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domingo, 24 de marzo de 2013

Novela 3

Por Nidya Areli Díaz.
3. Una gran explosión
 
Una gran explosión ocurrió en el hexaedro de contención, tras ella el interior había quedado destrozado en su totalidad. Una mezcla de chatarra informe con líquidos de fusión y litio hubieron de dificultar el rescate del cerebro de C’ell; por otro lado, los funerales de Rouse Troski habían pasado sin pena ni gloria. El doctor C’ell, que amaba  a la que fuera su mujer durante trece años, en la inconciencia de su cerebro convaleciente no se dio por enterado. Ambos trabajaban en las investigaciones cuando ocurrió el desastre. Aunque también se hubiera podido recuperar el cerebro de Rouse, el costo de la operación, más o menos comparado con el de mandar un hombre de viaje a la Alfa Centauri, descalificó a la doctora como candidata a recibir el tratamiento. El doctor C’ell, en cambio, de mayor mérito, había sido seleccionado. Todo ocurrió gracias a un descuido del técnico encargado de verificar las estructuras de micro-simulación, una de ellas con un híper-capacitor mal calibrado había generado un cortocircuito en plena fusión, el hexaedro de contención, que afortunadamente no generó mayores estragos que los internos, evitó que la explosión sobrepasara sus propios límites. La investigación que consistía en mejorar la rentabilidad atómica, básica para la corporación en aquél momento, quedó parada tras el acontecimiento. La única esperanza de continuar con ella era la reincorporación de C’ell al trabajo en el menor tiempo posible y que la pérdida de la doctora Rouse no le resultara contradictoria en su tardada y penosa recuperación.

Cuando el doctor C’ell abrió los ojos en el Hexaedro de Operaciones Especiales se encontró con la sonrisa amistosa de Angelo Bikeko; aturdido quiso incorporarse, pero todo intento de movilidad le resultaba desastroso; era su cerebro que no reconocía su nuevo cuerpo. Bikeko lo tranquilizó, ―en dos o tres meses andarás como si nada, ya vas a ver―. En efecto, a la operación de recuperación y traslado cerebral  aún faltaba la terapia psicológica y el entrenamiento psicomotor. C’ell aún no comprendía ni lo que le había ocurrido ni exactamente en lo que se hallaba convertido, intentó pronunciar palabra pero tampoco pudo, le sobrevino entonces la desesperación de la impotencia y la duda maligna de si aquel terrible estado era de por vida; Bikeko, que lo leyó en sus ojos grises, los mismos de antes, tecleó una orden a la computadora. Los ojos de C’ell comenzaron a serenarse, recorrieron lentamente el hexaedro con sus paredes de espejo y su piso marmóreo en perfecta simetría con el techo exagonal también blanco. Alcanzó a vislumbrar, como entre sueños, los aparatos, que no reconoció, de pos-transferencia cerebral y el contenedor muy parecido a una gran pecera con el líquido humectante de purpúrea opalescencia. En la confusión del reconocimiento terminó de cerrar lentamente los ojos sin comprender aún. C’ell reanudó su largo sueño. Aquél duró tres meses.   

domingo, 24 de febrero de 2013

Novela 2

Por Nidya Areli Díaz Garcés.
 
2. La CIFON
 
La Corporación de Formación e Investigación Nuclear estaba ubicada al  este de una isla grande denominada Sección 29 que a su vez se situaba entre el océano Atlántico y el Caribe. De proporciones majestuosas, la CIFON ocupaba la décima parte de la isla; el clima, ahora frío, había sido muy cálido en algún momento no hacia demasiado tiempo, antes del deshielo. En el centro se hallaba el Edificio de Gobierno, un hexaedro de enormes proporciones coronado una capsula estática y colosal; una edificación gris como todos los inmuebles, minimalista, sincrético; a lo lejos parecía, el apartamento superior, una nave espacial flotante.
 
          De esta construcción se extendían otros hexaedros simétricamente ubicados de los que a la vez nacían otros más, separados por pasillos anchos y verdes y que desembocaban en una pequeña fuente también minimalista y siempre solitaria. El ala norte del conjunto pertenecía al rubro de la investigación: laboratorios, dormitorios, comedores y centros de esparcimiento para los  investigadores, la conformaban. El ala sur contaba además con salones de clases, auditorios y sala de convenciones. La mega biblioteca a un lado del edificio de gobierno se compartía por ambas secciones al igual que el área de deportes y albercas. Toda la red de edificios estaba meticulosamente concebida y se alimentaba de energía nuclear generada en las afueras de la corporación en una planta bajo el subsuelo. En el lugar residían los científicos prominentes,  y los investigadores novatos tanto como el alumnado. Todos contaban el permiso de salir los fines de semana, pero aquellos cuyas familias vivían  lejos debían conformarse con recorrer la isla, bañarse en la playa o simplemente no salir. La CIFON se había creado después de “Guerra de fusiones” hacía ya setenta y ocho años, desde entonces el mundo había cobrado nuevas formas de organización. Mucha gente había emigrado a la Luna o a alguna de las colonias de Marte. Desechas las naciones de la Tierra, el globo se reordenó en secciones que contaban doscientas veintiséis, controladas a su vez por cinco módulos. Ahora el mundo funcionaba con energía nuclear, volaba un aerobús  tanto como se calentaba una taza de té o funcionaba un anotador portátil gracias a ella. La CIFON llevaba sus años como la institución líder en el ramo de la investigación nuclear, auguraba tantos logros para el futuro como avances que, ya en uso, comprendían las comodidades de la  vida cotidiana. Aunque los programas  eran intensos y extenuantes, muchos estudiantes de otras secciones entraban cada año como becarios o en intercambio, igual número de   investigadores dejaba a sus familias para contentarse a llevar una vida de soledad y ascetismo con tal de laborar en ese lugar. La CIFON era una oportunidad para muchos, las metas individuales se traducían en avances y descubrimientos tecnológicos que, a su vez, sustentaban la plataforma financiera de la institución y daba oportunidad a que otros ingresaran. En el ambiente riguroso del lugar era difícil hacer amigos, los dormitorios individuales impedían distracciones a profesores y alumnos tanto como a  directivos e investigadores. Sólo algunos profesores del ala de formación trabajaban también en proyectos de investigaciones especiales. Tal había sido el caso del doctor C’ell que se distinguía en la corporación por su entrega y tesón por el trabajo científico. Los cursos más intensos se completaban en catorce años, los menos largos duraban ocho. Verdaderos genios se formaban en aquellos hexaedros, los laboratorios súper equipados no tenían precedente ni comparación en todo el globo. Sólo los más destacados lograban permanecer, la institución que movía miles de intereses en el mundo se mantenía tan rígida e impecable como el primer día, sobresalía por sus múltiples cualidades. Se comía cinco veces al día, era obligatoria una hora diaria de actividad física en cualquiera de las opciones disponibles, cuatro horas estaban destinadas al esparcimiento que cada quién empleaba a su antojo, se estudiaban algunas lenguas del pasado orden además del idioma universal y, en fin, la vida no dejaba tiempo para más opciones. Dedicada a la investigación nuclear, la CIFON gastaba una buena suma en proyectos periféricos que completaban su liderazgo, gracias a uno de estos proyectos periféricos impulsado por el médico neurocirujano Angelo Bikeko, se podía presumir en los círculos más selectos de haber logrado la transferencia y rescate cerebral. El doctor C’ell pertenecía ahora a los siete prototipos exitosos en todo el sistema solar.  
 
 
 

domingo, 27 de enero de 2013

Novela. 1

Por Nidya Areli Díaz.

1.El doctor C’ell con su nuevo cuerpo


Hacía tres meses que el doctor C’ell había perdido todo su cuerpo durante un experimento científico en la “Corporación de Investigación y Formación Nuclear”; después de la terrible detonación sólo pudo sobrevivir su cabeza con el cerebro y los ojos intactos, quizá algunos segmentos de piel y algunos huesos. A C’ell, que era un científico notable y había dejado paradas, tras el accidente, varias investigaciones de vital importancia, le fue imposible a la corporación dejarlo partir a los misteriosos dominios de la muerte. Construyeron mediante fibras sintéticas un nuevo doctor C’ell idéntico al que había sido al menos en el exterior, a este cuerpo le metieron el cerebro brillante que aguardaba intacto en un contenedor especial dormido en un líquido purpúreo y salino, los hubieron de conectar mediante redes micro eléctricas que además decodificaban los deseos y pensamientos del cerebro natural mediante pequeñísimos chips que transportaban la información a una micro computadora en una cavidad situada estratégicamente en la zona pectoral, desde ahí maquina y cerebro convivirían infinitamente o hasta que la corporación lo requiriera. Con los trozos de piel que subsistieron cultivaron más, cubrieron el cuerpo sintético con la dermis nueva y ésta debía ser humectada durante un período prolongado en una mezcla líquida especial de sales y nutrientes esenciales, de este modo cuando el doctor C’ell volviera a la vida, habría de dormir cada noche durante varias horas en un contenedor especial con este líquido. El nuevo doctor, mucho más resistente que el de antes, no necesitaba comer ni defecar pues no había tracto digestivo, le habían adaptado por pura estética los miembros genitales de un porcino cuya erección era posible gracias a un pequeño contenedor de líquido neutro que se llenaba mientras el doctor C’ell dormía y que se mantenía vivo nutriéndose a su vez con el líquido nocturno, este accesorio le concedería al doctor el privilegio —en su nuevo estado— de tener relaciones sexuales casi con el mismo placer que seguramente hubiera de sentir antes del accidente. Cuando el contenedor llevaba demasiado tiempo con el mismo líquido, la microcomputadora del interior de C’ell mandaba un mensaje a su cerebro para que éste sintiera ganas de orinar, se descargaba la mitad del líquido y se renovaría la otra mitad en la noche, lo cual le concedería la posibilidad de tener al menos una erección durante el día siempre y cuando se humectara cada noche como era debido y también le obligaba a ir al baño a orinar una vez al día. Todo esto, aunque en el sentido estricto de la ciencia era innecesario, contribuía de alguna manera a mantener cuerdo al individuo y que sus nuevas condiciones no le desquiciaran haciéndole sentir del todo ajeno a la vida humana. Lo único indispensable que requería el nuevo doctor era el sueño, los científicos del globo no habían podido en ciento veinte años, hallar una forma de prescindir del sueño, pese a que se había abierto el campo de esta investigación desde mucho antes que ocurriera la “Guerra de Fusiones” y la corporación existiera, lo más que había logrado la ciencia onírica era reducir las horas necesarias de sueño de siete u ocho a solamente la mitad que eran cuatro, pero seguía siendo necesario dormir cada noche y muchas veces las personas que no tenían acceso a la dosis semestral del inhibidor, tenían que conformarse con inyecciones de drogas más baratas para mantenerse despiertos en tanto los demás lo estaban, sólo desistían de dicha operación cuando podían conseguir una orden oficial falsa o el dinero suficiente para adquirir la dosis. No era la primera vez que la corporación llevaba a buen termino este tipo de hazañas y finalmente había salvado lo único que le interesaba de C’ell: su cerebro, y ahora el doctor estaba casi listo para volver a la vida con su nuevo cuerpo, sumergido en un líquido rosáceo, hacían los últimos ajustes a su mezcla humectante de diario, el cerebro o más bien el doctor C’ell en su nuevo cuerpo simplemente soñaba con su vida pasada desde la pecera vital que lo contenía.