domingo, 7 de julio de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

POR FIN ERA LA CALMA

La angustia de la noche anterior había dejado de ser una opresión en la garganta, un ahogo, y un laberinto con solo una salida. Sentada con la vista fija en la danzante llama, mientras que sus manos recargadas sobre las piernas sostenían un pedazo de papel higiénico arrugado por tanto uso, trataba de fijar en la memoria la figura, el timbre de la voz y lo dicho, tal vez también el aroma. Esa era la razón que la hacía volver una y otra vez sobre sus recuerdos; los cuales al principio ganaban en riqueza, detalles nuevos se desvelaban tras una segunda, tercera, cuarta…, lectura: una arruga en la camisa, un brillo que se colaba por la ventana, la aspereza que tenía el rostro mal rasurado. Sin embargo, llegó el momento en que ya no hubo más, incluso cada retorno comenzó a desgastar la nitidez que había logrado en ellos.
Gansos
Laura Beticia Aguilar
          Alguien de la familia tose, son las tres de la madrugada y el frío comienza a colarse bajo la piel, la euforia ha abandonado a los aún presentes que se resignan a quedarse quietos en sus sitios. Ya se han contado todas las anécdotas posibles. Soñolientos todos, se resisten a la derrota, pero sus mentes divagan, trémulas sombras haciendo guardia ante el abismo. Las calles deben de estar casi desiertas y las luces de las casas apagadas.
Cuando lo trajeron, ella quería que los dejaran solos. Sacar la maleta en donde estaban guardadas, junto con los papeles más diversos, las pocas fotografías que tenían, y contarle, otra vez, como se había salvado de la fiereza de los gansos cuando era niño, gracias a la cualidad de andar gateando por el patio en vez de caminar, pues su hermano mayor que sí caminaba, constantemente era atacado por una horda de furiosos patos que se creían dueños de ese territorio. En cambio él y el perro eran respetados por su andar en cuatro patas. Quería contarle también de donde provenía la cicatriz que tenía debajo de la barbilla. Quería… Sin embargo, cuando por fin los dejaron solos tuvo que conformarse con vestirlo. Había tanto por disponer.
Entonces, todavía no era la ausencia, aún era un pinchazo no ubicable que cambiaba de lugar, que se retorcía, que por momentos parecía ser falso. Además, las mismas circunstancias reclamaban cierta atención de su parte, responder a preguntas prácticas de familiares acomedidos que, torpemente, trataban de ser útiles. No sería sino hasta horas más tarde cuando por fin habría de llegar  la calma. Olor a tierra húmeda, a flores dulces en descomposición, a tabaco y a café. El dolor puro, sin angustia, sin incertidumbre, sin más escenarios posibles que lo realmente acontecido.

domingo, 30 de junio de 2013

Se busca

Por María de Jesús Gómez Lazos.

VII
        

A través de tus ojos
Yolanda Ahenández Salas  
Risa vagabunda oculta en la calle. Fragmento de nada. Suspiro de nadie. Magia a su manera. Sueño invulnerable. Emoción de tierra. Ambición de aire. Eres lo que tengo, frente a las vitrinas de los centros comerciales, mi todo inconcluso, el puente de mis mundos. Dicen que has huido porque no te ven… dicen que te saben porque no te ven. A veces me enojas, ¡me aburres! Te ignoro y volteó la cara, no entiendo como de repente descubro mis pasos detrás de tu espalda. Yo no te conozco y por lo general no me inspiras confianza; pero hay algo en tus manos, algo que me gana. Uno de estos días arrojaré los zapatos muy lejos y con ellos la bolsa, las llaves de mi casa, el paraguas; me lavare la cara en un charco, iré a tu encuentro saltando, te cubriré los ojos con mis manos y… adivina.
 

domingo, 23 de junio de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 

Virgo 

I 

Eran cerca de las once, hacía demasiado calor, así que me quité la camisa, sin embargo el vapor que despedía la plancha me sofocaba, solo me faltaban un par de pantalones por planchar pero yo tenía tanto sueño, todo aquel procedimiento lo repetía prenda tras prenda sin pensar mucho, sin sentir nada, escuchando el chisporrotear de la lluvia sobre el pasto del jardín. A veces paseaba mis ojos apagados por los rincones de la cocina, miraba la estufa cubierta de una gruesa capa de cochambre y grasa; me prometía, como tantas veces que ya pronto la iba a limpiar, pero no había tiempo para nada, ni pa' pensarla, pues.
 
Ouija
Iván Andrés Arias García
 
Luego miraba las ventanas empañadas que daban al oscuro patio de atrás, miraba las telarañas colgadas del techo, y las cochinillas en los rincones del roda-pies; luego mi mirada se clavaba en el retablo de la Lupita; le miraba sus ojitos gachos, su piel morena, sus labios tenues y delgados, su semblante de tedio, de sueño, de desmayo. ¡Qué cansada se ve, chinga!, pensaba. Mis ojos caían de los pies de la virgen a las piernas de mis pantalones, cuidando el pliegue, marcando las pinzas, desarrugando cada pedacito de tela... antes de que mi mirada volviera a hacer el recorrido una y otra vez.

Desde mi lejana hipnosis escuche el aullido del teléfono salir de entre las penumbras de la recámara, creo que mi cuerpo subió con lentitud las escaleras y tanteó, entre la oscuridad de la planta alta, el pasaje justo a la recamara, buscó en las penumbras y contestó con muy poca gana. Digo que creo porque en realidad ya no me acuerdo si subimos juntos y entre ambos contestamos la llamada. Según yo lo recuerdo, yo me enteré después justo en el modo en que un amigo te pone al tanto de los hechos en los que no estuviste presente pero que de algún modo te conciernen.

Pues el fulano, el tal este... “mi cuerpo” me contó cuando bajó que había nos llamado el Capirucho, quesque para recordar nos que mañana era la fiesta, que chin chin si yo faltaba, que me tocaba llevar algo de chupe, y que ya había armado el business con la Elena, na' más pa' que me fuera yo animando y que no convenía nos faltar.

¡Puuuta ma'! ¡Qué vato tan gandalla! ¿Viernes? ¿Mañana es viernes? ¡Ah, cabrón! ¿En qué día vivo?

Sentí me despertar un poco, porque vi el rostro, el de mi cuerpo, partirse en dos con una sonrisa de tarado, sin darme cuenta que la plancha ardía sobre mi mano. 

II
 
Me puse el panto azul, el que era del tacuche de mi jefe, me rasuré la cara bien bonito, valiéndome madres que yo siempre había sido bien pinche lampiño; me puse mis papos mas chiditos, y me aventé el kilo de gel pa' tirar rostro. Me monté en la troca y me lanzé pa' Xochimilco a la casa del Capiru, sí me entusiasmaba un buen la idea de ver a la Elenita, la neta es que sí me pasa un resto. Y en el camino me topé un Óxxido y aproveché para comprar los tequilawers. De ahí le metí pata en serio porque ya me había colgado un chingo.

Entre más me acercaba a la casa del Capiru, más me daban ganas de rajarme, pensé en retacharme un par de veces, pero ni madres, ya estaba cerca, ya no me iba a culear. Aunque la neta antes de entrar si me tuve que echar un par de pistos y darme un trenecito porque sí estaba acobardado gacho. Después de aquello ya todo fue el relax.

Crucé la avenida con un tabaco en los labios, toqué la puerta con una mentadita, me abrió el Botargas, y luego luego se alebrestó al ver el chupe. Entré y saludé a la banda, pero entre más me acercaba a las chamacas, sentía que las patas se me hacían de trapo.

Ahí estaba la Elenita, con sus ojos verde mota, más chula que ninguna de las morras, pero nomás la saludé de lejos porque sentía que se me estaba paralizando el miembro y no quería verme muy pervertidote saludando de beso a las morras con la verdura toda tiesa. Además la Elena me pasaba en serio, neta, yo ni la morboseaba, yo no la quería para cogérmela, bueno sí, pero me latía igual para otras cosas, para un putimadral de cosas... Y eso siempre me había valido un pito con mis otras viejas. Pero ella, ella me pasaba hasta pa' platicar. ¡Qué chingaos!, ¿no?

Yo no le quité un puto ojo de encima durante toda la noche, y siento que se dio tinta de eso, a veces ella también volteaba a verme y me sostenía esa mirada que me da un miedo cabrón y yo prefería mirar para otro lado y hacerme bien pendejo.

Fue una fiesta bien pinche fresky, y la neta yo no me quería empedar pa' no hacer ridículos frente a Elenita, era una morra muy sexy, pero era más inteligente, amable, seria y bien bonita.

Al Güero se le ocurrió sacar la güija pa' que jugáramos con el patas de cabra, pero nel, nunca nos contestó, luego al Pochas se le ocurrió que invocáramos al Pedro, el valedor ese había muerto hacía tres años en un desmadre en la Morelos, pero el carnal tampoco nos peló, y así estuvimos haciéndole al wey un rato, y la neta es que yo ni hacía mucho caso porque na' más me la pasaba fisgoneando a la Elena.

Entre todo el desmadre llegó mi turno de invocar a un espíritu súper natural, yo no me la quise pensar mucho y con el tabaco entre los labios murmuré con un sonsonete entre mamón y macabro: Yo les voy a traer de nuevo a este mundo, desde su último sepulcro a la más triste y más vengativa de las almas. A la apuñalada y angustiada... Chokani. Todos me miraron estupidizados sin apenas entender. Necesito sangre virgen, les dije perverso, mientras depositaba todo el peso de mi mirada obscena sobre la carita chula de la Elena... Ella me miró fría intentando aparentar que no sentía vergüenza... Mordí mi meñique hasta que perforé mi piel con los colmillos y extraje un poco de mi sangre y así la lancé en un escupitajo sobre la güija

Y fue ahí... ahí donde empezó a joderse todito...

domingo, 16 de junio de 2013

Acurrucar el silencio

Por: Nidya Areli Díaz.

Yo no sé de acurrucar el silencio, debiera darme miedo el murmullo más quedo, el soliloquio mental, el desencuentro imperfecto de la voz y el oído. Sé de dramáticas noches de chocolate caliente con tamalitos frescos, de comalear de vez en vez el suelo para la siembra, de medir la contrayerba seca para hacer un brebaje medicinal, de costurar lenta y pesadamente los calcetines roídos. Sé de los cuijes nocturnos saliendo apenitas llega al cielo la primera estrella, de dobletear los trabajos cuando sube el pasaje y la comida, del empiojamiento postmortem que sufren los pobrecitos adelantados, de la encatrinada vecina de enfrente siempre de tacones. Sé de mi escribidera árida y rebuscada,  del erizo espinero al final de la calle principal del pueblo, del fuetazo del padre al hijo, de la doñita santa que ayuda a nacer las criaturas…
Viejo andino
Aureliano Alfonzo Barrios
          Nos robaron la nochebuena. Los muy canijos se pasaron de cabrones con nuestra flor bendita. Robaron a nuestros muertos con sus glorias osadas. Robaron nuestro himno lúgubre, de tal suerte que ahora debemos pedírselos emprestado. Nos han robado tanto que no nos quedan ni dientes para emitir un crujido de dolor. ¡Pobres de las flores que ya no pueden nacer sin permiso, de las arboledas que quedan sin vida, sumidas en un peñasco triste, de los canales que no conocen ya más que el agua pantanosa de caca y meados, de los inocentes niñatos sin tortas de puro aguacate con queso!  ―Pase, usted, abuelo― le digo al viejo, y me quedo piense y piense en la milpa que no crece. ¿Qué tiene la milpa?, digo, y el silencio acurrucado hace un eco platicón, de muerte sin muertos, con la desesperación del hombre que ni sonríe ni contesta, nomás entra despacio con sus años y se sienta tímido, como pidiendo disculpas, como quien se sabe apestado por el mundo.
Hace mucho que no chista nada, que no acompaña por la mañana el café con su cocol, que no dice ni pregona sus cantos por la plaza del kiosco ni toca la trompetilla para atraer a niños y adultos, que con mucha pesantez arrastra el triciclo de aquí para allá pero sin jolgorio ni alegría, como un cristo que cargara su cruz de camino al Gólgota. El viejo está ya tan viejo que apenas sostiene el raspador con su mano pecosa, temblándole incluso la quijada. Murmura muy quedo si vas a querer tu diablito con limón y chile, lo prepara con hartos trabajos, con desolación y desgaste añoso, derramando el jarabe fuera del vaso, tirando de vez en cuando un poco de hielo. ―Ya no vayas, abuelo―, le he dicho muchas veces, pero él se ofende porque no sabe más que trabajar. Hace sesenta años que sale con el triciclo a vender sus raspados, ¿cómo no hacerlo un día?
El viejo no deja el lloro desde que la milpa está así. Se queda mucho tiempo pensativo con el ceño garrasposo y triste. Yo me pregunto a menudo por qué no estudié algo del campo. Harto campo que tenemos y ya nadie le hace caso. Ya nadie siembra ni ayuda al abuelo con la parcela. Me da pena que la milpa no crece, me atosiga una tristeza insalubre, como la de él. Ya casi nadie le compra sus raspados porque está viejo. A los niños les da asco que un anciano les prepare algo que se van a comer. No saben los condenados que mi abuelo vio crecer a sus padres, ni lo fuerte que era, ni que antes hacía los mejores raspados y que era el único que los vendía, que él inventó los diablitos, que los otros le copiaron.
Desconocemos por qué no crece el maíz, por qué la tierra se puso rebelde tan de repente, por qué se apaga la luz de los ojos de mi viejo. Antes desgranábamos las mazorcas, nos gustaba harto sentarnos todos alrededor del gran montón de maíz seco. Se me hacía que era yo importante a pesar de ser tan niña. Era una de esas veces en que me sentía esencial para la familia y para la vida. Desgranar el maíz era guardar el germen para el otro año, fecundar la prosperidad de la próxima siembra, cumplir con la cuota de Dios para no ser olvidados. Todos en la casa sabíamos: mis tíos estaban allí con sus hijos, las niñas y las mujeres grandes comadreaban de igual a igual mientras iban cayendo los granos amarillos en un bonito y dorado montículo. ¡Ah, qué mi viejo!, le daba harto gusto vernos a todos allí. Era una fiesta.
Pero la ciéniga poco a poco se fue olvidando: los tíos partieron a trabajar a otros lados, los nietos se despegaron de la tierra, fuimos a la preparatoria y luego a la universidad. Dejamos tirada la parcela. Solo el viejo siguió allí, empecinado, laborioso, fuerte ante el olvido, con sus eternos cigarros sin filtro y el cuartito de brandy en la bolsa del pantalón, mastique y mastique los días que se apelotonan torrenciales sin misericordia. No sé qué pasará con la milpa el día que nos falte ese viejo. La tierra está muy dolida ya y no ha dado nada. Nomás no creció la mata, no dio su verdor dorado, no bendijo las alargadas y mullidas y tiesas y pecosas manos llenas de arrugas grandes y chicas.
Dice mi viejito que es el maíz del vecino, que trajo y sembró un grano malo, una semilla envenenada que no es fértil y contagia a las otras. Dice que la tierra se puso mala desde que el vecino quiso probar. El silencio acurrucado es mejor, es mejor el soliloquio mental y el desencuentro imperfecto de la voz y el oído. Yo me quedo muda de tanto dolor rancio, del jarabe apestado que deja de ponerse a los raspados porque ya nadie los compra, de los bloques de hielo que se le derriten, del deterioro del triciclo que ya no luce los colores brillantes del sol, de la ciéniga rota, del monstruo que habita en la semilla venenosa, de las muchas arrugas y los muchos años del viejo que con muchas penas va empujando el triciclo…  

miércoles, 12 de junio de 2013

La invectiva


Vagaba sin rumbo, en la podredumbre de sus desesperanzas, saltando entre las inmundicias de este mundo estéril e ignoto. ¿Qué puede hacer ante este estercolero de violencia? ¿Luchar contra corriente o verter lágrimas salubres de dolor e impotencia? Es la realidad de los aconteceres cotidianos de un país en crisis y un hombre como tantos otros hundido en la monotonía de la labor diaria. Y su camino es incierto, pues su paso dubitativo lo hace tropezar una y otra vez en la máquina del deber social.
El suicidio
Edouard Manet
 Cada día su vida se convertía en una diatriba contra su mundo real; contra el jefe, contra la esposa, contra los hijos, contra el vecino, contra su propia vida. Morir, ¿qué más da? ¿Así es esta urgencia por caducar su existir? Vamos, morir es fácil, vivir es difícil. El morir es apático y causa flojedad abúlica, carcome las entrañas, y hace al ser humano asesinarse por su propia voluntad, por el deseo propio de destrucción por efecto de la tensión excesiva. Es la muerte física sin objetivos, sin finalidad, y sin memoria. Así esta muerte es en vano, mas aquella que precede al renacimiento espiritual como en la iniciación, en que se experimenta la oscuridad de la muerte antes del nacimiento del nuevo hombre en su resurrección y reintegración es la que produce el cambio de un estado del ser a otro, la reunión del cuerpo con la tierra y del alma con el espíritu, y la memoria del que ha partido permanece en las personas que lo han amado cuando estaba vivo. Una memoria que quedará impregnada para las futuras generaciones por todas las acciones virtuosas que el que ha fenecido prodigó en su momento.
Sin embargo, el solitario ser que vive y sobrevive en la vorágine del mercado laboral, aun teniendo familiares, no se exime de padecer esta abulia que lo hace no querer vivir. ¿Cuál es la causa? Un ente depresivo, antisocial, un estereotipo de hombre sin ilusiones, cansado de lidiar con la monotonía de la realidad de una oficina mal iluminada, sucia, y apartada. Trabajar solo por mal comer en la calle cuanta inmundicia se le ponga al frente. Más complicado si el consumo de nutritivos alimentos cuesta un ojo de la cara. Un jefe prepotente que lo fuerza a trabajar horas extras, unos compañeros que le hacen bromas pesadas, burlándose de su apatía sin saber que ellos mismos están en la misma condición. Una esposa que, cuando cansado y aburrido llega a su casa, lo recibe con reclamos y quejas, y además toda fachosa; una mujer también cansada y aburrida de las labores domésticas y los gritos y pleitos entre los hijos y hacia ella, y aún más, tiene que escucharla quejarse por las imprudencias y maldades del vecino.
Y qué decir del suicida que por cualquier nimiedad quiere acabar con su pequeña vida debido a que la novia le gritó que ya no lo quiere o que ya está agobiado por la esposa que le impide ver a los hijos, o que cayó en el vicio del alcoholismo y se convirtió en una enfermedad difícil de aceptar. O aquel a quien se le ocurre la “brillante” idea de lanzarse a las vías del metro para terminar con todo lo que le aflige. Así pues, en este país de las maravillas todo lo estrambótico que puede existir se percibe en nuestra sociedad que se cae a pedazos, a pesar de verse en las calles a personas que hablan a solas con gente invisible por medio de un minúsculo aparatito de última moda para no sentirse aislados en la mayoría de los casos.
¿Cómo se soluciona? A partir de darse una cuenta del hecho de que el cerebro es un engranaje tan complejo y de que las personas —bien reza el vulgo: “cada uno tiene su propio mundo en la cabeza” o “cada cabeza es un mundo”― no han sido capaces de encontrar la salida a esta problemática; una salida para aquellos seres humanos que han tenido la desgracia de encontrarse en esas situaciones tan complicadas para ellos, y que no sea su único efugio la muerte.
Zuzana Chandomí.
 

domingo, 9 de junio de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

UN DÍA
Cuando sonó la alarma de mi teléfono celular sentí, como cada día, que debería arrojarlo fuertemente contra el piso y continuar descansando. Últimamente me cuesta mucho trabajo conciliar el sueño: apenas consigo dormir algunos minutos cuando ya está sonando el maldito aparato. Sin embargo, contrario a mis deseos, tuve que sentarme a la orilla de la cama; así, a oscuras, y comencé a rasurarme. Hace tiempo que huyo de mirarme en los espejos.
El espejo atormentado
Egon Schiele
El ruido de la lluvia, que regresaba precisamente ahora que me preparaba para salir, me hizo pensar que sería un mal día. Agreguémosle que, ¡idiota de mí!, otra vez me corté. ¿Cómo es posible que aún no consiga acostumbrarme? La gota gorda que corrió por mi mejilla me obligó a entrar al cuarto de baño y encender la luz para mirar el desperfecto. Ahí estaba, era una cortada de medio centímetro que pretendía arrancar una parte de la amplía cicatriz: solo una pequeña cicatriz que se sumaba sin añadir nada a la otra. Me puse un poco de cinta y pasé a la cocina a tomar un vaso de leche antes de salir.
Al llegar a las oficinas vi que el Firuláis ya me estaba esperando dentro del carro; ni siquiera iba a poder fumarme un cigarro antes de comenzar la jornada. Encendí el motor y esperé la orden… Vagamos sin sentido por la ciudad toda la mañana, en silencio. El tedio aumentaba conforme transcurrían las horas, de vez en cuando miraba con deseo el bolsillo de la camisa donde permanecían intactos los cigarros.
Odio este trabajo y, sin embargo, es lo único que sé hacer. Después del accidente intenté dedicarme a otra cosa; no había nada para mí, incluso trabajé dos meses como cajero en un minisúper, pero la paga era mala y no me alcanzaba. Si fuera yo solo no tendría problema con eso, pero tengo una hija y, aunque casi no la veo por algunas diferencias que tuve con su madre, no pienso desentenderme de ella. Aquí la paga es mejor y tengo un seguro de vida que servirá de algo. No me quejo, sé que la vida es así, nadie ha dicho que deba ser fácil, se hace lo que se puede.
A las dos de la tarde tomamos rumbo a la plaza, nos tocaba manifestación de nuevo. De unas semanas para acá la cosa se está calentando, corren rumores de que hay algunas células armadas; también se dice que los armados pertenecen a otras corporaciones. La verdad es que en esto nunca se sabe de dónde va a venir el golpe o hacia dónde se va a dar, uno nada más recibe órdenes y las cumple; ruedan cabezas y todo está bien mientras no sea la tuya.
Dejamos el auto estacionado a dos cuadras de distancia y nos metimos a la manifestación a tomar fotos. Como a las cuatro otra vez comenzó a llover. Unos minutos más tarde la gente se esparcía por las distintas calles cercanas a la plaza. Nosotros hicimos lo mismo y estábamos a punto de meternos al carro cuando sonaron los primeros disparos. En poco tiempo la gente corría de un lado a otro, volaban piedras, se empujaban unos a otros, se escuchaban los gritos de alguien que desde el suelo suplicaba que no lo pisaran.
El cobarde Firuláis se escudó detrás de mí, pero con todo y eso no se pudo salvar, una piedra que trazó una parábola en el aire le dio justo en el rostro. No era grave, así que me limité a observar cómo gemía mientras una lágrima asomaba de sus diminutos ojos. Los labios se le habían hinchado horriblemente; por un momento tuve la certeza de que iba a caerse; trastabilló unos pasos y luego, con su brazo extendido, se asió del de un joven cualquiera, que trataba de alejarse del alboroto. El muchacho, desconcertado por el tirón, volvió el rostro en el momento en que otra mano se aproximaba hacia su nuca, después fue a dar de cara contra la puerta del vehículo, luego fue molido a patadas por un Firuláis que rabiaba y lo metía a empujones en él mientras me ordenaba que arrancara. —A ver si de veras eres muy machín, cabrón—, le decía a gritos al pobre tipo que estaba completamente desconcertado, a la vez que usaba su cuerpo como costal de entrenamiento. —Tú fuiste de los que dispararon—. Y como el otro lo negaba, le pegaba con la cacha de su arma en la cabeza. Así continúo por varios minutos hasta que el chico dejó de moverse. Entonces por primera vez en este día volteó a mirarme. —Este ya no nos va a servir—, me dijo, y luego regresó a su mutismo de siempre.
 

domingo, 2 de junio de 2013

Se busca

Por María de Jesús Gómez Lazos.

VI
        
¡Se busca!, ella se busca... pero ¿ya fijaron recompensa?, ¿se persigue de oficio?, ¿alcanzará fianza?, ¿cuál será su pena?, ¿cuál es el delito? 

Un día guiñó el ojo poco más de la cuenta. Sería un tic nervioso.
Usó un vestido de tirantes. El calor no discute cuando aprieta.
Tiene amigos imaginarios. Como todos.
Sonríe mucho. Cada quien sabe lo que compensa.
Opina sin pedir el uso de la palabra. Digamos que lo que existe se mueve.
Se viste de rojo sin convicción. Si favorece el color de sus mejillas…
No tiene chiste. En este mundo no todos son comediantes.
Reparte remedios caseros sin prescripción médica. Le viene de familia, eso puede ser un atenuante.
Le falla la ortografía. ¿Escribe manuales de usuario para productos chinos?
Se salta algunas citas. Es libre cuando lee.
Se esperaba más de ella. Seguramente de una desconocida.
No le pone sal a la comida. Ella es sal y lo sabe.
Debe catorce arbolitos. Ya habrá tiempo para reforestar los campos.
Se le pasan las fechas para entregar su colaboración. Innovará en deportes olímpicos.
Es incapaz de hablarle. Si él no viera, no necesitaría escuchar nada.
Es infantil. No tiene raspadas las rodillas.
No ve el suelo donde pisa. Ve las nubes, los astros, el rostro de la gente.
Culpable. Culpable.