Las nuevas monedas de cincuenta centavos han producido un revuelo general que por otra parte culmina en apenas un murmullo. He escuchado comentarios tales como: -ya ni mis hijos las quieren, -yo creo que no valen, -es una broma, o –seguro se trata de un mensaje del gobierno que nos advierte que a la moneda de cincuenta centavos le va a pasar lo mismo que a la de a diez y veinte. Como sea, lo cierto es que ya ni las de a peso valen.
Estamos tan acostumbrados a la devaluación y la inflación que la desgracia del tostón si bien provoca curiosidad o un remedo de indignación al principio, termina con un movimiento de cabeza resignado. Los conservadores dirían que este tipo de medidas son en verdad necesarias y tal vez tendrían razón. Así mientras el dinero cada vez alcanza menos y su tamaño es directamente proporcional –ya hasta los billetes son más pequeños-, las televisiones son más grandes tanto como las televisoras. Me pregunto si los mexicanos finalmente comenzaremos a nacer de menor talla debido a la crisis que embarga al país desde hace… ¿la revolución mexicana o la colonia?
Por otro lado, lo que antes era moneda de uso corriente, hoy se encuentra en casas de cambio como moneda especial de ahorro de rimbombante nombre: onza plata libertad. México está cada día más jodido como sus monedas, como su gente y como tantos sectores que sufren los embates de la eterna crisis. Habría que ver en qué beneficia esto a los grandes monopolios, ¿para qué sirve que las monedas sean microscópicas, será un ahorro para el erario de nuestra sacra, triste y pobre nación?, esa que produce plata y ha tenido recursos para ser saqueada por más de quinientos años, ¿será una estratagema psicológica para que el mexicano se haga a la idea de que viene más crisis y que en algún momento la porción de su comida diaria también reducirá su tamaño así como sus lujos, la educación por ejemplo?
Como sea escuché a un microbusero, u operador de unidad de transporte; que el pasaje, “qu’es bien rata”, le daba a veces monedas de diez centavos por monedas de cincuenta, -pero ya ni las cuento-, decía, -no alcanzo a verle el número. De seguro habrá los que por lo mismo dejen de aceptarlas, y cuando finalmente estemos resignados con nuestro botecito de chiles jalapeños en casa lleno de monedas inservibles de diez, veinte y cincuenta centavos que ya nadie nos recibe porque no valen, entonces quizá el Banco de México decida que es hora de que los pesos sean más pequeños y así sucesivamente hasta que sea mejor cobrar directamente en las tiendas de raya, perdón, en los supermercados, el equivalente de nuestro trabajo en especie.
Nidya Areli Díaz.