Por Nidya Areli Díaz Garcés.
2. La CIFON
La Corporación de Formación e Investigación Nuclear
estaba ubicada al este de una isla
grande denominada Sección 29 que a su
vez se situaba entre el océano Atlántico y el Caribe. De proporciones
majestuosas, la CIFON ocupaba la décima parte de la isla; el clima, ahora frío,
había sido muy cálido en algún momento no hacia demasiado tiempo, antes del
deshielo. En el centro se hallaba el Edificio de Gobierno, un hexaedro de enormes
proporciones coronado una capsula estática y colosal; una edificación gris como
todos los inmuebles, minimalista, sincrético; a lo lejos parecía, el
apartamento superior, una nave espacial flotante.
De esta construcción se extendían otros hexaedros simétricamente
ubicados de los que a la vez nacían otros más, separados por pasillos anchos y
verdes y que desembocaban en una pequeña fuente también minimalista y siempre
solitaria. El ala norte del conjunto pertenecía al rubro de la investigación:
laboratorios, dormitorios, comedores y centros de esparcimiento para los investigadores, la conformaban. El ala sur
contaba además con salones de clases, auditorios y sala de convenciones. La
mega biblioteca a un lado del edificio de gobierno se compartía por ambas
secciones al igual que el área de deportes y albercas. Toda la red de edificios
estaba meticulosamente concebida y se alimentaba de energía nuclear generada en
las afueras de la corporación en una planta bajo el subsuelo. En el lugar
residían los científicos prominentes, y
los investigadores novatos tanto como el alumnado. Todos contaban el permiso de
salir los fines de semana, pero aquellos cuyas familias vivían lejos debían conformarse con recorrer la
isla, bañarse en la playa o simplemente no salir. La CIFON se había creado
después de “Guerra de fusiones” hacía ya setenta y ocho años, desde entonces el
mundo había cobrado nuevas formas de organización. Mucha gente había emigrado a
la Luna o a alguna de las colonias de Marte. Desechas las naciones de la
Tierra, el globo se reordenó en secciones que contaban doscientas veintiséis,
controladas a su vez por cinco módulos. Ahora el mundo funcionaba con energía
nuclear, volaba un aerobús tanto como se
calentaba una taza de té o funcionaba un anotador portátil gracias a ella. La
CIFON llevaba sus años como la institución líder en el ramo de la investigación
nuclear, auguraba tantos logros para el futuro como avances que, ya en uso,
comprendían las comodidades de la vida
cotidiana. Aunque los programas eran
intensos y extenuantes, muchos estudiantes de otras secciones entraban cada año
como becarios o en intercambio, igual número de investigadores dejaba a sus familias para
contentarse a llevar una vida de soledad y ascetismo con tal de laborar en ese
lugar. La CIFON era una oportunidad para muchos, las metas individuales se
traducían en avances y descubrimientos tecnológicos que, a su vez, sustentaban
la plataforma financiera de la institución y daba oportunidad a que otros
ingresaran. En el ambiente riguroso del lugar era difícil hacer amigos, los
dormitorios individuales impedían distracciones a profesores y alumnos tanto
como a directivos e investigadores. Sólo
algunos profesores del ala de formación trabajaban también en proyectos de
investigaciones especiales. Tal había sido el caso del doctor C’ell que se
distinguía en la corporación por su entrega y tesón por el trabajo científico.
Los cursos más intensos se completaban en catorce años, los menos largos
duraban ocho. Verdaderos genios se formaban en aquellos hexaedros, los
laboratorios súper equipados no tenían precedente ni comparación en todo el
globo. Sólo los más destacados lograban permanecer, la institución que movía
miles de intereses en el mundo se mantenía tan rígida e impecable como el primer
día, sobresalía por sus múltiples cualidades. Se comía cinco veces al día, era
obligatoria una hora diaria de actividad física en cualquiera de las opciones
disponibles, cuatro horas estaban destinadas al esparcimiento que cada quién
empleaba a su antojo, se estudiaban algunas lenguas del pasado orden además del
idioma universal y, en fin, la vida no dejaba tiempo para más opciones.
Dedicada a la investigación nuclear, la CIFON gastaba una buena suma en
proyectos periféricos que completaban su liderazgo, gracias a uno de estos
proyectos periféricos impulsado por el médico neurocirujano Angelo Bikeko, se
podía presumir en los círculos más selectos de haber logrado la transferencia y
rescate cerebral. El doctor C’ell pertenecía ahora a los siete prototipos
exitosos en todo el sistema solar.
2 comentarios:
La narrativa me parece de lo más cursi, hay que ver los estantes de ciencia ficción de cada librería retacados de lo mismo. Leí los dos capítulos y, aunque atrapan, es una narrativa facilona. No se reprocha el estilo sino el fondo.
J. V.
Sería interesante que dieras más detalles.
Alex Roche.
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