Por César Abraham Vega.
Sagitario
Sagitario
Mi vientre se atravesaba de dolor, mi
corazón se rompía en silencio, el estruendo de su rotura se ocultaba tras el
horrísono rugir de los truenos. No había parado de llover en veinte noches, no
había parado yo de andar unas veinte leguas sin un rumbo fijo, de mendigar ya
muchos días en las iglesias, de salir de Culhuacán y apersonarme en Chalco, van
mis vestidos raídos y tiesos por el légamo, con mi vientre famélico hinchado
como un globo... voy dando pena... dando tumbos... dando asco... y dando a luz.
Dando a luz en esa noche, la más oscura de
mi entera vida, con las aguas de los humedales dándome más arriba de las
caderas; con las aguas de los cielos dándome duro en las espaldas...
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| Sagitario, arquero mesoamericano Olgger Dubon |
¡Servando, maldito seas! ¡Mal haya la hora
en que aspiré yo tu perfume! ¡Maldigo tus ojos tan dulces y tan tiernos!
¡Aborrezco tus palabras tan gentiles y tan bellas que aún resuenan turbias en
mi más profundo adentro! ¡Maldita la criatura que traigo yo a este mundo
producto de tus burlas y cínicas mentiras! ¡Maldita yo por puta, por triste
enamorada! ¡Por crédula! ¡Qué ilusa!
¡Pero este bastardo tuyo hoy se convierte
en trasgo! ¡Nace para morirse! ¿Me oyes? No para ser parido, solamente
defecado... como lo que se arroja a letrinas, hoy lanzo este despojo a este
gris pantano.
Y me extraje a la criatura con violencia y
con las uñas, sin sacarla a superficie, sumí su cabecita en el lodo más
profundo del lecho de la Ciénega; con una piedra laja corte la tripa aquella
que aún muy palpitante y tibia nos unía. Maldije al vil Servando gritándolo en
el cielo y el cielo, enfurecido, me devolvía centellas.
Y cuando me dispuse a confortarme con la
infame paz que viene con el asesinato, los dolores del parto no se fueron,
regresaron, y me doblaron por medio los entresijos del cérvix...
Más doloroso que el primero, me brotó un
nuevo hijo inesperado, una nueva criatura que, con suplicios indecible,s me
cobró factura cara por la muerte de su hermano. Retorcíome entre las aguas como
anfisbena la sierpe, parir mi benjamín costo mi vida casi entera, por eso lo
amé, por ser tan mío y, como yo, lo extraje de las aguas con cariño, lo arropé
en mis brazos con encanto, me solacé con sus ojos de Servando, no pude... no
quise... hacerle lo mismo que a su hermano.
El benjamín me devolvió lo ilusa, pacificó la
ira que el primogénito trajo y hasta la lluvia intensa pareció escamparse.
Apareció el tenue brillo de múltiples estrellas y en mi cuerpo se abrieron
sensaciones remotamente huidas; sentí el hambre de nuevo, compasión, frío y
tristeza; un cansancio mortal y una esperanza inaudita. Toqué el fondo de mis
angustias y al contemplarlas remotas supuse mansa e ingenuamente que el mundo
no era malo, que podría sobreponerme, que ya nada subyugaría mi nuevo afán tan
inflamado.
Mi vástago hermoso de ojitos claros
reposaba con un llanto dulce entre mis brazos, los despojos de mi bastardo
flotaban destrozados y sangrientos ajados por el picado lago.
Mientras musitaba una canción de arrullo a
mi benjamín hermoso, a mi tito tan blanquito, el centauro se erigía traído por
un mal hado. El sagitario negro, con su rifle encartuchado, con sus espuelas de
plata y calzón encueretado, me decía desde la espalda apoyando el cañón en su
antebrazo y horrorizado por el cadáver minúsculo que flotaba destrozado.
¡Bruja, dame a ese niño!
Un escalofrío mordiome el espinazo, se me
erizaron los pelos y me temblaron los brazos.
¡Víbora asesina, suelta a esa criatura
inocente o te mato!
¿Qué perversidad me acecha para quitármelo
todo? ¿Por qué hacerme odiar a la vida, a mis sueños, a este mundo; y luego
entregarme una prenda en la que cifro mi única y prematura esperanza para
quitármela tan pronto profiero que le amo?
¡Nunca! Espete al jinete negro y preferí
arrancar la vida dulce de mi benjamín recién amado, pero no me socorrió la
fuerza y un arcabuzazo en la espalda dio conmigo en el lago.
Con mi más extremo aliento constreñí a mi
bebé contra mis pechos, pero los brazos atroces del jinete los arrebataron de
mis brazos y de los brazos de la muerte.
¡Ay Dios!, blasfemo tu nombre para
preguntarte con el último de mis alientos ¿Qué será de mis hijos? ¿Qué será de
mis hijos... del que es muerto... y del que es vivo...?


