Por María de Jesús Gómez Lazos.
III
Luchan los peces contra las redes, cada uno con sus propias
agallas y para cantar el canario tuvo que escucharle a otro la tonada.
Erase una vez una golondrina que buscaba el nido. Voló
por los prados, por los valles; llegó a una ciudad desierta, entró a las casas
sin tocar las puertas, bebió agua, mucha agua y comió granos que antes jamás probara.
Y al tomar el agua y al comer los granos, escuchó a otras aves que tomaban
agua, que comían más granos. Así, día tras día, bebiendo y comiendo, oyendo y
buscando se quedó muy sola, más de lo que estaba.
Mi niña querida, mi amorosa y tierna; cierra tus
ojitos, no escuches el eco. La noche está cerca y viene atormentada. Métete a
la cama, sube los piecitos iremos a España.
Dulce niña mía, sueña que te cuento, duerme y no
preguntes más, mi alma; mañana se abrirá otro día, mañana por esta ventanita un
corazón inquieto agitará las alas.
Y llegó una noche, y de ella una lágrima. Se ahogaron
los peces sin salir del agua. Pero cuenta el viejo, ese que de viejo ya no
tiene nada, que fue de un canario la voz libertaria. En la rama sola cantó su
tonada, de su fiero pico nacieron las águilas y un latir extraño que casi
zumbaba.
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