domingo, 21 de julio de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 


Leo

Cuando desperté pensé que dormía... hice tanto por no soltarla de mis brazos, la abracé como un león impío que no perdona, hice cuanto pude por aferrarme a sus costillas hasta el último flujo de conciencia que atravesó los cuencos de mis ojos... muchos años atrás ceñí a Elena del mismo modo, con toda fuerza, con toda vida, con toda intención de hacer con mis brazos fronteras para impedir que la vida se le saliera del cuerpo... ¡pero carajo! Se le salió. 
 
León
Bernarda Enriquez
 
Cuando desperté aquella madrugada pensé que aún dormía, pensé que sus labios seguían aún tibios, que sus mejillas tan blancas aún rebosaban de sonrojos y de hoyuelos... los hoyuelos que despuntaban cuando se sonreía. 

Pasaron tres mil segundos, quizá, antes de recordarlo todo, la sillas que le arrojamos, las esquirlas de las botellas, los vidrios de las ventanas clavadas entre mis carne, aquella triste penumbra más absoluta que a mis ojos haya cegado; el crujir de las duelas con sus pasos terribles, el sabor a la sangre que mi boca llenaba, los gritos de la Elenita ahogarse en aquella noche, después desmayé y no supe... no recuerdo casi nada... desperté y le miré su rostro, reposando en la duela junto al mío, con sus cabellos suaves cayéndole en la cara, con sus rasgos de niña inocente, imperturbable.  

Me levanté con un dolor atravesado en las rodillas, con chorros de sangre brotando de mi cara, con la luz del foco aún tambaleando desde el techo. Nunca supe cuántos de mis mareos fueros provocados por la bebida y cuantos otros por el golpe en la cabeza. Cuando pude escuchar de nuevo cada fibra de mi piel se estremeció, escuché el vaivén de su voz que henchía mis oídos con el miedo, sus pasos terribles cruzaban los cuartos de la casa retumbando estrepitosos en los maderos viejos de las duelas. La oía dar traspiés en la recámara de arriba, segundos después escuchaba su voz fétida murmurando a mis oídos cosas que me acercaban al suicidio. Azotaba las ventanas y las puertas, soplaba su aliento muerto congelándome los huesos...  

Sentí las entrañas embotadas de un cruel miedo, quería gritar hasta colapsarme los pulmones, no recuerdo mucho de eso, tal vez grité desaforado rasguñándome la cara, tal vez fue ella la que me gritaba en la cara mientras me clavaba las uñas en el rostro intentando morderme cada ojo. 

Tenía que escaparme de ahí antes de que mi alma decidiera adelantarse. Tomé la muñeca de Elena para poner su brazo alrededor de mi cuello, una descarga de hielo atravesó mis falanges desde su piel eterizada, me rehusaba a pensarla muerta y la tome de la espalda para salir junto con ella, pero me aterrorizó el ver su cabeza moverse rígida imitando la trayectoria de su torso, sin colgar desde su cuello como eventualmente lo haría un cuerpo vivo pero exangüe. El rigor mortis entablillaba cada gozne de su cuerpo, cada trazo era pétreo, inmóvil... irremediable. 

Mi miedo se trocó por odio y arrojé de todo a todos lados, invoqué a Chokani a que se llegara hasta mis brazos, a que me descubriera de su manto transparente el horror y el misterio de su rostro, a que me diera muerte fulminante, a que me dejara tomarle del pescuezo hasta morirme o yo matarle a ella de nuevo, si es que eso era posible. 

Cuando desperté ella dormía, con sus cabellos hirsutos cayéndole en la cara, su rostro totémico, con dos grandes surcos en las mejillas labrados bellamente por la erosión salina de su llanto. Yo la abrazaba sin pensar mucho en ella... mi mente estaba aterida de Elena... ¡que tristeza que haya muerto!, ¡sabía tan poco sobre ella!... que olía muy rico a veces a jazmin y otras a menta, que tenía desportillado un diente, que le gustaba London calling, que vivía sola con su mamá en la Roma, que tenía unas manos muy bonitas, que su piel era muy blanca, que era un año más grande que yo, que tenía un perro al que llamó Juguete, que le habían nombrado Elena como su abuela materna, que le gustaba el vodka, el rock, el chocolate, los  capuchinos, las tortas de milanesa, el pasto mojado, el humo de los trenes... que tenía un chingo de discos chidos... pensaba en que nunca supe su cumpleaños pero sí supe que era Leo.
 

domingo, 14 de julio de 2013

Soy

Por Nidya Areli Díaz.

 
Yo soy los pasos distraídos que no doy,
Madre e hijo muerto
Jacek Yerka
un escombro diletante,
las almohadas insidiosas desdobladas
en oquedades siniestras,
el zapato precavido del enterrador
encumbrado ―pobrecillo― en sus dunas.
          Soy la víctima de mí.
          No encuentro desde hace mucho
palabras ni vocablos ni voces.
          No encuentro estilos que ponderen
nuestras esperanzas.
          Solo quedo sola seminómada conversa,
semiatea y semimaometana,
distrayendo los pasos por distraer algo.
          Un lirismo ansioso me obsesiona
…si tú supieras de mis notas vagas,
de las conformidades del desván de mis sueños,
de mi cabeza retrotraída en llamas,
de los convexos lapsos de tristezas errabundas;
…si tú imaginaras mis fluidos verticales,
todos los vanos versos que dejo en la punta de mis lágrimas,
el ungüento maloliente que me queda dentro,
pudriéndose.
          ¡Ay!, cómo me desborda el azul craneano del cosmos,
cómo se me eriza el cogote de mirar las banquetas;
soy las latitudes todas del mar océano,
comiendo además el lomo de una tortuga,
cuatro elefantes,
un gran plano,
la caída blonda en el éxtasis
kunderiano del vértigo.
          Tengo cerrados los ojos con monedas,
cerradas las manos con un pocito de barro dentro,
cerrada la vagina con torundas de algodón,
cerradas la orejas con bolitas de alcanfor;
calzo guaraches de lazo,
visto de blanco muy blanco lino,
mi rebozo lo llevo en la cabeza,
mi escuintle a lado,
mi beldad,
mi grito,
mi grito…
          No entiendo a qué ha venido mi alma,
por qué me llamaba Dios.
          ―¿Dios existe?―, me pregunto,
Dios me llamaba y existe,
pero nunca se presenta a donde voy,
nunca mira mis circunstancias,
no se conmueve ante los vellos míos que se erizan
reinterpretando el mundo. 
 

domingo, 7 de julio de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

POR FIN ERA LA CALMA

La angustia de la noche anterior había dejado de ser una opresión en la garganta, un ahogo, y un laberinto con solo una salida. Sentada con la vista fija en la danzante llama, mientras que sus manos recargadas sobre las piernas sostenían un pedazo de papel higiénico arrugado por tanto uso, trataba de fijar en la memoria la figura, el timbre de la voz y lo dicho, tal vez también el aroma. Esa era la razón que la hacía volver una y otra vez sobre sus recuerdos; los cuales al principio ganaban en riqueza, detalles nuevos se desvelaban tras una segunda, tercera, cuarta…, lectura: una arruga en la camisa, un brillo que se colaba por la ventana, la aspereza que tenía el rostro mal rasurado. Sin embargo, llegó el momento en que ya no hubo más, incluso cada retorno comenzó a desgastar la nitidez que había logrado en ellos.
Gansos
Laura Beticia Aguilar
          Alguien de la familia tose, son las tres de la madrugada y el frío comienza a colarse bajo la piel, la euforia ha abandonado a los aún presentes que se resignan a quedarse quietos en sus sitios. Ya se han contado todas las anécdotas posibles. Soñolientos todos, se resisten a la derrota, pero sus mentes divagan, trémulas sombras haciendo guardia ante el abismo. Las calles deben de estar casi desiertas y las luces de las casas apagadas.
Cuando lo trajeron, ella quería que los dejaran solos. Sacar la maleta en donde estaban guardadas, junto con los papeles más diversos, las pocas fotografías que tenían, y contarle, otra vez, como se había salvado de la fiereza de los gansos cuando era niño, gracias a la cualidad de andar gateando por el patio en vez de caminar, pues su hermano mayor que sí caminaba, constantemente era atacado por una horda de furiosos patos que se creían dueños de ese territorio. En cambio él y el perro eran respetados por su andar en cuatro patas. Quería contarle también de donde provenía la cicatriz que tenía debajo de la barbilla. Quería… Sin embargo, cuando por fin los dejaron solos tuvo que conformarse con vestirlo. Había tanto por disponer.
Entonces, todavía no era la ausencia, aún era un pinchazo no ubicable que cambiaba de lugar, que se retorcía, que por momentos parecía ser falso. Además, las mismas circunstancias reclamaban cierta atención de su parte, responder a preguntas prácticas de familiares acomedidos que, torpemente, trataban de ser útiles. No sería sino hasta horas más tarde cuando por fin habría de llegar  la calma. Olor a tierra húmeda, a flores dulces en descomposición, a tabaco y a café. El dolor puro, sin angustia, sin incertidumbre, sin más escenarios posibles que lo realmente acontecido.

domingo, 30 de junio de 2013

Se busca

Por María de Jesús Gómez Lazos.

VII
        

A través de tus ojos
Yolanda Ahenández Salas  
Risa vagabunda oculta en la calle. Fragmento de nada. Suspiro de nadie. Magia a su manera. Sueño invulnerable. Emoción de tierra. Ambición de aire. Eres lo que tengo, frente a las vitrinas de los centros comerciales, mi todo inconcluso, el puente de mis mundos. Dicen que has huido porque no te ven… dicen que te saben porque no te ven. A veces me enojas, ¡me aburres! Te ignoro y volteó la cara, no entiendo como de repente descubro mis pasos detrás de tu espalda. Yo no te conozco y por lo general no me inspiras confianza; pero hay algo en tus manos, algo que me gana. Uno de estos días arrojaré los zapatos muy lejos y con ellos la bolsa, las llaves de mi casa, el paraguas; me lavare la cara en un charco, iré a tu encuentro saltando, te cubriré los ojos con mis manos y… adivina.
 

domingo, 23 de junio de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 

Virgo 

I 

Eran cerca de las once, hacía demasiado calor, así que me quité la camisa, sin embargo el vapor que despedía la plancha me sofocaba, solo me faltaban un par de pantalones por planchar pero yo tenía tanto sueño, todo aquel procedimiento lo repetía prenda tras prenda sin pensar mucho, sin sentir nada, escuchando el chisporrotear de la lluvia sobre el pasto del jardín. A veces paseaba mis ojos apagados por los rincones de la cocina, miraba la estufa cubierta de una gruesa capa de cochambre y grasa; me prometía, como tantas veces que ya pronto la iba a limpiar, pero no había tiempo para nada, ni pa' pensarla, pues.
 
Ouija
Iván Andrés Arias García
 
Luego miraba las ventanas empañadas que daban al oscuro patio de atrás, miraba las telarañas colgadas del techo, y las cochinillas en los rincones del roda-pies; luego mi mirada se clavaba en el retablo de la Lupita; le miraba sus ojitos gachos, su piel morena, sus labios tenues y delgados, su semblante de tedio, de sueño, de desmayo. ¡Qué cansada se ve, chinga!, pensaba. Mis ojos caían de los pies de la virgen a las piernas de mis pantalones, cuidando el pliegue, marcando las pinzas, desarrugando cada pedacito de tela... antes de que mi mirada volviera a hacer el recorrido una y otra vez.

Desde mi lejana hipnosis escuche el aullido del teléfono salir de entre las penumbras de la recámara, creo que mi cuerpo subió con lentitud las escaleras y tanteó, entre la oscuridad de la planta alta, el pasaje justo a la recamara, buscó en las penumbras y contestó con muy poca gana. Digo que creo porque en realidad ya no me acuerdo si subimos juntos y entre ambos contestamos la llamada. Según yo lo recuerdo, yo me enteré después justo en el modo en que un amigo te pone al tanto de los hechos en los que no estuviste presente pero que de algún modo te conciernen.

Pues el fulano, el tal este... “mi cuerpo” me contó cuando bajó que había nos llamado el Capirucho, quesque para recordar nos que mañana era la fiesta, que chin chin si yo faltaba, que me tocaba llevar algo de chupe, y que ya había armado el business con la Elena, na' más pa' que me fuera yo animando y que no convenía nos faltar.

¡Puuuta ma'! ¡Qué vato tan gandalla! ¿Viernes? ¿Mañana es viernes? ¡Ah, cabrón! ¿En qué día vivo?

Sentí me despertar un poco, porque vi el rostro, el de mi cuerpo, partirse en dos con una sonrisa de tarado, sin darme cuenta que la plancha ardía sobre mi mano. 

II
 
Me puse el panto azul, el que era del tacuche de mi jefe, me rasuré la cara bien bonito, valiéndome madres que yo siempre había sido bien pinche lampiño; me puse mis papos mas chiditos, y me aventé el kilo de gel pa' tirar rostro. Me monté en la troca y me lanzé pa' Xochimilco a la casa del Capiru, sí me entusiasmaba un buen la idea de ver a la Elenita, la neta es que sí me pasa un resto. Y en el camino me topé un Óxxido y aproveché para comprar los tequilawers. De ahí le metí pata en serio porque ya me había colgado un chingo.

Entre más me acercaba a la casa del Capiru, más me daban ganas de rajarme, pensé en retacharme un par de veces, pero ni madres, ya estaba cerca, ya no me iba a culear. Aunque la neta antes de entrar si me tuve que echar un par de pistos y darme un trenecito porque sí estaba acobardado gacho. Después de aquello ya todo fue el relax.

Crucé la avenida con un tabaco en los labios, toqué la puerta con una mentadita, me abrió el Botargas, y luego luego se alebrestó al ver el chupe. Entré y saludé a la banda, pero entre más me acercaba a las chamacas, sentía que las patas se me hacían de trapo.

Ahí estaba la Elenita, con sus ojos verde mota, más chula que ninguna de las morras, pero nomás la saludé de lejos porque sentía que se me estaba paralizando el miembro y no quería verme muy pervertidote saludando de beso a las morras con la verdura toda tiesa. Además la Elena me pasaba en serio, neta, yo ni la morboseaba, yo no la quería para cogérmela, bueno sí, pero me latía igual para otras cosas, para un putimadral de cosas... Y eso siempre me había valido un pito con mis otras viejas. Pero ella, ella me pasaba hasta pa' platicar. ¡Qué chingaos!, ¿no?

Yo no le quité un puto ojo de encima durante toda la noche, y siento que se dio tinta de eso, a veces ella también volteaba a verme y me sostenía esa mirada que me da un miedo cabrón y yo prefería mirar para otro lado y hacerme bien pendejo.

Fue una fiesta bien pinche fresky, y la neta yo no me quería empedar pa' no hacer ridículos frente a Elenita, era una morra muy sexy, pero era más inteligente, amable, seria y bien bonita.

Al Güero se le ocurrió sacar la güija pa' que jugáramos con el patas de cabra, pero nel, nunca nos contestó, luego al Pochas se le ocurrió que invocáramos al Pedro, el valedor ese había muerto hacía tres años en un desmadre en la Morelos, pero el carnal tampoco nos peló, y así estuvimos haciéndole al wey un rato, y la neta es que yo ni hacía mucho caso porque na' más me la pasaba fisgoneando a la Elena.

Entre todo el desmadre llegó mi turno de invocar a un espíritu súper natural, yo no me la quise pensar mucho y con el tabaco entre los labios murmuré con un sonsonete entre mamón y macabro: Yo les voy a traer de nuevo a este mundo, desde su último sepulcro a la más triste y más vengativa de las almas. A la apuñalada y angustiada... Chokani. Todos me miraron estupidizados sin apenas entender. Necesito sangre virgen, les dije perverso, mientras depositaba todo el peso de mi mirada obscena sobre la carita chula de la Elena... Ella me miró fría intentando aparentar que no sentía vergüenza... Mordí mi meñique hasta que perforé mi piel con los colmillos y extraje un poco de mi sangre y así la lancé en un escupitajo sobre la güija

Y fue ahí... ahí donde empezó a joderse todito...

domingo, 16 de junio de 2013

Acurrucar el silencio

Por: Nidya Areli Díaz.

Yo no sé de acurrucar el silencio, debiera darme miedo el murmullo más quedo, el soliloquio mental, el desencuentro imperfecto de la voz y el oído. Sé de dramáticas noches de chocolate caliente con tamalitos frescos, de comalear de vez en vez el suelo para la siembra, de medir la contrayerba seca para hacer un brebaje medicinal, de costurar lenta y pesadamente los calcetines roídos. Sé de los cuijes nocturnos saliendo apenitas llega al cielo la primera estrella, de dobletear los trabajos cuando sube el pasaje y la comida, del empiojamiento postmortem que sufren los pobrecitos adelantados, de la encatrinada vecina de enfrente siempre de tacones. Sé de mi escribidera árida y rebuscada,  del erizo espinero al final de la calle principal del pueblo, del fuetazo del padre al hijo, de la doñita santa que ayuda a nacer las criaturas…
Viejo andino
Aureliano Alfonzo Barrios
          Nos robaron la nochebuena. Los muy canijos se pasaron de cabrones con nuestra flor bendita. Robaron a nuestros muertos con sus glorias osadas. Robaron nuestro himno lúgubre, de tal suerte que ahora debemos pedírselos emprestado. Nos han robado tanto que no nos quedan ni dientes para emitir un crujido de dolor. ¡Pobres de las flores que ya no pueden nacer sin permiso, de las arboledas que quedan sin vida, sumidas en un peñasco triste, de los canales que no conocen ya más que el agua pantanosa de caca y meados, de los inocentes niñatos sin tortas de puro aguacate con queso!  ―Pase, usted, abuelo― le digo al viejo, y me quedo piense y piense en la milpa que no crece. ¿Qué tiene la milpa?, digo, y el silencio acurrucado hace un eco platicón, de muerte sin muertos, con la desesperación del hombre que ni sonríe ni contesta, nomás entra despacio con sus años y se sienta tímido, como pidiendo disculpas, como quien se sabe apestado por el mundo.
Hace mucho que no chista nada, que no acompaña por la mañana el café con su cocol, que no dice ni pregona sus cantos por la plaza del kiosco ni toca la trompetilla para atraer a niños y adultos, que con mucha pesantez arrastra el triciclo de aquí para allá pero sin jolgorio ni alegría, como un cristo que cargara su cruz de camino al Gólgota. El viejo está ya tan viejo que apenas sostiene el raspador con su mano pecosa, temblándole incluso la quijada. Murmura muy quedo si vas a querer tu diablito con limón y chile, lo prepara con hartos trabajos, con desolación y desgaste añoso, derramando el jarabe fuera del vaso, tirando de vez en cuando un poco de hielo. ―Ya no vayas, abuelo―, le he dicho muchas veces, pero él se ofende porque no sabe más que trabajar. Hace sesenta años que sale con el triciclo a vender sus raspados, ¿cómo no hacerlo un día?
El viejo no deja el lloro desde que la milpa está así. Se queda mucho tiempo pensativo con el ceño garrasposo y triste. Yo me pregunto a menudo por qué no estudié algo del campo. Harto campo que tenemos y ya nadie le hace caso. Ya nadie siembra ni ayuda al abuelo con la parcela. Me da pena que la milpa no crece, me atosiga una tristeza insalubre, como la de él. Ya casi nadie le compra sus raspados porque está viejo. A los niños les da asco que un anciano les prepare algo que se van a comer. No saben los condenados que mi abuelo vio crecer a sus padres, ni lo fuerte que era, ni que antes hacía los mejores raspados y que era el único que los vendía, que él inventó los diablitos, que los otros le copiaron.
Desconocemos por qué no crece el maíz, por qué la tierra se puso rebelde tan de repente, por qué se apaga la luz de los ojos de mi viejo. Antes desgranábamos las mazorcas, nos gustaba harto sentarnos todos alrededor del gran montón de maíz seco. Se me hacía que era yo importante a pesar de ser tan niña. Era una de esas veces en que me sentía esencial para la familia y para la vida. Desgranar el maíz era guardar el germen para el otro año, fecundar la prosperidad de la próxima siembra, cumplir con la cuota de Dios para no ser olvidados. Todos en la casa sabíamos: mis tíos estaban allí con sus hijos, las niñas y las mujeres grandes comadreaban de igual a igual mientras iban cayendo los granos amarillos en un bonito y dorado montículo. ¡Ah, qué mi viejo!, le daba harto gusto vernos a todos allí. Era una fiesta.
Pero la ciéniga poco a poco se fue olvidando: los tíos partieron a trabajar a otros lados, los nietos se despegaron de la tierra, fuimos a la preparatoria y luego a la universidad. Dejamos tirada la parcela. Solo el viejo siguió allí, empecinado, laborioso, fuerte ante el olvido, con sus eternos cigarros sin filtro y el cuartito de brandy en la bolsa del pantalón, mastique y mastique los días que se apelotonan torrenciales sin misericordia. No sé qué pasará con la milpa el día que nos falte ese viejo. La tierra está muy dolida ya y no ha dado nada. Nomás no creció la mata, no dio su verdor dorado, no bendijo las alargadas y mullidas y tiesas y pecosas manos llenas de arrugas grandes y chicas.
Dice mi viejito que es el maíz del vecino, que trajo y sembró un grano malo, una semilla envenenada que no es fértil y contagia a las otras. Dice que la tierra se puso mala desde que el vecino quiso probar. El silencio acurrucado es mejor, es mejor el soliloquio mental y el desencuentro imperfecto de la voz y el oído. Yo me quedo muda de tanto dolor rancio, del jarabe apestado que deja de ponerse a los raspados porque ya nadie los compra, de los bloques de hielo que se le derriten, del deterioro del triciclo que ya no luce los colores brillantes del sol, de la ciéniga rota, del monstruo que habita en la semilla venenosa, de las muchas arrugas y los muchos años del viejo que con muchas penas va empujando el triciclo…  

miércoles, 12 de junio de 2013

La invectiva


Vagaba sin rumbo, en la podredumbre de sus desesperanzas, saltando entre las inmundicias de este mundo estéril e ignoto. ¿Qué puede hacer ante este estercolero de violencia? ¿Luchar contra corriente o verter lágrimas salubres de dolor e impotencia? Es la realidad de los aconteceres cotidianos de un país en crisis y un hombre como tantos otros hundido en la monotonía de la labor diaria. Y su camino es incierto, pues su paso dubitativo lo hace tropezar una y otra vez en la máquina del deber social.
El suicidio
Edouard Manet
 Cada día su vida se convertía en una diatriba contra su mundo real; contra el jefe, contra la esposa, contra los hijos, contra el vecino, contra su propia vida. Morir, ¿qué más da? ¿Así es esta urgencia por caducar su existir? Vamos, morir es fácil, vivir es difícil. El morir es apático y causa flojedad abúlica, carcome las entrañas, y hace al ser humano asesinarse por su propia voluntad, por el deseo propio de destrucción por efecto de la tensión excesiva. Es la muerte física sin objetivos, sin finalidad, y sin memoria. Así esta muerte es en vano, mas aquella que precede al renacimiento espiritual como en la iniciación, en que se experimenta la oscuridad de la muerte antes del nacimiento del nuevo hombre en su resurrección y reintegración es la que produce el cambio de un estado del ser a otro, la reunión del cuerpo con la tierra y del alma con el espíritu, y la memoria del que ha partido permanece en las personas que lo han amado cuando estaba vivo. Una memoria que quedará impregnada para las futuras generaciones por todas las acciones virtuosas que el que ha fenecido prodigó en su momento.
Sin embargo, el solitario ser que vive y sobrevive en la vorágine del mercado laboral, aun teniendo familiares, no se exime de padecer esta abulia que lo hace no querer vivir. ¿Cuál es la causa? Un ente depresivo, antisocial, un estereotipo de hombre sin ilusiones, cansado de lidiar con la monotonía de la realidad de una oficina mal iluminada, sucia, y apartada. Trabajar solo por mal comer en la calle cuanta inmundicia se le ponga al frente. Más complicado si el consumo de nutritivos alimentos cuesta un ojo de la cara. Un jefe prepotente que lo fuerza a trabajar horas extras, unos compañeros que le hacen bromas pesadas, burlándose de su apatía sin saber que ellos mismos están en la misma condición. Una esposa que, cuando cansado y aburrido llega a su casa, lo recibe con reclamos y quejas, y además toda fachosa; una mujer también cansada y aburrida de las labores domésticas y los gritos y pleitos entre los hijos y hacia ella, y aún más, tiene que escucharla quejarse por las imprudencias y maldades del vecino.
Y qué decir del suicida que por cualquier nimiedad quiere acabar con su pequeña vida debido a que la novia le gritó que ya no lo quiere o que ya está agobiado por la esposa que le impide ver a los hijos, o que cayó en el vicio del alcoholismo y se convirtió en una enfermedad difícil de aceptar. O aquel a quien se le ocurre la “brillante” idea de lanzarse a las vías del metro para terminar con todo lo que le aflige. Así pues, en este país de las maravillas todo lo estrambótico que puede existir se percibe en nuestra sociedad que se cae a pedazos, a pesar de verse en las calles a personas que hablan a solas con gente invisible por medio de un minúsculo aparatito de última moda para no sentirse aislados en la mayoría de los casos.
¿Cómo se soluciona? A partir de darse una cuenta del hecho de que el cerebro es un engranaje tan complejo y de que las personas —bien reza el vulgo: “cada uno tiene su propio mundo en la cabeza” o “cada cabeza es un mundo”― no han sido capaces de encontrar la salida a esta problemática; una salida para aquellos seres humanos que han tenido la desgracia de encontrarse en esas situaciones tan complicadas para ellos, y que no sea su único efugio la muerte.
Zuzana Chandomí.