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domingo, 14 de abril de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

Noche
La lluvia toca suavemente a la ventana, el respirar  acompasado, casi tranquilo. De vez  en cuando un leve gemido, un sobresalto en el pecho te hace acariciar su mejilla, abrazarla un poco más fuerte. En vano tratas de imaginar su pesadilla jamás asible, monstruo de cien cabezas que siempre se recompone ¿cómo atacarlo si está dentro de ella? A veces en la desesperación más terrible has concentrado todas tus fuerzas para asestarle el golpe definitivo y después salir huyendo.
Te imaginaste bajo la lluvia corriendo al lado del río embravecido que se lleva nuestra mierda al mar, imaginaste el contacto frío del agua y tus lágrimas calientes, imaginaste la desesperación del arrepentimiento sin salida, pero ¡sorpresa!, tu golpe siempre acertó en la niña asustada que se deshacía de dolor, luego tu arrepentimiento, el asco, tus maldiciones contra un dios en el cual ya no creías, al cual ya no podías volver por más que te esforzaras en mentirte. El rostro en el espejo que te mira con los ojos inyectados de sangre, la voz interna que dice que tienes que seguir incluso sin motivos, aunque todo esté perdido desde el comienzo.
Un sudor tibio cubre todo su cuerpo y en los espacios donde el tuyo lo toca la humedad los pega. Por vez primera, sólo por un breve momento te sientes pleno. El  cuerpo tibio, el aroma de su cabello en el cual te internas como en un bosque donde se puede respirar con tranquilidad mientras ella duerme. Lluvia que repta en los cristales. Impúdicamente estudias cada uno de sus gestos, reconoces con las manos ese espacio ajeno que, lleno de asombro, miras resplandecer en la oscuridad. Afuera los camiones de carga pasan arrancándole estertores al silencio, los imaginas como rectángulos distorsionados en color sepia que, conforme se alejan, disminuyen en proporción.
El tiempo que no perdona nada avanza y, conforme presientes la llegada del día, la angustia va aumentando. Cerdo satisfecho te dice la conciencia y tu felicidad se escapa, te saca la lengua. Las nubes negras, los buitres melancólicos, los niños de la calle, los cerdos que desde el púlpito adormecen al rebaño, sus camionetas de lujo, tu abuelo viejo que dice que ya no tiene fuerzas para levantar la cosecha, todo por dos mil pesos
La gente enloquecida por el poder, aprendiendo a bajar la cabeza hasta que les llegue su oportunidad de destrozar cráneos, ¿de sentirse vivos? Toda la angustia que llevas arrastrando sin que por ello se deshilache un poquito, ¿cómo vas a vencer si te enseñaron a no hacer trampa aunque ellos siempre la han hecho? Suena la alarma, sólo un breve tic que de inmediato callas, te liberas de sus brazos, ella te busca como un gatito ciego, la cubres, le das un beso y sales sin esperanza.  

domingo, 8 de julio de 2012

Columna vertebral


EN LA OSCURIDAD



Al asecho
Dana Heil
Otra vez tarde… Mientras tiras las prendas sobre el piso percibes el olor del tabaco. Para mí, a pesar de este maldito vicio tu aroma es distinguible, la habitación se ha llenado de él como tus pupilas que aún no se adaptan a la oscuridad, mientras me buscas tratando de guiar los pasos con el ascua del cigarrillo que apague en cuanto entraste semidesnuda, ahí, solo tus bragas blancas cubren ligeramente el sexo, cálido, líquido que se ofrece palpitante todas las noches, me gusta esperarte “oculto”, jugar a ser el animal que asecha entre penumbras a la presa, aunque estoy seguro de mi papel que ha sido siempre el otro, el de la presa, al final de todos los días te aguardo con paciencia metido en este cuarto que siempre huele a humedad, te quedas parada ahí, a mitad de la alcoba, de pie esperas, afuera sopla el viento amenazador entre pinos y abetos que claman al contacto de sus garras, también a ti te toca, tiemblas, suelto la última bocanada de humo que empieza a asfixiarme, me levanto y camino hacia la puerta pero sabes que es mentira muy pronto estaré junto a ti, entonces cuando tome tus muñecas llevarás una al pecho y la otra al vientre, cada gemido marcará un leve estremecimiento mientras nos confundimos en un solo cuerpo, en ese instante olvido por un momento tu traición, ahora él ya no existe, recuerdo el rostro de Mariana su madre cuando sepultaron las cenizas de Gustavo, mi mejor amigo. ¿Por qué?, preguntaba mirándome, se refería a las puñaladas que recibió él en su gran casa, pues justo en plena sala encontraron el cadáver nadando en un oscuro charco de sangre nauseabunda, después de todo, ni una sospecha, hasta hoy no saben absolutamente nada de las causas…
          Te digo que recuerdo la mirada de Mariana todos los días al amanecer, en tanto enciendo el primer cigarrillo, es cuando pierdes la sonrisa, te posas sobre un espejo lejano mientras divagas, luego tratas de confortarme, Gustavo mi mejor amigo desde hace varios meses reducido a cenizas, guardado en una urna…
          Debo irme al trabajo pero antes me preparo para la ducha, abro la llave de la regadera y el agua cae de lleno en mi espalda erizada, te bañarías conmigo me lo has dicho tantas veces, pero no soportas mi costumbre de hacerlo con agua fría, es mejor así, finalmente, mientras paso la navaja de afeitar sobre mi rostro recuerdo ese semblante. Mariana preguntó ¿Por qué?, es extraño que Gustavo me observara de la misma forma, al darle el primer golpe con la navaja, me sentí mal, no lo soportaba, entonces para acabar pronto le di uno, otro, luego otro más, no supe cuantos fueron (dicen que veintiuno), no recuerdo bien, al terminar dije con esto queda saldada la cuenta de lo que hiciste con mi mujer, no sé… Él lo había negado…
          La verdad es que no me traicionaste con él ni con otro, pero quizá un día pudiera suceder, por eso lo hice, al principio pensé negarme pero ni lo sospecharon, ahora sé que no mentiría yo no fui el asesino, no podría, fue el otro el que es paciente y te acecha todas las noches mientras te desnudas bajo las sombras en espera del momento exacto para saltar y amarte, yo no podría, siempre desespero y me ahogo ante la idea de tu traición.

Jorge Iván Dompablo.


domingo, 10 de junio de 2012

Columna Vertebral


Alegoria de la píntura al arte de la música
Albert Joseph Moore

La música es parte fundamental de nuestras vidas. Resultaría raro pensar en un sólo día en que no hayamos escuchado por lo menos un fragmento de algún tema, ya sea por voluntad propia o porque las circunstancias nos obligaron a ello. Ello  ocurre frecuentemente durante nuestros viajes en el transporte público, en el lugar donde trabajamos, en nuestras salidas al mercado, e incluso en nuestra propia casa (no faltará ese vecino que, con singular alegría, subirá todo el volumen de su aparato de audio para compartirnos muy amablemente  lo que escucha). Este gusto por la música es algo que se viene cocinando desde hace ya varios milenios. Sabemos por el dibujo que se encuentra en la cueva de Gabillou (en Francia) y que fue hecho por un hombre del paleolítico, (que data del año 12000 a. C.) en el que se representa la figura de un hombre danzando, que ya en esa época la música formaba parte de la vida de las personas. Desde ese entonces hasta la actualidad han acontecido muchas transformaciones y, para ilustrarnos, baste pensar en todos los instrumentos musicales con sus respectivos procesos evolutivos.
          Así como la música tiene una historia que es colectiva a la humanidad, también tiene una historia personal con cada uno de nosotros, podríamos incluso tratar de establecer una especie de mapa musical que tendría que incluir una serie representativa de temas que al escucharlos nos hacen sentir algo especial; es por esta característica que José Doménech Part define a la música como “el arte de ejercer influencias sobre el espíritu humano mediante una combinación  de sonidos y silencios”. En algunas ocasiones, lo que escuchamos nos provoca esas sensaciones por simple evocación, pues trae a la memoria a alguna persona o época específica de nuestras vidas. Sin embargo, el proceso no siempre es el mismo. Existen sensaciones especificas que están fuera del campo de esas remembranzas, así por ejemplo, ciertas notas musicales ejecutadas con un piano nos pueden llegar a doler en una parte de nuestro ser que no podríamos ubicar con precisión, aunque tuviésemos una vista completa de nuestro cuerpo por dentro y por fuera. Aquí cada uno tendrá su instrumento o instrumentos (de tortura) favoritos que, por cierto, no sólo provocan sufrimiento porque también pueden llenarnos de un placer sobrenatural.
          Una de las cualidades más interesantes de la música es que podemos adentrarnos en algún tema como exploradores en una selva virgen  y  descubrir con asombro todos los elementos que la conforman y le dan vida propia y, para ello, no queda más que aguzar bien el oído y disponer las orejas cual receptores satélites.
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 13 de mayo de 2012

Columna vertebral


Pan payés
Jesús Codina Pérez


DESENCANTO

Debo comer del pan agusanado,
esta noche me quito el desconsuelo
y ofrezco a una ramera mi costado,
oscura mercancía sobre el suelo.
Me guardo el corazón ya disecado,
en nubes blancas con los buitres vuelo,
esta noche me pierdo entre la gente
cansado de seguir contra corriente.

                                                                          Jorge Iván Dompablo.

domingo, 15 de abril de 2012

Columna vertebral


Unos cuantos piquetitos
Frida Kahlo

PERSPECTIVAS
Recostada sobre una vieja barda de ladrillos rojos, en el límite aún ámbar de la tarde moribunda, hay una gata (pantera en miniatura de ronroneo apacible) de pelaje gris que observa intrigada, desde el verde profundo de sus ojos, los ademanes carentes de sentido que realizo; sólo un par de manos temblorosas que anhelan acariciar, sin conseguirlo, las formas invisibles de la briza que mana de los robustos cipreses, a la vez que de mis cabellos húmedos se deslizan, una a una, breves y cristalinas gotas.
          Desnuda y triste, una mujer yace sobre las sabanas manchadas de un rojo atroz en la tarde agonizante de luz, su mirada llena de un odio profundo de pantera se pierde en un punto lejano de la habitación. Mientras me visto parsimoniosamente comienzo a percibir el sutil murmullo que se produce a causa del subir y bajar convulsivo de su pecho, pero hace mucho tiempo que yo no siento nada, sólo mis dedos aún no olvidan el calor de las formas exquisitas de su cuerpo lánguido- suplicante. De mis cabellos escurren agrias gotas de sudor.
          Hay un brillo intenso, un aleteo fugaz que apenas comenzado enmudece. Una vieja locomotora que avanza alegremente sobre el tiempo, sueños color sepia que se repiten, hojas secas que mis pasos nocturnos trituran, parques vacios cada vez más borrosos donde presiento haber perdido algo, el último furgón amarillo como la tarde pasa cargado de personas, los niños que juegan junto a los riéleles lo siguen con la mirada hasta que nada más perciben, distantes, un par de líneas cada vez más pequeñas y cercanas entre si y un zumbido que carcome el metal… Después un gesto de extrema felicidad desciende lento y se posa para siempre sobre mis labios, siento cómo ella me toma entre sus suaves brazos blancos y cubre con su aliento mi universo…
          Hay una mujer recostada que, desnuda y triste, observa a través del cristal de la ventana a una gata gris dormir sosegadamente sobre una barda roja en la tarde azul de luz doliente, mientras que de mis sienes brotan delicadas gotas de sangre que van formando un pequeño lago oscuro que se aleja.
Jorge Iván Dompablo.