EL BARBAS
![]() |
| Gato colorido Vanessa García González |
El Barbas llevaba perdido dos semanas más o menos, esa fue la conclusión a la que llegamos por la noche del martes mientras tomábamos café acompañado de galletas de animalitos salidas quien sabe de dónde. Así que aprovechamos para rememorar algunas aventuras de nuestro afamado gato: de color blanco con una pequeña mancha negra debajo del hocico, de allí su nombre. El Barbas había llegado a nuestras vidas dos años atrás, era apenas un niño…, bueno era un cachorrito cuando se lo encontró mi novia justo a tres metros de llegar a la tortillería (yo la acompañaba), le había parecido muy simpático y desamparado pues estaba maullando desconsoladamente y por la calle andaban muchos perros distraídos que aún no lo notaban. Yo en principio no me lo quise llevar, pero ella insistió tanto diciéndome, entre otras cosas, que mi vecino que tenía otro gato “sin duda” lo querría. Más por enternecimiento por ella y por el gato que porque me convenciera su argumento me lo lleve a mi casa. La bolita blanca de pelos no paraba de pedirme que la alimentara.
Mi vecino, por supuesto, me mando por un tubo; de todas formas sólo se lo había comentado por no dejar, pues ya me había encariñado con el gatito y si él lo hubiese aceptado igual y le digo que era una broma. Yo como no sabía de esos menesteres sólo atine a comprar un cartón de leche y una jeringa con la cual lo alimentaba varias veces al día, la última antes de irme a dormir y la primera al despertar. Lo que más trabajo me costaba era entibiar la leche pues siempre me quedaba con la duda de si no estaría o muy caliente o muy fría y mi hijo mientras tanto maullaba desconsolado. Así pase de ser un joven sin responsabilidades a verme como padre y madre del Barbas.
El Barbas era un valiente cazador, aunque sólo tuvo la oportunidad de enfrentarse a no muy fieras lagartijas que por la tarde se asoleaban en la barda del jardín, esto lo hacía en contra de mis órdenes determinantes de no matarlas porque siempre me han gustado mucho esos dinosauritos. Entonces lo que yo hacía era que cada vez que veía una corría y se la espantaba y lo regañaba muy seriamente, cosa que a él poco le importaba porque siempre se quedaba dormido a mitad de mi arenga. También a veces me daba unos sustos de aquellos… Como cuando me daban pesadillas, de esas en las que sabes que estás dormido, pero no te puedes despertar. Entonces con mucho esfuerzo en algunas ocasiones lograba despertarme y lo primero que veía eran unos ojos muy brillantes frente a los míos, con el salto que pegaba del miedo, él se desconcertaba y se ponía de pie, y con sus patitas delanteras empezaba a mullir la sabana, lo cual siempre me pareció una especie de masaje gatuno que me obsequiaba para que hiciésemos las paces.
Todos esa noche, menos mi mamá, estábamos convencidos de que no regresaría. Por eso fue ella quien se levantó a lavar el tazón de las croquetas y, llenándolo, comenzó a llamar, luego todos salimos a imitarla, pero el Barbas nunca volvió.
Jorge Iván Dompablo.

2 comentarios:
Muy buen cuento para los amantes de los gatos
Me quedé con ganas de saber qué fin tuvo el minino. Muy bueno.
Publicar un comentario