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domingo, 12 de agosto de 2012

La sombrita

Sesgos vibrátiles


Voces del sentimiento
Linda Robles
Por fin ya dejo de escuchar las voces. No tengo más que un poco de tristeza. Salió María del salón contiguo, y salieron los ecos del distrito.

Ernesto regurgitaba los versos como si fuesen mala cebada, reclamaba perdido y pernicioso el sesgo bueno que trajese verdadera poesía a su corazón y a sus dedos. No se hallaba ni en lo interno ni en lo diurno, como el paria abatido, desterrado de un país en un mundo demasiado pequeño. Venían de pronto algunas líneas, pero antes de escribirlas caía en cuenta de que se trataba de lugares comunes, nada digno, nada bueno. -Ruega por nosotros-, pensaba, con la imaginativa en su madrecita santa allá en el cielo rubicundo y obnubilado. – ¿Por qué no vienen los putos versos? ¿Acaso no saben mi sesera y mi alma que quiero hacer poemas?-. Escribir un verso no era suficiente, a él debían seguir otros y, en conjunto, cumplir con una serie de tópicos difíciles de atrapar aún después de diez años de reglamentarias sentadas nocturnas con café bien cargadito.

Ya llegaron las noches agoreras, Yavé, levantamos las manos a tus partes pudendas, levantamos la vista y nos levantas los sobacos a cosquillas.

Procesaban la luz una letanía de sinrazones áureas, opacados y difusos, los colores abrumaban a los irises gatunos; sin embargo a Rodita no le molestaba, desde hacía años, hecha a los antros multicolores y estrambóticos, se daba el lujo de escribir blasfemias en las caras internas de las servilletas. –Un hombre a la vez-, se repetía, mientras saboreaba los griteríos de la noche precedente en brazos de un moreno de labios cafecitos. El padre lejos descansaba, como un pobre huérfano deshijado, cobijado por una perentoria invalidez, por un olvido de sospechosa apatía, por un semblante malencarado y chueco, como su propia mueca embólica, como sus genitales tumefactos. –Y Roda, que no llega, ya llevo yuxtapuesta la yugular. Canalla yegua de mala yunta. Calla, viejo que ya llega-, y guardaba silencio prestando oído al patio, a la avenida, pero Rodita no estaba.

Paraninfos noctívagos de bruces, puestos a los silencios descarnados, recuperado impuro del olvido, y arrebujado de sol y de soslayo.

Beatriz no me miraba desde que Benito había venido a buscarla, sus ojos estaban ausentes y su carne fría y meditabunda, como congelada en una espera extraviada. No me dijo nunca que el amor de su juventud era él, hasta que vino y le propuso fugarse con la justificación de que no se había casado con ella por el presidio inesperado. –Bety, somos uno, Betita, ya llevamos quince años durmiendo bajo la misma cobija, tú me diste a mis hijos, Betita. No te me vayas, ni me odies porque nunca fui tan bueno para ti-, pero Beatriz simplemente suspiraba, embebida toda ella en una errática y consumada fuga. Me miraba con hartazgo, desesperanzada, con los ojos chinos de tanto llorar. Estrujaba a sus hijos toda ajena a sus caritas tristes, a sus años, a las buenas navidades en que comíamos el pavo enchilado con sopa fría o los romeritos calientes. Miraba la casa con desdén y con desgano. Yo comprendía, sin comprender, que ya todo se iba, que mi Betita no pronunciaría más palabras dulces en un buen tajo de tiempo, que la comida sería amarga, que la congregación de sus caricias no me buscaría más a la espera de mi cuerpo todo de ella. Yo sabía que si Bety se quedaba no era por mí ni por sus hijos, sino por el despecho de los quince años que aquél la había dejado a mi merced. Lloraba en silencio y silbaba la noche. Beatriz se acostaba volteada hacia la pared, dándome la espalda, con los cabellos mojados por las sales de sus ojos.

Los crótalos caían como hojas, las estelas de luz los alumbraba, boca-incierta cantaba mis canciones, somnolientos los crótalos gritaban.

Nidya Areli Díaz.