domingo, 24 de junio de 2012

Crisol florido


DESVARÍO DEL TIEMPO COLUDIDO


El tiempo
Clemente Gómez Acevedo
Necesito creer, 
          oh necedad,


atraer al día en sus círculos de reloj,
imaginar al tiempo en que hace frío,
dilucidar la hora que nos detiene,

Necesito tejer un puente
entre aquí y allá.

Noche que se enuncia,
fuerza del misterio,
acallándose.

Hasta un susurro
donde despierta
entre una lengua
tu palpitar.

En la boca
vuelta rosa
una palabra
se contiene.

Horas sucediendo
lo quebrantable.

Figuras bastas.

Papel guardado del mediodía.

Olas dibujando el humo
de la serpiente.

Olvido soñando olvido.

Noche, vagas.

Miras el beso instantáneo
en la rodilla.

Guardas en la memoria todo aquello
que ya no existe.

Hoy, hace tanto frío.

Afuera, mil olas
muestran al mar,
infinito, oscuro, terso.

Hoy hace tanto tiempo que no,
que no sonaba el radio
diciendo tu nombre,
anunciando tu llegada.

                      
                     Omar Barrera.

 

domingo, 17 de junio de 2012

La sombrita

Reina Rana Comaneci

Todos amábamos las ranas; yo, porque me parecían hermosas, ellos, porque gozaban especialmente su carne sutil: escabeche de rana, ancas azadas, cocido de rana, tostadas de renacuajo, adobo de ancas con calabacines, rana almendrada y, en fin, todas las variedades que creó el arte culinario, después de que nos quedó el anfibio como única fuente de carne.
Rana
Guenther Maurek 
          Un día las ranas se fueron. Subleváronse en su condición de subordinadas del hombre y, simplemente, desaparecieron. Fue cuando todos cayeron en cuenta de lo importantes que eran las ranas para la sociedad, porque ahora la dieta del mundo cambiaría radicalmente, porque toda celebración estaría ensombrecida en adelante por la ausencia del típico platillo a base de carne de rana, porque iríamos cada vez más bajo a tragar lombrices asquerosas. La rana, en fin; es decir, todas las ranas, se esfumaron de la noche a la mañana, hallarían, tal vez, un lugar en el mundo para esconderse del hombre: de todos los hombres.
          Sin embargo, a mí que no conocía el sabor de las ranas, no tanto por amor a las delicadas criaturas, sino por el apego que en mi mente quedó hacia las otras especies que antes comíamos: cerdo, res, pollo y pescado; las ranas no me temían, y un buen día, mientras descansaba echada en la hierba, con el vientre de fuera, toda primaveral con el suave sol bañándome la piel, sin zapatos, relajada, sentí un delicado pose en la pierna, volteé de inmediato y vi que era una ranita verde, una muy chiquita que, al no percibir en mí el aroma del anfibiófago, simplemente sintió confianza, salida quién sabe de dónde, y vino con toda la desfachatez de la juventud a ser mi amiga. Yo pensé que lo más lógico era clonarla para hacer miles de ranas y volver a nutrirnos de ella; es decir, no nutrirme yo que no me atraía su carne, sino nutrirnos el género humano: pensaba en nombre de toda una especie ávida de carne de anfibio. Eso pensaba pero la muy descarada pasó de un salto a mi abdomen, y fue tan increíblemente placentera la sensación de sus patitas híper delicadas sobre mi piel, fue tan maravillosa la emoción que sentí, a saber, por la natura que es tan plena, tan delicada, tan fresca en fin, en cada una de sus criaturas, que simplemente quedé prendada y decidí no delatarla. 
          Le puse nombre, se llamaba, Reina Rana Comaneci, Reina porque me pareció que sería una monarca destronada a quien, sin embargo, esperaba su pueblo en algún sitio, Rana por su ranosa condición, y Comaneci porque sus saltos me recordaban a la gimnasta; es decir, no directamente porque a mí no me tocó ver los juegos olímpicos de 1976, sino que su fama había llegado hasta nuestros días y yo creía recordar algo de que en realidad sólo había oído hablar. 
          Tenía escondida a mi rana en mi recamara, debajo de la cama en una pequeña cámara que tomé de la cocina. Considérese que lo que yo hacía podía catalogarse como una traición a la humanidad, en cambio quedé tan impresionada por aquella pequeñita criatura que no me importó. Mi rana y yo vivíamos muy felices, yo alimentándome de hierbas, verduras y frutas, ella comiendo mosquitos que le traía de la charca del jardín. 
          Reina Rana Comaneci se volvió mi fascinación, la observaba durante horas pensando que tal vez sería el único anuro que quedaba en el mundo, o que algún día volvería con su pueblo a libertarlo de algún yugo algún día, o que con ella, si yo hablaba, podría volver a gozar el humano de la carne del preciado anfibio. Pensaba tantas cosas y no me daba cuenta de que levantaba sospechas en mi encierro, y sus patitas un día no se me posaron más porque mi madre, que no consideró todas las posibilidades que mi rana encerraba, simplemente la preparó en escabeche con soya. 
          Nadie puede imaginar mi dolor y coraje, no por la ausencia de la mascota, dolor superfluo al fin, sino por la seguridad de que en la vida, no podría volver a sentir nunca unas patitas tan delicadas posarse en mi abdomen y porque el hombre, en su naturaleza estúpida y egoísta, casi nunca se detiene a pensar ni siquiera en el resto de los hombres, y obra como bestia, seducido por el placer inmediato. 

Nidya Areli Díaz.

domingo, 10 de junio de 2012

Columna Vertebral


Alegoria de la píntura al arte de la música
Albert Joseph Moore

La música es parte fundamental de nuestras vidas. Resultaría raro pensar en un sólo día en que no hayamos escuchado por lo menos un fragmento de algún tema, ya sea por voluntad propia o porque las circunstancias nos obligaron a ello. Ello  ocurre frecuentemente durante nuestros viajes en el transporte público, en el lugar donde trabajamos, en nuestras salidas al mercado, e incluso en nuestra propia casa (no faltará ese vecino que, con singular alegría, subirá todo el volumen de su aparato de audio para compartirnos muy amablemente  lo que escucha). Este gusto por la música es algo que se viene cocinando desde hace ya varios milenios. Sabemos por el dibujo que se encuentra en la cueva de Gabillou (en Francia) y que fue hecho por un hombre del paleolítico, (que data del año 12000 a. C.) en el que se representa la figura de un hombre danzando, que ya en esa época la música formaba parte de la vida de las personas. Desde ese entonces hasta la actualidad han acontecido muchas transformaciones y, para ilustrarnos, baste pensar en todos los instrumentos musicales con sus respectivos procesos evolutivos.
          Así como la música tiene una historia que es colectiva a la humanidad, también tiene una historia personal con cada uno de nosotros, podríamos incluso tratar de establecer una especie de mapa musical que tendría que incluir una serie representativa de temas que al escucharlos nos hacen sentir algo especial; es por esta característica que José Doménech Part define a la música como “el arte de ejercer influencias sobre el espíritu humano mediante una combinación  de sonidos y silencios”. En algunas ocasiones, lo que escuchamos nos provoca esas sensaciones por simple evocación, pues trae a la memoria a alguna persona o época específica de nuestras vidas. Sin embargo, el proceso no siempre es el mismo. Existen sensaciones especificas que están fuera del campo de esas remembranzas, así por ejemplo, ciertas notas musicales ejecutadas con un piano nos pueden llegar a doler en una parte de nuestro ser que no podríamos ubicar con precisión, aunque tuviésemos una vista completa de nuestro cuerpo por dentro y por fuera. Aquí cada uno tendrá su instrumento o instrumentos (de tortura) favoritos que, por cierto, no sólo provocan sufrimiento porque también pueden llenarnos de un placer sobrenatural.
          Una de las cualidades más interesantes de la música es que podemos adentrarnos en algún tema como exploradores en una selva virgen  y  descubrir con asombro todos los elementos que la conforman y le dan vida propia y, para ello, no queda más que aguzar bien el oído y disponer las orejas cual receptores satélites.
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 3 de junio de 2012

Encuentros


T r e i n t a  y  u n o


Un nuevo sol
Carolina Estelrich

Te observas

encuentras

treinta más uno

experimentos

pieles femíneas

cuartos de hotel

Guadalajara

Monterrey

Corea

sin fotografías

          ni amaneceres

          nombres falsos

          esperanza renovada

                              culpa severa

                              lágrimas

                              sustracción de aliento

                              canciones de moda

                                        otra oportunidad

                                        senderos amorfos

                                        pedazos de sol

                              me observo

                              no encuentro

                              treinta menos uno.


                                                                     Frank CasPe.