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domingo, 23 de diciembre de 2012

Columna vertebral


Volar

El vuelo
Martha Patricia Trauwitz Gomez
Volar, sueño con ser pájaro, no, pájaro no, algo más, otra cosa, el único deporte extremo que me gustaría practicar es el salto bonji. Abro los ojos y una parte de mí nota que sólo faltan dos estaciones y comienza a luchar contra la otra que quiere permanecer dentro del sueño, los parpados se cierran solos, el sueño es como una telaraña de la cual quiero escapar, en realidad me imagino como una hormiga atrapada por un chicle rosa tirado en el asfalto al medio día. Un último esfuerzo y por fin consigo el impulso que viaja desde las plantas de mis pies, pone rectas mis piernas, avanza como una descarga eléctrica suave por la columna vertebral y endereza mi cuello. La gente que aguarda a mis espaldas para salir me arroja fuera y me pone en marcha. Luego la inercia hace su trabajo, hasta que ya fuera, la briza de la tarde termina por devolverme a la realidad. Respiro profundo…

          En el camino tropiezo con la vendedora de galletas artesanales, el joven que trata de convencerme de que le compre un disco de su propia autoría, la gente de siempre, y como siempre se me antojan las galletas y quisiera apoyar al joven, pero me detiene la imagen del boleto del metro, la moneda de a cinco y la de a dos que llevo en la bolsa de mi pantalón desgastado, también tengo mucha sed, por suerte han instalado agua potable en la escuela, de lo contrario tendría que esperar hasta volver a casa.

          Avanzo, nuevamente me imagino como una hormiga, pero esta vez cargando una piedra bajo los rayos implacables del sol. Mientras llego a mi destino, hago un breve recuento de mi rutina: el trabajo que odio; la escuela que amo y a la que siempre llego cansado; finalmente las clases de natación, ¿a quién se le ocurre tomar clases de natación a estas alturas de la vida y en tales condiciones?, sin embargo, desde hace un mes que comencé, me he sentido mejor.

          Hoy el agua de la regadera está fría, es por ello que todos se apresuran y se bañan lo más rápido que pueden. Afuera el sol esta esplendido, termino y sin secarme del todo salgo corriendo porque se me ha hecho tarde, mis compañeros ya están corriendo junto a la alberca, hago un paquete con las sandalias y la toalla.

          Libertad, cuerpos semidesnudos, aire fresco. Me gusta sentir el contacto de la tierra y el pasto bajo las plantas de mis pies, el sol enciende nuestros cuerpos, nos hace sentirnos orgullosos de mostrarnos cual somos, sin los engaños de la ropa, sonrisas; calentamiento previo y después el momento anhelado… ¡Al agua! Nadar de espaldas es como volar, reflexiono al percibir la misma sensación del sueño del metro en mi piel, además también se mira el cielo infinito; sumergirse es como un gran abrazo que te da la vida.

          Hoy es el día, la maestra nos da las últimas indicaciones de seguridad y nos encaminamos hacia la posa, esta es una parte no muy ancha de la alberca que tiene tres metros de profundidad, la mayoría estamos nerviosos, sólo Jessi, una joven muy hermosa, primera de la clase en todo, parece muy feliz y despreocupada, en contraste la señora Lourdes refleja el terror en sus ojos, la maestra, para tranquilizarla, le arroja una tabla con la cual puede mantenerse a flote, tengo un mal presentimiento de todo esto. El sol comienza a bajar, contemplo su reflejo dorado en el agua y miró como avanza el grupo delante de mí, parecemos patitos.

          Uno a uno nos turnamos para cruzar nadando a la otra orilla, mientras uno cruza los demás observamos aferrados a los doce centímetros seguros que nos brindan nuestras manos, hemos pasado casi todos, es el turno de la señora Lourdes, toda ella es una angustia, lentamente avanza hacia nosotros, se esfuerza al máximo, la maestra le dice que siga adelante que ya le falta poco, además nos pide que le dejemos espacio en nuestra orilla para que se sostenga al llegar, nos separamos y nado sin pensarlo hacia el lado contrario, volteo en el momento en que su rostro se llena de emoción por lo que acaba de hacer. Jessi, nada hacia donde estoy y se detiene junto a mí, trato de moverme un poco hacia a tras para evitar el contacto, pero el movimiento del agua hace que mi mano falle en la búsqueda de la orilla y me hundo.

          El aire se me está acabando y no logró salir a flote, intento tocar el fondo e impulsarme desde abajo para salir, mientras lo hago, reflexiono sobre lo que ha ocurrido, no estoy nervioso, toco el piso pero me doy cuenta que debí de ayudarme con las manos para que el impulso fuera más fuerte, mientras voy subiendo, pienso en lo que puedo hacer cuando llegue arriba: una opción es pedir ayuda, pero no tengo muchas esperanzas de que alguien lo note, todos están ocupados en no ahogarse, además nunca me había pasado esto, lo cual hace poco probable que me estén mirando, creo además que si grito no tendré tiempo para tomar aire, así que decido sólo tomar aire y tratar de buscar la orilla.

          Salí y me hundí de nuevo, el aire que alcance a tomar no fue suficiente, tome la decisión equivocada. Bajo el agua escucho las voces felices de mis compañeros, también miro sur piernas en vaivén, rememoro el cuerpo esplendido de Jessi bajo el sol. No tengo miedo, sumergirte en el agua es como un gran abrazo que te da la vida…

Jorge Iván Dompablo.