domingo, 27 de marzo de 2011

La sombrita

El pecado
Capilla sixtina
Miguel Angel

Pocas cosas en la vida tienen sentido; a decir verdad, el único sentido posible de cada acontecimiento, cada decisión, etcétera, es el prepararnos para algo más grande, para el gran acto, pero, ¿qué acto? ¿Es que hay un escenario con telones de terciopelo y luces espectaculares, aguardando nuestra gran representación? Lo cierto es que nadie lo sabe, vivimos en una constante preparación sepa Dios para qué…
      Somos histriones por naturaleza, nos encantan los aplausos casi podría asegurar que desde el mismo vientre materno, aprendemos a caminar porque alguien nos lo aplaude, y lo mismo con el lenguaje o el oficio que nos sostendrá. Claro que nunca estamos totalmente acabados, buscamos y buscamos una perfección patológica quién sabe para qué, para la gran obra del juicio final, diría la biblia. Pero quién creo a quién: Dios a los hombres o los hombres a Dios. La creación es mutua, al final todos venimos de la nada, y si no, ¿qué hacía Dios antes de crear mundo y hombre?
      A todo queremos hallarle el sentido, el por qué, y ¿acaso no responde ello a una falta total del mismo en todo lo que nos circunda, incluso en la existencia misma? En el principio fue el significado, luego el significante, la esencia fue prima, luego el nombre y las cualidades que el hombre le inventó, porque, ¿qué es el significante sino un algo que describe un todo, una abreviatura del significado?, y nosotros como significados, ¿no nos inventamos cada día con un significante renovado?, ¿no pactamos con Dios con tal de no ser borrados de la gran lista de significantes de lo material? Porque somos materia, polvo somos, dice la biblia. Y polvo con su nombre reiterado para que no se les olvide a los que nos rodean o incluso a nosotros mismos que eso que somos tiene nombre —significante—, y es por tanto, de tal o cual modo; es decir, le corresponde actuar así y no de aquella manera.
      Y la representación, el actuar, ¿no es acaso una farsa?, más aún, en vida: el ensayo de la farsa. Porque en la tradición cristiana, esta vida es solamente una preparación, un ensayo para un evento de mayor trascendencia. Ahora bien, dicen que echando a perder se aprende. Por lo tanto, y porque esta vida no es sino sólo un simulacro de la verdadera vida, y de acuerdo al sabio postulado de la tradición popular mencionado anteriormente, aprendemos y practicamos para el momento cumbre mediante el pecado, pero el pecado en tanto error, siempre aberrante, condenado por el cristianismo sería, no obstante, el mejor maestro y por lo tanto nos prepararía mejor para ese otro gran evento. Para el momento culminante y para el gran porqué.
Nidya Areli Díaz. 

domingo, 20 de marzo de 2011

Columna vertebral


Calle de Gabino Barreda (1944)
Óleo sobre lienzo
Autor: Gunter Gerzo


Su cuerpo, en agonía desde la tarde, luchaba con desesperación por parir al monstruo, al principio había puesto todas sus esperanzas y empeños en el acto, lo imaginó grande, hermoso, quizá perfecto. Podría decirse incluso que la ternura estuvo presente en su concepción, por ello fue que buscó el momento apropiado, se informó sobre las prevenciones que ameritaba el caso, dispuso sus herramientas con un orden exquisito que lindaba en patología; sin embargo, todo fue inútil: las mejores horas, las felices, pasaron. Ahora el día se terminaba y con él su paciencia. 
      Podía verlo, por decirlo de algún modo, como realmente era: deforme, pegajoso, aferrándose con cada una de sus patas que hacía recordar a una sanguijuela que chupa no la sangre, sino la fuerza y la vida. Pero esto no era lo que más le molestaba, pues reconocía parte de su misma naturaleza en ese ser grotesco; finalmente algo debía de heredar del Padre. La indignación, la rabia eran contra sí mismo, contra su estúpida ceguera de creer que esta vez sería diferente, era ésta la causa de haberlo abandonado dos años atrás y aquí estaba de nuevo.
      Deseaba sacar las tijeras que había guardado el día anterior en el costurero para abrirse el pecho, ingresar en él las manos y arrancarlo de sí definitivamente; mientras tanto, el reloj seguía avanzando en su loca carrera infinita, los parpados cada vez más pesados, los ojos secos, sanguinolentos. El humo del puro llenaba la habitación provocándole nauseas, la mesa sobre la cual “trabajaba” embarrada de cenizas, los diccionarios botados, la pluma imperturbable y él a punto de caer al abismo lleno de vértigo ante la hoja en blanco.
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 13 de marzo de 2011

Encuentros

Hoja en blanco


Me pregunto si nos volveremos a encontrar esta tarde después de que deje de llover, comienzo a dudar si de verdad cumplirás esta vez tu palabra, por mi cabeza rondan infelices destinos, deseo omitirlos porque son tantos los rencores hacia ti, muero a cada instante, desespero, cruzo las calles a pasos acelerados, peleo contra los muros móviles de figuras humanas que se esparcen y reproducen palabras sin cesar, provocan pánico, ensordecen la música, pierdo el sentido de la lucha, desvanezco, aun así debo acudir a la cita.
      Estoy muy cerca de llegar, tengo la sensación de haberme adelantado, espero afuera, tal vez ya estés esperando, pero antes prefiero mirar al cielo, trazo con los dedos espirales en las nubes, luego acompaño al sol acercarse a la noche, he viajado al futuro.
      Entro a nuestro hogar y encuentro bajo la penumbra las habitaciones vacías, mi búsqueda se extiende a través de las dimensiones que cubren las paredes, un rayo de luz diminuto cae sobre el centro de la sala, es una señal que ilumina un papel doblado, lo tomo con las manos, desdoblo la hoja hasta dejarla plana, quiero descubrir su mensaje.
      He llegado tarde, ¿hace cuánto que se fue? Tomaba por la mañana una taza de café, observé su fotografía, hablé acerca de su belleza.
      - Yo quisiera una chica así- comentó un mesero al ver su rostro. Sonreí y pague la cuenta.
      Nada escrito, la hoja en blanco, no hay huellas alrededor, esta es la última forma que encontró para expresarse, espacios llenos de silencio difíciles de enterrar, en dónde guardo los secretos destinados para este momento.
      Me pregunto si nos volveremos a encontrar, nada está escrito...
Frank CasPe.

domingo, 6 de marzo de 2011

La sombrita

Nada hay tan efímero en esta vida como la vida misma. Creemos que existimos y en realidad todo el teatro se reduce a una ingenua ilusión. El sufrimiento, la felicidad, cada triunfo y cada fracaso van a parar inevitablemente a un foso. Tarde o temprano todo perece. Hay seres humanos que creen que pueden prolongarse a través de la progenie; sin embargo, la descendencia casi siempre termina por olvidar al individuo en cuestión. La mejor prueba de ello es la rareza de recordar en forma remota a los tatarabuelos. A lo sumo sabemos sus nombres y ya es mucho. El universo nos borra de su memoria como borramos al resto de la humanidad. Todo recuerdo es ficción. Aún rememorando como cosa natural que una persona era de una forma o de otra, nada nos asegura que así sea. Una fotografía no es suficiente para atrapar la esencia de un ser, si el fotógrafo fuese muy bueno a lo sumo capturaría la esencia de ese ser en el momento del flashazo, pero entonces, ¿qué sería de aquél una hora más tarde?, ¿podríamos remotamente adivinar sus pensamientos, deducir las muecas que hizo siete minutos después, saber en verdad algo de él?
      Rendimos homenaje a nuestros muertos inmediatos pero no sabemos, ni podríamos, recordar de manera remota a los lejanos. La tía de la que nuestra abuela hablaba con tanta devoción muere al morir la abuela, nuestra primera mascota muere con nuestros recuerdos infantiles que ya nunca volvemos a traer a la memoria. Todo lo que somos y lo que seremos vive en este momento aburrido o interesante, infeliz o alegre. Cuando cerremos los ojos el mundo va a darnos la espalda. Sería estúpido que nuestro cerebro dejara de recordar otro tipo de cosas útiles para nuestra preservación a cambio de tener albergue para pensar en todas las generaciones que nos precedieron. Aún es una pérdida de tiempo pensar en las personas que ya no están en nuestras vidas.
      Dicen que nuestros recuerdos nos hacen pero, ¿qué somos si no el instante actual?, y mejor aún ¿qué es el instante actual si no una vaguedad de la que ni siquiera estamos seguros?, ¿cuántas veces otros nos dicen lo que somos y lo creemos en contra de lo que afirman nuestras neuronas?
      Yo voy a pensar en mí de cierta forma… hasta que llegue alguien que me demuestre, no con hechos sino con una labia medianamente hábil, lo contrario. Mientras muero voy a creer en el tiempo, luego el tiempo dejará de creer en mí y desapareceré en mi forma actual que, a lo cierto, cambia a cada segundo, ¿cuántas células de mí estarán muriendo ahora mismo?, ¿cuántas habrán nacido en el transcurso de este párrafo? Lo medular es que dejaré de ser, y si muero antes que las personas que comparten conmigo el pedazo que me toca de tiempo y espacio, seré borrada de la mente colectiva de la humanidad -¿existe?-, cuando esas personas dejen de existir. 
                                                                               Nidya Areli Díaz.