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domingo, 22 de septiembre de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra
 
Escorpión
Al escorpión sus semejantes lo trastornan y lo hacen sufrir de un modo indecible porque, sobre todo, no sabe si sus semejantes son diferentes a él o en absoluto, no se le asemejan en nada, como suele ocurrir. Trata entonces de verse de algún modo y comprende que ninguna mejor forma de verse que la de ser nombrado. Pues él ignora cómo se llama y también que no puede ser visto por nadie.
José Revueltas. 

Eran como cuarto pa' las tres, apagué la troca pero los faros los dejé encendidos; nunca había tenido así de miedo, o tal vez solo era el frío que calaba recio, o tal vez temblaba un poco por el frío y otro poco por el miedo. ¡A saber! Hubiera dado lo que fuera por no quedarme a oscuras en medio de ese prado tan horrible. Encendí un cigarrito como pa' calentarme. ¡Que cigarrito ni que madres! Nada, ni estando metido en el puto infierno me hubiera calentado. Sí, tenía miedo ¿y qué? No sabes lo que es estar ahí, en medio de esa oscuridad tan profunda, en medio de ese silencio tan estremecedor. La misma agua del río parecía ser muda, ni aves nocturnas, ni mosquitos, ni el viento se hubieran atrevido a rasguñar a ese putísimo silencio con alguna de sus voces. Todo estaba tan callado que podía escuchar el resuello de mi aliento rozar hasta el rinconcito más metido de mis pulmones. 
 
Escorpión
Leonardo Yosovitch
 
          Me dio risa mirar la escopeta apretada entre mis piernas, como si eso bastara para acabar con todo, como si un tiro en la frente de la Chokani por fin remediara mi interminable pesadilla y me despertara a la dulzura de la vida... de esa vida que dejé de percibir aún siendo joven... eso, si es que estoy dormido. Me es tan difícil saberlo. Pero si es que no duermo y por el contrario estoy despierto, vivo, en pos, en la persecución desesperada de ese instante en el que las cosas se remedien para finalmente quedarme dormido tras este largo, larguísimo insomnio. 

De pronto, ante mis ojos desapercibidos miré diminutas partículas de un polvo finísimo que levitaban y se paseaban en la atmósfera de afuera, al pasar a través del haz de luz de los faros brillaban como microscópicas diamantinas. Al principio no di ninguna importancia a esos corpúsculos extraños, tal vez porque eran pocos, poquísimos y apenas se veían, pero en pocos minutos se fueron concentrando en una niebla extraña que ya prácticamente sustituía a toda la oscuridad nocturna. 

No quería salirme de la troca, me cagaba del miedo ante esas cosas, no cabía duda ninguna de que la perra Chokani la traía en contra mía. Pero a eso había venido, para eso había esperado. 

Para cuando salí de la camioneta podía ver el espectro de la Chokani transfigurándose entre la nube de polvo, me llamaba, decía mi nombre con esa voz que solo sabía sonar adentro de mi cabeza.  

De ahí todo fue, acercarse a ella, cargar la escopeta, sentir frio, un piquete, dolor intenso, un alacrán, soltar la escopeta, oír el disparo, sentir un dolor en la cara y en el pecho. Luz, oscuridad.

domingo, 18 de agosto de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 

LIBRA 

Fantasma
Warren Criswell
Todo el día esperé a que llegara este momento. Todo el día desde que me levanté ansiaba poderme arrojarme sobre esta cama y dejar... así, sin más, que el sueño se apoderara de cada fibra mía que soy yo... pero a tu lado. 

Tu cuerpo es muy el tuyo, tan perfumado, tan dócil, tan tuyo, tan hombre tuyo y tan de ti; eres tú, no hay duda, no hay quien lo niegue, ni siquiera yo. Pero mi cuerpo es... un cuerpo al que no le pertenezco... es un cuerpo de alguien que me encontré, justo en el momento en que iba naciendo... O tal vez moría y yo pensaba que nacía, ¡ya ni lo sé!... ya no importa... es un cuerpo y es en el que estoy... en el que viajo; y ni siquiera me queda, pero ya ves. 

El asunto es que, cuando me abrazas y dejas ese perfume de tu cuerpo sobre este que se supone que debería de ser el mío, soy menos yo de lo que ya había sido nunca y entonces solo soy yo dentro de un cuerpo —que dios sabrá a quien diantres pertenezca— que a su vez está adentro de un halo de perfume de otro cuerpo que solo te pertenece a ti. 

Y otro asunto aún más delicado es el de los besos, esos besos que me has dado y que yo no he sabido donde ponerlos más que colgados de estas mejillas, de los labios, de las manos, de la frente, de los muslos, de los pechos y del sexo de este cuerpo que ni mío es. ¿Quién rayos me ha otorgado esta horrenda autoridad para colgar los besos tuyos sobre la piel de un cuerpo que no me pertenece? ¿Quién diablos me ha malaconsejado tanto para robarme un cuerpo tan juvenil, tan bello y pretenderme la depositaria genuina de estas caricias, de estos besos, de la fiebre tuya que me abrasa y me arroba al hacerme el amor? 

—Soy tuyo, todo tuyo mi amor— me dices sin sospechar siquiera que aquello no es posible, que no puedes ser mío porque ni yo misma me pertenezco, y entre más lo dices, entre más te aferras, entre más te haces “mío”, menos mía soy yo. Estoy perdiendo el equilibrio, ¿es esto estar enamorada? Me parece que sí, creo recordar muy vagamente que ya antes lo estuve, sí, eso parece, me enamoré y morí. Me enamoré una vez como si fueran mil en un instante... fue demasiado intenso que morí.  

Irremediablemente el amor termina conduciéndonos a la enajenación, y la enajenación es una forma triste de morir. Nada en el mundo nos obliga, nada nos tiene atados a ello, morimos por el puro gusto, por dar placer al incendiario que siempre nos habita, porque nos fascina coquetear con lo inmortal. Y entre más tuya trato de ser, voy dejando de ser quien soy. 

No eres mío, no me amas... esas cosas tuyas que me entregas pertenecen a  otra, a la dueña de este cuerpo que poseo, y esa no soy yo. Pero me gusta, me place tanto acariciar este estupor tan lindo y creo que es esto a lo que llaman felicidad; y que no es más que una mera consecuencia de aquel otro estupor aún más lindo e inabarcable que creo que es a lo que llaman amor. 

Gimes, amas, muerdes, jadeas; sufres bellamente; chupas, penetras, acaricias, te agitas, te revuelves, sacudes y eyaculas, me abrazas tembloroso como la luz de la  luna que vibra al entrar por la ventana, ajada suavemente por el follaje que es movido por el viento nocturno. 

—Te amo, Viridiana— me dices y me congelo, me muerdo los labios que no son míos hasta herirlos y quisiera gritarte al rostro que mi nombre es María; no puedo, no puedo gritarte que lo soy y que yo también te amo.

Me siento tan intrusa, esto es tan raro, sé muy bien que cuando me vaya no amarás tanto este cuerpo que no es mío porque ya no soy yo, pero segura también estoy de que no me amarías a mí sin estas carnes hermosas que fueron las que a ti te enamoraron; es tan raro porque estoy segura de que amas un poco de cada una, y moriría de nuevo por saber qué es lo que más te gusta, a quien preferirías sobre la otra. 

Ya no puedo, esto me mata, así que abandono este cuerpo de Viridiana y floto por la habitación un rato y te acaricio la piel un poco con mis manos de ectoplasma, salgo apesadumbrada por aquella misma ventana por donde entraba la luna. —Te dejo con tu Viridiana, ya no volveré nunca— murmuro en el silencio y me pregunto si esta promesa de abandono será por fin la definitiva, si de una vez por todas me convenceré de que nadie se enamora de un fantasma.
 

domingo, 23 de junio de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 

Virgo 

I 

Eran cerca de las once, hacía demasiado calor, así que me quité la camisa, sin embargo el vapor que despedía la plancha me sofocaba, solo me faltaban un par de pantalones por planchar pero yo tenía tanto sueño, todo aquel procedimiento lo repetía prenda tras prenda sin pensar mucho, sin sentir nada, escuchando el chisporrotear de la lluvia sobre el pasto del jardín. A veces paseaba mis ojos apagados por los rincones de la cocina, miraba la estufa cubierta de una gruesa capa de cochambre y grasa; me prometía, como tantas veces que ya pronto la iba a limpiar, pero no había tiempo para nada, ni pa' pensarla, pues.
 
Ouija
Iván Andrés Arias García
 
Luego miraba las ventanas empañadas que daban al oscuro patio de atrás, miraba las telarañas colgadas del techo, y las cochinillas en los rincones del roda-pies; luego mi mirada se clavaba en el retablo de la Lupita; le miraba sus ojitos gachos, su piel morena, sus labios tenues y delgados, su semblante de tedio, de sueño, de desmayo. ¡Qué cansada se ve, chinga!, pensaba. Mis ojos caían de los pies de la virgen a las piernas de mis pantalones, cuidando el pliegue, marcando las pinzas, desarrugando cada pedacito de tela... antes de que mi mirada volviera a hacer el recorrido una y otra vez.

Desde mi lejana hipnosis escuche el aullido del teléfono salir de entre las penumbras de la recámara, creo que mi cuerpo subió con lentitud las escaleras y tanteó, entre la oscuridad de la planta alta, el pasaje justo a la recamara, buscó en las penumbras y contestó con muy poca gana. Digo que creo porque en realidad ya no me acuerdo si subimos juntos y entre ambos contestamos la llamada. Según yo lo recuerdo, yo me enteré después justo en el modo en que un amigo te pone al tanto de los hechos en los que no estuviste presente pero que de algún modo te conciernen.

Pues el fulano, el tal este... “mi cuerpo” me contó cuando bajó que había nos llamado el Capirucho, quesque para recordar nos que mañana era la fiesta, que chin chin si yo faltaba, que me tocaba llevar algo de chupe, y que ya había armado el business con la Elena, na' más pa' que me fuera yo animando y que no convenía nos faltar.

¡Puuuta ma'! ¡Qué vato tan gandalla! ¿Viernes? ¿Mañana es viernes? ¡Ah, cabrón! ¿En qué día vivo?

Sentí me despertar un poco, porque vi el rostro, el de mi cuerpo, partirse en dos con una sonrisa de tarado, sin darme cuenta que la plancha ardía sobre mi mano. 

II
 
Me puse el panto azul, el que era del tacuche de mi jefe, me rasuré la cara bien bonito, valiéndome madres que yo siempre había sido bien pinche lampiño; me puse mis papos mas chiditos, y me aventé el kilo de gel pa' tirar rostro. Me monté en la troca y me lanzé pa' Xochimilco a la casa del Capiru, sí me entusiasmaba un buen la idea de ver a la Elenita, la neta es que sí me pasa un resto. Y en el camino me topé un Óxxido y aproveché para comprar los tequilawers. De ahí le metí pata en serio porque ya me había colgado un chingo.

Entre más me acercaba a la casa del Capiru, más me daban ganas de rajarme, pensé en retacharme un par de veces, pero ni madres, ya estaba cerca, ya no me iba a culear. Aunque la neta antes de entrar si me tuve que echar un par de pistos y darme un trenecito porque sí estaba acobardado gacho. Después de aquello ya todo fue el relax.

Crucé la avenida con un tabaco en los labios, toqué la puerta con una mentadita, me abrió el Botargas, y luego luego se alebrestó al ver el chupe. Entré y saludé a la banda, pero entre más me acercaba a las chamacas, sentía que las patas se me hacían de trapo.

Ahí estaba la Elenita, con sus ojos verde mota, más chula que ninguna de las morras, pero nomás la saludé de lejos porque sentía que se me estaba paralizando el miembro y no quería verme muy pervertidote saludando de beso a las morras con la verdura toda tiesa. Además la Elena me pasaba en serio, neta, yo ni la morboseaba, yo no la quería para cogérmela, bueno sí, pero me latía igual para otras cosas, para un putimadral de cosas... Y eso siempre me había valido un pito con mis otras viejas. Pero ella, ella me pasaba hasta pa' platicar. ¡Qué chingaos!, ¿no?

Yo no le quité un puto ojo de encima durante toda la noche, y siento que se dio tinta de eso, a veces ella también volteaba a verme y me sostenía esa mirada que me da un miedo cabrón y yo prefería mirar para otro lado y hacerme bien pendejo.

Fue una fiesta bien pinche fresky, y la neta yo no me quería empedar pa' no hacer ridículos frente a Elenita, era una morra muy sexy, pero era más inteligente, amable, seria y bien bonita.

Al Güero se le ocurrió sacar la güija pa' que jugáramos con el patas de cabra, pero nel, nunca nos contestó, luego al Pochas se le ocurrió que invocáramos al Pedro, el valedor ese había muerto hacía tres años en un desmadre en la Morelos, pero el carnal tampoco nos peló, y así estuvimos haciéndole al wey un rato, y la neta es que yo ni hacía mucho caso porque na' más me la pasaba fisgoneando a la Elena.

Entre todo el desmadre llegó mi turno de invocar a un espíritu súper natural, yo no me la quise pensar mucho y con el tabaco entre los labios murmuré con un sonsonete entre mamón y macabro: Yo les voy a traer de nuevo a este mundo, desde su último sepulcro a la más triste y más vengativa de las almas. A la apuñalada y angustiada... Chokani. Todos me miraron estupidizados sin apenas entender. Necesito sangre virgen, les dije perverso, mientras depositaba todo el peso de mi mirada obscena sobre la carita chula de la Elena... Ella me miró fría intentando aparentar que no sentía vergüenza... Mordí mi meñique hasta que perforé mi piel con los colmillos y extraje un poco de mi sangre y así la lancé en un escupitajo sobre la güija

Y fue ahí... ahí donde empezó a joderse todito...

domingo, 26 de mayo de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 

Cáncer 

―Tú me acompañaras ¿verdad María?― Me dijo la señorita Valeria y sus palabras entraron en mí como el más suave aguamiel que jamás haya probado; como un sol muy tibio y limpio que me hacía cosquillitas en la espalda. No hacían más de once días que la señorita Valeria estaba llegada de España; los manglares, las garzas, los cangrejitos rojos, el aroma del mango, del coco, del plátano y la papaya, ponían en su rostro unas mejillas coloradas y en sus ojos una sorpresa tierna ante todo lo que miraba; parecía todo el tiempo como si quisiera llorar de una impresión tremenda o de felicidad. 

Yo conté con un miedo y una angustia sabrosa todos esos días que faltaban para ir a la fiesta de máscaras que organizaba el regidor Gil Garría con motivo de los carnavales de San Hipólito. Yo me la viví en carnavales toda mi niña vida, todos los años nuevos hasta los once de edad en que los Aragón me tomaron para trabajar como moza de su casa Nunca antes de eso usé corpiños ajustados, nunca antes de eso me puse ropa dura, almidonada; nunca antes de esos días tuve que andar por ningún lado silenciosa, cuidando de no hablar con los señores, tratando de ser en lo posible, nunca vista por las personas principales de la casa; nunca antes supe colocar los cubiertos en la mesa; ni nunca nunca antes de estos años pardos tuve que callar mis canciones tropicales con mi voz de niña que sólo podía ya cantar cuando bajaba al río a lavar las sábanas y estaba segura de que nadie me escuchaba, y nunca antes de todo eso fui a un baile en toda mi niña vida, esos eran para Españoles y también para algunos de los Criollos.  

Cuando llegó la señorita Valeria, Don Salustiano, su padre, dispuso para mí el trabajo de doncella; quien sabe que sea lo que doncella significa, sólo sé que tengo que atender a la señorita en todo lo que disponga y necesite; me pareció al principio que doncella era algo como grosella, pero poco a poco fui aprendiendo que en realidad no se parecen nada. 

Ser doncella es más sencillo que ser moza, ya no tengo que hacer tantas cosas, puedo hablar un poco más aunque no siempre, salgo en carro con la señorita a cada día, veo más calle, veo más campo, veo más gente, uso ropa más bonita, no tanto como la de la Valerita, pero sí como más y mucho más sabroso. 

―Tú me acompañaras ¿verdad María?― ¡dijo! Y yo quería decirle que sí saltando y gritando de felicidad, besándole la cara a la señorita, corriendo por toda la finca presumiendo que ni una otra moza ni doncella de esa casa iría disfrazada al baile de carnaval. Pero no pude más que contenerme y estrujando la manteleta de mis faldas asentí con la cabeza gacha. 

El día del baile la Valerita me regaló un vestido suyo, días antes se lo había dado a Romualda, la costurera, para que lo arreglara para mí; ella se vistió con un vestido del verde más hermoso que hayan visto mis ojos en mi vida niña; sus cabellos rubios los contuvo con una tiara de piedras verdes luminosas; y se embozó en el rostro un antifáz de terciopelo, encaje y piedras de una preciosa hechura que envidiaba. 

Nos llevaron en carruaje a la casa del regidor Garría; al llegar el cochero desplegó una sombrilla para resguardarnos de la tormenta que caía, y nos escoltó asidas a su brazo hasta la recepción y ahí nos dejó. 

―¿No te impresiona María?― dijo la Valerita cuando ante nosotras se descubría la gala y el esplendor del lugar: los manjares, las mesas, los candelabros rojizos, el perfume de jazmin, de vainilla, de rosas y de sándalo ponían en mi rostro unas mejillas bien rojas y en mis ojos una sorpresa tierna ante todo lo que miraba; parecía todo el tiempo como si quisiera llorar de una impresión tremenda o de felicidad.

Todo era movimiento, todo era felicidad, todo era un misterio, un morbo, una cosquilla en la espalda. Todo era belleza, armonía y suavidad. Todo el ambiente estaba ebrio de todo, de comida, de vino, de lujuria y de soledad. 

Se acercó a nosotras Don Servando, el hijo del regidor, y nos saludó a las dos con el mismo denuedo y cortesía. Nos besó las manos, nos hizo flores con su boca, nos hizo reír, me hizo estremecer con el fulgor maligno de su sonrisa, mi hizo temblar con el roce tibio de sus dedos en mis brazos, me hizo palidecer con su mirada tan atrevida. Al poco rato nos ofreció bebida. Pidió con cortesía bailar con Valiertia. Morí al ahogarme en el licor de aquella copa, tratando de apagar el ardor horrible que me consumía al verlos bailar tan diestros y tan juntos, al mirar la sonrisa de mi señora reventar en su maldita boca cuando Servando le influía no sé que otro licor en sus oídos. 

Cuando regresó sonriente, su mirada no se despegaba de mis ojos. ―Vas a bailar conmigo ¿verdad María?― Me dijo Don Servando y sus palabras entraron en mí como el más abrumador licor que jamás haya probado; como un sol ardiente y recio que me hacía cosquillas en la vientre. Y yo quería decirle que sí saltando sobre él gritando de lujuria, mordiéndole los labios, corriendo por todo el salón constreñida a su cuerpo para embarrarme con las miradas celosas de todas las mujeres ahí presentes. 

Me sacó a bailar con hartos trabajos, mis piernas parecían entumecidas, mi corazón latía con un escándalo vergonzoso que me impedía escuchar lo que Servando murmuraba en mis oídos, mi cara ardía en llamas, y mis entrañas caían por un hueco; el salón daba vueltas en un mareo rotundo e insoportable, mi vista se nublaba de repente. Sentí que caía desmayada. 

Desperté y Servando me miraba con ternura, me había sacado al balcón al aire fresco, escuchaba detrás el serpentear del río y el canto pacífico de las aves nocturnas. Servando mojaba la punta de sus dedos en una copa con licor y los frotaba en mis sienes y luego soplaba con ternura, aquello me hacía sentir mucho mejor; estábamos solos en esa terraza, y adentro la fiesta continuaba, dos urgencias crecían en mis adentros, una suplicaba que volviera adentro con la Valerita y la otra imploraba aun más fuerte porque me quedara en ese sitio para siempre. 

Servando mojó una vez más sus dedos en la copa y acarició con sus yemas mis temblorosos labios, yo los chupé con mucha fuerza, tal vez hasta mordí un poco, tal vez hasta saqué mi lengua y acaricié con la punta la carne entre sus dedos. Servando me hizo suya, más de lo que ya era hasta ese punto, y yo me entregué a él más de lo que pensé que era posible; pues consideraba que ya entonces era suya, toda suya por completo. 

Cuando terminó conmigo me abrazo muy fuerte hasta dejarme en lo más profundo de mis carnes su perfume de hombre y señorito. Me dijo con mucho denuedo y cortesía que debía volver al baile los más pronto, y dejó antes de irse, un beso raro en mis mejillas. Me quería dejar ahí, sola entre las sombras, yo quería gritar que no se fuera mas no pude más que contenerme y estrujando la tela de mis bragas asentí con la cabeza gacha. Comenzó a llover de nuevo, cada vez más fuerte... hasta que llovieron cangrejitos rojos, como el peor de los agüeros.
 
 

domingo, 31 de marzo de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra.

Tauro 

Entonces empezó a llover y ahí es cuando la cosa de verdad se puso de la chingada, de por sí la noche estaba bien cerrada y los pinches faros de la troca casi no alumbraban nada; cuando los relámpagos estallaban en el cielo su luz también surcaba y electrocutaba toda el agua de las lagunas, el cielo se caía cabrón, se caía en serio, a los pocos minutos el agua anegó el camino y ya no se veía ni madres, no podía bajarle porque si lo hacía el agua seguiría creciendo y ahí me iba a cargar la chingada, era cuestión de minutos para que el agua siguiera subiendo y cubriera por completo la camioneta, además no podía, tenía que llegar en chinga. Ya no se divisaba la calzada, las lagunas se habían unido de nuevo, ya era una sola, gigantesca, voraz, explosiva cuando refractaba la luz de los rayos, al fondo los volcanes se miraban tan tenebrosos coronados por dos remolinos de nubes que pareciera, querían tragarse sus cumbres de un chingadazo. ¡Qué chingón se miraba, maestro! Era una cosa que daría gusto ver siempre y cuando no estuviera uno a la mitad de la tormenta a punto de que el agua lo arrastrara al fondo de esas lagunas de la chingada. Seguí acelerando y la troquita se sesgaba por la potencia del agua, de no ser por los tules que bordeaban la calzada, jamás hubiera sabido por dónde manejar, me hubiera metido a la mera laguna sin darme cuenta. La sentí de cerca, muy encabronada, pa’ mí que ella ya sospechaba que iba a verla, y no me quería dejar llegar. No se miraba ni madres, cuando pase la planta del toro pasando Valle, un relámpago hizo día la noche por tres segundos enteros, y miré el paisaje de muerte vacuna flotar por la laguna, docenas de vacas ahogadas meneadas de un sitio para otro por las aguas emputadas; cuando volví la mirada al frente el cadáver de una vaca negra me impacto por la izquierda y ya no supe nada compadre, hasta que amanecí en este pútrido hospital.
La voy a encontrar Martín, estoy bien cercas, la voy a encontrar, me cae de huevos que esta vez si la apaño… no puede darme al traste… lo sabe… y sabe que me acabo de dar tinta de eso… esta vez sí apaño a la chokani, Martín. La voy a apañar aunque me truene otros doce huesos.

domingo, 3 de marzo de 2013

Doce



Por César Abraham Vega Guerra.

Aries
I
Encuentran más de seis kilómetros de tul y encaje en el lecho seco del Canal de la Compañía.
Locales • 23 Febrero 2012 - 5:03am — Adolfo Granados
Tras iniciar las primera labores de remoción del Canal de la Compañía, la CONAGUA encuentra en el lecho del río seis kilómetros de una extraña tela perfectamente conservada.

Ixtapaluca., México. Luego de que por sexta vez el canal de aguas negras La Compañía, se colapsara, el gobierno federal, a través de la CONAGUA, decidió deshabilitar este afluente; por lo que el día de ayer se dio inicio a las primeras obras de remoción de las paredes de contención de lo que fuera el Río de la Compañía.
En dichos trabajos, una cuadrilla de obreros encontró entre las tierras fangosas que correspondían al lecho del río, rastros de lo que parecía ser una tela muy fina y en perfecto estado de conservación, al disponerse a extraerla del foso en el que la encontraron, los trabajadores se percataron de que el trecho de tela sólo era un segmento de un tramo mucho mayor que se encontraba enterrado a todo lo largo del cauce del río del que tras ocho horas de labores se extrajeron más seis mil setecientos metros de un tejido muy particular compuesto por pedazos de tul, encaje y algunas incrustaciones de piedras de muy raro color
Un grupo de antropólogos coordinó la extracción de este hallazgo y aún no pueden explicar su existencia ni mucho menos el grado de conservación que presenta el tejido, particularmente por las condiciones del entorno donde fue hallado que, aseguraron, son altamente propicias para la descomposición y degradación de este tipo de materiales.
El ingeniero Quintín Páramo, experto textil, aseguró de manera extraoficial que por el tipo de tejido y el material de que parece estar hecha, la “prenda” debe tener una edad superior a los doscientos años, aunque confirmó que serán los peritajes de laboratorio los que confirmen o refuten este dato.
El munícipe del lugar, Adalberto Salgado, aseguró que durante muchos años en las inmediaciones existía una planta textil de gran capacidad que durante más de medio siglo trajo empleo y progreso al pueblo de Ayotla, la cual cerró hace algunos años por irse a la quiebra; el alcalde sostiene que la existencia de la textilera podría explicar el origen de la tela.

II
Yo. Sola, como el borrego de la montañas, sola como está lámpara nocturna que se me clava entre los ojos, sola como la única estrella que brilla en el distante cielo, en el cielo distinto al que mis ojos vieron cuando todavía de ellos rutilaba vida, como la vida rutilante que de las estrellas salía y que atravesaban de luz a todo el cielo.
Hoy aprendí a decir una palabra nueva: No mames. Así me dicen a menudo en estos lares, así me nombran por donde me abro paso, por donde mis cabellos mojados escurren rastros de que existo, aunque ni exista.
Sí existí, y aún existo, pero existir ya es bien distinto a lo de antes. Antes llenaba mi boca de maíz y atole, antes corría y se me herían las plantas de los pies descalzos, antes tuve una palabra que era mía, que me hacía ser yo cuando se pronunciaba. Teresa: esa era mi palabra. Ixuiuhtli: me decía mamá María, Nantli me decía Jacintito; pero Teresa era mi palabra porque sólo Jacinto la decía muy raro; muy bonito pero raro; como si no quisiera que se escapara la s de mi nombre, la detenía muy suavemente con la punta de su lengua, y la acariciaba, muy suave dejándola pasar muy lento, desinflarse, impregnarse con su saliva en un beso imperfecto: Teresssa, Teresssa me decía y yo me ponía a hacer conejos con las nubes, silencios con el ruido, luces con las penumbras, ternuras con mis temores, corazones con las pitahayas, y suspiros con mis amores.
Ni yo podía nombrarme como él lo hacía, con su voz de gachupín hermosa y franca. Con su voz de trémolo cabrío apaciguado. Sólo él me daba un mundo para mí, con ese nombre, y una Teresa mas mía de lo que soy brotaba de la palabra cuando Jacinto la pronunciaba.
Ahora soy “no mames”. Hoy aprendí que así me llaman por estos lugares grises donde ando.

III
Video cortesía de Juan Pedraza:



domingo, 3 de febrero de 2013

Doce: Piscis

Por César Abraham Vega Guerra.

 
Piscis 

I
Yo. Reposo en el lecho de este río con mis manos llenas de fango suave y tibio, con la cara congelada con las aguas turbias y astringentes que me besan las mejillas. Acá abajo nada me acompaña, sólo esta oscuridad tan rotunda e infinita, que a veces con mucha dificultad es surcada suavemente por la luz de una muy lejana luna o de un sol muy frío y ocre. Acá abajo nada me acompaña, a no ser un par de osamentas fracturadas, ni un solo pececillo nada jugando con mis faldas, ni un alga entristecida brota del fondo de este río… soy sola, sumergida en esta profundidad mojada. 
II
¿Por qué no te quedas en mi casa? Dijo, y sin esperar una respuesta subió al autobús, se sentó y miró por la ventana aguardando que yo la siguiera y por supuesto que la seguí… ¿alguien hubiera podido sostenerse impasible ante esa mirada embrujadora?, ¿por qué iba a resistirme a ella si durante tanto tiempo soñé con una invitación como ésta?
Por eso me subí con mucho tropel y me senté a su lado; creo que todo el camino a su casa nunca le quité la mirada de encima, no cruzamos palabra alguna, yo respiraba muy suave, como temeroso de romper algo, no sé qué, tal vez el silencio, tal vez el encanto.
Entramos a su casa, bebimos café mientras cruzamos muy pocas palabras y demasiadas miradas y, sin embargo, nunca supe lo que se dijo en realidad, porque siempre he sido malo, muy malo, para la conversación visual.
Me condujo muy cortésmente a una habitación llena de cajas y trebejos, justo en el fondo había un catre con algunos cobertores perfectamente doblados. Dormirás aquí, me dijo. Decepcionado, me senté en el catre. Descansa, volvió a decirme y la vi salir de la habitación.
La noche entera me la pasé revolviéndome entre las cobijas, tratando de dormir boca abajo, boca arriba, de costado, pero en todo momento los resortes saltados de aquel catre se me clavaban en los huesos, en las caderas, en las costillas, en los hombros y en las nalgas. Sólo pensaba en ella, en la forma de sus labios, en si serían dulces o salados; y mientras lo hacía bajaba mi brazo para acariciar con la palma de mi mano la frialdad del piso.
Así pase mucho tiempo, largas horas, hasta que el frió se hizo humedad imperceptible y luego indudablemente sentí el agua que anegaba el cuarto. El sopor nocturno me impidió saber, en un primer instante, de lo que se trataba, después la lucidez retornó a mi cerebro con una rapidez eléctrica, cuando puse los pies sobre aquel piso la profundidad del agua rebasaba mis tobillos, el agua crecía con una velocidad pasmosa, de inmediato pensé en Lara y me levanté corriendo a buscarla, por el estrépito resbalé un par de veces dando de lleno mi coxis contra el suelo y en ambas me levanté tan pronto pude.
Cuando encontré  su habitación vi a aquella mujer parada justo a los pies de Lara, con su vestido chorreante de agua negra, con los cabellos empapados, con las manos llenas en fango. En su mirada llevaba colgada una terrible tristeza, los ojos inyectados, el ceño fruncido, los labios reventados, la cara rasguñada profundamente.
Me congelé por completo, mis pies se quedaron clavados en el suelo, mi voz escapó a no sé dónde, y mi corazón quería salir por mi garganta y escapar a do mi voz se había ido. Mil veces pensé que sería bueno escapar y olvidarme de Lara; sólo podía pensar en el miedo que yo sentía, en las ganas de llorar que me daba ver esa figura aterradora.
Mientras, Lara dormía muy suavemente, llena de paz, enfundada en un coqueto camisón de pescaditos…
La mujer aquella se acercó muy tiernamente a besarle la cara con sus labios ensangrentados, le acarició las mejillas con sus larguísimas uñas negras y retorcidas, aspiró su aliento con una gesto de placer incomparable. Lara sólo se movía inquieta, pero no despertaba, ¡cuánto quería que mi voz saliera por mis ojos, y así gritarle Despierta Lara! Pero mis ojos angustiados no gritaban.
La mujer aquella con sus manos huesudas aprisionó las muñecas frágiles de Lara, ante la violencia Lara despertó llena de terror, miré en su rostro un rictus de alarido que nunca emitió sonido alguno. Lara me miraba pidiéndome auxilio. Yo quería moverme y auxiliarle, pero todo en mí era de piedra, hasta sentía que mi corazón se detenía, que mi respiración misma ya cesaba.
Lara nunca emitió un breve grito, pero su cuerpo se convulsionaba tratando de escapar de su captora. La mujer aquella acercó sus labios a los ojos de Lara, los besó con reverencia inconmutable y después los arrancó de una mordida mientras por las cuencas vacías de la Lara brotaban dos ríos de sangre. Un dolor atravesó mi pecho… después todo se hizo oscuro y luego nada.