Mesoamérica
Ernest Descals
¿A qué sabrá la muerte?
¿A qué sabrá la muerte? —Pregunta Ausencio cerrando los ojos—. Genaro dijo que sabe un poco como el ajonjolí y el frijol… Ya ves, cuando el Comisionado Izquierdo le baleó, le reventó todita la vena del hombro derecho, hizo un reguero de sangre por todo el salón “Faisán”, estuvo doce días sin despertar, inconsciente, y otros siete sin hablar, como idiota, clueco, ido y venido de una tierra de espanto sin porvenir, no fue hasta que mamá Juvelina vino y le dio una pastita de peyote raspado cuando Genaro despertó como si el mismo Lucifer le hubiera pateado en los meritos tanates... —Cállate—, exige Esther. — ¿Tienes miedo?—, le inquiere traviesa mientras deposita un beso flaco y flojo entre los albinos labios del casi-niño-muchacho. No, ¿cómo crees?, ya habíamos quedado—, dice muerto de miedo. —Si no te gusta, voy sola—, agrega con astringencia, garbo azul y desmembrado. —No me gusta…, pero lo voy a hacer, quiero intentarlo—. El pinchazo en la vena, la inyección de un afluente lánguidamente dorado, letal —Sólo treinta segundos, eh, por favor—, profiere el joven con estupor en la boca. —En la película fue más…, pero como gustes—, remata la mujer con algo de consternación y tedio.
El miedo se metió en sus carnes, un temblor incapacitante le cosquilleaba atrás del riñón, el mundo se comprimió en un vaso convexo y sepia, sus ojos errabundos por las paredes y el techo, cayó su mirada a su costado contemplando ansiosamente la jeringa del antídoto, suplicando en silencio que muy prontamente se incrustara en sus venas…, sobrevino el dolor como parca caricia, sintió un ejército de hormigas asesinas colarse hasta su corazón, puñaladas pequeñas y mortíferas en el musculo cardiaco que se constreñía temeroso y confuso olvidando su latir. Ni un quejido. Una mirada larga alcanzó el rostro prieto de Esther sumergiéndose en una oscuridad más adusta y gruesa que la de su piel. Trató de aglutinar de nuevo su dispersa atención, enfocó sus fuerzas en su lengua para detectar algún sabor en esa mórbida oscuridad…
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Sus pies andaban sobre una sustancia furunculosa como arena, sus ojos ardían con el perfume de los cirios: la cera quemada, adusta; el rojo aroma del copal rascándole el lado profundo del vientre, la oscuridad tornaba a tierna luz palpitante.
La vereda hasta hace poco ignota y gris es incendiada por gotas de fuego anaranjado ardiendo en la membrana interna del Cempazúchitl, la piel pergaminosa, erizada recio por la humedad de un altar en el que buscaba solícito los sabores de la muerte; los indaga y los reconoce en la perforación del sabor del chocolate dentro del mole; pero el picante se le esfuma antes de tocarle la lengua. El aroma de tabaco mordiéndole los ojos y la garganta como una pacificadora señal de humo de indiana. — ¡No!—, exclama al ver su fotografía flanqueada por las veladoras torvas, comprende con ingenuidad deprimida que ha pasado muchísimo más de treinta segundos desde que murió…
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Esther depone la muñeca, deja de tomar el tiempo, pasan tres minutos, luego cinco y ella sigue inmersa en contemplar los rasgos finísimos e inertes de Herminio, coge las llaves, arroja todas las jeringas a la basura, incluso el par que para ella reservó, abandona el cadáver aún tibio de su alumno-amante-admirador, sale del cuarto con una sonrisa aguda hiriéndole los labios, sube las escaleras, inspira hondo, se arroja al vacío sin titubear. La sonrisa le hierve al atravesar el aire y, justo antes de estrellar su cabeza contra el suelo, se le fuga, al percibir atrás de las muelas, un sabor a amaranto y frijol.
Cladudio Phoenicoperus.
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