miércoles, 16 de enero de 2013

Vino Rojo


Mujer de rojo sobre fondo gris
Javier Aoiz Orduna
La Falda roja, vaya manera de jugar con el rojo, con la potencia fogosa y ramplona con que rasguña las pupilas de los paseantes, un poco de rojo también en los labios, faltaba más, aunque no tan encendido como el de la tela de la saya, éste era, con toda sinceridad, un rojo profundo, sangriento, bastante sofisticado y misterioso, y aunque me arda el vientre debo admitir de igual modo que… era muy bella, tenía una piel blanquísima, una gasa tersa de nieve sobre los brazos, en los muslos y en la cara, que levitaban fantasmales sobre las abismadas profundidades de sus ojos vastos y muy negros; del desfiladero borrascoso y humeante del tinte barato y azabache de su pelo, de su blusa de licra bruna… y por supuesto de la fiebre de sus labios y de la falda.

          Me siento a tres mesas de ella, en el jardincillo para poder fumar, si por aquello de la ansiedad me es preciso; no puedo dejar de mirarla a través de las hojas de Bougainvillea que se interponen entre nuestras mesas y nuestras miradas, observo que un garçon le trae una botella pequeña de un vino mirlo bastante ostentoso pero harto corriente, le sirve en copa una pequeña cata, la pobre idiota lo bebe con grosería en un trago, y fingiendo tener la destreza de sommelière esboza un gesto de repulsión y asiente con mucha flema, el camarero anega a medias la barriga henchida de la copa con el vino tan rubí, ella mira a su alrededor con insistencia, saca de su bolsito su teléfono móvil, le da un trago más a la copa sin ningún miramiento y gesticula como si bebiera pebre, deja un rastro vulgar de labial en la primorosa finura de la ampolletita vidriosa, hace una llamada, cuelga con una cara de felicidad estúpida. —Es una boba—, musito.

          El mismo garçon me expulsa de mi contemplación ilógica al arrojarme groseramente le carte sobre le mantelet, le miro con odio, ni siquiera la abro, adivino que un Louis Jadot Chambertin Clos de Beze, hermoso pinot negro estará a la altura de una ocasión tan extraordinaria y perfecta; lo pido mirándole sobre la lobreguez de mis gafas con un francés perfectísimo colgándome en los labios fuscos, hay que ser espléndidos, pido la botella completa, cruzo las piernas con toda la languidez que me place, me adhiero al respaldo de la silla sometiendo las vértebras dolientes contra el hierro forjado, me acomodo y poniendo los codos sobre la mesa la miro nuevamente de soslayo, aprendo en esa pose a regocijarme con la mullidura de sus pechos atenidos en la compresión del sostén y de la blusa, bastante ceñida a su torso de mujer volupta, le mido a groso modo la longitud de las piernas, la fragilidad de sus manos, su nariz respingante, la sutil pila del cuello, el par de pies tan pequeños y el restallante aroma de su perfume que me envenena como si fuera estiércol.

          El mesero trae mi botella, la descorcha con pericia excitante y derrama un chorrito púrpura sobre el cristal hermoso de la copa posada gentil sobre mi mesa, le miro con odio nuevamente y él se retira con presteza dejando el vino en la cubitera, me relajo, es menester dejar el odio y la pasión cuando se bebe pinot pues el riesgo de engullir su espíritu sin degustar el hermoso velo de purpureas auroras prisioneras en su vid, sería algo peor que un delito, un pecado mortal muy penoso.

          Al tenerlo en la boca en un beso agobiado y etílico, Horacio desciende de los cielos, me coge la mano y en aterido vuelo me lleva hasta los viñedos morados de Clos-de-Bèze en donde al pie de la abadía un monje de ojos azules me persigue apasionado, me arranca las faldas, me postra a un lado de las viñas y me hace el amor con fuego en los ojos y menta en el aliento. Ovidio me recoge con la piel desnuda y me arroja en un prado de rosales retorcidos, soy virgen y mi piel descalza acaricia una vereda alfombrada por petalitos muertos de rosas blancas, de mi brazo pequeño pende una canasta colmada de cerezas, granadas y frambuesas; mis piecitos van curtidos por los minerales de las piedras. Esquilo me sumerge de nuevo en las alturas y me despluma los ojos tirándome en Zempoala, puedo ver a Felicia y a Genaro siendo niños nadando en las lagunas y yo mirándoles desde la orilla, rascando con los pies la tierra húmeda, pensando en la horrible muerte de Sebastiancito que se ahogó en Manzanillo años atrás y cuyo recuerdo se tornó en mi inefable miedo a aprender a nadar. Mis ojos llenos de lágrimas se abren extasiados, sólo para notar una imagen más infausta y dolorosa; Filiberto llega, saluda a aquella mujer con un beso muy pasional en la boca con su boca, me pongo a beber como una loca, me jalo las trenzas y bebo con avidez imperdonable copas y copas del pinot herido, mientras miro a los enamorados con un recelo atroz, entre pausas recuerdo cuando lo conocí en Toulouse con su traje gris tan encantador, su cabeza calva reluciente y su ceño de hombre inteligentísimo, o cuando me regaló tulipanes el día de mi cumpleaños o cuando me hacía el amor con esa forma tan suya… tan aburrida y execrable pero que me proyectaba al cielo con unas pocas de sus palabras; bebía y bebía con una solitud avasallante creciéndome en los adentros, mientras acariciaba la fría y negra piel metálica de la colt en mi bolsillo, doy un trago final a mi pinot bendito, lo reposo entre los labios, dejo que juegue con mi garganta, con mi lengua, y con mi voz, me levanto para hacer lo planeado, me levanto y avanzo con sigilo, alcanzo con la mano izquierda el cuello de esa zorra y le doy un tiro franco en la nuca, el rostro de mi marido trepidante de terror en ruinas por la zozobra y el desconcierto, salpicado bellamente por la sangre de esa puta, me murmura cosas que ni entiendo, acaricio el borde de la copita empañado de rouge à lèvres, le arrojo el contenido en la cara con el esputo simultaneo de mi afrenta, me acerco muy quedo le lamo las mejillas entintadas…(con rubor, con labial, con sangre y con merlot)… me incorporo y le vuelo la cabeza. Camino unos cuantos pasos sobre la rivera y me tiro en el agua del Sena.

César Abraham Vega.

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