domingo, 25 de marzo de 2012

La sombrita



Circe ofreciendo la copa a Odiseo
J. W. Waterhouse


Las rodillas de Circe

Mario amaba las rodillas de Judih, le parecía un milagro que unos guijarros tan tenues, tan delicados, pudiesen mantener en pie semejante escultura de galana mujer; se le semejaban a Mario esas rodillas como un par de redondas pelotitas de frontón: las miraba ir y venir sobre la acera, el patio, el estacionamiento del edificio, e incluso, las alfombras de los hotelitos de paso. Una acompañaba a la otra con pasmosa fidelidad, detrás o adelante, alternándose en la butaca del cine cuando la Venus cruzaba la pierna. Allí por detrás, en el gemelo derecho: un lunar tan oscuro como enervante. A Mario le encantaba ponerse las piernas de su diosa sobre los hombros, penetrarla sujetándola por las rótulas, abrirla en canal pero aferrado a las tiernas naranjitas como de suave cartílago. Las lamía y besaba con frecuencia, una vez las mordió, sin embargo allí paró la cosa porque su Circe pegó un gritó y asestando una patada en la cara sugiriole un rotundo No. Enterado el gentilhombre, maravillado por la fuerza con que aquellas pequeñas habían impulsado semejante patadón, las veneró con mayor vehemencia. 
       —Regálame tus rodillitas—, le dijo un día —no está mal la turgencia de tu vientre ni la firmeza de tus piernas. Amo la tersura de tus senos y el soporífero aroma de tu vagina, pero regálame tus rodillas. Por ellas —un silencio— vendo a Dios.
       Judith se dio vuelta en la cama dándole la espalda, y se convulsionó en una gran carcajada.
       Mario la bebía, la degustaba, la mascaba. Decíase que el amor es eso: amar las rodillas de Lilith, de la vampira Lilith, la ninfa Circe, la hermosa Venus. Era amar su vaivén por las escaleras del metro, su trote ligero en los pasillos de cualquier edificio, su devaneo en la cama mientras la cogía y re-cogía. Amarla era eso: morder el lunar, meter la lengua en las coyunturas entre la rótula y el fémur, prolongar cada bocado y luego repetirlo. Amar a Judith era desnudarse frente a ella y cederle el paso, abrirle la puerta del auto y ofrecerle flores y cartas, era ponerle crédito en el teléfono para esperar por las tardes sus llamadas y que nunca llegaran, era llamarla él como por azar, era fingir ante los embates de la mentira y el disimulo, soportar los celos y celarla más, celar sus rotulitas perfectas.
       —Tienes unas rodillas de fractal—, le dijo. Luego la encontraron con un tiro de gracia, los labios arrancados a besos y las piernas, con todo y rodillas, limpiamente cortadas con cierra.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 18 de marzo de 2012

Columna vertebral


Camino de los recuerdos
Leonid Afremov

Un ejercito aguarda impávido en profunda ensoñación… Cuando la bandera mítica ondee en el campo, signo inequívoco de la batalla, los diversos escuadrones comenzarán su avance y, con toda su maquinaria dispuesta, combatirán arduamente hasta conseguir sitiar el alma de aquel que, sin darse cuenta ha dado la señal de alarma al percibir inconscientemente un aroma, un sabor o quizá una música que lo ha sacado de su cotidianeidad y lo ha llevado a un instante lejano y olvidado de su vida. Así, por ejemplo: el mezcal orgánico que probé hará un año llevaba inmerso en su gusto acre un atardecer cualquiera de mi niñez en casa de mis abuelos con aroma a tierra, humo y magueyes, incluso me permitió escuchar el mugido de las vacas que rumiaban el zacate junto a la pileta llena de agua fresca; o el perfume de mujer que a veces percibo, y que como acto reflejo me obliga a buscar la silueta femenina de donde emana, del que no sé el nombre, y me embriaga de angustia cada vez que tropiezo con él, aunque también contiene algunos matices coloreados de felicidad que no sabría explicar, que además me traen a la memoria la imagen nítida de ella. O qué decir de la música que con acordes dolorosos me transporta a largas noches frías que pasé en la soledad y en las cuales buscaba la iluminación sin comprender que la oscuridad del alma también tiene su encanto.
       Habrá que perder todas las batallas, dejarse herir dulcemente por esos inciertos ejércitos, que en realidad luchan contra el olvido, y recuperar para siempre los instantes que permanecen ocultos en lo profundo de nuestro pasado para así poder ir más completos deambulando por la vida.
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 11 de marzo de 2012

Encuentros

Flaming June
Frederic Leighton
Maldito Perverso

Corazón perverso
inquisidor de recuerdos
escombro de anhelos
infante confuso
amor que no encuentras.

Corazón maldito
nostalgia desprecio carne.

Corazón perverso
amorfo e incompleto
incurable desconsuelo
del mundo disperso
la herida que habitas.

Corazón maldito
semilla cráneo desorden.

Frank CasPe.

domingo, 4 de marzo de 2012

Crisol florido

Tentación
Emilia Castañeda Martínez
Cáliz
LA LUZ ESTÓLIDA del farol consumía tiernamente el aceite de su cáliz, las moléculas de lluvia interminables, postergaban la escampada hasta el vecindario del infinito, en el cenicero ardía un hálito de cigarro lánguido, largo y protervo como la casi extinta luz del corazón de Florita, dos veces pronunció con su labio alforzado y leporino “Te amo tanto, Mario…” dejando que su aliento se abrazara cálido, muerto y espectral con el humo incensado del tabaco crudo volando por la cara más oscura de este universo.
       La medianía de sus ojos ateridos en un epitelio acuoso, casi ahogados en lágrimas, titilaban esquilando el cielo raso, la cómoda, las lámparas, el espejo, los rollos de ropa inertes sobre la mullida alfombra; mi dedo índice sobre la aureola de su pecho, proyectando una diagonal imaginaria que se incrustaba hasta la profundidad de su corazón rojo y etéreo.
       Su voz de flauta fulguraba temerosa, indecisa, emboquetada por la oquedad ociosa de su paladar hendido… musitante y sinfónica junto al croar de otras ranas que se colaba por las fisuras sutiles de las ventanas de la terraza… Imagino que la luna afuera, embozada por el tafetán de las espesas nubes, refulgía el vómito rojizo de su luz más enferma.
       El carisma trémulo de su mano izquierda garabateaba las últimas tildes de confusión sobre el jaspe de mis barbas, los grandes trazos de su mirada pulcra, comenzaba a desquebrajarse en solaz avieso, la mordida cruzada por sus propios labios en aspaviento de angustia marrullera, por fin asentaban el desplome ferozmente ambicionado de ese muro que se nos interponía; le besé la frente con un ósculo eufémico, después le pací los labios en prenda y prima del favor tendido…, ante su tortuoso seño yo le sonreí ladino…
       Me duele comprender doliente el largo tiempo que contemple sus ojos con deseo clandestino, lo vedada que me estuvo su boca de oblea, insípida y frágil; sus ojos infantiles de un mirar estulto, mas no puedo explicar ni en quinientas palabras, el relicario que soy de carnes femeninas, de las diversas calañas y disímbolos calibres, poseedor de rosas, vorágine de alientos perfumados, de labios carnosos y afrutados, dueño sin fe de almas golosas y de hímenes castos, de bellezas de zafir algunas y de mármol otras, hermosas la mayor parte, pero ninguna tan deseada como Florita, con su talle de ángel fatuo imperseguible, como las ansias precarias que me asaltan a consumirme, cual fuego, a las mujeres en sustituto paliativo de su prohibitiva entrega.
       Le doy grosero mil besitos por su piel vibrátil, amasijo incipiente cada seno, trepa mi lengua por su cuello, firmo los muslos con resuellos, respiro borracho entre su vellos, convulso y tremendo la trepido, perforo su virginal escucha con groseras palabras de veneno, mastico sus labios muy, muy quedo; aspiro la arena de su aliento, reptan mis manos por sus glúteos, surge mi ardor y me pregunto: ¿Por qué no te tuve antes, mi Florita? E Incrusto mis carnes en las dulcísimas carnes de mi hermanita.
César Abraham Vega Guerra.

Crisol florido es un espacio abierto para aquellos que tengan algo que aportar en este sitio del universo de la red. Sugerencias y colaboraciones (ensayo o cuento de 400 a 600 palabras o poesía de máximo 60 versos) a nidyaareli@gmail.com