domingo, 2 de septiembre de 2012

Columna vertebral


Ciudad imaginaria
Carmen Medina
Hay en algún punto del universo fuera del globo terráqueo una ciudad distinta; yo la conozco, he estado en ella; no puedo asegurar que sea mejor que la ciudad en la que vivo —quizá no—. Sólo se decir que ejerce en mí un grado de fascinación especial. Existe en ella, al Sur, una avenida que sube una colina rodeada de un bosque por cuyas hojas siempre pasa el viento; aleteo de mariposas amarillas que la luz del sol matiza, agudos lamentos que hieren el alma, tenues suspiros… Del otro lado, al bajar por la pendiente, una curva gira a su derecha en donde apenas se perciben algunas casitas lejanas esparcidas en la orilla. Alejado de ahí, al Norte, existe un camino como trazado con regla todo desértico, su tierra blanca se levanta muy fácilmente y quema los ojos, sin embargo cuenta con un autobús que si lo tomo y viajo en él muchas horas —en las cuales siempre “duermo”— me llevará, aunque jamás he llegado, a la casa de mi abuelo. Al Este hay un río poco profundo de aguas tranquilas bordeado por campos sin sembrar, cercana a él está una alberca sumida en un barranco, algunas veces he saltado en ella y aunque el agua es deliciosa luego me viene una desesperación profunda pues ya no puedo subir; no es que sienta que me ahogo, de hecho esto nunca ocurre, pero me quedo atrapado allá abajo. El centro de esta ciudad tiene un parque al que dos farolitos no alcanzan a iluminar, por ello siempre está en penumbras; esto, sin embargo, no evita que tenga siempre dos o tres transeúntes que viajan separados. El otro punto cardinal me es un misterio, por alguna razón extraña jamás me he aventurado a explorarlo. Digo que esta ciudad existe porque he estado cientos de veces en ella, por favor no piense que le miento, ni piense que estoy loco, para mí es de por sí difícil el tratar de explicármelo; muchas veces al abrir los ojos y encontrarme con la oscuridad de mi cuarto trato de definir hacia dónde está cualquiera de los puntos que le he descrito y no lo consigo; pero si cierro los ojos en ese momento en el cual aún no se está completamente dormido o despierto, digamos en un punto neutro, todo cobra claridad y aunque no pueda en ese estado desplazarme en ella, sí distingo hacia dónde está cada uno de sus territorios. En mi vida cotidiana hace algunos días encontré la avenida que sube la colina. Quiero confesarle que cada sábado por la noche, después de tomar algún café con mis amigos y platicar acerca de El Quijote paso cerca de ella; es entonces cuando me invade el deseo vehemente de seguirla, sin embargo, me paraliza un miedo que yo sé que es irracional y continúo mi camino. Querido lector, esto es una confidencia: si se lo cuento es porque tengo la esperanza de que usted también la conozca o, si no es así, por lo menos la esperanza de que tenga una confidencia similar a la mía que aún no se haya atrevido a contar.


Jorge Iván Dompablo.



No hay comentarios: