Por
César Abraham Vega Guerra.
Tauro
Entonces empezó a llover y
ahí es cuando la cosa de verdad se puso de la chingada, de por sí la noche
estaba bien cerrada y los pinches faros de la troca casi no alumbraban nada;
cuando los relámpagos estallaban en el cielo su luz también surcaba y
electrocutaba toda el agua de las lagunas, el cielo se caía cabrón, se caía en
serio, a los pocos minutos el agua anegó el camino y ya no se veía ni madres,
no podía bajarle porque si lo hacía el agua seguiría creciendo y ahí me iba a
cargar la chingada, era cuestión de minutos para que el agua siguiera subiendo
y cubriera por completo la camioneta, además no podía, tenía que llegar en
chinga. Ya no se divisaba la calzada, las lagunas se habían unido de nuevo, ya
era una sola, gigantesca, voraz, explosiva cuando refractaba la luz de los
rayos, al fondo los volcanes se miraban tan tenebrosos coronados por dos
remolinos de nubes que pareciera, querían tragarse sus cumbres de un
chingadazo. ¡Qué chingón se miraba, maestro! Era una cosa que daría gusto ver
siempre y cuando no estuviera uno a la mitad de la tormenta a punto de que el
agua lo arrastrara al fondo de esas lagunas de la chingada. Seguí acelerando y
la troquita se sesgaba por la potencia del agua, de no ser por los tules que
bordeaban la calzada, jamás hubiera sabido por dónde manejar, me hubiera metido
a la mera laguna sin darme cuenta. La sentí de cerca, muy encabronada, pa’ mí
que ella ya sospechaba que iba a verla, y no me quería dejar llegar. No se
miraba ni madres, cuando pase la planta del toro pasando Valle, un relámpago
hizo día la noche por tres segundos enteros, y miré el paisaje de muerte vacuna
flotar por la laguna, docenas de vacas ahogadas meneadas de un sitio para otro
por las aguas emputadas; cuando volví la mirada al frente el cadáver de una
vaca negra me impacto por la izquierda y ya no supe nada compadre, hasta que
amanecí en este pútrido hospital.
La
voy a encontrar Martín, estoy bien cercas, la voy a encontrar, me cae de huevos
que esta vez si la apaño… no puede darme al traste… lo sabe… y sabe que me
acabo de dar tinta de eso… esta vez sí apaño a la chokani, Martín. La voy a
apañar aunque me truene otros doce huesos.
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