsabores del osado mundo nos abruman de vez en vez, no queda más que respirar el aire ocioso y enervante de la vida, pararse al sol frente al horizonte y empezar de cero. En la renovación del esfuerzo, la avidez de lo simple y la espera que es también la esperanza, está el lenitivo del alma. Y porque la vida es sueño soñemos proezas homéricas, recobremos el aliento lanza y adarga en mano, y no importa que tan oxidadas estén nuestras armas, no se olvide que cual quijotes, siempre podemos arreglarlas con un poco de cartón o lata, que de vencejos viejos con que arreglar las armas están llenas las calles de esta ciudad y de este mundo.
       Si resuella el corazón hay que atizarlo, cantémosle una canción y ¡a la batalla!, que guerra es la faena del día, y pues que de faenas y batallas y alguna ramplonería se suceden las horas, ¡a resollar, y suspirar, y guerrear y morir, morir y soñar!
Nidya Areli Díaz.