domingo, 24 de febrero de 2013

Novela 2

Por Nidya Areli Díaz Garcés.
 
2. La CIFON
 
La Corporación de Formación e Investigación Nuclear estaba ubicada al  este de una isla grande denominada Sección 29 que a su vez se situaba entre el océano Atlántico y el Caribe. De proporciones majestuosas, la CIFON ocupaba la décima parte de la isla; el clima, ahora frío, había sido muy cálido en algún momento no hacia demasiado tiempo, antes del deshielo. En el centro se hallaba el Edificio de Gobierno, un hexaedro de enormes proporciones coronado una capsula estática y colosal; una edificación gris como todos los inmuebles, minimalista, sincrético; a lo lejos parecía, el apartamento superior, una nave espacial flotante.
 
          De esta construcción se extendían otros hexaedros simétricamente ubicados de los que a la vez nacían otros más, separados por pasillos anchos y verdes y que desembocaban en una pequeña fuente también minimalista y siempre solitaria. El ala norte del conjunto pertenecía al rubro de la investigación: laboratorios, dormitorios, comedores y centros de esparcimiento para los  investigadores, la conformaban. El ala sur contaba además con salones de clases, auditorios y sala de convenciones. La mega biblioteca a un lado del edificio de gobierno se compartía por ambas secciones al igual que el área de deportes y albercas. Toda la red de edificios estaba meticulosamente concebida y se alimentaba de energía nuclear generada en las afueras de la corporación en una planta bajo el subsuelo. En el lugar residían los científicos prominentes,  y los investigadores novatos tanto como el alumnado. Todos contaban el permiso de salir los fines de semana, pero aquellos cuyas familias vivían  lejos debían conformarse con recorrer la isla, bañarse en la playa o simplemente no salir. La CIFON se había creado después de “Guerra de fusiones” hacía ya setenta y ocho años, desde entonces el mundo había cobrado nuevas formas de organización. Mucha gente había emigrado a la Luna o a alguna de las colonias de Marte. Desechas las naciones de la Tierra, el globo se reordenó en secciones que contaban doscientas veintiséis, controladas a su vez por cinco módulos. Ahora el mundo funcionaba con energía nuclear, volaba un aerobús  tanto como se calentaba una taza de té o funcionaba un anotador portátil gracias a ella. La CIFON llevaba sus años como la institución líder en el ramo de la investigación nuclear, auguraba tantos logros para el futuro como avances que, ya en uso, comprendían las comodidades de la  vida cotidiana. Aunque los programas  eran intensos y extenuantes, muchos estudiantes de otras secciones entraban cada año como becarios o en intercambio, igual número de   investigadores dejaba a sus familias para contentarse a llevar una vida de soledad y ascetismo con tal de laborar en ese lugar. La CIFON era una oportunidad para muchos, las metas individuales se traducían en avances y descubrimientos tecnológicos que, a su vez, sustentaban la plataforma financiera de la institución y daba oportunidad a que otros ingresaran. En el ambiente riguroso del lugar era difícil hacer amigos, los dormitorios individuales impedían distracciones a profesores y alumnos tanto como a  directivos e investigadores. Sólo algunos profesores del ala de formación trabajaban también en proyectos de investigaciones especiales. Tal había sido el caso del doctor C’ell que se distinguía en la corporación por su entrega y tesón por el trabajo científico. Los cursos más intensos se completaban en catorce años, los menos largos duraban ocho. Verdaderos genios se formaban en aquellos hexaedros, los laboratorios súper equipados no tenían precedente ni comparación en todo el globo. Sólo los más destacados lograban permanecer, la institución que movía miles de intereses en el mundo se mantenía tan rígida e impecable como el primer día, sobresalía por sus múltiples cualidades. Se comía cinco veces al día, era obligatoria una hora diaria de actividad física en cualquiera de las opciones disponibles, cuatro horas estaban destinadas al esparcimiento que cada quién empleaba a su antojo, se estudiaban algunas lenguas del pasado orden además del idioma universal y, en fin, la vida no dejaba tiempo para más opciones. Dedicada a la investigación nuclear, la CIFON gastaba una buena suma en proyectos periféricos que completaban su liderazgo, gracias a uno de estos proyectos periféricos impulsado por el médico neurocirujano Angelo Bikeko, se podía presumir en los círculos más selectos de haber logrado la transferencia y rescate cerebral. El doctor C’ell pertenecía ahora a los siete prototipos exitosos en todo el sistema solar.  
 
 
 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La narrativa me parece de lo más cursi, hay que ver los estantes de ciencia ficción de cada librería retacados de lo mismo. Leí los dos capítulos y, aunque atrapan, es una narrativa facilona. No se reprocha el estilo sino el fondo.
J. V.

Anónimo dijo...

Sería interesante que dieras más detalles.
Alex Roche.