domingo, 30 de septiembre de 2012

Columna vertebral


EL BARBAS

Gato colorido
Vanessa García González
El Barbas llevaba perdido dos semanas más o menos, esa fue la conclusión a la que llegamos por la noche del martes mientras tomábamos café acompañado de galletas de animalitos salidas quien sabe de dónde. Así que aprovechamos para rememorar algunas aventuras de nuestro afamado gato: de color blanco con una pequeña mancha negra debajo del hocico, de allí su nombre. El Barbas había llegado a nuestras vidas dos años atrás, era apenas un niño…, bueno era un cachorrito cuando se lo encontró mi novia justo a tres metros de llegar a la tortillería (yo la acompañaba), le había parecido muy simpático y desamparado pues estaba maullando desconsoladamente y por la calle andaban muchos perros distraídos que aún no lo notaban. Yo en principio no me lo quise llevar, pero ella insistió tanto diciéndome, entre otras cosas, que mi vecino que tenía otro gato “sin duda” lo querría. Más por enternecimiento por ella y por el gato que porque me convenciera su argumento me lo lleve a mi casa. La bolita blanca de pelos no paraba de pedirme que la alimentara.

          Mi vecino, por supuesto, me mando por un tubo; de todas formas sólo se lo había comentado por no dejar, pues ya me había encariñado con el gatito y si él lo hubiese aceptado igual y le digo que era una broma. Yo como no sabía de esos menesteres sólo atine a comprar un cartón de leche y una jeringa con la cual lo alimentaba varias veces al día, la última antes de irme a dormir y la primera al despertar. Lo que más trabajo me costaba era entibiar la leche pues siempre me quedaba con la duda de si no estaría o muy caliente o muy fría y mi hijo mientras tanto maullaba desconsolado. Así pase de ser un joven sin responsabilidades a verme como padre y madre del Barbas.

          El Barbas era un valiente cazador, aunque sólo tuvo la oportunidad de enfrentarse a no muy fieras lagartijas que por la tarde se asoleaban en la barda del jardín, esto lo hacía en contra de mis órdenes determinantes de no matarlas porque siempre me han gustado mucho esos dinosauritos. Entonces lo que yo hacía era que cada vez que veía una corría y se la espantaba y lo regañaba muy seriamente, cosa que a él poco le importaba porque siempre se quedaba dormido a mitad de mi arenga. También a veces me daba unos sustos de aquellos… Como cuando me daban pesadillas, de esas en las que sabes que estás dormido, pero no te puedes despertar. Entonces con mucho esfuerzo en algunas ocasiones lograba despertarme y lo primero que veía eran unos ojos muy brillantes frente a los míos, con el salto que pegaba del miedo, él se desconcertaba y se ponía de pie, y con sus patitas delanteras empezaba a mullir la sabana, lo cual siempre me pareció una especie de masaje gatuno que me obsequiaba para que hiciésemos las paces.

          Todos esa noche, menos mi mamá, estábamos convencidos de que no regresaría. Por eso fue ella quien se levantó a lavar el tazón de las croquetas y, llenándolo, comenzó a llamar, luego todos salimos a imitarla, pero el Barbas nunca volvió.

Jorge Iván Dompablo.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Encuentros


Crónica de un grito mexicano

Estamos en septiembre del año dos mil diez, camino por las calles del centro de la Ciudad de México, en la esquina de la calle 20 de noviembre está instalado un arco artificial de manera temporal que hace rememorar la entrada triunfal de Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide junto con el Ejército Trigarante hace menos de doscientos años, al lado de catedral se proyecta en un reloj moderno el tiempo que falta para llegar al día de la gran celebración del bicentenario del inicio de la independencia mexicana, con toda la controversia que significa recordar un evento trascendental en la historia de un país, donde justamente no pasa el país por una de las mejores épocas (¿habrá habido alguna?), que si la pobreza, las olas de asesinatos en todo el país, la lucha contra el narcotráfico, la corrupción, etcétera; yo, al igual que la mayoría de compatriotas prefiero dejarme llevar por el momento, es que los adornos en la ciudad han quedado preciosos, algunos circuitos viales y carreteras hasta han sido apellidados como “Bicentenario”, en fin, que parece que también estoy contagiado de ánimos por celebrar.

Alegoría de la Patria
Jorge González Camarena
          Recorro otras calles de la ciudad, observo los adornos de las casas, de las avenidas y edificios de gobierno, entonces recuerdo que hace unas semanas asistí a una reunión convocada en los estudios Churubusco, por el director de cine Francisco Vargas, la cual tuvo como intención reunir a fotógrafos, camarógrafos y voluntarios a participar en el más reciente de sus proyectos, el cual tiene como objetivo reunir un archivo audiovisual sobre el quince de septiembre en distintas partes del país, así que analizo dónde podría emplearme para obtener algún buen archivo que pudiera funcionar para efectos del mismo. No he decidido que documentar.

          Hoy es el gran día, decidí grabar algo por la mañana para el proyecto, la calle por donde vivo quedó espectacularmente adornada, dos minutos suficientes de toma de imágenes, como con mis familiares unas tostadas, después decido salir por la tarde a ver el desfile en Paseo de la Reforma, en la noche un concierto de Kinky, y en verdad, ¿esto es celebrar al México Independiente? Las personas a mi alrededor han quedado fascinadas por lo que ven, disfrutan las luces, los ruidos de matracas, los sombreros; a veces me cuesta creer si las notas rojas emitidas por los diarios son parte del mismo lugar. La gente parece tan contenta, se acerca la hora del grito, yo me sumerjo en la multitud congregada en el Ángel de la Independencia, está puesto un escenario, cantan algunos artistas del género pop, la gente los aclama, junto a mí una señora desmaya, en el bullicio se pierden las voces de auxilio. Después de varios minutos un policía la asiste y se la lleva cargando en su hombro, se retiran los artistas, se encienden las pantallas, aparece la figura del actual presidente Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, al tiempo que la gente comienza la silbatina, mentadas de madre, su apodo engendrado por otro actor político: Espurio. Me quedo callado, confieso que es la primera vez que me toca compartir este evento con la muchedumbre, aunque no estoy contento del todo con lo que ha sucedido bajo su mandato, no acostumbro insultar a figuras públicas, además es una fecha especial, se abren los micrófonos, la gente enardecida con los insultos, de pronto, se hace un silencio, la figura presidencial vitorea el nombre de los héroes patrios, la gente se alinea y corea los “vivas”, entonces pasa algo por mi mente que me impide seguir a los demás, no puedo concebir que las personas estén en desacuerdo con el desempeño de un funcionario público y aun así lo acompañen a celebrar algo que ¿debía celebrarse? Ante esto, decidí callar, y retirarme…en cuanto pude porque los juegos artificiales estuvieron fabulosos cerca del ángel, tomé algunas fotos para el recuerdo, pasada esta fecha el fin de año se acerca.

Frank CasPe.



domingo, 16 de septiembre de 2012

Crisol florido



MANECILLAS MUERTAS


Explosión del reloj
Salvador Dalí
El cielo se nubla,

las manecillas muertas

marcan cinco minutos antes del final.

Gotas de lluvia caen,

su sonido me seduce.

Caigo vencido.



La muerte implacable llena mi alma.

La necesidad de tu voz, consuela mi ser.

Tus ojos brillantes conducen mis pies.



Regreso de la eternidad,

el universo me escupe.



En un sonoro suspiro me lleno de vida.

Vida, que tus labios me dan.

Las manecillas muertas

marcan una vez más, cinco minutos

antes del final.


                             Victor Hugo Pedraza.

domingo, 9 de septiembre de 2012

La sombrita



ESPERANZAS

Esperanzas y deseos
Dakota Tarraga
Cuando por fin nos percatamos de lo que ocurría, las cosas ya estaban muy mal. No supimos cuándo habían comenzado a enfermar y morir las esperanzas, no conocíamos las causas por las que la tasa de natalidad esperanticia se hallaba tan disminuida con respecto a los años pasados; los niños prácticamente nacían sin ellas, faltos de toda gana de alcanzar ideales, casi desnudos de buenos sentimientos. —¿Dónde están las esperanzas?—, nos preguntamos aquél fatídico día. Todos miramos en rededor nuestro quizá con una pequeñita esperanza de hallar la respuesta pero desanimados en demasía. Ahora mirábamos lo descuidados que habíamos sido, lo mal que las habíamos tratado, olvidándolas a menudo en un rincón de nuestras casas; nos lamentábamos porque ahora, más que nunca, teníamos menester de ellas.
Los viejos, demasiado viejos y sin esperanzas, esperábamos que la juventud se encargara de encontrar nuevas esperanzas y las repartieran por todo el país. Los jóvenes en cambio que, para el caso, ni habían tenido la virtud de nacer esperanzados y, por el contrario, vivían sin ellas desde siempre, no las echaban en falta; miraban a los viejos con extrañeza, reprobando que aquellos añoraran abstracciones tan vanas.
¿Qué pasó con nuestras esperanzas?, ¿dónde las dejamos?, ¿por qué han muerto de esta manera? Nadie encontraba explicación. Nadie sabía decir nada. Las pocas esperancitas que aún quedaban vivas no nos decían nada. Nos miraban atónitas y egoístas; ciertamente que eran las más, aquellas individualistas y soberbias. Esperanzas nobles eran las menos, y tan enfermas que se nos morían en los brazos. Exhalaban por última vez bañadas en copiosas lágrimas de pesar. En fin, que ante la falta de remedio y explicación, resolvimos lo único que se nos ocurrió: mantenerlas en observación, registrar los cambios, tratar de alimentarlas aunque fuera poco y difícil.
—¿Qué está pasando con las esperanzas?—, nos dijimos sólo una semana después. Milagrosamente parecían muy repuestas. Incluso parecían nacer nuevas esperanzas en nosotros. ¡Qué felicidad!, al fin tendremos esperanzas otra vez. La emoción fue tanta que más gordas y rosadas se pusieron las esperanzas. A los jóvenes, antes carentes e independientes de ellas, ahora parecía nacerles alguna de vez en cuando. Fiestas de la esperanza. Coloquios sobre las esperanzas. Taxonomía de las esperanzas. Toda clase de atenciones a las esperanzas, todo tipo de bienestar que redundaba en estar cada vez más esperanzados. Por un tiempo no sólo nos sentíamos más vivos y mejor, sino además nuestras vidas estaban cambiando. Teníamos esperanzas de nuevos y mejores días, de ser mejores personas, y en consecuencia procurábamos dar lo mejor de nosotros mismos. Las esperanzas nos hacían vivir mejor.
Pero un día, después de muchos meses, nos sentimos fuertes e independientes de nuevo, y las dejamos otra vez abandonadas. Las esperanzas comenzaron a morir sin que de ello tuviéramos consciencia. Otra vez los niños nacían carentes de toda luz. Otra vez se cernía la oscuridad de la apatía sobre todo el país. —No sabemos qué pasa con las esperanzas—, nos dijimos cuando nos percatamos de la muerte masiva. Las juntamos a todas en una clínica esperanticia, las tuvimos otra vez en observación; pero siguieron muriendo… muriendo.

      Nidya Areli Díaz.                         

domingo, 2 de septiembre de 2012

Columna vertebral


Ciudad imaginaria
Carmen Medina
Hay en algún punto del universo fuera del globo terráqueo una ciudad distinta; yo la conozco, he estado en ella; no puedo asegurar que sea mejor que la ciudad en la que vivo —quizá no—. Sólo se decir que ejerce en mí un grado de fascinación especial. Existe en ella, al Sur, una avenida que sube una colina rodeada de un bosque por cuyas hojas siempre pasa el viento; aleteo de mariposas amarillas que la luz del sol matiza, agudos lamentos que hieren el alma, tenues suspiros… Del otro lado, al bajar por la pendiente, una curva gira a su derecha en donde apenas se perciben algunas casitas lejanas esparcidas en la orilla. Alejado de ahí, al Norte, existe un camino como trazado con regla todo desértico, su tierra blanca se levanta muy fácilmente y quema los ojos, sin embargo cuenta con un autobús que si lo tomo y viajo en él muchas horas —en las cuales siempre “duermo”— me llevará, aunque jamás he llegado, a la casa de mi abuelo. Al Este hay un río poco profundo de aguas tranquilas bordeado por campos sin sembrar, cercana a él está una alberca sumida en un barranco, algunas veces he saltado en ella y aunque el agua es deliciosa luego me viene una desesperación profunda pues ya no puedo subir; no es que sienta que me ahogo, de hecho esto nunca ocurre, pero me quedo atrapado allá abajo. El centro de esta ciudad tiene un parque al que dos farolitos no alcanzan a iluminar, por ello siempre está en penumbras; esto, sin embargo, no evita que tenga siempre dos o tres transeúntes que viajan separados. El otro punto cardinal me es un misterio, por alguna razón extraña jamás me he aventurado a explorarlo. Digo que esta ciudad existe porque he estado cientos de veces en ella, por favor no piense que le miento, ni piense que estoy loco, para mí es de por sí difícil el tratar de explicármelo; muchas veces al abrir los ojos y encontrarme con la oscuridad de mi cuarto trato de definir hacia dónde está cualquiera de los puntos que le he descrito y no lo consigo; pero si cierro los ojos en ese momento en el cual aún no se está completamente dormido o despierto, digamos en un punto neutro, todo cobra claridad y aunque no pueda en ese estado desplazarme en ella, sí distingo hacia dónde está cada uno de sus territorios. En mi vida cotidiana hace algunos días encontré la avenida que sube la colina. Quiero confesarle que cada sábado por la noche, después de tomar algún café con mis amigos y platicar acerca de El Quijote paso cerca de ella; es entonces cuando me invade el deseo vehemente de seguirla, sin embargo, me paraliza un miedo que yo sé que es irracional y continúo mi camino. Querido lector, esto es una confidencia: si se lo cuento es porque tengo la esperanza de que usted también la conozca o, si no es así, por lo menos la esperanza de que tenga una confidencia similar a la mía que aún no se haya atrevido a contar.


Jorge Iván Dompablo.