domingo, 6 de marzo de 2011

La sombrita

Nada hay tan efímero en esta vida como la vida misma. Creemos que existimos y en realidad todo el teatro se reduce a una ingenua ilusión. El sufrimiento, la felicidad, cada triunfo y cada fracaso van a parar inevitablemente a un foso. Tarde o temprano todo perece. Hay seres humanos que creen que pueden prolongarse a través de la progenie; sin embargo, la descendencia casi siempre termina por olvidar al individuo en cuestión. La mejor prueba de ello es la rareza de recordar en forma remota a los tatarabuelos. A lo sumo sabemos sus nombres y ya es mucho. El universo nos borra de su memoria como borramos al resto de la humanidad. Todo recuerdo es ficción. Aún rememorando como cosa natural que una persona era de una forma o de otra, nada nos asegura que así sea. Una fotografía no es suficiente para atrapar la esencia de un ser, si el fotógrafo fuese muy bueno a lo sumo capturaría la esencia de ese ser en el momento del flashazo, pero entonces, ¿qué sería de aquél una hora más tarde?, ¿podríamos remotamente adivinar sus pensamientos, deducir las muecas que hizo siete minutos después, saber en verdad algo de él?
      Rendimos homenaje a nuestros muertos inmediatos pero no sabemos, ni podríamos, recordar de manera remota a los lejanos. La tía de la que nuestra abuela hablaba con tanta devoción muere al morir la abuela, nuestra primera mascota muere con nuestros recuerdos infantiles que ya nunca volvemos a traer a la memoria. Todo lo que somos y lo que seremos vive en este momento aburrido o interesante, infeliz o alegre. Cuando cerremos los ojos el mundo va a darnos la espalda. Sería estúpido que nuestro cerebro dejara de recordar otro tipo de cosas útiles para nuestra preservación a cambio de tener albergue para pensar en todas las generaciones que nos precedieron. Aún es una pérdida de tiempo pensar en las personas que ya no están en nuestras vidas.
      Dicen que nuestros recuerdos nos hacen pero, ¿qué somos si no el instante actual?, y mejor aún ¿qué es el instante actual si no una vaguedad de la que ni siquiera estamos seguros?, ¿cuántas veces otros nos dicen lo que somos y lo creemos en contra de lo que afirman nuestras neuronas?
      Yo voy a pensar en mí de cierta forma… hasta que llegue alguien que me demuestre, no con hechos sino con una labia medianamente hábil, lo contrario. Mientras muero voy a creer en el tiempo, luego el tiempo dejará de creer en mí y desapareceré en mi forma actual que, a lo cierto, cambia a cada segundo, ¿cuántas células de mí estarán muriendo ahora mismo?, ¿cuántas habrán nacido en el transcurso de este párrafo? Lo medular es que dejaré de ser, y si muero antes que las personas que comparten conmigo el pedazo que me toca de tiempo y espacio, seré borrada de la mente colectiva de la humanidad -¿existe?-, cuando esas personas dejen de existir. 
                                                                               Nidya Areli Díaz.

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