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domingo, 27 de octubre de 2013

Doce

Por César Abraham Vega.


Sagitario

Mi vientre se atravesaba de dolor, mi corazón se rompía en silencio, el estruendo de su rotura se ocultaba tras el horrísono rugir de los truenos. No había parado de llover en veinte noches, no había parado yo de andar unas veinte leguas sin un rumbo fijo, de mendigar ya muchos días en las iglesias, de salir de Culhuacán y apersonarme en Chalco, van mis vestidos raídos y tiesos por el légamo, con mi vientre famélico hinchado como un globo... voy dando pena... dando tumbos... dando asco... y dando a luz.

Sagitario, arquero mesoamericano
Olgger Dubon

 
          Dando a luz en esa noche, la más oscura de mi entera vida, con las aguas de los humedales dándome más arriba de las caderas; con las aguas de los cielos dándome duro en las espaldas... 

¡Servando, maldito seas! ¡Mal haya la hora en que aspiré yo tu perfume! ¡Maldigo tus ojos tan dulces y tan tiernos! ¡Aborrezco tus palabras tan gentiles y tan bellas que aún resuenan turbias en mi más profundo adentro! ¡Maldita la criatura que traigo yo a este mundo producto de tus burlas y cínicas mentiras! ¡Maldita yo por puta, por triste enamorada! ¡Por crédula! ¡Qué ilusa! 

¡Pero este bastardo tuyo hoy se convierte en trasgo! ¡Nace para morirse! ¿Me oyes? No para ser parido, solamente defecado... como lo que se arroja a letrinas, hoy lanzo este despojo a este gris pantano.  

Y me extraje a la criatura con violencia y con las uñas, sin sacarla a superficie, sumí su cabecita en el lodo más profundo del lecho de la Ciénega; con una piedra laja corte la tripa aquella que aún muy palpitante y tibia nos unía. Maldije al vil Servando gritándolo en el cielo y el cielo, enfurecido, me devolvía centellas. 

Y cuando me dispuse a confortarme con la infame paz que viene con el asesinato, los dolores del parto no se fueron, regresaron, y me doblaron por medio los entresijos del cérvix... 

Más doloroso que el primero, me brotó un nuevo hijo inesperado, una nueva criatura que, con suplicios indecible,s me cobró factura cara por la muerte de su hermano. Retorcíome entre las aguas como anfisbena la sierpe, parir mi benjamín costo mi vida casi entera, por eso lo amé, por ser tan mío y, como yo, lo extraje de las aguas con cariño, lo arropé en mis brazos con encanto, me solacé con sus ojos de Servando, no pude... no quise... hacerle lo mismo que a su hermano. 

El benjamín me devolvió lo ilusa, pacificó la ira que el primogénito trajo y hasta la lluvia intensa pareció escamparse. Apareció el tenue brillo de múltiples estrellas y en mi cuerpo se abrieron sensaciones remotamente huidas; sentí el hambre de nuevo, compasión, frío y tristeza; un cansancio mortal y una esperanza inaudita. Toqué el fondo de mis angustias y al contemplarlas remotas supuse mansa e ingenuamente que el mundo no era malo, que podría sobreponerme, que ya nada subyugaría mi nuevo afán tan inflamado. 

Mi vástago hermoso de ojitos claros reposaba con un llanto dulce entre mis brazos, los despojos de mi bastardo flotaban destrozados y sangrientos ajados por el picado lago. 

Mientras musitaba una canción de arrullo a mi benjamín hermoso, a mi tito tan blanquito, el centauro se erigía traído por un mal hado. El sagitario negro, con su rifle encartuchado, con sus espuelas de plata y calzón encueretado, me decía desde la espalda apoyando el cañón en su antebrazo y horrorizado por el cadáver minúsculo que flotaba destrozado. 

¡Bruja, dame a ese niño! 

Un escalofrío mordiome el espinazo, se me erizaron los pelos y me temblaron los brazos. 

¡Víbora asesina, suelta a esa criatura inocente o te mato! 

¿Qué perversidad me acecha para quitármelo todo? ¿Por qué hacerme odiar a la vida, a mis sueños, a este mundo; y luego entregarme una prenda en la que cifro mi única y prematura esperanza para quitármela tan pronto profiero que le amo? 

¡Nunca! Espete al jinete negro y preferí arrancar la vida dulce de mi benjamín recién amado, pero no me socorrió la fuerza y un arcabuzazo en la espalda dio conmigo en el lago. 

Con mi más extremo aliento constreñí a mi bebé contra mis pechos, pero los brazos atroces del jinete los arrebataron de mis brazos y de los brazos de la muerte. 

¡Ay Dios!, blasfemo tu nombre para preguntarte con el último de mis alientos ¿Qué será de mis hijos? ¿Qué será de mis hijos... del que es muerto... y del que es vivo...?
 

domingo, 6 de octubre de 2013

Café y a la misma hora

Por Nidya Areli Díaz.

Arribé,  libro en mano como siempre, la vista al alcance de mi lugar favorito, sin embargo, un hombre atractivo, cuyas manos sostenían a la altura del mentón un ejemplar como el mío, lo invadía. Peor aún: todas las mesas ocupadas. Entonces me acerqué bajo la sospecha de que el individuo aguardaba por mujer alguna. —¿Esperas a alguien? —, pregunté casi con temor, y ante la negativa de aquella boca de cereza pegada al cafeto, tomé lugar. Luego el mesero vino por saber que deseaba. Un doble cortado con denominación Blue Mountain hubiera estado bien, pero la idea de un buen grano brasileño recién molido y preparado a la Bedoña me reanimó.
 
Cefé vienés
Ernest Descals  
 
          Mientras el mesero vertía  la aromática infusión, me percaté que el par de abismos incitantes del guapo hace rato me miraban. El perfume subía lento hasta penetrar mi alma por las fosas nasales. No estaba segura de decir algo: la gama de presentaciones es un mar de posibilidades entre dos desconocidos. Esos vapores, de un resabio entre dulzón y amargo, estimularon lo suficiente mis papilas  para dar el sorbo de entrada; luego la sonrisa surgió espontánea, yo había dado el primer paso y ahora él, con sus ojos color grano tostado y a propósito del aroma embriagador, correspondió: —¡Qué maravillosa bebida! Dicen que la descubrió un pastor etíope—. —Y que durante un buen tiempo estuvo prohibida en Europa bajo pena de tortura—, lo interrumpí, pues de sobra conocía la leyenda, la historia y las denominaciones del café. La conversación afloró espontánea bajo el efecto socializante del exquisito elixir.

Nos fuimos después de varias horas de charla... y quedamos de vernos al día siguiente a la misma hora.         

                                                                                             

domingo, 22 de septiembre de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra
 
Escorpión
Al escorpión sus semejantes lo trastornan y lo hacen sufrir de un modo indecible porque, sobre todo, no sabe si sus semejantes son diferentes a él o en absoluto, no se le asemejan en nada, como suele ocurrir. Trata entonces de verse de algún modo y comprende que ninguna mejor forma de verse que la de ser nombrado. Pues él ignora cómo se llama y también que no puede ser visto por nadie.
José Revueltas. 

Eran como cuarto pa' las tres, apagué la troca pero los faros los dejé encendidos; nunca había tenido así de miedo, o tal vez solo era el frío que calaba recio, o tal vez temblaba un poco por el frío y otro poco por el miedo. ¡A saber! Hubiera dado lo que fuera por no quedarme a oscuras en medio de ese prado tan horrible. Encendí un cigarrito como pa' calentarme. ¡Que cigarrito ni que madres! Nada, ni estando metido en el puto infierno me hubiera calentado. Sí, tenía miedo ¿y qué? No sabes lo que es estar ahí, en medio de esa oscuridad tan profunda, en medio de ese silencio tan estremecedor. La misma agua del río parecía ser muda, ni aves nocturnas, ni mosquitos, ni el viento se hubieran atrevido a rasguñar a ese putísimo silencio con alguna de sus voces. Todo estaba tan callado que podía escuchar el resuello de mi aliento rozar hasta el rinconcito más metido de mis pulmones. 
 
Escorpión
Leonardo Yosovitch
 
          Me dio risa mirar la escopeta apretada entre mis piernas, como si eso bastara para acabar con todo, como si un tiro en la frente de la Chokani por fin remediara mi interminable pesadilla y me despertara a la dulzura de la vida... de esa vida que dejé de percibir aún siendo joven... eso, si es que estoy dormido. Me es tan difícil saberlo. Pero si es que no duermo y por el contrario estoy despierto, vivo, en pos, en la persecución desesperada de ese instante en el que las cosas se remedien para finalmente quedarme dormido tras este largo, larguísimo insomnio. 

De pronto, ante mis ojos desapercibidos miré diminutas partículas de un polvo finísimo que levitaban y se paseaban en la atmósfera de afuera, al pasar a través del haz de luz de los faros brillaban como microscópicas diamantinas. Al principio no di ninguna importancia a esos corpúsculos extraños, tal vez porque eran pocos, poquísimos y apenas se veían, pero en pocos minutos se fueron concentrando en una niebla extraña que ya prácticamente sustituía a toda la oscuridad nocturna. 

No quería salirme de la troca, me cagaba del miedo ante esas cosas, no cabía duda ninguna de que la perra Chokani la traía en contra mía. Pero a eso había venido, para eso había esperado. 

Para cuando salí de la camioneta podía ver el espectro de la Chokani transfigurándose entre la nube de polvo, me llamaba, decía mi nombre con esa voz que solo sabía sonar adentro de mi cabeza.  

De ahí todo fue, acercarse a ella, cargar la escopeta, sentir frio, un piquete, dolor intenso, un alacrán, soltar la escopeta, oír el disparo, sentir un dolor en la cara y en el pecho. Luz, oscuridad.

domingo, 25 de agosto de 2013

Se busca


Por María de Jesús Gómez Lazos.
 
IX 

Encuentras un papel arrugado en la banqueta… 

Niña escondiéndose
Jorge A. Morales
         Estaba ahí cubierta de hojas y polvo. Había ganado el juego. En un instante decisivo comprendió las reglas y las hizo suyas. Un hecho sin precedentes, ella, una niña pequeña lo había logrado. Era tan simple, tan lógico ¿cómo es que nadie lo intentó antes? Ah, pero no cualquiera puede llegar a la cima del éxito en un oficio o en un pasatiempo. Ese lugar privilegiado le corresponde a los mejores, a los que se esfuerzan por conseguir sus metas, a los  que no claudican a pesar de los sinsabores. Nadie lo supo y nadie lo supondría nunca. Qué pérdida para la humanidad, la historia quedaría para siempre incompleta; pero qué más da, si la vida no es perfecta, un acto puro como aquel no podía mezclarse con el absurdo. En el Universo quedaría para siempre la satisfacción del triunfo, su satisfacción, su triunfo. Sus últimos pensamientos se dirigieron a su madre, qué orgullosa habría estado de ella si alguien le hubiera dicho que su nena, la más chica, en una cueva no muy  lejana a casa, dándolo todo de sí, se consolidaba como invicta en el juego de las escondidas.  

         Suspiras, lo vuelves a hacer bola y lo pateas. Ella no es, no estaría inmóvil, puedes evocar el movimiento de su falda… ¿puedes?
 

domingo, 18 de agosto de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 

LIBRA 

Fantasma
Warren Criswell
Todo el día esperé a que llegara este momento. Todo el día desde que me levanté ansiaba poderme arrojarme sobre esta cama y dejar... así, sin más, que el sueño se apoderara de cada fibra mía que soy yo... pero a tu lado. 

Tu cuerpo es muy el tuyo, tan perfumado, tan dócil, tan tuyo, tan hombre tuyo y tan de ti; eres tú, no hay duda, no hay quien lo niegue, ni siquiera yo. Pero mi cuerpo es... un cuerpo al que no le pertenezco... es un cuerpo de alguien que me encontré, justo en el momento en que iba naciendo... O tal vez moría y yo pensaba que nacía, ¡ya ni lo sé!... ya no importa... es un cuerpo y es en el que estoy... en el que viajo; y ni siquiera me queda, pero ya ves. 

El asunto es que, cuando me abrazas y dejas ese perfume de tu cuerpo sobre este que se supone que debería de ser el mío, soy menos yo de lo que ya había sido nunca y entonces solo soy yo dentro de un cuerpo —que dios sabrá a quien diantres pertenezca— que a su vez está adentro de un halo de perfume de otro cuerpo que solo te pertenece a ti. 

Y otro asunto aún más delicado es el de los besos, esos besos que me has dado y que yo no he sabido donde ponerlos más que colgados de estas mejillas, de los labios, de las manos, de la frente, de los muslos, de los pechos y del sexo de este cuerpo que ni mío es. ¿Quién rayos me ha otorgado esta horrenda autoridad para colgar los besos tuyos sobre la piel de un cuerpo que no me pertenece? ¿Quién diablos me ha malaconsejado tanto para robarme un cuerpo tan juvenil, tan bello y pretenderme la depositaria genuina de estas caricias, de estos besos, de la fiebre tuya que me abrasa y me arroba al hacerme el amor? 

—Soy tuyo, todo tuyo mi amor— me dices sin sospechar siquiera que aquello no es posible, que no puedes ser mío porque ni yo misma me pertenezco, y entre más lo dices, entre más te aferras, entre más te haces “mío”, menos mía soy yo. Estoy perdiendo el equilibrio, ¿es esto estar enamorada? Me parece que sí, creo recordar muy vagamente que ya antes lo estuve, sí, eso parece, me enamoré y morí. Me enamoré una vez como si fueran mil en un instante... fue demasiado intenso que morí.  

Irremediablemente el amor termina conduciéndonos a la enajenación, y la enajenación es una forma triste de morir. Nada en el mundo nos obliga, nada nos tiene atados a ello, morimos por el puro gusto, por dar placer al incendiario que siempre nos habita, porque nos fascina coquetear con lo inmortal. Y entre más tuya trato de ser, voy dejando de ser quien soy. 

No eres mío, no me amas... esas cosas tuyas que me entregas pertenecen a  otra, a la dueña de este cuerpo que poseo, y esa no soy yo. Pero me gusta, me place tanto acariciar este estupor tan lindo y creo que es esto a lo que llaman felicidad; y que no es más que una mera consecuencia de aquel otro estupor aún más lindo e inabarcable que creo que es a lo que llaman amor. 

Gimes, amas, muerdes, jadeas; sufres bellamente; chupas, penetras, acaricias, te agitas, te revuelves, sacudes y eyaculas, me abrazas tembloroso como la luz de la  luna que vibra al entrar por la ventana, ajada suavemente por el follaje que es movido por el viento nocturno. 

—Te amo, Viridiana— me dices y me congelo, me muerdo los labios que no son míos hasta herirlos y quisiera gritarte al rostro que mi nombre es María; no puedo, no puedo gritarte que lo soy y que yo también te amo.

Me siento tan intrusa, esto es tan raro, sé muy bien que cuando me vaya no amarás tanto este cuerpo que no es mío porque ya no soy yo, pero segura también estoy de que no me amarías a mí sin estas carnes hermosas que fueron las que a ti te enamoraron; es tan raro porque estoy segura de que amas un poco de cada una, y moriría de nuevo por saber qué es lo que más te gusta, a quien preferirías sobre la otra. 

Ya no puedo, esto me mata, así que abandono este cuerpo de Viridiana y floto por la habitación un rato y te acaricio la piel un poco con mis manos de ectoplasma, salgo apesadumbrada por aquella misma ventana por donde entraba la luna. —Te dejo con tu Viridiana, ya no volveré nunca— murmuro en el silencio y me pregunto si esta promesa de abandono será por fin la definitiva, si de una vez por todas me convenceré de que nadie se enamora de un fantasma.
 

domingo, 28 de julio de 2013

Se busca

Por María de Jesús Gómez Lazos. 

VIII 

No siempre existe lo que se busca, ni se busca siempre lo que existe. Sus pisadas pudieron ser surcos viajando en espiral; puntos mudos, firmes o vacilantes; huellas con grecas torcidas; códigos secretos en escritura binaria…     

Oleaje en el mar
Antonia Moraga Olivares
        
          Pudo ser pero ella juega y llegará el momento en que no tenga con quien jugar. Entonces romperá las reglas de los otros juegos. Pegará las piezas de los rompecabezas, los llenará de besos y velará sus sueños hasta que se levanten fuertes, saludables, enteros y puedan correr por ahí como galgos alegres. Abrirá orificios en los paraguas, en las suelas de los zapatos, en los libros. Se rociará alpiste en la cabeza para alimentar a las aves. Y cuando nadie recuerde su nombre aprenderá a volar.

         Es que ella se entiende con el viento. Su amor es de tardes verdes endulzadas con miel de abeja. Cantos simples, caricias suaves. Él es niño y aún no se la puede llevar. Acostada en el pasto anhela el día en el que modelará a las nubes a su antojo. Le llueven las hojas, se vuelven peces, de cada árbol un barco se hace a la mar.
 

domingo, 21 de julio de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 


Leo

Cuando desperté pensé que dormía... hice tanto por no soltarla de mis brazos, la abracé como un león impío que no perdona, hice cuanto pude por aferrarme a sus costillas hasta el último flujo de conciencia que atravesó los cuencos de mis ojos... muchos años atrás ceñí a Elena del mismo modo, con toda fuerza, con toda vida, con toda intención de hacer con mis brazos fronteras para impedir que la vida se le saliera del cuerpo... ¡pero carajo! Se le salió. 
 
León
Bernarda Enriquez
 
Cuando desperté aquella madrugada pensé que aún dormía, pensé que sus labios seguían aún tibios, que sus mejillas tan blancas aún rebosaban de sonrojos y de hoyuelos... los hoyuelos que despuntaban cuando se sonreía. 

Pasaron tres mil segundos, quizá, antes de recordarlo todo, la sillas que le arrojamos, las esquirlas de las botellas, los vidrios de las ventanas clavadas entre mis carne, aquella triste penumbra más absoluta que a mis ojos haya cegado; el crujir de las duelas con sus pasos terribles, el sabor a la sangre que mi boca llenaba, los gritos de la Elenita ahogarse en aquella noche, después desmayé y no supe... no recuerdo casi nada... desperté y le miré su rostro, reposando en la duela junto al mío, con sus cabellos suaves cayéndole en la cara, con sus rasgos de niña inocente, imperturbable.  

Me levanté con un dolor atravesado en las rodillas, con chorros de sangre brotando de mi cara, con la luz del foco aún tambaleando desde el techo. Nunca supe cuántos de mis mareos fueros provocados por la bebida y cuantos otros por el golpe en la cabeza. Cuando pude escuchar de nuevo cada fibra de mi piel se estremeció, escuché el vaivén de su voz que henchía mis oídos con el miedo, sus pasos terribles cruzaban los cuartos de la casa retumbando estrepitosos en los maderos viejos de las duelas. La oía dar traspiés en la recámara de arriba, segundos después escuchaba su voz fétida murmurando a mis oídos cosas que me acercaban al suicidio. Azotaba las ventanas y las puertas, soplaba su aliento muerto congelándome los huesos...  

Sentí las entrañas embotadas de un cruel miedo, quería gritar hasta colapsarme los pulmones, no recuerdo mucho de eso, tal vez grité desaforado rasguñándome la cara, tal vez fue ella la que me gritaba en la cara mientras me clavaba las uñas en el rostro intentando morderme cada ojo. 

Tenía que escaparme de ahí antes de que mi alma decidiera adelantarse. Tomé la muñeca de Elena para poner su brazo alrededor de mi cuello, una descarga de hielo atravesó mis falanges desde su piel eterizada, me rehusaba a pensarla muerta y la tome de la espalda para salir junto con ella, pero me aterrorizó el ver su cabeza moverse rígida imitando la trayectoria de su torso, sin colgar desde su cuello como eventualmente lo haría un cuerpo vivo pero exangüe. El rigor mortis entablillaba cada gozne de su cuerpo, cada trazo era pétreo, inmóvil... irremediable. 

Mi miedo se trocó por odio y arrojé de todo a todos lados, invoqué a Chokani a que se llegara hasta mis brazos, a que me descubriera de su manto transparente el horror y el misterio de su rostro, a que me diera muerte fulminante, a que me dejara tomarle del pescuezo hasta morirme o yo matarle a ella de nuevo, si es que eso era posible. 

Cuando desperté ella dormía, con sus cabellos hirsutos cayéndole en la cara, su rostro totémico, con dos grandes surcos en las mejillas labrados bellamente por la erosión salina de su llanto. Yo la abrazaba sin pensar mucho en ella... mi mente estaba aterida de Elena... ¡que tristeza que haya muerto!, ¡sabía tan poco sobre ella!... que olía muy rico a veces a jazmin y otras a menta, que tenía desportillado un diente, que le gustaba London calling, que vivía sola con su mamá en la Roma, que tenía unas manos muy bonitas, que su piel era muy blanca, que era un año más grande que yo, que tenía un perro al que llamó Juguete, que le habían nombrado Elena como su abuela materna, que le gustaba el vodka, el rock, el chocolate, los  capuchinos, las tortas de milanesa, el pasto mojado, el humo de los trenes... que tenía un chingo de discos chidos... pensaba en que nunca supe su cumpleaños pero sí supe que era Leo.
 

domingo, 30 de junio de 2013

Se busca

Por María de Jesús Gómez Lazos.

VII
        

A través de tus ojos
Yolanda Ahenández Salas  
Risa vagabunda oculta en la calle. Fragmento de nada. Suspiro de nadie. Magia a su manera. Sueño invulnerable. Emoción de tierra. Ambición de aire. Eres lo que tengo, frente a las vitrinas de los centros comerciales, mi todo inconcluso, el puente de mis mundos. Dicen que has huido porque no te ven… dicen que te saben porque no te ven. A veces me enojas, ¡me aburres! Te ignoro y volteó la cara, no entiendo como de repente descubro mis pasos detrás de tu espalda. Yo no te conozco y por lo general no me inspiras confianza; pero hay algo en tus manos, algo que me gana. Uno de estos días arrojaré los zapatos muy lejos y con ellos la bolsa, las llaves de mi casa, el paraguas; me lavare la cara en un charco, iré a tu encuentro saltando, te cubriré los ojos con mis manos y… adivina.
 

domingo, 23 de junio de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 

Virgo 

I 

Eran cerca de las once, hacía demasiado calor, así que me quité la camisa, sin embargo el vapor que despedía la plancha me sofocaba, solo me faltaban un par de pantalones por planchar pero yo tenía tanto sueño, todo aquel procedimiento lo repetía prenda tras prenda sin pensar mucho, sin sentir nada, escuchando el chisporrotear de la lluvia sobre el pasto del jardín. A veces paseaba mis ojos apagados por los rincones de la cocina, miraba la estufa cubierta de una gruesa capa de cochambre y grasa; me prometía, como tantas veces que ya pronto la iba a limpiar, pero no había tiempo para nada, ni pa' pensarla, pues.
 
Ouija
Iván Andrés Arias García
 
Luego miraba las ventanas empañadas que daban al oscuro patio de atrás, miraba las telarañas colgadas del techo, y las cochinillas en los rincones del roda-pies; luego mi mirada se clavaba en el retablo de la Lupita; le miraba sus ojitos gachos, su piel morena, sus labios tenues y delgados, su semblante de tedio, de sueño, de desmayo. ¡Qué cansada se ve, chinga!, pensaba. Mis ojos caían de los pies de la virgen a las piernas de mis pantalones, cuidando el pliegue, marcando las pinzas, desarrugando cada pedacito de tela... antes de que mi mirada volviera a hacer el recorrido una y otra vez.

Desde mi lejana hipnosis escuche el aullido del teléfono salir de entre las penumbras de la recámara, creo que mi cuerpo subió con lentitud las escaleras y tanteó, entre la oscuridad de la planta alta, el pasaje justo a la recamara, buscó en las penumbras y contestó con muy poca gana. Digo que creo porque en realidad ya no me acuerdo si subimos juntos y entre ambos contestamos la llamada. Según yo lo recuerdo, yo me enteré después justo en el modo en que un amigo te pone al tanto de los hechos en los que no estuviste presente pero que de algún modo te conciernen.

Pues el fulano, el tal este... “mi cuerpo” me contó cuando bajó que había nos llamado el Capirucho, quesque para recordar nos que mañana era la fiesta, que chin chin si yo faltaba, que me tocaba llevar algo de chupe, y que ya había armado el business con la Elena, na' más pa' que me fuera yo animando y que no convenía nos faltar.

¡Puuuta ma'! ¡Qué vato tan gandalla! ¿Viernes? ¿Mañana es viernes? ¡Ah, cabrón! ¿En qué día vivo?

Sentí me despertar un poco, porque vi el rostro, el de mi cuerpo, partirse en dos con una sonrisa de tarado, sin darme cuenta que la plancha ardía sobre mi mano. 

II
 
Me puse el panto azul, el que era del tacuche de mi jefe, me rasuré la cara bien bonito, valiéndome madres que yo siempre había sido bien pinche lampiño; me puse mis papos mas chiditos, y me aventé el kilo de gel pa' tirar rostro. Me monté en la troca y me lanzé pa' Xochimilco a la casa del Capiru, sí me entusiasmaba un buen la idea de ver a la Elenita, la neta es que sí me pasa un resto. Y en el camino me topé un Óxxido y aproveché para comprar los tequilawers. De ahí le metí pata en serio porque ya me había colgado un chingo.

Entre más me acercaba a la casa del Capiru, más me daban ganas de rajarme, pensé en retacharme un par de veces, pero ni madres, ya estaba cerca, ya no me iba a culear. Aunque la neta antes de entrar si me tuve que echar un par de pistos y darme un trenecito porque sí estaba acobardado gacho. Después de aquello ya todo fue el relax.

Crucé la avenida con un tabaco en los labios, toqué la puerta con una mentadita, me abrió el Botargas, y luego luego se alebrestó al ver el chupe. Entré y saludé a la banda, pero entre más me acercaba a las chamacas, sentía que las patas se me hacían de trapo.

Ahí estaba la Elenita, con sus ojos verde mota, más chula que ninguna de las morras, pero nomás la saludé de lejos porque sentía que se me estaba paralizando el miembro y no quería verme muy pervertidote saludando de beso a las morras con la verdura toda tiesa. Además la Elena me pasaba en serio, neta, yo ni la morboseaba, yo no la quería para cogérmela, bueno sí, pero me latía igual para otras cosas, para un putimadral de cosas... Y eso siempre me había valido un pito con mis otras viejas. Pero ella, ella me pasaba hasta pa' platicar. ¡Qué chingaos!, ¿no?

Yo no le quité un puto ojo de encima durante toda la noche, y siento que se dio tinta de eso, a veces ella también volteaba a verme y me sostenía esa mirada que me da un miedo cabrón y yo prefería mirar para otro lado y hacerme bien pendejo.

Fue una fiesta bien pinche fresky, y la neta yo no me quería empedar pa' no hacer ridículos frente a Elenita, era una morra muy sexy, pero era más inteligente, amable, seria y bien bonita.

Al Güero se le ocurrió sacar la güija pa' que jugáramos con el patas de cabra, pero nel, nunca nos contestó, luego al Pochas se le ocurrió que invocáramos al Pedro, el valedor ese había muerto hacía tres años en un desmadre en la Morelos, pero el carnal tampoco nos peló, y así estuvimos haciéndole al wey un rato, y la neta es que yo ni hacía mucho caso porque na' más me la pasaba fisgoneando a la Elena.

Entre todo el desmadre llegó mi turno de invocar a un espíritu súper natural, yo no me la quise pensar mucho y con el tabaco entre los labios murmuré con un sonsonete entre mamón y macabro: Yo les voy a traer de nuevo a este mundo, desde su último sepulcro a la más triste y más vengativa de las almas. A la apuñalada y angustiada... Chokani. Todos me miraron estupidizados sin apenas entender. Necesito sangre virgen, les dije perverso, mientras depositaba todo el peso de mi mirada obscena sobre la carita chula de la Elena... Ella me miró fría intentando aparentar que no sentía vergüenza... Mordí mi meñique hasta que perforé mi piel con los colmillos y extraje un poco de mi sangre y así la lancé en un escupitajo sobre la güija

Y fue ahí... ahí donde empezó a joderse todito...

domingo, 16 de junio de 2013

Acurrucar el silencio

Por: Nidya Areli Díaz.

Yo no sé de acurrucar el silencio, debiera darme miedo el murmullo más quedo, el soliloquio mental, el desencuentro imperfecto de la voz y el oído. Sé de dramáticas noches de chocolate caliente con tamalitos frescos, de comalear de vez en vez el suelo para la siembra, de medir la contrayerba seca para hacer un brebaje medicinal, de costurar lenta y pesadamente los calcetines roídos. Sé de los cuijes nocturnos saliendo apenitas llega al cielo la primera estrella, de dobletear los trabajos cuando sube el pasaje y la comida, del empiojamiento postmortem que sufren los pobrecitos adelantados, de la encatrinada vecina de enfrente siempre de tacones. Sé de mi escribidera árida y rebuscada,  del erizo espinero al final de la calle principal del pueblo, del fuetazo del padre al hijo, de la doñita santa que ayuda a nacer las criaturas…
Viejo andino
Aureliano Alfonzo Barrios
          Nos robaron la nochebuena. Los muy canijos se pasaron de cabrones con nuestra flor bendita. Robaron a nuestros muertos con sus glorias osadas. Robaron nuestro himno lúgubre, de tal suerte que ahora debemos pedírselos emprestado. Nos han robado tanto que no nos quedan ni dientes para emitir un crujido de dolor. ¡Pobres de las flores que ya no pueden nacer sin permiso, de las arboledas que quedan sin vida, sumidas en un peñasco triste, de los canales que no conocen ya más que el agua pantanosa de caca y meados, de los inocentes niñatos sin tortas de puro aguacate con queso!  ―Pase, usted, abuelo― le digo al viejo, y me quedo piense y piense en la milpa que no crece. ¿Qué tiene la milpa?, digo, y el silencio acurrucado hace un eco platicón, de muerte sin muertos, con la desesperación del hombre que ni sonríe ni contesta, nomás entra despacio con sus años y se sienta tímido, como pidiendo disculpas, como quien se sabe apestado por el mundo.
Hace mucho que no chista nada, que no acompaña por la mañana el café con su cocol, que no dice ni pregona sus cantos por la plaza del kiosco ni toca la trompetilla para atraer a niños y adultos, que con mucha pesantez arrastra el triciclo de aquí para allá pero sin jolgorio ni alegría, como un cristo que cargara su cruz de camino al Gólgota. El viejo está ya tan viejo que apenas sostiene el raspador con su mano pecosa, temblándole incluso la quijada. Murmura muy quedo si vas a querer tu diablito con limón y chile, lo prepara con hartos trabajos, con desolación y desgaste añoso, derramando el jarabe fuera del vaso, tirando de vez en cuando un poco de hielo. ―Ya no vayas, abuelo―, le he dicho muchas veces, pero él se ofende porque no sabe más que trabajar. Hace sesenta años que sale con el triciclo a vender sus raspados, ¿cómo no hacerlo un día?
El viejo no deja el lloro desde que la milpa está así. Se queda mucho tiempo pensativo con el ceño garrasposo y triste. Yo me pregunto a menudo por qué no estudié algo del campo. Harto campo que tenemos y ya nadie le hace caso. Ya nadie siembra ni ayuda al abuelo con la parcela. Me da pena que la milpa no crece, me atosiga una tristeza insalubre, como la de él. Ya casi nadie le compra sus raspados porque está viejo. A los niños les da asco que un anciano les prepare algo que se van a comer. No saben los condenados que mi abuelo vio crecer a sus padres, ni lo fuerte que era, ni que antes hacía los mejores raspados y que era el único que los vendía, que él inventó los diablitos, que los otros le copiaron.
Desconocemos por qué no crece el maíz, por qué la tierra se puso rebelde tan de repente, por qué se apaga la luz de los ojos de mi viejo. Antes desgranábamos las mazorcas, nos gustaba harto sentarnos todos alrededor del gran montón de maíz seco. Se me hacía que era yo importante a pesar de ser tan niña. Era una de esas veces en que me sentía esencial para la familia y para la vida. Desgranar el maíz era guardar el germen para el otro año, fecundar la prosperidad de la próxima siembra, cumplir con la cuota de Dios para no ser olvidados. Todos en la casa sabíamos: mis tíos estaban allí con sus hijos, las niñas y las mujeres grandes comadreaban de igual a igual mientras iban cayendo los granos amarillos en un bonito y dorado montículo. ¡Ah, qué mi viejo!, le daba harto gusto vernos a todos allí. Era una fiesta.
Pero la ciéniga poco a poco se fue olvidando: los tíos partieron a trabajar a otros lados, los nietos se despegaron de la tierra, fuimos a la preparatoria y luego a la universidad. Dejamos tirada la parcela. Solo el viejo siguió allí, empecinado, laborioso, fuerte ante el olvido, con sus eternos cigarros sin filtro y el cuartito de brandy en la bolsa del pantalón, mastique y mastique los días que se apelotonan torrenciales sin misericordia. No sé qué pasará con la milpa el día que nos falte ese viejo. La tierra está muy dolida ya y no ha dado nada. Nomás no creció la mata, no dio su verdor dorado, no bendijo las alargadas y mullidas y tiesas y pecosas manos llenas de arrugas grandes y chicas.
Dice mi viejito que es el maíz del vecino, que trajo y sembró un grano malo, una semilla envenenada que no es fértil y contagia a las otras. Dice que la tierra se puso mala desde que el vecino quiso probar. El silencio acurrucado es mejor, es mejor el soliloquio mental y el desencuentro imperfecto de la voz y el oído. Yo me quedo muda de tanto dolor rancio, del jarabe apestado que deja de ponerse a los raspados porque ya nadie los compra, de los bloques de hielo que se le derriten, del deterioro del triciclo que ya no luce los colores brillantes del sol, de la ciéniga rota, del monstruo que habita en la semilla venenosa, de las muchas arrugas y los muchos años del viejo que con muchas penas va empujando el triciclo…  

miércoles, 12 de junio de 2013

La invectiva


Vagaba sin rumbo, en la podredumbre de sus desesperanzas, saltando entre las inmundicias de este mundo estéril e ignoto. ¿Qué puede hacer ante este estercolero de violencia? ¿Luchar contra corriente o verter lágrimas salubres de dolor e impotencia? Es la realidad de los aconteceres cotidianos de un país en crisis y un hombre como tantos otros hundido en la monotonía de la labor diaria. Y su camino es incierto, pues su paso dubitativo lo hace tropezar una y otra vez en la máquina del deber social.
El suicidio
Edouard Manet
 Cada día su vida se convertía en una diatriba contra su mundo real; contra el jefe, contra la esposa, contra los hijos, contra el vecino, contra su propia vida. Morir, ¿qué más da? ¿Así es esta urgencia por caducar su existir? Vamos, morir es fácil, vivir es difícil. El morir es apático y causa flojedad abúlica, carcome las entrañas, y hace al ser humano asesinarse por su propia voluntad, por el deseo propio de destrucción por efecto de la tensión excesiva. Es la muerte física sin objetivos, sin finalidad, y sin memoria. Así esta muerte es en vano, mas aquella que precede al renacimiento espiritual como en la iniciación, en que se experimenta la oscuridad de la muerte antes del nacimiento del nuevo hombre en su resurrección y reintegración es la que produce el cambio de un estado del ser a otro, la reunión del cuerpo con la tierra y del alma con el espíritu, y la memoria del que ha partido permanece en las personas que lo han amado cuando estaba vivo. Una memoria que quedará impregnada para las futuras generaciones por todas las acciones virtuosas que el que ha fenecido prodigó en su momento.
Sin embargo, el solitario ser que vive y sobrevive en la vorágine del mercado laboral, aun teniendo familiares, no se exime de padecer esta abulia que lo hace no querer vivir. ¿Cuál es la causa? Un ente depresivo, antisocial, un estereotipo de hombre sin ilusiones, cansado de lidiar con la monotonía de la realidad de una oficina mal iluminada, sucia, y apartada. Trabajar solo por mal comer en la calle cuanta inmundicia se le ponga al frente. Más complicado si el consumo de nutritivos alimentos cuesta un ojo de la cara. Un jefe prepotente que lo fuerza a trabajar horas extras, unos compañeros que le hacen bromas pesadas, burlándose de su apatía sin saber que ellos mismos están en la misma condición. Una esposa que, cuando cansado y aburrido llega a su casa, lo recibe con reclamos y quejas, y además toda fachosa; una mujer también cansada y aburrida de las labores domésticas y los gritos y pleitos entre los hijos y hacia ella, y aún más, tiene que escucharla quejarse por las imprudencias y maldades del vecino.
Y qué decir del suicida que por cualquier nimiedad quiere acabar con su pequeña vida debido a que la novia le gritó que ya no lo quiere o que ya está agobiado por la esposa que le impide ver a los hijos, o que cayó en el vicio del alcoholismo y se convirtió en una enfermedad difícil de aceptar. O aquel a quien se le ocurre la “brillante” idea de lanzarse a las vías del metro para terminar con todo lo que le aflige. Así pues, en este país de las maravillas todo lo estrambótico que puede existir se percibe en nuestra sociedad que se cae a pedazos, a pesar de verse en las calles a personas que hablan a solas con gente invisible por medio de un minúsculo aparatito de última moda para no sentirse aislados en la mayoría de los casos.
¿Cómo se soluciona? A partir de darse una cuenta del hecho de que el cerebro es un engranaje tan complejo y de que las personas —bien reza el vulgo: “cada uno tiene su propio mundo en la cabeza” o “cada cabeza es un mundo”― no han sido capaces de encontrar la salida a esta problemática; una salida para aquellos seres humanos que han tenido la desgracia de encontrarse en esas situaciones tan complicadas para ellos, y que no sea su único efugio la muerte.
Zuzana Chandomí.
 

domingo, 9 de junio de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

UN DÍA
Cuando sonó la alarma de mi teléfono celular sentí, como cada día, que debería arrojarlo fuertemente contra el piso y continuar descansando. Últimamente me cuesta mucho trabajo conciliar el sueño: apenas consigo dormir algunos minutos cuando ya está sonando el maldito aparato. Sin embargo, contrario a mis deseos, tuve que sentarme a la orilla de la cama; así, a oscuras, y comencé a rasurarme. Hace tiempo que huyo de mirarme en los espejos.
El espejo atormentado
Egon Schiele
El ruido de la lluvia, que regresaba precisamente ahora que me preparaba para salir, me hizo pensar que sería un mal día. Agreguémosle que, ¡idiota de mí!, otra vez me corté. ¿Cómo es posible que aún no consiga acostumbrarme? La gota gorda que corrió por mi mejilla me obligó a entrar al cuarto de baño y encender la luz para mirar el desperfecto. Ahí estaba, era una cortada de medio centímetro que pretendía arrancar una parte de la amplía cicatriz: solo una pequeña cicatriz que se sumaba sin añadir nada a la otra. Me puse un poco de cinta y pasé a la cocina a tomar un vaso de leche antes de salir.
Al llegar a las oficinas vi que el Firuláis ya me estaba esperando dentro del carro; ni siquiera iba a poder fumarme un cigarro antes de comenzar la jornada. Encendí el motor y esperé la orden… Vagamos sin sentido por la ciudad toda la mañana, en silencio. El tedio aumentaba conforme transcurrían las horas, de vez en cuando miraba con deseo el bolsillo de la camisa donde permanecían intactos los cigarros.
Odio este trabajo y, sin embargo, es lo único que sé hacer. Después del accidente intenté dedicarme a otra cosa; no había nada para mí, incluso trabajé dos meses como cajero en un minisúper, pero la paga era mala y no me alcanzaba. Si fuera yo solo no tendría problema con eso, pero tengo una hija y, aunque casi no la veo por algunas diferencias que tuve con su madre, no pienso desentenderme de ella. Aquí la paga es mejor y tengo un seguro de vida que servirá de algo. No me quejo, sé que la vida es así, nadie ha dicho que deba ser fácil, se hace lo que se puede.
A las dos de la tarde tomamos rumbo a la plaza, nos tocaba manifestación de nuevo. De unas semanas para acá la cosa se está calentando, corren rumores de que hay algunas células armadas; también se dice que los armados pertenecen a otras corporaciones. La verdad es que en esto nunca se sabe de dónde va a venir el golpe o hacia dónde se va a dar, uno nada más recibe órdenes y las cumple; ruedan cabezas y todo está bien mientras no sea la tuya.
Dejamos el auto estacionado a dos cuadras de distancia y nos metimos a la manifestación a tomar fotos. Como a las cuatro otra vez comenzó a llover. Unos minutos más tarde la gente se esparcía por las distintas calles cercanas a la plaza. Nosotros hicimos lo mismo y estábamos a punto de meternos al carro cuando sonaron los primeros disparos. En poco tiempo la gente corría de un lado a otro, volaban piedras, se empujaban unos a otros, se escuchaban los gritos de alguien que desde el suelo suplicaba que no lo pisaran.
El cobarde Firuláis se escudó detrás de mí, pero con todo y eso no se pudo salvar, una piedra que trazó una parábola en el aire le dio justo en el rostro. No era grave, así que me limité a observar cómo gemía mientras una lágrima asomaba de sus diminutos ojos. Los labios se le habían hinchado horriblemente; por un momento tuve la certeza de que iba a caerse; trastabilló unos pasos y luego, con su brazo extendido, se asió del de un joven cualquiera, que trataba de alejarse del alboroto. El muchacho, desconcertado por el tirón, volvió el rostro en el momento en que otra mano se aproximaba hacia su nuca, después fue a dar de cara contra la puerta del vehículo, luego fue molido a patadas por un Firuláis que rabiaba y lo metía a empujones en él mientras me ordenaba que arrancara. —A ver si de veras eres muy machín, cabrón—, le decía a gritos al pobre tipo que estaba completamente desconcertado, a la vez que usaba su cuerpo como costal de entrenamiento. —Tú fuiste de los que dispararon—. Y como el otro lo negaba, le pegaba con la cacha de su arma en la cabeza. Así continúo por varios minutos hasta que el chico dejó de moverse. Entonces por primera vez en este día volteó a mirarme. —Este ya no nos va a servir—, me dijo, y luego regresó a su mutismo de siempre.