domingo, 2 de octubre de 2011

Columna vertebral

Nabucodonosor
William Blake

El viejo se levanta de la cama trabajosamente, lo mueve un inaplazable deseo de orinar, sin embargo, considera cada movimiento antes de llevarlo a cabo, sus pies descalzos exploran el pasillo con una incertidumbre absoluta; concentra toda su atención en dicha labor, pues pretende estar listo para reaccionar ante el más impredecible obstáculo. La memoria le falla desde hace varios años, por eso, conforme se acerca al cuarto de baño aligera sus pasos presintiendo algún mueble fuera de su sitio. Este acto, tan cotidiano en su vida, se ha convertido conforme pasa el tiempo en toda una aventura. Así, al llegar a la puerta de aquel, con los dedos cada vez más torpes de su mano derecha, gira el picaporte, avanza un pie… el roce del mármol húmedo le provoca una explosión de ansiedad, ésta es el resultado de su temor a resbalar y caer en cualquier momento. En la oscuridad palpa la pared en busca del interruptor que por fin logra encontrar, lo acciona y la luz blanca ciega por un instante sus ojos, poco después acaricia la pequeña cicatriz que lleva en la barbilla, al mismo tiempo que en el espejo se proyecta la figura de un ser desconocido de ojos amarillos y marchitos, al verlo cara a cara le surge de inmediato la pregunta: — ¿Quién es IVTC? —. El otro, con la mirada triste, no le responde; se limita a sonreírle de forma grotesca. Para tratar de quitarse el sabor amargo que ha dejado la interrogante en su boca, cepilla minuciosamente la poca dentadura propia que aún conserva. Minutos más tarde, al terminar dicha tarea, acomoda cada objeto en su lugar y vuelve al pasillo, pero esta vez emprende el viaje hacia su alcoba con decisión. Avanza hasta encontrarse frente a una mesa antigua de madera apolillada, allí lo aguarda una agenda telefónica, en la hoja frontal esta escrito IVTC 75 64 41… El anciano, se repite en voz alta estas letras y el número hasta el hartazgo, entonces, con rencor, arranca el papel haciéndolo una bolita que finalmente arroja al cesto de basura, sin embargo, ésta pega en una orilla y cae al piso. Furioso la recoge para depositarla junto con las otras que yacen en el fondo.
       — Cadáveres. Eso son —, berrea — sólo cadáveres —. Es entonces cuando una punzada debajo del ombligo le recuerda que ha olvidado orinar y dirige sus pasos tardos, nuevamente, hacia el baño…

Jorge Iván Dompablo.

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