Por Jorge Iván Dompablo.
POR FIN ERA LA CALMA
La angustia de la
noche anterior había dejado de ser una opresión en la garganta, un ahogo, y un
laberinto con solo una salida. Sentada con la vista fija en la danzante llama,
mientras que sus manos recargadas sobre las piernas sostenían un pedazo de
papel higiénico arrugado por tanto uso, trataba de fijar en la memoria la
figura, el timbre de la voz y lo dicho, tal vez también el aroma. Esa era la
razón que la hacía volver una y otra vez sobre sus recuerdos; los cuales al
principio ganaban en riqueza, detalles nuevos se desvelaban tras una segunda,
tercera, cuarta…, lectura: una arruga en la camisa, un brillo que se colaba por
la ventana, la aspereza que tenía el rostro mal rasurado. Sin embargo, llegó el
momento en que ya no hubo más, incluso cada retorno comenzó a desgastar la
nitidez que había logrado en ellos.
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| Gansos Laura Beticia Aguilar |
Alguien
de la familia tose, son las tres de la madrugada y el frío comienza a colarse
bajo la piel, la euforia ha abandonado a los aún presentes que se resignan a
quedarse quietos en sus sitios. Ya se han contado todas las anécdotas posibles.
Soñolientos todos, se resisten a la derrota, pero sus mentes divagan, trémulas
sombras haciendo guardia ante el abismo. Las calles deben de estar casi
desiertas y las luces de las casas apagadas.
Cuando
lo trajeron, ella quería que los dejaran solos. Sacar la maleta en donde
estaban guardadas, junto con los papeles más diversos, las pocas fotografías
que tenían, y contarle, otra vez, como se había salvado de la fiereza de los gansos
cuando era niño, gracias a la cualidad de andar gateando por el patio en vez de
caminar, pues su hermano mayor que sí caminaba, constantemente era atacado por
una horda de furiosos patos que se creían dueños de ese territorio. En cambio
él y el perro eran respetados por su andar en cuatro patas. Quería contarle
también de donde provenía la cicatriz que tenía debajo de la barbilla. Quería…
Sin embargo, cuando por fin los dejaron solos tuvo que conformarse con
vestirlo. Había tanto por disponer.
Entonces,
todavía no era la ausencia, aún era un pinchazo no ubicable que cambiaba de
lugar, que se retorcía, que por momentos parecía ser falso. Además, las mismas
circunstancias reclamaban cierta atención de su parte, responder a preguntas
prácticas de familiares acomedidos que, torpemente, trataban de ser útiles. No
sería sino hasta horas más tarde cuando por fin habría de llegar la calma. Olor a tierra húmeda, a flores
dulces en descomposición, a tabaco y a café. El dolor puro, sin angustia, sin
incertidumbre, sin más escenarios posibles que lo realmente acontecido.







