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domingo, 27 de octubre de 2013

Doce

Por César Abraham Vega.


Sagitario

Mi vientre se atravesaba de dolor, mi corazón se rompía en silencio, el estruendo de su rotura se ocultaba tras el horrísono rugir de los truenos. No había parado de llover en veinte noches, no había parado yo de andar unas veinte leguas sin un rumbo fijo, de mendigar ya muchos días en las iglesias, de salir de Culhuacán y apersonarme en Chalco, van mis vestidos raídos y tiesos por el légamo, con mi vientre famélico hinchado como un globo... voy dando pena... dando tumbos... dando asco... y dando a luz.

Sagitario, arquero mesoamericano
Olgger Dubon

 
          Dando a luz en esa noche, la más oscura de mi entera vida, con las aguas de los humedales dándome más arriba de las caderas; con las aguas de los cielos dándome duro en las espaldas... 

¡Servando, maldito seas! ¡Mal haya la hora en que aspiré yo tu perfume! ¡Maldigo tus ojos tan dulces y tan tiernos! ¡Aborrezco tus palabras tan gentiles y tan bellas que aún resuenan turbias en mi más profundo adentro! ¡Maldita la criatura que traigo yo a este mundo producto de tus burlas y cínicas mentiras! ¡Maldita yo por puta, por triste enamorada! ¡Por crédula! ¡Qué ilusa! 

¡Pero este bastardo tuyo hoy se convierte en trasgo! ¡Nace para morirse! ¿Me oyes? No para ser parido, solamente defecado... como lo que se arroja a letrinas, hoy lanzo este despojo a este gris pantano.  

Y me extraje a la criatura con violencia y con las uñas, sin sacarla a superficie, sumí su cabecita en el lodo más profundo del lecho de la Ciénega; con una piedra laja corte la tripa aquella que aún muy palpitante y tibia nos unía. Maldije al vil Servando gritándolo en el cielo y el cielo, enfurecido, me devolvía centellas. 

Y cuando me dispuse a confortarme con la infame paz que viene con el asesinato, los dolores del parto no se fueron, regresaron, y me doblaron por medio los entresijos del cérvix... 

Más doloroso que el primero, me brotó un nuevo hijo inesperado, una nueva criatura que, con suplicios indecible,s me cobró factura cara por la muerte de su hermano. Retorcíome entre las aguas como anfisbena la sierpe, parir mi benjamín costo mi vida casi entera, por eso lo amé, por ser tan mío y, como yo, lo extraje de las aguas con cariño, lo arropé en mis brazos con encanto, me solacé con sus ojos de Servando, no pude... no quise... hacerle lo mismo que a su hermano. 

El benjamín me devolvió lo ilusa, pacificó la ira que el primogénito trajo y hasta la lluvia intensa pareció escamparse. Apareció el tenue brillo de múltiples estrellas y en mi cuerpo se abrieron sensaciones remotamente huidas; sentí el hambre de nuevo, compasión, frío y tristeza; un cansancio mortal y una esperanza inaudita. Toqué el fondo de mis angustias y al contemplarlas remotas supuse mansa e ingenuamente que el mundo no era malo, que podría sobreponerme, que ya nada subyugaría mi nuevo afán tan inflamado. 

Mi vástago hermoso de ojitos claros reposaba con un llanto dulce entre mis brazos, los despojos de mi bastardo flotaban destrozados y sangrientos ajados por el picado lago. 

Mientras musitaba una canción de arrullo a mi benjamín hermoso, a mi tito tan blanquito, el centauro se erigía traído por un mal hado. El sagitario negro, con su rifle encartuchado, con sus espuelas de plata y calzón encueretado, me decía desde la espalda apoyando el cañón en su antebrazo y horrorizado por el cadáver minúsculo que flotaba destrozado. 

¡Bruja, dame a ese niño! 

Un escalofrío mordiome el espinazo, se me erizaron los pelos y me temblaron los brazos. 

¡Víbora asesina, suelta a esa criatura inocente o te mato! 

¿Qué perversidad me acecha para quitármelo todo? ¿Por qué hacerme odiar a la vida, a mis sueños, a este mundo; y luego entregarme una prenda en la que cifro mi única y prematura esperanza para quitármela tan pronto profiero que le amo? 

¡Nunca! Espete al jinete negro y preferí arrancar la vida dulce de mi benjamín recién amado, pero no me socorrió la fuerza y un arcabuzazo en la espalda dio conmigo en el lago. 

Con mi más extremo aliento constreñí a mi bebé contra mis pechos, pero los brazos atroces del jinete los arrebataron de mis brazos y de los brazos de la muerte. 

¡Ay Dios!, blasfemo tu nombre para preguntarte con el último de mis alientos ¿Qué será de mis hijos? ¿Qué será de mis hijos... del que es muerto... y del que es vivo...?
 

domingo, 21 de julio de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 


Leo

Cuando desperté pensé que dormía... hice tanto por no soltarla de mis brazos, la abracé como un león impío que no perdona, hice cuanto pude por aferrarme a sus costillas hasta el último flujo de conciencia que atravesó los cuencos de mis ojos... muchos años atrás ceñí a Elena del mismo modo, con toda fuerza, con toda vida, con toda intención de hacer con mis brazos fronteras para impedir que la vida se le saliera del cuerpo... ¡pero carajo! Se le salió. 
 
León
Bernarda Enriquez
 
Cuando desperté aquella madrugada pensé que aún dormía, pensé que sus labios seguían aún tibios, que sus mejillas tan blancas aún rebosaban de sonrojos y de hoyuelos... los hoyuelos que despuntaban cuando se sonreía. 

Pasaron tres mil segundos, quizá, antes de recordarlo todo, la sillas que le arrojamos, las esquirlas de las botellas, los vidrios de las ventanas clavadas entre mis carne, aquella triste penumbra más absoluta que a mis ojos haya cegado; el crujir de las duelas con sus pasos terribles, el sabor a la sangre que mi boca llenaba, los gritos de la Elenita ahogarse en aquella noche, después desmayé y no supe... no recuerdo casi nada... desperté y le miré su rostro, reposando en la duela junto al mío, con sus cabellos suaves cayéndole en la cara, con sus rasgos de niña inocente, imperturbable.  

Me levanté con un dolor atravesado en las rodillas, con chorros de sangre brotando de mi cara, con la luz del foco aún tambaleando desde el techo. Nunca supe cuántos de mis mareos fueros provocados por la bebida y cuantos otros por el golpe en la cabeza. Cuando pude escuchar de nuevo cada fibra de mi piel se estremeció, escuché el vaivén de su voz que henchía mis oídos con el miedo, sus pasos terribles cruzaban los cuartos de la casa retumbando estrepitosos en los maderos viejos de las duelas. La oía dar traspiés en la recámara de arriba, segundos después escuchaba su voz fétida murmurando a mis oídos cosas que me acercaban al suicidio. Azotaba las ventanas y las puertas, soplaba su aliento muerto congelándome los huesos...  

Sentí las entrañas embotadas de un cruel miedo, quería gritar hasta colapsarme los pulmones, no recuerdo mucho de eso, tal vez grité desaforado rasguñándome la cara, tal vez fue ella la que me gritaba en la cara mientras me clavaba las uñas en el rostro intentando morderme cada ojo. 

Tenía que escaparme de ahí antes de que mi alma decidiera adelantarse. Tomé la muñeca de Elena para poner su brazo alrededor de mi cuello, una descarga de hielo atravesó mis falanges desde su piel eterizada, me rehusaba a pensarla muerta y la tome de la espalda para salir junto con ella, pero me aterrorizó el ver su cabeza moverse rígida imitando la trayectoria de su torso, sin colgar desde su cuello como eventualmente lo haría un cuerpo vivo pero exangüe. El rigor mortis entablillaba cada gozne de su cuerpo, cada trazo era pétreo, inmóvil... irremediable. 

Mi miedo se trocó por odio y arrojé de todo a todos lados, invoqué a Chokani a que se llegara hasta mis brazos, a que me descubriera de su manto transparente el horror y el misterio de su rostro, a que me diera muerte fulminante, a que me dejara tomarle del pescuezo hasta morirme o yo matarle a ella de nuevo, si es que eso era posible. 

Cuando desperté ella dormía, con sus cabellos hirsutos cayéndole en la cara, su rostro totémico, con dos grandes surcos en las mejillas labrados bellamente por la erosión salina de su llanto. Yo la abrazaba sin pensar mucho en ella... mi mente estaba aterida de Elena... ¡que tristeza que haya muerto!, ¡sabía tan poco sobre ella!... que olía muy rico a veces a jazmin y otras a menta, que tenía desportillado un diente, que le gustaba London calling, que vivía sola con su mamá en la Roma, que tenía unas manos muy bonitas, que su piel era muy blanca, que era un año más grande que yo, que tenía un perro al que llamó Juguete, que le habían nombrado Elena como su abuela materna, que le gustaba el vodka, el rock, el chocolate, los  capuchinos, las tortas de milanesa, el pasto mojado, el humo de los trenes... que tenía un chingo de discos chidos... pensaba en que nunca supe su cumpleaños pero sí supe que era Leo.
 

domingo, 28 de abril de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra


Géminis
I.
La primera vez que la miré, fue cuando estaba muy morro, vivía con mi abuela Estela en su chocita de Milpa Alta,  tenía como siete años, aunque seguro estoy de que era mucho más chiquito que cualquier niño de siete años; el hambre tan perra siempre castigó a mi familia, por eso no tengo miedo de la Chokani ―la llorona―, porque el hambre es mil veces más fea, mas despiadada y más culera. Cuando la vi la vez primera fue esa noche en que se ahogó Miguel.

II.I
Estelita nos levantó bien tempranito a mí y a Miguelón, yo traía mucho sueño, no quería pararme, estaba bien calientito sintiendo la espalda de mi canijo hermano pegadita con la mía, calientitos, calientitos y soñolientos, chinguiñosos y mugrosos y con la pancita de farol, pero bien acurrucaditos. ¡Ah! Qué chulo olía el anafre con el ocote chamuscado y el carbón que tronaba y escupía muchas luciérnagas bien chiquitas que se volaban con el aire y se iban apagando poco a poco hasta quedar renegridas como moscas flotando suaves en la luz de la madrugada. Sentía los patitas del Miguelón acariciándome las mías. Me hacía cosquillitas el cabrón. Y yo le metía las manos en las costillas para  regresarle esas cosquillas.

         Se cagaba de la risa el méndigo, y aunque nos dicen que somos iguales,  para mí que su risa no sonaba ni tantito como el sonido de mi voz, yo no hablaba con su tiple, ni con su sonsonete; mi voz, pues, era mía, una voz de chamaco cualquiera pero no la voz del Miguelón.
         La abuela nos lavó las caras con agua helada, estornudé muchas veces, me sorbí los mocos y el Miguel  me sacaba la lengua burlón.

         Teníamos que preparar la elotiza para la sanjuaneada y había un madral de elotes que pelar, algunos los desgranábamos para hacer las esquitadas.
         Agüela nos trajo un desayuno de fiestas, un café bien rico y una mitad de cocol duro para cada uno, no éramos iguales, a mi hermano decía que no le gustaba el cocol, pero yo sabía que ni era cierto; aun así me daba siempre su pedazo bien bajita la mano y yo hacía como si en verdad a él no le gustara el pan dulcito y me lo engullía completito antes de que agüela nos piscara.
         Todo el día pelar elotes, todo el día echarlos al vapor, todo el día arrancar los granos, cocinarlos, todo el santo día de dios con el humo del anafre en las caritas hasta que salían las lágrimas chillonas de tanto ardor.
         Ya en la noche cuando terminamos agarramos todas las hojas del maíz y las hicimos bolita, bien apretado, pegándolas con la resina de un pinito y amarrándola bien fuerte con un cordón, y nos quedó  una pelotita bien chula.
         Jugamos mucho rato y en una de esas Miguelón me aventó la pelota y yo la pateé con todas mis fuerzas y salió volada y cayó en la ciénaga, corrimos a rescatarla… Miguel extendió su bracito que era muy mío, porque eran iguales, iguales, igualitos. No fue suficiente, se estiró mucho más lejos y resbaló de la orilla y se clavó de cabeza en el pantano.
         Me asusté muy recio y extendí mi manita para agarrarle una de las patas que aún salían del fango, lo jalé con toda mi vida, pero no salía, le grité a la agüela, pero no venía, andaba muy lejos, no me oía, yo me agarraba bien fuerte a la patita de mi hermano, no lo iba a soltar nunca, poquito a poco mis bracitos se iban metiendo en el lodo que era tibio, luego ya me daba a la barbita, pero no lo soltaba, hasta que mis ojos se llenaron de barro, mi corazón de miedo, mi boca y mi nariz de un sabor a amargo denso que ya no me dejaba respirar.
         Yo no lo solté, no lo solté nunca, hasta que morí un poco, entonces la Chokani me sacó, con sus ojos de luciérnaga enojada, con sus manos de hueso y de aire frío, con su boca vacía de dientes y llenita de espinas, con si corazón de olote, seco, muerto, duro. Metió su vestidito al lodo y con él sacó a mi hermanito, Miguel traía los labios azules, sus ojos bien fijos, sus manos engarrotadas y el corazón igual al de la llorona, seco de vida.
         Yo lloré mucho, Chokani me besaba el pelo, lloraba también muy duro, yo quería tirarme al tremedal pero Chokani no me dejaba, me agarraba con mucha fuerza, me sometía, me hacía daño, yo nada más quería irme de prisa para alcanzar a mi hermano y jugar con la pelota allá donde él estaba.
         Lloré tanto hasta quedar dormido, desperté en la cama de la agüela, y en el tapanco estaba metido en un cajón mi hermano Miguel, ya muerto, muchas gentes morboseando, Estelita llorando, y rezando el Padre Minor.
 
II.II
Estelita nos levantó muy temprano a Jorge y a mí; yo tenía mucho sueño y no quería levantarme, me sentía tan cálido acurrucado contra la espalda de mi hermano, somnolientos y hambrientos,  pero cálidos y juntos. ¡Que aroma tan increíble el del carbón ardiendo en el anafre! Ponía mis plantas frías sobre las piernas de mi hermano, eso le hacía cosquillas y reía de un modo tan juguetón.
         Yo me moría de risa cuando el respondía igualmente haciéndome cosquillas, nuestras risas eran iguales, perfectamente duplicadas, la misma risa, la misma voz.
         Estelita nos lavó las caras con agua tibiecita de un pocillo despostillado, Jorge jugueteaba y me sacaba la lengua el muy zafio.
         Teníamos que preparar la elotiza para la fiesta de San Juan y había una pila enorme de elotes por pelar y desgranar.
         Estelita nos trajo un café y cocol para desayunar, a mi hermano le encantaba el cocol, a mí también, siempre pasamos hambres; dice Estelita que yo era el mayor por doce minutos, por eso no quería que mi hermanito pasara esos doce minutos de hambre con los que le aventajaba yo, por eso siempre le di mi cocol.
         En la noche, cuando terminamos la faena, Jorge y yo hicimos una pelota con las hojas de maíz y jugamos muchísimo rato ¡nos divertimos tanto!
         En una de esas le aventé la pelota y Jorge la pateó con mucha enjundia y fue a dar a la ciénaga, corrimos a rescatarla… extendí mi brazo sobre el lodazal para alcanzar la bola pero no era suficiente, me estiré mucho más lejos y resbalé de la orilla, dando con la cabeza en el fondo del pantano.
         Me asusté muy recio, manoteé entre las penumbras del fango, peleé con toda mi vida, pero no salía, le grité a la agüela, pero no venía, andaba muy lejos, no me oía, sentía la manecita de Jorge que me asía muy fuerte de los pies, no me soltaba y yo peleaba porque lo hiera, en esa batalla sentía que iba jalando a mi hermano conmigo, nunca me soltó, entre la oscuridad tibia del lodo descubrí su cabecita, sumergida, igual que la mía, quedamos atrapados en aquella tumba coloidal.
         Me abracé al cuerpecito de mi hermano en la profunda negritud del barro, hasta que alguien me lo arrebató de mis brazos tiesos y muertos.
         Lloré tanto hasta quedar dormido, desperté, ya muerto, en un carrizal extraño, y ahí estaba ella, con su vestido blanco manchado por el fango, con los pies hechos de barro, con sus ojos como auroras colosales, con sus cabellos como lluvias nocturnas de tranquilidad, con su boca de lirio suave, vacía de dientes y llena de mariposas, me cargó en su brazos frescos como la vida y me llevó hasta su chinampa. Ella me dijo que ya no llorara, que en adelante mis penas las lloraría ella, y así me consoló.       

miércoles, 16 de enero de 2013

Vino Rojo


Mujer de rojo sobre fondo gris
Javier Aoiz Orduna
La Falda roja, vaya manera de jugar con el rojo, con la potencia fogosa y ramplona con que rasguña las pupilas de los paseantes, un poco de rojo también en los labios, faltaba más, aunque no tan encendido como el de la tela de la saya, éste era, con toda sinceridad, un rojo profundo, sangriento, bastante sofisticado y misterioso, y aunque me arda el vientre debo admitir de igual modo que… era muy bella, tenía una piel blanquísima, una gasa tersa de nieve sobre los brazos, en los muslos y en la cara, que levitaban fantasmales sobre las abismadas profundidades de sus ojos vastos y muy negros; del desfiladero borrascoso y humeante del tinte barato y azabache de su pelo, de su blusa de licra bruna… y por supuesto de la fiebre de sus labios y de la falda.

          Me siento a tres mesas de ella, en el jardincillo para poder fumar, si por aquello de la ansiedad me es preciso; no puedo dejar de mirarla a través de las hojas de Bougainvillea que se interponen entre nuestras mesas y nuestras miradas, observo que un garçon le trae una botella pequeña de un vino mirlo bastante ostentoso pero harto corriente, le sirve en copa una pequeña cata, la pobre idiota lo bebe con grosería en un trago, y fingiendo tener la destreza de sommelière esboza un gesto de repulsión y asiente con mucha flema, el camarero anega a medias la barriga henchida de la copa con el vino tan rubí, ella mira a su alrededor con insistencia, saca de su bolsito su teléfono móvil, le da un trago más a la copa sin ningún miramiento y gesticula como si bebiera pebre, deja un rastro vulgar de labial en la primorosa finura de la ampolletita vidriosa, hace una llamada, cuelga con una cara de felicidad estúpida. —Es una boba—, musito.

          El mismo garçon me expulsa de mi contemplación ilógica al arrojarme groseramente le carte sobre le mantelet, le miro con odio, ni siquiera la abro, adivino que un Louis Jadot Chambertin Clos de Beze, hermoso pinot negro estará a la altura de una ocasión tan extraordinaria y perfecta; lo pido mirándole sobre la lobreguez de mis gafas con un francés perfectísimo colgándome en los labios fuscos, hay que ser espléndidos, pido la botella completa, cruzo las piernas con toda la languidez que me place, me adhiero al respaldo de la silla sometiendo las vértebras dolientes contra el hierro forjado, me acomodo y poniendo los codos sobre la mesa la miro nuevamente de soslayo, aprendo en esa pose a regocijarme con la mullidura de sus pechos atenidos en la compresión del sostén y de la blusa, bastante ceñida a su torso de mujer volupta, le mido a groso modo la longitud de las piernas, la fragilidad de sus manos, su nariz respingante, la sutil pila del cuello, el par de pies tan pequeños y el restallante aroma de su perfume que me envenena como si fuera estiércol.

          El mesero trae mi botella, la descorcha con pericia excitante y derrama un chorrito púrpura sobre el cristal hermoso de la copa posada gentil sobre mi mesa, le miro con odio nuevamente y él se retira con presteza dejando el vino en la cubitera, me relajo, es menester dejar el odio y la pasión cuando se bebe pinot pues el riesgo de engullir su espíritu sin degustar el hermoso velo de purpureas auroras prisioneras en su vid, sería algo peor que un delito, un pecado mortal muy penoso.

          Al tenerlo en la boca en un beso agobiado y etílico, Horacio desciende de los cielos, me coge la mano y en aterido vuelo me lleva hasta los viñedos morados de Clos-de-Bèze en donde al pie de la abadía un monje de ojos azules me persigue apasionado, me arranca las faldas, me postra a un lado de las viñas y me hace el amor con fuego en los ojos y menta en el aliento. Ovidio me recoge con la piel desnuda y me arroja en un prado de rosales retorcidos, soy virgen y mi piel descalza acaricia una vereda alfombrada por petalitos muertos de rosas blancas, de mi brazo pequeño pende una canasta colmada de cerezas, granadas y frambuesas; mis piecitos van curtidos por los minerales de las piedras. Esquilo me sumerge de nuevo en las alturas y me despluma los ojos tirándome en Zempoala, puedo ver a Felicia y a Genaro siendo niños nadando en las lagunas y yo mirándoles desde la orilla, rascando con los pies la tierra húmeda, pensando en la horrible muerte de Sebastiancito que se ahogó en Manzanillo años atrás y cuyo recuerdo se tornó en mi inefable miedo a aprender a nadar. Mis ojos llenos de lágrimas se abren extasiados, sólo para notar una imagen más infausta y dolorosa; Filiberto llega, saluda a aquella mujer con un beso muy pasional en la boca con su boca, me pongo a beber como una loca, me jalo las trenzas y bebo con avidez imperdonable copas y copas del pinot herido, mientras miro a los enamorados con un recelo atroz, entre pausas recuerdo cuando lo conocí en Toulouse con su traje gris tan encantador, su cabeza calva reluciente y su ceño de hombre inteligentísimo, o cuando me regaló tulipanes el día de mi cumpleaños o cuando me hacía el amor con esa forma tan suya… tan aburrida y execrable pero que me proyectaba al cielo con unas pocas de sus palabras; bebía y bebía con una solitud avasallante creciéndome en los adentros, mientras acariciaba la fría y negra piel metálica de la colt en mi bolsillo, doy un trago final a mi pinot bendito, lo reposo entre los labios, dejo que juegue con mi garganta, con mi lengua, y con mi voz, me levanto para hacer lo planeado, me levanto y avanzo con sigilo, alcanzo con la mano izquierda el cuello de esa zorra y le doy un tiro franco en la nuca, el rostro de mi marido trepidante de terror en ruinas por la zozobra y el desconcierto, salpicado bellamente por la sangre de esa puta, me murmura cosas que ni entiendo, acaricio el borde de la copita empañado de rouge à lèvres, le arrojo el contenido en la cara con el esputo simultaneo de mi afrenta, me acerco muy quedo le lamo las mejillas entintadas…(con rubor, con labial, con sangre y con merlot)… me incorporo y le vuelo la cabeza. Camino unos cuantos pasos sobre la rivera y me tiro en el agua del Sena.

César Abraham Vega.

domingo, 6 de enero de 2013

Doce

Por César Abraham Vega.

Acuario

                                        No se manifestaba la faz de la tierra.
                                        Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión.
                                        No había nada junto,
                                        que hiciera ruido,
                                        ni cosa alguna que se moviera,
                                        ni se agitara,
                                        ni hiciera ruido en el cielo.
                                        No había nada que estuviera en pie;
                                        sólo el agua en reposo,
                                        el mar apacible,
                                        solo y tranquilo.
                                        No había nada dotado de existencia.

                                                                                                              El Popol Vuh.


I

Dicen que todo nació en el agua, antes de que las eras fueran de tiempo y que la vida dejara su inerte siesta de mutis inquebrantable sólo había agua, mares tremendos, piélagos de agua hervida tres mil veces por segundo, la Panthalassa hecha con todos los mares pasados y futuros asediaba con sus pleamares ardientes a todas las tierras constreñidas de los remotos y los nuevos tiempos del mundo, la Pangea se hacía ovillo y reposaba como un feto chupándose los terrarios de sus dedos, flotante en un amniótico caldo de creaturas aún no vivas, aún no muertas; las estrellas sí existían y millones de ellas eran ya muy viejas, algunas temblaban en el cosmos lejano siendo esquirlas fantasmas de su fuente que ya estaba a años luz de muerta.

          Todo nació en las aguas de los mares, el hombre y el mono, la luz de las voces, los sueños, las metáforas, los pábilos de las velas que me aluzan esta noche… y el miedo… el miedo nació ahí también.

          ¿Qué es el miedo? ¿Es solamente ese torrente de adrenalina que te sube a los ojos y te llena de blancura el rostro, esa asunción de humores que te consume el pensamiento en un dos por tres y te menea las rodillas para verte caer? Para mí el miedo es el agua, quisiera olvidármelo todo pero está ahí siempre, la sensación del ahogamiento que me visita muy a menudo por los sueños.

II

Me bajé del taxi y miré la hora en la pantalla del celular, ya rayaban las doce, los tacones me estaban matando, me alisé la falda tanto como pude con las palmas de las manos y fue cuando vi que llevaba la media izquierda muy corrida, balbuce una queja y entonces me percaté de que seguía muy ebria, el rímel se me había metido en los ojos y apenas me dejaba ver las escaleras del puente que cruzaba el canal, las aguas rebosaban y corrían bonitamente con su espejo negro tezcatlipoca con una luna regordeta sinuosa en su interior. Ahí fue cuando la vi, a la llorona, con su vestido perfectamente blanco y sus bordes salpicados del barro negrísimo del canal, sus manos eran tan pequeñas como las de una niña y su boca murmuraba un grito que se proyectaba a la más remota lejanía de mi umbral auditivo; la sentí en mi sexo, muy mujer, muy señora y muy violenta… después se alejó y entre más se alejaba escuchaba su voz cada vez más cerca… en el oído. Dicen que la llorona se escucha cercana cuando está muy lejos y la escuchas lejos cuando está detrás de ti.

          Mire mis rodillas rotas, la tibia rompiéndome la carne y sangrando con voluntad esmerada, en algún momento, no me di cuenta, quizá por la impresión caí de las escaleras, mas nunca sentí el dolor. De pronto, con mucha fuerza, comenzó a llover.

III

Abordé el autobús en la TAPO, Carmela me llamó muy afectada, me pidió verla en Cholula el siete de febrero muy temprano, me pidió que no le dijera nada a mamá ni a Ernesto, así que ni siquiera empaqué, me dirigí a la terminal camionera tan pronto salí del taller a eso de las doce; compré un boleto en la corrida de la 01:00 am y me subí en la última butaca que quedaba en la ventanilla de la fila de hasta atrás; pegué mi oreja contra el cristal y trataba de dormir pero la memoria que me refrescaba a menudo la voz angustiosa de Carmelita me quitaba el sueño en un santiamén. ¿Y si estaba embarazada? No, no podía ser, aunque…

          El autobús avanzaba muy rápido saliendo de la ciudad y entró a la autopista y yo sólo miraba desatento el paisaje suburbano, las casitas de lámina, las marañas de los tendederos, las farolas improvisadas, los montones de basura, como tres cadáveres de perros y en el fondo la serpenteante joroba de un canal de aguas negras que poco a poco se juntaba con el margen de la carretera; bostecé muy profundamente y sentí de pronto un violento jalón; el autobús salía de su rumbo y al mirar por la ventanilla atisbé una avalancha de lodo que ajaba a su voluntad el tremendo pulman que pareciera haber sido de papel, detrás de nosotros un tráiler pipa de L.P. también se desarticulaba violentamente mecido por las olas de aguas turbias y tepetate que brotaban de una fractura en el canal, todos los pasajeros sentimos un encontronazo horrendo que nos lanzó a todos de un lado para otro. Yo terminé en el piso, me levanté rápido mientras el autobús se detenía lentamente, me asomé por la ventanilla, vi el nivel del agua que crecía, el habitáculo comenzaba a filtrar las aguas apestosas y nos mojaban ya los pies, vi a varios autos desperdigados por el caos, ya no se miraba ni rastro de la carretera, todo eran olas negras que chocaban fuertemente contra el autobús, miré a una Nissan estaquita desaparecer debajo de las olas… las narices me picaban, olía muy fuerte a gas y en mis pies húmedos aún sentía el ronronear del motor del pulman que seguía encendido… De pronto todo fue fuego, estallido y dolor…