Mostrando entradas con la etiqueta Acuario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Acuario. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de enero de 2013

Doce

Por César Abraham Vega.

Acuario

                                        No se manifestaba la faz de la tierra.
                                        Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión.
                                        No había nada junto,
                                        que hiciera ruido,
                                        ni cosa alguna que se moviera,
                                        ni se agitara,
                                        ni hiciera ruido en el cielo.
                                        No había nada que estuviera en pie;
                                        sólo el agua en reposo,
                                        el mar apacible,
                                        solo y tranquilo.
                                        No había nada dotado de existencia.

                                                                                                              El Popol Vuh.


I

Dicen que todo nació en el agua, antes de que las eras fueran de tiempo y que la vida dejara su inerte siesta de mutis inquebrantable sólo había agua, mares tremendos, piélagos de agua hervida tres mil veces por segundo, la Panthalassa hecha con todos los mares pasados y futuros asediaba con sus pleamares ardientes a todas las tierras constreñidas de los remotos y los nuevos tiempos del mundo, la Pangea se hacía ovillo y reposaba como un feto chupándose los terrarios de sus dedos, flotante en un amniótico caldo de creaturas aún no vivas, aún no muertas; las estrellas sí existían y millones de ellas eran ya muy viejas, algunas temblaban en el cosmos lejano siendo esquirlas fantasmas de su fuente que ya estaba a años luz de muerta.

          Todo nació en las aguas de los mares, el hombre y el mono, la luz de las voces, los sueños, las metáforas, los pábilos de las velas que me aluzan esta noche… y el miedo… el miedo nació ahí también.

          ¿Qué es el miedo? ¿Es solamente ese torrente de adrenalina que te sube a los ojos y te llena de blancura el rostro, esa asunción de humores que te consume el pensamiento en un dos por tres y te menea las rodillas para verte caer? Para mí el miedo es el agua, quisiera olvidármelo todo pero está ahí siempre, la sensación del ahogamiento que me visita muy a menudo por los sueños.

II

Me bajé del taxi y miré la hora en la pantalla del celular, ya rayaban las doce, los tacones me estaban matando, me alisé la falda tanto como pude con las palmas de las manos y fue cuando vi que llevaba la media izquierda muy corrida, balbuce una queja y entonces me percaté de que seguía muy ebria, el rímel se me había metido en los ojos y apenas me dejaba ver las escaleras del puente que cruzaba el canal, las aguas rebosaban y corrían bonitamente con su espejo negro tezcatlipoca con una luna regordeta sinuosa en su interior. Ahí fue cuando la vi, a la llorona, con su vestido perfectamente blanco y sus bordes salpicados del barro negrísimo del canal, sus manos eran tan pequeñas como las de una niña y su boca murmuraba un grito que se proyectaba a la más remota lejanía de mi umbral auditivo; la sentí en mi sexo, muy mujer, muy señora y muy violenta… después se alejó y entre más se alejaba escuchaba su voz cada vez más cerca… en el oído. Dicen que la llorona se escucha cercana cuando está muy lejos y la escuchas lejos cuando está detrás de ti.

          Mire mis rodillas rotas, la tibia rompiéndome la carne y sangrando con voluntad esmerada, en algún momento, no me di cuenta, quizá por la impresión caí de las escaleras, mas nunca sentí el dolor. De pronto, con mucha fuerza, comenzó a llover.

III

Abordé el autobús en la TAPO, Carmela me llamó muy afectada, me pidió verla en Cholula el siete de febrero muy temprano, me pidió que no le dijera nada a mamá ni a Ernesto, así que ni siquiera empaqué, me dirigí a la terminal camionera tan pronto salí del taller a eso de las doce; compré un boleto en la corrida de la 01:00 am y me subí en la última butaca que quedaba en la ventanilla de la fila de hasta atrás; pegué mi oreja contra el cristal y trataba de dormir pero la memoria que me refrescaba a menudo la voz angustiosa de Carmelita me quitaba el sueño en un santiamén. ¿Y si estaba embarazada? No, no podía ser, aunque…

          El autobús avanzaba muy rápido saliendo de la ciudad y entró a la autopista y yo sólo miraba desatento el paisaje suburbano, las casitas de lámina, las marañas de los tendederos, las farolas improvisadas, los montones de basura, como tres cadáveres de perros y en el fondo la serpenteante joroba de un canal de aguas negras que poco a poco se juntaba con el margen de la carretera; bostecé muy profundamente y sentí de pronto un violento jalón; el autobús salía de su rumbo y al mirar por la ventanilla atisbé una avalancha de lodo que ajaba a su voluntad el tremendo pulman que pareciera haber sido de papel, detrás de nosotros un tráiler pipa de L.P. también se desarticulaba violentamente mecido por las olas de aguas turbias y tepetate que brotaban de una fractura en el canal, todos los pasajeros sentimos un encontronazo horrendo que nos lanzó a todos de un lado para otro. Yo terminé en el piso, me levanté rápido mientras el autobús se detenía lentamente, me asomé por la ventanilla, vi el nivel del agua que crecía, el habitáculo comenzaba a filtrar las aguas apestosas y nos mojaban ya los pies, vi a varios autos desperdigados por el caos, ya no se miraba ni rastro de la carretera, todo eran olas negras que chocaban fuertemente contra el autobús, miré a una Nissan estaquita desaparecer debajo de las olas… las narices me picaban, olía muy fuerte a gas y en mis pies húmedos aún sentía el ronronear del motor del pulman que seguía encendido… De pronto todo fue fuego, estallido y dolor…