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domingo, 20 de enero de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

Era la tierra seca

Era la tierra seca, áspera y blanquecina lo que más le molestaba de la situación, lo otro no importaba, después tendría tiempo para preocuparse. Lo inmediato era evitar esa picazón en la garganta que lo obligaba a toser contra su voluntad, pues, ahora lo veía, el aire que expulsaban con violencia sus pulmones levantaba diminutas tempestades frente a su rostro, tempestades que inhalaba con desesperación a su pesar. Había entrado en un círculo vicioso, en el que la convulsiva tos le vaciaba de aire los pulmones con la consiguiente sensación de ahogamiento, lo cual lo obligaba a aspirar de manera desesperada los remolinos de polvo.

          Cerró los ojos que comenzaban a arderle y trato de pensar. Algo en especial debe de tener esta tierra, alguna sustancia a la que soy alérgico. Nuevos estruendos vibraron en su pecho, iba a abrir los ojos, pero la orden muscular, que ya viajaba veloz, fue interceptada en el último momento por la idea de que sería un gasto innecesario de energía, esperó todavía a que pasará el siguiente ataque. Aspiró y antes de que las convulsiones llegaran otra vez, concentró todas sus fuerzas en un movimiento con el cual consiguió voltearse boca arriba.

          El picor en la garganta fue disminuyendo hasta que cuajó en una costra. Los parpados cerrados cambiaron de un tono café a uno naranja que rápidamente se convirtió en rojo intenso, maquinalmente giró un poco la cabeza para tratar de evitarlo. Es el sol. Se sintió feliz. Me recuperaré un poco, estoy muy agotado.

          Un choque de adrenalina lo obligó a abrir instintivamente los ojos y el sol se los quemó, volvió a cerrarlos. Algo caminaba por arriba de su ceja derecha. Una araña. Intento mover sus manos pero no pudo. Va a meterse en mi oído. No podía hacer nada, sólo imaginar, describirse la sensación… No era muy grande y estaba tibia. Estoy sudando. Sonrió, y para comprobarlo giró la cabeza al lado contrario. El movimiento que sentía arriba de la ceja se detuvo y luego cambió de dirección.

          Se imaginó a sí mismo tirado como estaba, sudando en medio de la nada, el rojo de los parpados cambió el color del sudor en su imaginación. Quizá es sangre. Aspiró profundo tres veces y alcanzó a percibir un sabor a ocre. Es sangre

          A ver si deberás eres muy machín, cabrón

          Algo se le revolvió en el estomago, no quería pensar en eso, escuchó un crujido y la tierra comenzó a temblar acompasadamente, respiró profundo una vez y estuvo atento. Ahí siguen. Sólo la tierra seguía temblando. Comenzó a contar lentamente. Uno, dos, tres

          Paró en el tres mil seiscientos. Una hora y nada. Pero la tierra seguía temblando. Maldito sol, de seguro es mi cabeza, ojalá pronto oscurezca. Intento mover uno por uno de sus miembros y, exceptuando la cabeza que podía ir de izquierda a derecha, ninguno le respondió. Estoy muy débil. Más al rato.

          Para pasar el tiempo se ejercitó en recordar, saltaba de un momento a otro de su vida. Es como un largo insomnio. Hábilmente evitó durante horas los hechos recientes. No supo en qué momento el rojo dejó de serlo. Primero observó a su derecha, luego a su izquierda. Nada, estoy solo. Y comenzó a sentirse triste, luego el hambre y finalmente la sed que sentía lo hicieron concentrarse en otras cosas.

          Trató en vano de moverse en repetidas ocasiones. Estaba a punto de llorar, pero se sintió ridículo. No tiene caso

          Primero apareció la luna, después una estrella. Es un planeta, pero ¿cuál? La noche toda llena de estrellas se veía magnifica. Tenían razón no valía la pena meterse en estas cosas… Se interrumpió, y se quedo mirando el cosmos, luego cerró los ojos…

miércoles, 16 de enero de 2013

Vino Rojo


Mujer de rojo sobre fondo gris
Javier Aoiz Orduna
La Falda roja, vaya manera de jugar con el rojo, con la potencia fogosa y ramplona con que rasguña las pupilas de los paseantes, un poco de rojo también en los labios, faltaba más, aunque no tan encendido como el de la tela de la saya, éste era, con toda sinceridad, un rojo profundo, sangriento, bastante sofisticado y misterioso, y aunque me arda el vientre debo admitir de igual modo que… era muy bella, tenía una piel blanquísima, una gasa tersa de nieve sobre los brazos, en los muslos y en la cara, que levitaban fantasmales sobre las abismadas profundidades de sus ojos vastos y muy negros; del desfiladero borrascoso y humeante del tinte barato y azabache de su pelo, de su blusa de licra bruna… y por supuesto de la fiebre de sus labios y de la falda.

          Me siento a tres mesas de ella, en el jardincillo para poder fumar, si por aquello de la ansiedad me es preciso; no puedo dejar de mirarla a través de las hojas de Bougainvillea que se interponen entre nuestras mesas y nuestras miradas, observo que un garçon le trae una botella pequeña de un vino mirlo bastante ostentoso pero harto corriente, le sirve en copa una pequeña cata, la pobre idiota lo bebe con grosería en un trago, y fingiendo tener la destreza de sommelière esboza un gesto de repulsión y asiente con mucha flema, el camarero anega a medias la barriga henchida de la copa con el vino tan rubí, ella mira a su alrededor con insistencia, saca de su bolsito su teléfono móvil, le da un trago más a la copa sin ningún miramiento y gesticula como si bebiera pebre, deja un rastro vulgar de labial en la primorosa finura de la ampolletita vidriosa, hace una llamada, cuelga con una cara de felicidad estúpida. —Es una boba—, musito.

          El mismo garçon me expulsa de mi contemplación ilógica al arrojarme groseramente le carte sobre le mantelet, le miro con odio, ni siquiera la abro, adivino que un Louis Jadot Chambertin Clos de Beze, hermoso pinot negro estará a la altura de una ocasión tan extraordinaria y perfecta; lo pido mirándole sobre la lobreguez de mis gafas con un francés perfectísimo colgándome en los labios fuscos, hay que ser espléndidos, pido la botella completa, cruzo las piernas con toda la languidez que me place, me adhiero al respaldo de la silla sometiendo las vértebras dolientes contra el hierro forjado, me acomodo y poniendo los codos sobre la mesa la miro nuevamente de soslayo, aprendo en esa pose a regocijarme con la mullidura de sus pechos atenidos en la compresión del sostén y de la blusa, bastante ceñida a su torso de mujer volupta, le mido a groso modo la longitud de las piernas, la fragilidad de sus manos, su nariz respingante, la sutil pila del cuello, el par de pies tan pequeños y el restallante aroma de su perfume que me envenena como si fuera estiércol.

          El mesero trae mi botella, la descorcha con pericia excitante y derrama un chorrito púrpura sobre el cristal hermoso de la copa posada gentil sobre mi mesa, le miro con odio nuevamente y él se retira con presteza dejando el vino en la cubitera, me relajo, es menester dejar el odio y la pasión cuando se bebe pinot pues el riesgo de engullir su espíritu sin degustar el hermoso velo de purpureas auroras prisioneras en su vid, sería algo peor que un delito, un pecado mortal muy penoso.

          Al tenerlo en la boca en un beso agobiado y etílico, Horacio desciende de los cielos, me coge la mano y en aterido vuelo me lleva hasta los viñedos morados de Clos-de-Bèze en donde al pie de la abadía un monje de ojos azules me persigue apasionado, me arranca las faldas, me postra a un lado de las viñas y me hace el amor con fuego en los ojos y menta en el aliento. Ovidio me recoge con la piel desnuda y me arroja en un prado de rosales retorcidos, soy virgen y mi piel descalza acaricia una vereda alfombrada por petalitos muertos de rosas blancas, de mi brazo pequeño pende una canasta colmada de cerezas, granadas y frambuesas; mis piecitos van curtidos por los minerales de las piedras. Esquilo me sumerge de nuevo en las alturas y me despluma los ojos tirándome en Zempoala, puedo ver a Felicia y a Genaro siendo niños nadando en las lagunas y yo mirándoles desde la orilla, rascando con los pies la tierra húmeda, pensando en la horrible muerte de Sebastiancito que se ahogó en Manzanillo años atrás y cuyo recuerdo se tornó en mi inefable miedo a aprender a nadar. Mis ojos llenos de lágrimas se abren extasiados, sólo para notar una imagen más infausta y dolorosa; Filiberto llega, saluda a aquella mujer con un beso muy pasional en la boca con su boca, me pongo a beber como una loca, me jalo las trenzas y bebo con avidez imperdonable copas y copas del pinot herido, mientras miro a los enamorados con un recelo atroz, entre pausas recuerdo cuando lo conocí en Toulouse con su traje gris tan encantador, su cabeza calva reluciente y su ceño de hombre inteligentísimo, o cuando me regaló tulipanes el día de mi cumpleaños o cuando me hacía el amor con esa forma tan suya… tan aburrida y execrable pero que me proyectaba al cielo con unas pocas de sus palabras; bebía y bebía con una solitud avasallante creciéndome en los adentros, mientras acariciaba la fría y negra piel metálica de la colt en mi bolsillo, doy un trago final a mi pinot bendito, lo reposo entre los labios, dejo que juegue con mi garganta, con mi lengua, y con mi voz, me levanto para hacer lo planeado, me levanto y avanzo con sigilo, alcanzo con la mano izquierda el cuello de esa zorra y le doy un tiro franco en la nuca, el rostro de mi marido trepidante de terror en ruinas por la zozobra y el desconcierto, salpicado bellamente por la sangre de esa puta, me murmura cosas que ni entiendo, acaricio el borde de la copita empañado de rouge à lèvres, le arrojo el contenido en la cara con el esputo simultaneo de mi afrenta, me acerco muy quedo le lamo las mejillas entintadas…(con rubor, con labial, con sangre y con merlot)… me incorporo y le vuelo la cabeza. Camino unos cuantos pasos sobre la rivera y me tiro en el agua del Sena.

César Abraham Vega.

miércoles, 9 de enero de 2013

Qué bonitos ojos tiene...


Pueblo rural
Eduardo José Guerrero Duarte
Hay unos lindos ojos manchadores de almas. Ojos de rubí y de gema y de incontables destellos estelares. ¿Por qué no puedo olvidar los ojos?, ¿a qué debo el desbordamiento de mis obnubilados sueños? Ah, sí: llegué de noche al jardín pero allí estaban los ojos, mirándome. Le he dicho a mi abuelo que cierre bien la puerta cuando duermo en la tarde. Enumeraba los adoquines mientras avanzaba por la bóveda celeste, escuché las estruendosas campanas de la parroquia, un perro desconcertado salió en huída espantado por mis pasos de deshoras. Los ojos estaban escondidos, en mi anonadado paseo los pasé de largo sin atender.

          Oye, niña, ¿a dónde tan solita?, dijo la voz mientras los ojos me perseguían. Yo quedé impávida, muy niña y muy mujer enamorada de las estrepitosas chispas de ese orbe. ¿Cómo le digo a usted que se arranque los ojos porque los quiero míos? Sin razón me detuve a mirarlos en el intento de adivinar al portador. Quizá lo conociera de alguna vez. Quizá de día no me hubiera sentido impregnada de nube, de la nube etérea que lo secundaba. Pero, ¡ah!, si me permite: “qué bonitos ojos tiene / debajo de esas dos cejas. / Debajo de esas dos cejas / qué bonitos ojos tiene”. Ya me hacía yo dominando el torrente que me arrastraba ahora. Seduciendo con mis doce años aquellos delirios que se llaman vistas.

          Las manos de la voz y de los ojos me tomaron mis manitas inquietas. Niña, te llevo donde vives. No está bien que camines de noche. Ay, señor de las manos y la voz, ¿quién le nombró a usted mi protector? Cuídese de mí, señor, que de Lolitas pulula el mundo. Esas manos rasposas me gustaban, eran como de campo y como de ciudad; es decir, un poco de ambos como es aquí. Porque aquí los jóvenes van a trabajar al centro en la mañana y pasan a la milpa por el viejo en la tarde; o bien, llevan a las vacas temprano y luego sacan el taxi a dar unas vueltas para llegar en la noche o en la madrugada. Los jóvenes de aquí son taxistas, obreros y chalanes. Otros, con más suerte, llegan a maestros o hasta ingenieros, doctores a veces.

          Le decía a usted, señor, que me cuadra para papá de mis hijos. Yo ni lo miraba, estaba muy sonsa como para darle la cara. El señor era señor quizá hasta casado. A mí todavía me ponían vestido y, lo peor, floreado. Traía las tiras sueltas por detrás, se me había deshecho el moño en la tarde, cuando me quedé dormida después de andar corriendo. Tuve pesadillas y me salí de la casa sin darme cuenta de lo noche que es. Estas manos medio rasposas me tomaban con fuerza. Las niñas no piensan en casarse y esas cosas de grandes; yo pensaba sin embargo. A mí me cuadraban las manos y la voz y los ojos que no me atrevía a ver de frente. Me percataba incluso del olor que acompañaba a las manos y a la voz y a los ojos. Me gustaba todo.

          ¿De quién eres hija?, espetó el señor. Yo no decía nada. Estaba chiveada. Mi chiveamiento no me permitía abrir la boca. Me hubiera gustado más bien que el señor me llevara a su casa, que el señor me quitara mi vestido floreado, que me contara un cuento mientras me metía a la cama para dormir. ¿Cómo va una a saber lo que le hubiera gustado?, en realidad una se da cuenta de esas cosas mucho después, sin saber muy bien porqué fueron de una forma y no de otra. Ahora deseaba llorar. Llorar quería porque ni me salía palabra ni pensamiento. Me reflejaba en el temblor de la noche; digo que la noche temblaba de frío y yo con ella. Ojalá el señor me hubiera llevado a su casa. De frente venía mamá con su reboso puesto y mi suéter blanco en la mano. Ay, muchas gracias, Pancho, que esta niña otra vez se nos escapó. Le da la pesadilla y se sale corriendo.

          Nada más me puso el suéter y me llevó de la mano. Atrás quedaron los ojos, la voz, la mano y el olor de Pancho. ¡Se llama Pancho!, pensé, como mi abuelo Pancho.

Nidya Areli Díaz.

miércoles, 2 de enero de 2013

Inconciencia del mesías



La crucifixión
Giambattista Tiepolo
El joven vecino de la casa de enfrente, niño de no más de doce años, corre de arriba a abajo la calle en su pequeña pero sonora motocicleta. Con el escandalo que provoca ha ahuyentado a los pequeños demonios que la mayoría de nosotros cargamos metidos en nuestras cabezas: insomnios mal asimilados, amores mal correspondidos, mandados mal ejecutados, coitos demasiado disfrutados, pendientes trabajos laborales, consabidas preocupaciones matrimoniales, visitas espectrales, dormidas ansias sexuales, preocupaciones banales, una que otra conversación indiscreta, algún plan vengativo, dos o tres lágrimas postsepulturales y algunos asuntos culinarios matinales.

El pobre chico no reconoce aún su perfil de exorcizador mesías.

Traigamos una cruz.

¡Crucifiquemosle!


Berto Naviera.

domingo, 14 de octubre de 2012

Encuentros


Estación de tren

Estación de tren
Clara Uribe
Aquella noche en la que nos despedimos sucedió lejos de una estación de tren, pero quisiera ubicar esa escena en ese lugar porque parece ser que fue la última vez que nos despedimos con el corazón, estarías las últimas semanas del mes de diciembre en casa de unos parientes en Guanajuato, así que supongo llevabas una maleta con ropa suficiente para sobrevivir el gélido clima, traías puesto un abrigo negro que cubría la mayor parte de tu cuerpo, unos botines grises y un gorro navideño, uno que te había regalado (me parece gracioso describirte con algo en la cabeza), tus labios estaba algo resecos, apenas nos abrazamos el tiempo se esfumó, agregamos a la canasta de buenos deseos, varios besos, palabras de amor, mentiras piadosas y un hasta pronto.

          El tren traía varios minutos de atraso, ¿por qué fantaseabas con viajar en tren? Tal vez fue la fascinación por la historia de “El viaje de Chihiro” de Miyasaki la que me hizo traer hasta aquí este pasaje de nuestra vida, no niego que me atrajera esta atmósfera; sin embargo, recuerdo que cada que terminaba de ver esa película me invadía cierta melancolía, quizá muy similar a la que sentí cuando te subiste al tren. Estaba cerca de oscurecer, no había muchos personas en la estación, te di un último beso, ayudé con tu equipaje, la máquina anunció su salida, se puso en marcha, mi mirada se clavó en el horizonte mientras la distancia entre el tren y yo comenzó a crecer abismalmente. No volverás, ese fue un pensamiento infundado que prevaleció en mi mente detrás de tu partida.

          Han pasado tres días desde que te fuiste y para ser honesto extraño tanto el calor de tu cuerpo, como las notas desafinadas de tu voz, acordamos una fecha para comunicarnos y ya estoy impaciente por la llegada de ese momento, en tanto pretendo aprovechar las tardes después del trabajo para ver a algunos amigos que por otras ocupaciones he dejado de frecuentar, esta tarde en particular iré con una amiga que me ha invitado a tomar un café en un centro comercial. Hablo con ella acerca de mis planes para el próximo año, sobre mi novia, me cuestiona un tanto de cómo se ha dado la relación, defendí hasta donde pude las circunstancias de la misma. Cabe señalar que entre los dos hay casi doce años de diferencia, y que entre los dos las cosas estaban bien, paramos la discusión, emprendimos la caminata entre los pasillos de los aparadores hasta dar con un movimiento torpe que nos llevó a quedar de frente y, sin pensarlo, comenzamos a besarnos, después no entendí del todo porqué lo había hecho, confundido decidí que lo mejor sería irme de ahí.

          Confieso que esa no había sido la primera vez que te había engañado, pero si fue la última, cuestionarme acerca de cómo llegué a esa situación fue algo complicado, se suponía que había un sentimiento de apego hacia ti, cómo puede romperse algo tan sólido con tanta fragilidad. En búsqueda de una respuesta interna, deambulé varias veces por la estación a la espera de encontrarte de manera fortuita, me hubiera gustado que aparecieras sin aviso, abrazarte, pedir perdón, pero para cuando volviste dejé atrás mi valentía y me arropé en la ilusión de que aún me querías. El resto de meses que estuvimos juntos a tu regreso tuve la sensación de haber estado más distanciado de ti, poco nos duró el gusto. Ahora estoy aquí sin equipaje ni rumbo fijo a la espera de un tren, sentado en una banca, tomo café, ya perdí un amanecer, y ante esa pérdida lo que más deseo es al menos verte para escuchar de ti un adiós.

Frank CasPe.

domingo, 9 de septiembre de 2012

La sombrita



ESPERANZAS

Esperanzas y deseos
Dakota Tarraga
Cuando por fin nos percatamos de lo que ocurría, las cosas ya estaban muy mal. No supimos cuándo habían comenzado a enfermar y morir las esperanzas, no conocíamos las causas por las que la tasa de natalidad esperanticia se hallaba tan disminuida con respecto a los años pasados; los niños prácticamente nacían sin ellas, faltos de toda gana de alcanzar ideales, casi desnudos de buenos sentimientos. —¿Dónde están las esperanzas?—, nos preguntamos aquél fatídico día. Todos miramos en rededor nuestro quizá con una pequeñita esperanza de hallar la respuesta pero desanimados en demasía. Ahora mirábamos lo descuidados que habíamos sido, lo mal que las habíamos tratado, olvidándolas a menudo en un rincón de nuestras casas; nos lamentábamos porque ahora, más que nunca, teníamos menester de ellas.
Los viejos, demasiado viejos y sin esperanzas, esperábamos que la juventud se encargara de encontrar nuevas esperanzas y las repartieran por todo el país. Los jóvenes en cambio que, para el caso, ni habían tenido la virtud de nacer esperanzados y, por el contrario, vivían sin ellas desde siempre, no las echaban en falta; miraban a los viejos con extrañeza, reprobando que aquellos añoraran abstracciones tan vanas.
¿Qué pasó con nuestras esperanzas?, ¿dónde las dejamos?, ¿por qué han muerto de esta manera? Nadie encontraba explicación. Nadie sabía decir nada. Las pocas esperancitas que aún quedaban vivas no nos decían nada. Nos miraban atónitas y egoístas; ciertamente que eran las más, aquellas individualistas y soberbias. Esperanzas nobles eran las menos, y tan enfermas que se nos morían en los brazos. Exhalaban por última vez bañadas en copiosas lágrimas de pesar. En fin, que ante la falta de remedio y explicación, resolvimos lo único que se nos ocurrió: mantenerlas en observación, registrar los cambios, tratar de alimentarlas aunque fuera poco y difícil.
—¿Qué está pasando con las esperanzas?—, nos dijimos sólo una semana después. Milagrosamente parecían muy repuestas. Incluso parecían nacer nuevas esperanzas en nosotros. ¡Qué felicidad!, al fin tendremos esperanzas otra vez. La emoción fue tanta que más gordas y rosadas se pusieron las esperanzas. A los jóvenes, antes carentes e independientes de ellas, ahora parecía nacerles alguna de vez en cuando. Fiestas de la esperanza. Coloquios sobre las esperanzas. Taxonomía de las esperanzas. Toda clase de atenciones a las esperanzas, todo tipo de bienestar que redundaba en estar cada vez más esperanzados. Por un tiempo no sólo nos sentíamos más vivos y mejor, sino además nuestras vidas estaban cambiando. Teníamos esperanzas de nuevos y mejores días, de ser mejores personas, y en consecuencia procurábamos dar lo mejor de nosotros mismos. Las esperanzas nos hacían vivir mejor.
Pero un día, después de muchos meses, nos sentimos fuertes e independientes de nuevo, y las dejamos otra vez abandonadas. Las esperanzas comenzaron a morir sin que de ello tuviéramos consciencia. Otra vez los niños nacían carentes de toda luz. Otra vez se cernía la oscuridad de la apatía sobre todo el país. —No sabemos qué pasa con las esperanzas—, nos dijimos cuando nos percatamos de la muerte masiva. Las juntamos a todas en una clínica esperanticia, las tuvimos otra vez en observación; pero siguieron muriendo… muriendo.

      Nidya Areli Díaz.                         

domingo, 19 de agosto de 2012

Crisol florido

Apariencias


I
Mosca
Alesia Lund Paz
La percudida luz inundaba la habitación, las figuras de humo producidas por los cigarrillos que consumían algunos de los dolientes danzaban pesadamente dibujando caprichosas formas, dándole un aspecto de tertulia bohemia a aquella reunión fúnebre. Una alfombra de rostros ajenos, hipócritas y de fastidio tapizaba la habitación recubierta de madera; los murmullos de rezos hacían dormitar a algunos de los presentes. Francisco, mejor conocido entre la familia como el tío Panchito, un hombre mayor y de semblante serio dejó parsimoniosamente, como toda la gente de edad, su lugar frente al féretro; mientras cerraba cuidadosamente su libro de rezos echó un último vistazo a su sobrino lejano y después se sentó junto a su esposa en una de las esquinas del velatorio.
          —Pobrecito si estaba re’ joven.
          —Sí, pero creo que por más que le recemos ya ha de estar en el infierno, imagínate: hereje y aparte suicida.
          —¿Por qué lo habrá hecho?
          —Quién sabe, siempre tuvo la mirada triste, además estaba medio loco.
          —Pues no sé, pero hay que aguantar; apenas son las seis de la mañana y el entierro está programado a las nueve.
          —Yo no sé por qué vinimos, viejo, si ya estamos grandes, cansados, además yo estoy enferma y a mi edad dicen que hace daño el aire de muerto; y para colmo ni lo conocíamos, ni nos caía bien.
          —¡Cállate mujer que te van a oír!
          Una mujer gorda sostenía su rosario con los ojos cerrados mientras murmuraba oraciones. Quien la hubiera visto en ese momento la podría haber confundido con una efigie de buda, otra mujer totalmente antagónica, flaca, y con cara de aburrimiento se acerco a ella ofreciéndole una torta.
          —Coma algo, doña Olga, no ha probado bocado en toda la noche.
          —Espérame, Esther, ya mero termino además estamos junto al difunto, hay que tener algo de respeto.
          La mujer se sentó junto a su amiga mientras perdía la mirada en la flama de uno de los cirios que rodeaban el féretro. Olga al terminar tomó la torta que su amiga tenía en la mano y comenzó a engullirla con cortés voracidad.
          —Ya ve, ¿cómo si tenía hambre?
          —Primero están las cosas de Dios.
          Esther asintió y volvió a perder la mirada en la flama del cirio, un momento de silencio imperó entra las dos mujeres.
          —Oiga, Olga, usted que sabe mucho, dígame, ¿a dónde van las almas de los suicidas?
          —Pues eso sí no lo sé bien, pero supongo que al infierno porque la vida Dios la da y Dios la quita; nosotros no somos nadie para decidir cuándo morir.
          —¡Ay, pobrecito si tenía todo! Trabajo, casa, creo que hasta novia…oiga ¿se habrá matado por amor?
          Olga, al escuchar el comentario, puso una mirada soñadora y respondió.
          —No sé…pero sería muy romántico. Imagínate nada más, que un hombre se mate por una… ¡ay eso sí es amor! Como en los boleros.
          Ambas mujeres se tomaron de la mano y suspiraron.

II
Alma estaba acostada sobre el piso con los ojos rojos e hinchados por el llanto, su rostro parecía el de aquellas efigies de la virgen María, con mirada triste y soñadora. Se había encerrado desde que recibió aquella nefasta llamada de la madre de Ricardo, cuya voz, mezcla de llanto y odio, se repetía en su cabeza.
          —¿Qué le hiciste a mi hijo, perra?... Se tiró por la ventana.
          Repetía en su mente aquella imagen del último momento en que lo vio, su sonrisa, su perfume, el último abrazo y el último beso.
          —¿Por qué lo hizo? Si yo lo quería, se lo he dicho siempre.
          Se repetía estas palabras a sí misma una y otra vez, queriendo encontrar una explicación a tan funesto suceso, pero todo era un misterio no sabía siquiera si había dejado una nota de suicida. En ese momento pensó: ¿se habrá enterado de lo de Omar?

III
Sentados en la banqueta fuera del cementerio estaban Omar y Gerardo, amigos de Ricardo, bebiendo cerveza y fumando mientras esperaban que iniciara el entierro, Omar dio un gran sorbo a su cerveza y dijo: 
          —Pobre Richard, si habíamos quedado de ir a Cuba en un mes…
          Gerardo seguía con la mirada la silueta de una joven voluptuosa que posiblemente se dirigía a su trabajo.
          —Así es esto, güey, yo tampoco lo esperaba…si estuvimos de briagos hace una semana.
          —¿Crees que su vieja haya tenido la culpa?
          —No creo, además ese cabrón sólo la quería para coger y ella no lo trataba mal…después de todo no dejó nota de suicidio así que no podemos saber qué lo puso tan mal para que hiciera eso.
          Omar pensaba si acaso Ricardo se había enterado de lo que pasó con Alma el otro día, y si fue así ellos eran culpables de su muerte. No pudo más y se soltó en llanto en el hombro de su amigo, mientras le confesaba lo que había pasado.

IV
Una mosca recorrió todo el perímetro de la sala del departamento de Ricardo posándose en diferentes sitios en busca de alimento, hasta que lo encontró en las gotas de sudor que estaban sobre su rostro. Así la mosca interrumpió el momento más interesante de la lectura del cuento de horror fantástico de Ricardo. Él, con relativa indiferencia, espantó a la mosca y prosiguió con su lectura.
          La sensación de riesgo que atravesé entonces no fue demasiado inquietante, tal vez por toda la serie de imprecisos temores que había sentido. Aunque sin definir exactamente la razón, estaba en guardia instintivamente y esto suponía cierta ventaja para el momento en que me enfrentara con el pleito verdadero que me estaba esperando. De todas maneras el hecho de que mis indeterminadas ideas encarnaran en una amenaza real y próxima me sacudió emocionalmente. Ni un solo instante creí que él estaba forcejeando con la llave en mi cerrojo, podría haberse equivocado de habitación. Desde un principio creí que albergaba oscuras razones, de modo que me quede mudo como un muerto en espera de los próximos sucesos…
          Justo en ese momento en que por fin conocería quién acosaba al aterrorizado personaje, la mosca se volvió a posar sobre él, ahora justo en su nariz. Ricardo le lanzó una mirada de odio al mismo tiempo que la espantaba.
          La mosca recorrió de nuevo la habitación intentando encontrar alguna otra fuente de alimento, pero todo fue inútil, así que decidió jugarse el todo por el todo, —morir o alimentarse—, pensó la mosca, mientras arremetía con celeridad hacia su presa.
          Ricardo se puso iracundo al sentir a la mosca ahora en su frente.
          —¡Pinche mosca pendeja, acabas de firmar tu sentencia de muerte, cabrona!—, dijo Ricardo en voz alta.
          Y así comenzó la peculiar batalla entre la mosca y Ricardo. Él manoteaba en el aire esperando acertar un buen manazo a ese despreciable bicho que más rápido y ágil, tal despliegue de poder hizo rabiar a Ricardo que puso todo de su parte para asesinar a su gran adversario. Finalmente se armó con una vieja revista enrollada y comenzó a perseguirla hasta que la acorralo frente al ventanal. La mosca temió por su vida. Todo se decidiría en un movimiento, ambos se miraron al estilo de un western estelarizado por Clint Eastwood, dando un tinte cinematográfico a la escena. Ricardo, totalmente convencido de su superioridad sobre la mosca, sentencio:
          —Ahora sí, pinche bicho, ni dios padre te va a salvar.
          Y tiró una estocada bastante fuerte pero poco certera. Lamentablemente el ventanal no estaba totalmente cerrado y con un cómico movimiento resbaló y cayó al vacío. En el momento, mientras caía del quinto piso del edificio de departamentos, pensó en muchas cosas, todos sus recuerdos románticos y felices pasaron por su mente, también se imagino lo que dirían sus amigos, su familia, lo que pensaría Alma, y el cariño que nunca le correspondió Sandra, su único amor; pero a final de cuentas aunque él hubiese querido decir algo sus palabras fueron ahogadas por todo ese torrente de ideas.
          El cuerpo de aquel hombre cayó pesadamente en la banqueta ante la mirada asombrada de algunos transeúntes que observaban la masa de sangre y sesos que se había formado. La mosca descendió tranquilamente, con la satisfacción del deber cumplido, y comenzó a degustar tal manjar con voracidad.

Armando Zamorano.