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domingo, 7 de julio de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

POR FIN ERA LA CALMA

La angustia de la noche anterior había dejado de ser una opresión en la garganta, un ahogo, y un laberinto con solo una salida. Sentada con la vista fija en la danzante llama, mientras que sus manos recargadas sobre las piernas sostenían un pedazo de papel higiénico arrugado por tanto uso, trataba de fijar en la memoria la figura, el timbre de la voz y lo dicho, tal vez también el aroma. Esa era la razón que la hacía volver una y otra vez sobre sus recuerdos; los cuales al principio ganaban en riqueza, detalles nuevos se desvelaban tras una segunda, tercera, cuarta…, lectura: una arruga en la camisa, un brillo que se colaba por la ventana, la aspereza que tenía el rostro mal rasurado. Sin embargo, llegó el momento en que ya no hubo más, incluso cada retorno comenzó a desgastar la nitidez que había logrado en ellos.
Gansos
Laura Beticia Aguilar
          Alguien de la familia tose, son las tres de la madrugada y el frío comienza a colarse bajo la piel, la euforia ha abandonado a los aún presentes que se resignan a quedarse quietos en sus sitios. Ya se han contado todas las anécdotas posibles. Soñolientos todos, se resisten a la derrota, pero sus mentes divagan, trémulas sombras haciendo guardia ante el abismo. Las calles deben de estar casi desiertas y las luces de las casas apagadas.
Cuando lo trajeron, ella quería que los dejaran solos. Sacar la maleta en donde estaban guardadas, junto con los papeles más diversos, las pocas fotografías que tenían, y contarle, otra vez, como se había salvado de la fiereza de los gansos cuando era niño, gracias a la cualidad de andar gateando por el patio en vez de caminar, pues su hermano mayor que sí caminaba, constantemente era atacado por una horda de furiosos patos que se creían dueños de ese territorio. En cambio él y el perro eran respetados por su andar en cuatro patas. Quería contarle también de donde provenía la cicatriz que tenía debajo de la barbilla. Quería… Sin embargo, cuando por fin los dejaron solos tuvo que conformarse con vestirlo. Había tanto por disponer.
Entonces, todavía no era la ausencia, aún era un pinchazo no ubicable que cambiaba de lugar, que se retorcía, que por momentos parecía ser falso. Además, las mismas circunstancias reclamaban cierta atención de su parte, responder a preguntas prácticas de familiares acomedidos que, torpemente, trataban de ser útiles. No sería sino hasta horas más tarde cuando por fin habría de llegar  la calma. Olor a tierra húmeda, a flores dulces en descomposición, a tabaco y a café. El dolor puro, sin angustia, sin incertidumbre, sin más escenarios posibles que lo realmente acontecido.

domingo, 9 de junio de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

UN DÍA
Cuando sonó la alarma de mi teléfono celular sentí, como cada día, que debería arrojarlo fuertemente contra el piso y continuar descansando. Últimamente me cuesta mucho trabajo conciliar el sueño: apenas consigo dormir algunos minutos cuando ya está sonando el maldito aparato. Sin embargo, contrario a mis deseos, tuve que sentarme a la orilla de la cama; así, a oscuras, y comencé a rasurarme. Hace tiempo que huyo de mirarme en los espejos.
El espejo atormentado
Egon Schiele
El ruido de la lluvia, que regresaba precisamente ahora que me preparaba para salir, me hizo pensar que sería un mal día. Agreguémosle que, ¡idiota de mí!, otra vez me corté. ¿Cómo es posible que aún no consiga acostumbrarme? La gota gorda que corrió por mi mejilla me obligó a entrar al cuarto de baño y encender la luz para mirar el desperfecto. Ahí estaba, era una cortada de medio centímetro que pretendía arrancar una parte de la amplía cicatriz: solo una pequeña cicatriz que se sumaba sin añadir nada a la otra. Me puse un poco de cinta y pasé a la cocina a tomar un vaso de leche antes de salir.
Al llegar a las oficinas vi que el Firuláis ya me estaba esperando dentro del carro; ni siquiera iba a poder fumarme un cigarro antes de comenzar la jornada. Encendí el motor y esperé la orden… Vagamos sin sentido por la ciudad toda la mañana, en silencio. El tedio aumentaba conforme transcurrían las horas, de vez en cuando miraba con deseo el bolsillo de la camisa donde permanecían intactos los cigarros.
Odio este trabajo y, sin embargo, es lo único que sé hacer. Después del accidente intenté dedicarme a otra cosa; no había nada para mí, incluso trabajé dos meses como cajero en un minisúper, pero la paga era mala y no me alcanzaba. Si fuera yo solo no tendría problema con eso, pero tengo una hija y, aunque casi no la veo por algunas diferencias que tuve con su madre, no pienso desentenderme de ella. Aquí la paga es mejor y tengo un seguro de vida que servirá de algo. No me quejo, sé que la vida es así, nadie ha dicho que deba ser fácil, se hace lo que se puede.
A las dos de la tarde tomamos rumbo a la plaza, nos tocaba manifestación de nuevo. De unas semanas para acá la cosa se está calentando, corren rumores de que hay algunas células armadas; también se dice que los armados pertenecen a otras corporaciones. La verdad es que en esto nunca se sabe de dónde va a venir el golpe o hacia dónde se va a dar, uno nada más recibe órdenes y las cumple; ruedan cabezas y todo está bien mientras no sea la tuya.
Dejamos el auto estacionado a dos cuadras de distancia y nos metimos a la manifestación a tomar fotos. Como a las cuatro otra vez comenzó a llover. Unos minutos más tarde la gente se esparcía por las distintas calles cercanas a la plaza. Nosotros hicimos lo mismo y estábamos a punto de meternos al carro cuando sonaron los primeros disparos. En poco tiempo la gente corría de un lado a otro, volaban piedras, se empujaban unos a otros, se escuchaban los gritos de alguien que desde el suelo suplicaba que no lo pisaran.
El cobarde Firuláis se escudó detrás de mí, pero con todo y eso no se pudo salvar, una piedra que trazó una parábola en el aire le dio justo en el rostro. No era grave, así que me limité a observar cómo gemía mientras una lágrima asomaba de sus diminutos ojos. Los labios se le habían hinchado horriblemente; por un momento tuve la certeza de que iba a caerse; trastabilló unos pasos y luego, con su brazo extendido, se asió del de un joven cualquiera, que trataba de alejarse del alboroto. El muchacho, desconcertado por el tirón, volvió el rostro en el momento en que otra mano se aproximaba hacia su nuca, después fue a dar de cara contra la puerta del vehículo, luego fue molido a patadas por un Firuláis que rabiaba y lo metía a empujones en él mientras me ordenaba que arrancara. —A ver si de veras eres muy machín, cabrón—, le decía a gritos al pobre tipo que estaba completamente desconcertado, a la vez que usaba su cuerpo como costal de entrenamiento. —Tú fuiste de los que dispararon—. Y como el otro lo negaba, le pegaba con la cacha de su arma en la cabeza. Así continúo por varios minutos hasta que el chico dejó de moverse. Entonces por primera vez en este día volteó a mirarme. —Este ya no nos va a servir—, me dijo, y luego regresó a su mutismo de siempre.
 

domingo, 17 de marzo de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

Elevación

En un principio no había luz, todo era silencio, los ojos un par de esferas que orbitaban en vano, ciclos que se repiten. Luego el criick, lamento de los desposeídos, aleteo. Alto, cada vez más alto, ombligo del cielo desgarrado, no un rayo, apenas luz sin emisor, una gota de leche en la taza de café. Fría niebla danza con suavidad, a uno y otro lado se descubre el vacío, menos la ramita que te sostiene. Un algo que necesitas que no viene de la conciencia, sólo un presentimiento. Te extiendes y saltas pero no caes.
         Polvo y piedras que vienen, llegan y se van. Más alto, distancia barrida en la búsqueda, sólo polvo ahora. No, también luz y aire, toda una inmensidad para ti,  hasta donde alcancen tus fuerzas, el espacio es tuyo, el sol, el aire, el aire…
         Polvo y más polvo y… entonces viste la señal en el horizonte, pero algo abajo te distrajo, un bulto, cosa rara arrojada. El sol se aleja y algunos granos de polvo crecen transformándose en piedras. Te encojes, latir acelerado. Sube y baja con suavidad y se convulsiona, pequeña niebla blanca, giro sorpresivo que te aleja de la tierra.
         El punto crece en cuatro direcciones, más hacia arriba y hacia abajo. Verde sonido que repica. Seres que entran, mientras otros permanecen afuera, pan para el hambriento, sólo las migajas por las que otros como tú pelean, por fin una es tuya, una más y luego la gloria, blanca paloma de pan frente a tus ojos, hipnotizado vas al matadero, codicia… Golpe seco desde la nada. No la nada, sino el anonimato, aliento húmedo de las fauces, libertad y agonía alternadas, latir enloquecido. Imposible la elevación ya sin tu fuerza, saltitos hacia la sombra, momento final que no llega.
         Shhhhhh, piel que te ampara sin tú saberlo, pasos en travesía, exploración. No la libertad sino el encierro compartido, ojos que te miran, se alejan, vuelven. Tiempo inexistente, medida del vacío. Calma, renacimiento. Piel que te busca y la rechazas, elevación, golpe seco contra el cristal y caída, piel que te ampara sin tú saberlo. Pasas nuevamente de la sombra a la luz, libertad y elevación.
Polvo y piedras que vienen, llegan y se van. Más alto, distancia barrida en la búsqueda, sólo polvo ahora. Aún luz y aire, toda una inmensidad para ti,  hasta donde alcancen tus fuerzas, el espacio es tuyo, el sol, el aire, el aire…
De nuevo el bulto ya sin movimiento, extraño milagro. No lo sabes pero presientes que pronto vendrán los gusanos. 

domingo, 17 de febrero de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.
 

Había llovido toda la tarde
Había llovido toda la tarde en que Andrea llegó empapada a su casa; cuando su madre salió a abrirle la puerta,  llevaba, para medio protegerse, un viejo paraguas al que le faltaban algunas varillas dándole un aspecto ridículo. Estaba a punto de comenzar con el regaño ritual, pero el aspecto de naufraga que traía la chica la obligó a hacerse a un lado y simplemente la dejó pasar, incluso trató de protegerla como si no trajera encima toda la lluvia que había caído en esa tarde.
         Apenas entró en la primera habitación, de las dos que componían junto con el pequeño patio de tierra toda la casa, se quedó parada encima de la jerga, su madre que se había entretenido en colocar el paraguas detrás de la puerta se le quedó mirando, tiritaba.
­          - Te va a dar una pulmonía- le dijo.
Andrea permanecía clavada en su sitio, encima de la jerga, con la mirada extraviada. Su madre buscó una toalla en el ropero, con ella la envolvió tanto como pudo y la condujo a la siguiente pieza en donde la obligó a sentarse encima de la cama y fue a buscar unas ollas para poner a calentar un poco de agua. Mientras tanto la hija rememoraba.
Cuando le llamaron para decirle que al fin lo habían encontrado, no supo que sentir, hacía tres días que no se sabía nada de él, las siguientes palabras que escuchó orientaron su dolor. Salió tan a prisa que olvidó llevar consigo las monedas suficientes para tomar el microbús de regreso. Afuera de la casa del muchacho vio el maldito moño negro, la puerta estaba abierta, adentro un grupo muy reducido de personas se miraban entre sí y luego volvían a la contemplación monótona del ataúd.
 La casa era igual de pobre que la suya. No supo cuanto tiempo estuvo parada sin saber qué hacer, hasta que el aroma dulzón de un café que se preparaba  en la cocina la hizo tomar conciencia de sí misma, usó todas sus energías para dar unos pasos desafiando a la fuerza de gravedad que tiraba de sus entrañas en dirección al piso.
El rostro que miró a través del cristal le pareció el de un extraño, pensó casi con felicidad que se habían equivocado, que no era él; el rostro pálido se veía mucho más ancho que el que su memoria guardaba, se parecía más bien al de un muñeco de plástico. Tuvo que comparar cada uno de los rasgos de ese rostro con sus recuerdos de una forma metódica para convencerse de que era él. Qué tanto nos cambia la muerte que ni siquiera nos parecemos a nosotros mismos, pensó.
En los días de angustia vividos tuvo tiempo para crear un sinfín de escenarios, en los peores se imaginó parada frente al féretro llena de odio reclamándole por no hacerle caso, y ahora que estaba allí supo que no tenía sentido, ¿de qué valía ahora que ella tuviera razón si al final de cuentas quien estaba muerto era él, si de todas formas ya no la escucharía? Se dio vuelta y salió.
 

domingo, 20 de enero de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

Era la tierra seca

Era la tierra seca, áspera y blanquecina lo que más le molestaba de la situación, lo otro no importaba, después tendría tiempo para preocuparse. Lo inmediato era evitar esa picazón en la garganta que lo obligaba a toser contra su voluntad, pues, ahora lo veía, el aire que expulsaban con violencia sus pulmones levantaba diminutas tempestades frente a su rostro, tempestades que inhalaba con desesperación a su pesar. Había entrado en un círculo vicioso, en el que la convulsiva tos le vaciaba de aire los pulmones con la consiguiente sensación de ahogamiento, lo cual lo obligaba a aspirar de manera desesperada los remolinos de polvo.

          Cerró los ojos que comenzaban a arderle y trato de pensar. Algo en especial debe de tener esta tierra, alguna sustancia a la que soy alérgico. Nuevos estruendos vibraron en su pecho, iba a abrir los ojos, pero la orden muscular, que ya viajaba veloz, fue interceptada en el último momento por la idea de que sería un gasto innecesario de energía, esperó todavía a que pasará el siguiente ataque. Aspiró y antes de que las convulsiones llegaran otra vez, concentró todas sus fuerzas en un movimiento con el cual consiguió voltearse boca arriba.

          El picor en la garganta fue disminuyendo hasta que cuajó en una costra. Los parpados cerrados cambiaron de un tono café a uno naranja que rápidamente se convirtió en rojo intenso, maquinalmente giró un poco la cabeza para tratar de evitarlo. Es el sol. Se sintió feliz. Me recuperaré un poco, estoy muy agotado.

          Un choque de adrenalina lo obligó a abrir instintivamente los ojos y el sol se los quemó, volvió a cerrarlos. Algo caminaba por arriba de su ceja derecha. Una araña. Intento mover sus manos pero no pudo. Va a meterse en mi oído. No podía hacer nada, sólo imaginar, describirse la sensación… No era muy grande y estaba tibia. Estoy sudando. Sonrió, y para comprobarlo giró la cabeza al lado contrario. El movimiento que sentía arriba de la ceja se detuvo y luego cambió de dirección.

          Se imaginó a sí mismo tirado como estaba, sudando en medio de la nada, el rojo de los parpados cambió el color del sudor en su imaginación. Quizá es sangre. Aspiró profundo tres veces y alcanzó a percibir un sabor a ocre. Es sangre

          A ver si deberás eres muy machín, cabrón

          Algo se le revolvió en el estomago, no quería pensar en eso, escuchó un crujido y la tierra comenzó a temblar acompasadamente, respiró profundo una vez y estuvo atento. Ahí siguen. Sólo la tierra seguía temblando. Comenzó a contar lentamente. Uno, dos, tres

          Paró en el tres mil seiscientos. Una hora y nada. Pero la tierra seguía temblando. Maldito sol, de seguro es mi cabeza, ojalá pronto oscurezca. Intento mover uno por uno de sus miembros y, exceptuando la cabeza que podía ir de izquierda a derecha, ninguno le respondió. Estoy muy débil. Más al rato.

          Para pasar el tiempo se ejercitó en recordar, saltaba de un momento a otro de su vida. Es como un largo insomnio. Hábilmente evitó durante horas los hechos recientes. No supo en qué momento el rojo dejó de serlo. Primero observó a su derecha, luego a su izquierda. Nada, estoy solo. Y comenzó a sentirse triste, luego el hambre y finalmente la sed que sentía lo hicieron concentrarse en otras cosas.

          Trató en vano de moverse en repetidas ocasiones. Estaba a punto de llorar, pero se sintió ridículo. No tiene caso

          Primero apareció la luna, después una estrella. Es un planeta, pero ¿cuál? La noche toda llena de estrellas se veía magnifica. Tenían razón no valía la pena meterse en estas cosas… Se interrumpió, y se quedo mirando el cosmos, luego cerró los ojos…

domingo, 23 de diciembre de 2012

Columna vertebral


Volar

El vuelo
Martha Patricia Trauwitz Gomez
Volar, sueño con ser pájaro, no, pájaro no, algo más, otra cosa, el único deporte extremo que me gustaría practicar es el salto bonji. Abro los ojos y una parte de mí nota que sólo faltan dos estaciones y comienza a luchar contra la otra que quiere permanecer dentro del sueño, los parpados se cierran solos, el sueño es como una telaraña de la cual quiero escapar, en realidad me imagino como una hormiga atrapada por un chicle rosa tirado en el asfalto al medio día. Un último esfuerzo y por fin consigo el impulso que viaja desde las plantas de mis pies, pone rectas mis piernas, avanza como una descarga eléctrica suave por la columna vertebral y endereza mi cuello. La gente que aguarda a mis espaldas para salir me arroja fuera y me pone en marcha. Luego la inercia hace su trabajo, hasta que ya fuera, la briza de la tarde termina por devolverme a la realidad. Respiro profundo…

          En el camino tropiezo con la vendedora de galletas artesanales, el joven que trata de convencerme de que le compre un disco de su propia autoría, la gente de siempre, y como siempre se me antojan las galletas y quisiera apoyar al joven, pero me detiene la imagen del boleto del metro, la moneda de a cinco y la de a dos que llevo en la bolsa de mi pantalón desgastado, también tengo mucha sed, por suerte han instalado agua potable en la escuela, de lo contrario tendría que esperar hasta volver a casa.

          Avanzo, nuevamente me imagino como una hormiga, pero esta vez cargando una piedra bajo los rayos implacables del sol. Mientras llego a mi destino, hago un breve recuento de mi rutina: el trabajo que odio; la escuela que amo y a la que siempre llego cansado; finalmente las clases de natación, ¿a quién se le ocurre tomar clases de natación a estas alturas de la vida y en tales condiciones?, sin embargo, desde hace un mes que comencé, me he sentido mejor.

          Hoy el agua de la regadera está fría, es por ello que todos se apresuran y se bañan lo más rápido que pueden. Afuera el sol esta esplendido, termino y sin secarme del todo salgo corriendo porque se me ha hecho tarde, mis compañeros ya están corriendo junto a la alberca, hago un paquete con las sandalias y la toalla.

          Libertad, cuerpos semidesnudos, aire fresco. Me gusta sentir el contacto de la tierra y el pasto bajo las plantas de mis pies, el sol enciende nuestros cuerpos, nos hace sentirnos orgullosos de mostrarnos cual somos, sin los engaños de la ropa, sonrisas; calentamiento previo y después el momento anhelado… ¡Al agua! Nadar de espaldas es como volar, reflexiono al percibir la misma sensación del sueño del metro en mi piel, además también se mira el cielo infinito; sumergirse es como un gran abrazo que te da la vida.

          Hoy es el día, la maestra nos da las últimas indicaciones de seguridad y nos encaminamos hacia la posa, esta es una parte no muy ancha de la alberca que tiene tres metros de profundidad, la mayoría estamos nerviosos, sólo Jessi, una joven muy hermosa, primera de la clase en todo, parece muy feliz y despreocupada, en contraste la señora Lourdes refleja el terror en sus ojos, la maestra, para tranquilizarla, le arroja una tabla con la cual puede mantenerse a flote, tengo un mal presentimiento de todo esto. El sol comienza a bajar, contemplo su reflejo dorado en el agua y miró como avanza el grupo delante de mí, parecemos patitos.

          Uno a uno nos turnamos para cruzar nadando a la otra orilla, mientras uno cruza los demás observamos aferrados a los doce centímetros seguros que nos brindan nuestras manos, hemos pasado casi todos, es el turno de la señora Lourdes, toda ella es una angustia, lentamente avanza hacia nosotros, se esfuerza al máximo, la maestra le dice que siga adelante que ya le falta poco, además nos pide que le dejemos espacio en nuestra orilla para que se sostenga al llegar, nos separamos y nado sin pensarlo hacia el lado contrario, volteo en el momento en que su rostro se llena de emoción por lo que acaba de hacer. Jessi, nada hacia donde estoy y se detiene junto a mí, trato de moverme un poco hacia a tras para evitar el contacto, pero el movimiento del agua hace que mi mano falle en la búsqueda de la orilla y me hundo.

          El aire se me está acabando y no logró salir a flote, intento tocar el fondo e impulsarme desde abajo para salir, mientras lo hago, reflexiono sobre lo que ha ocurrido, no estoy nervioso, toco el piso pero me doy cuenta que debí de ayudarme con las manos para que el impulso fuera más fuerte, mientras voy subiendo, pienso en lo que puedo hacer cuando llegue arriba: una opción es pedir ayuda, pero no tengo muchas esperanzas de que alguien lo note, todos están ocupados en no ahogarse, además nunca me había pasado esto, lo cual hace poco probable que me estén mirando, creo además que si grito no tendré tiempo para tomar aire, así que decido sólo tomar aire y tratar de buscar la orilla.

          Salí y me hundí de nuevo, el aire que alcance a tomar no fue suficiente, tome la decisión equivocada. Bajo el agua escucho las voces felices de mis compañeros, también miro sur piernas en vaivén, rememoro el cuerpo esplendido de Jessi bajo el sol. No tengo miedo, sumergirte en el agua es como un gran abrazo que te da la vida…

Jorge Iván Dompablo.



domingo, 25 de noviembre de 2012

Columna vertebral


La soledad mata

La soledad
Camille Carot
Hace algunos años escuché por primera vez esta frase y, aunque en aquel entonces estuve de acuerdo, han tenido que pasar varios años para que comprendiera el alcance de estas palabras.

          Quizá después de un día abrumador en donde, entre otras situaciones, se han tenido que pasar largas horas compartiendo con otros cientos de personas el mismo aire viciado en un vagón del metro, uno sienta el deseo inaplazable de alejarse de las personas, sobre todo si se es un poco claustrofóbico. Incluso habrá ocasiones en las cuales necesitemos estar solos; tomar un espacio para nosotros mismos para reflexionar y resolver asuntos que nos aquejan o por lo menos vislumbrar un camino, por vago que sea, a seguir; sin embargo, la soledad cuando se prolonga por mucho tiempo hace daño, el aislamiento enferma al individuo que lo padece.

          A veces, con sorpresa, uno cae en cuanta de que un día —no se sabe exactamente en qué momento— comenzó a sentir los estragos: ansiedad, desánimo, tristeza, falta de apetito, etcétera, y todo ello acompañado por un sentimiento inconmensurable de orfandad parecido al que refiere el poeta Cesar Vallejo en su poema “Ágape” cuando escribe “[…] He salido a la puerta, / y me da ganas de gritar a todos: / si echan de menos algo, aquí se queda! […]” y es que la falta de contacto con los otros literalmente puede llevarnos a la tumba.

          Respecto al sentimiento de abandono apunta Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos “[…] Sentirse abandonado es, esencialmente, sentirse abandonado del «dios en nosotros», del componente eterno del espíritu, proyectándose en una situación existencial ese sentimiento de extravío que también posee relación con el tema del laberinto” (Cirlot, 63)

          En efecto, la soledad es un laberinto en donde la única escapatoria es mirar a otros ojos y reconocerse así mismo. Viene ahora a mi memoria el pasaje de Don Quijote de la Mancha en donde éste tiene el encuentro con el afligido Cardenio y la primera reacción de nuestro querido caballero andante es abrazar al pobre hombre que, a fuerza de permanecer en el aislamiento, ha perdido el juicio: “Don Quijote le devolvió las saludes con no menos comedimiento, y, apeándose de Rocinante, con gentil continente y donaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido” (I, XXIII). Y es que la primera vez que leí este encuentro sentí que don Quijote no sólo estaba abrazando al otro, sino que al mismo tiempo se abrazaba a sí mismo.

          Digo, pues, que la soledad mata y contra la falta de un interlocutor con quien compartir el mundo, no sirven sucedáneos como hablar por teléfono, enviar mensajes por correo electrónico, conversaciones virtuales y demás formas de “contacto” por medios tecnológicos. Una conversación vía telefónica por más tiempo que dure, jamás aportará la misma sensación de bienestar que transmite un abrazo, un saludo o el simple hecho de compartir el mismo espacio con otra persona.

Jorge Iván Dompablo.

domingo, 28 de octubre de 2012

Columna vertebral


MALAS NOTICIAS

 

Malas noticias
Gufas
Malas noticias…

Estos tiempos de tormenta

se han llevado nuestro refugio.

En el jardín con ruinas y basura,

la desolación esculpe

nuevos monumentos.

Malas noticias…

La administración ha cambiado

Y el café donde solíamos

pasar las horas conversando;

es ahora, una cárcel invertida

en la que ya no podremos ingresar.

Malas noticias…

Las calles han sido tomadas,

no por la gente y sus conciencias,

sino por ejércitos azules;

macana en mano, rostros pétreos,

unos pesos y el fastidio

equilibran cada uno de sus pasos,

mientras, pateados por el acero

los rayos fragmentados del crepúsculo

huyen de sus botas.

Malas noticias…

La moral atenta contra un beso.

Malas noticias…

La mano cansada de la justicia

Ha descendido y su espada

cortó de tajo la cabeza

de quien buscaba su cobijo.

Malas noticias…

Tomo la pluma, y solo vienen

a mi mente…



                         Jorge Iván Dompablo Reyes.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Columna vertebral


EL BARBAS

Gato colorido
Vanessa García González
El Barbas llevaba perdido dos semanas más o menos, esa fue la conclusión a la que llegamos por la noche del martes mientras tomábamos café acompañado de galletas de animalitos salidas quien sabe de dónde. Así que aprovechamos para rememorar algunas aventuras de nuestro afamado gato: de color blanco con una pequeña mancha negra debajo del hocico, de allí su nombre. El Barbas había llegado a nuestras vidas dos años atrás, era apenas un niño…, bueno era un cachorrito cuando se lo encontró mi novia justo a tres metros de llegar a la tortillería (yo la acompañaba), le había parecido muy simpático y desamparado pues estaba maullando desconsoladamente y por la calle andaban muchos perros distraídos que aún no lo notaban. Yo en principio no me lo quise llevar, pero ella insistió tanto diciéndome, entre otras cosas, que mi vecino que tenía otro gato “sin duda” lo querría. Más por enternecimiento por ella y por el gato que porque me convenciera su argumento me lo lleve a mi casa. La bolita blanca de pelos no paraba de pedirme que la alimentara.

          Mi vecino, por supuesto, me mando por un tubo; de todas formas sólo se lo había comentado por no dejar, pues ya me había encariñado con el gatito y si él lo hubiese aceptado igual y le digo que era una broma. Yo como no sabía de esos menesteres sólo atine a comprar un cartón de leche y una jeringa con la cual lo alimentaba varias veces al día, la última antes de irme a dormir y la primera al despertar. Lo que más trabajo me costaba era entibiar la leche pues siempre me quedaba con la duda de si no estaría o muy caliente o muy fría y mi hijo mientras tanto maullaba desconsolado. Así pase de ser un joven sin responsabilidades a verme como padre y madre del Barbas.

          El Barbas era un valiente cazador, aunque sólo tuvo la oportunidad de enfrentarse a no muy fieras lagartijas que por la tarde se asoleaban en la barda del jardín, esto lo hacía en contra de mis órdenes determinantes de no matarlas porque siempre me han gustado mucho esos dinosauritos. Entonces lo que yo hacía era que cada vez que veía una corría y se la espantaba y lo regañaba muy seriamente, cosa que a él poco le importaba porque siempre se quedaba dormido a mitad de mi arenga. También a veces me daba unos sustos de aquellos… Como cuando me daban pesadillas, de esas en las que sabes que estás dormido, pero no te puedes despertar. Entonces con mucho esfuerzo en algunas ocasiones lograba despertarme y lo primero que veía eran unos ojos muy brillantes frente a los míos, con el salto que pegaba del miedo, él se desconcertaba y se ponía de pie, y con sus patitas delanteras empezaba a mullir la sabana, lo cual siempre me pareció una especie de masaje gatuno que me obsequiaba para que hiciésemos las paces.

          Todos esa noche, menos mi mamá, estábamos convencidos de que no regresaría. Por eso fue ella quien se levantó a lavar el tazón de las croquetas y, llenándolo, comenzó a llamar, luego todos salimos a imitarla, pero el Barbas nunca volvió.

Jorge Iván Dompablo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Columna vertebral


Ciudad imaginaria
Carmen Medina
Hay en algún punto del universo fuera del globo terráqueo una ciudad distinta; yo la conozco, he estado en ella; no puedo asegurar que sea mejor que la ciudad en la que vivo —quizá no—. Sólo se decir que ejerce en mí un grado de fascinación especial. Existe en ella, al Sur, una avenida que sube una colina rodeada de un bosque por cuyas hojas siempre pasa el viento; aleteo de mariposas amarillas que la luz del sol matiza, agudos lamentos que hieren el alma, tenues suspiros… Del otro lado, al bajar por la pendiente, una curva gira a su derecha en donde apenas se perciben algunas casitas lejanas esparcidas en la orilla. Alejado de ahí, al Norte, existe un camino como trazado con regla todo desértico, su tierra blanca se levanta muy fácilmente y quema los ojos, sin embargo cuenta con un autobús que si lo tomo y viajo en él muchas horas —en las cuales siempre “duermo”— me llevará, aunque jamás he llegado, a la casa de mi abuelo. Al Este hay un río poco profundo de aguas tranquilas bordeado por campos sin sembrar, cercana a él está una alberca sumida en un barranco, algunas veces he saltado en ella y aunque el agua es deliciosa luego me viene una desesperación profunda pues ya no puedo subir; no es que sienta que me ahogo, de hecho esto nunca ocurre, pero me quedo atrapado allá abajo. El centro de esta ciudad tiene un parque al que dos farolitos no alcanzan a iluminar, por ello siempre está en penumbras; esto, sin embargo, no evita que tenga siempre dos o tres transeúntes que viajan separados. El otro punto cardinal me es un misterio, por alguna razón extraña jamás me he aventurado a explorarlo. Digo que esta ciudad existe porque he estado cientos de veces en ella, por favor no piense que le miento, ni piense que estoy loco, para mí es de por sí difícil el tratar de explicármelo; muchas veces al abrir los ojos y encontrarme con la oscuridad de mi cuarto trato de definir hacia dónde está cualquiera de los puntos que le he descrito y no lo consigo; pero si cierro los ojos en ese momento en el cual aún no se está completamente dormido o despierto, digamos en un punto neutro, todo cobra claridad y aunque no pueda en ese estado desplazarme en ella, sí distingo hacia dónde está cada uno de sus territorios. En mi vida cotidiana hace algunos días encontré la avenida que sube la colina. Quiero confesarle que cada sábado por la noche, después de tomar algún café con mis amigos y platicar acerca de El Quijote paso cerca de ella; es entonces cuando me invade el deseo vehemente de seguirla, sin embargo, me paraliza un miedo que yo sé que es irracional y continúo mi camino. Querido lector, esto es una confidencia: si se lo cuento es porque tengo la esperanza de que usted también la conozca o, si no es así, por lo menos la esperanza de que tenga una confidencia similar a la mía que aún no se haya atrevido a contar.


Jorge Iván Dompablo.



domingo, 5 de agosto de 2012

Columna vertebral

Dolor

Grito
Oswaldo Guayasamin
Espina vislumbrada
en eterno corazón
domesticado,
sombra que se escapa por la tarde
mientras el iris sangrante
se descompone
y una parvada de moscas
deposita sus huevos
sobre una piel marchita.
Mira como se quiebra su fémur
bajo tu planta,
el crujir de hojas secas
abandonadas
al fango de tus pies;
obsesiva resurrección
de anécdotas húmedas,
enmohecido pensamiento
bajo la sombra de tus labios,
mapa mental
entretejido por rumores
de una piel joven
que clama entre rezos
la agonía donde
una mujer y un hombre
miden sus fuerzas y renacen;
allí, el corazón domesticado
brama y se desborda al vacío,
como potro se muerde las venas
para respirar al ser
herido por el tajo
de unos labios opresores.

                             Jorge Iván Dompablo.