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domingo, 22 de julio de 2012

Crisol florido


El paraíso negado

Después de la creación de los cielos y la tierra, y de haberse extendido los valles y las montañas, y de que los árboles y las plantas se irguieran hacia el cielo; tiempo después de que los peces nadaran en las aguas de los ríos y los mares, y de que las aves surcaran el aire y las serpientes las arenas; el primer hombre aceptó irrefutablemente su condición solitaria y privilegiada de reinar sobre todo su orbe. Entró en contacto con la naturaleza y dispuso de cuanto encontró a su paso: peces, conchas rellenas y crustáceos fueron su alimento acuático; de reses, roedores, reptiles, canes y de insectos se alimentó en la tierra; las pieles y plumas de panteras y pájaros fueron reclamados como trofeo de su más grande logro. El cielo, las nubes y todo lo que aquél descubría moverse debajo de éstos fueron su compañía. Para este hombre, el Paraíso estaba entera y específicamente dispuesto para su provecho individual. Hasta que la aventura, la caza y la diversión no le fueron suficientes y suplicó por una compañía que, al igual que él, pudiera corresponderle las mismas sensaciones que vivía día con día.
Adán y Eva
Jesús Buenrotro Galicia
          Y fue un día en que su voz se alzó al cielo y su anhelo de búsqueda fue descubierto en una planicie junto a un río antes desconocida: un ser asemejado a Él —al menos a una distanciada primera vista—. El encuentro, o mejor dicho, el acercamiento, no fue inmediato; la experiencia del hombre en la caza se lo precisaba. Al ser dos seres hechos a semejanza, —según los deseos de este hombre—, tuvieron —al menos así lo pensó él—, la precaución de limitarse a observar al contrario desde una distancia segura. Pasado un rato el cazador se encontró descubierto y vio como se alejaba apresuradamente el otro. Él, no tuvo de otra más que disponer de su nuevo hallazgo. Su acercamiento, a falta de costumbres de tipo social, fue tan brusco que el otro, o dicho mejor a la manera de ella: la otra, despavorida, emprendió una carrera al verse sorprendida por quien ella creyó fuera un tigre pues, a lo lejos, no pudo distinguir al hombre debajo de la piel rayada que había visto, previamente, furtivo en el monte.
          Días después Eva, como se presentaría ella misma más tarde, regresó a la misma planicie cercana al monte boscoso del cual bajaba un riachuelo, donde fuera sorprendida por aquel animal carnívoro que aún la aguardaba allí. Él, bautizado como Adán por Eva rato más tarde, la observaba con mejor acecho. Absorto en los movimientos de Eva, Adán no supo explicarse el porqué de arrancar los objetos rojos de los árboles en la pradera. Y así, observando el grácil cuerpo femenino de aquel ser extraño y pensando la razón de aquella actividad tan ajena a sus costumbres, caviló durante largo rato sobre estos hechos tan insignificantes para Eva.
          De la misma manera en que desconocemos infinidad de realidades, independientes a nuestra conciencia para su propia existencia, no sabemos la edad de Adán pues no hemos podido determinar una fecha exacta a su creación, o a su nacimiento, para quienes deseen mayor precisión en las acepciones. Lo que sí sabemos y podremos deducir de manera autodidacta, si es que prestamos un poco de atención a nuestro propio ser antes de atender a nuestra persona y de adornarla con caprichos egocéntricos, es que gran parte de la existencia del hombre transcurrirá en un balance entre la inherente soledad y las relaciones humanas y sociales, tan innatas a nuestra necesidad de manifestar nuestras experiencias vivenciales a alguien más. Por la acostumbrada y solitaria vida de Adán, su persona se desplazará siempre hacia un lado más que al otro. Pues, ustedes tendrán el derecho a debatir lo contrario, si es que mi razonamiento no se ha estancado en la limitación de mis consideraciones: nacemos solos y nos morimos solos, por más que tratemos de perdernos en cavilaciones filosóficas de la constitución del ser como un ente social; muy a pesar de la necesaria concepción humana a partir de dos seres sexuales opuestos; aunque hablemos aquí de la dependencia de otro ser en la gestación y, también, en oposición a la idea platónica de encontrar la contraparte existencial del hombre y la mujer.
          Aludía a la ignorancia de la edad de Adán porque, además de desconocer a sus progenitores —si es que los tuvo—, tampoco sabemos de los primeros años de su infancia. Podemos adentrarnos en un mundo de especulaciones acerca de cómo fue que adquirió el conocimiento básico para la supervivencia en un mundo agreste, plagado de retos, complicaciones y peligros para el desarrollo de cualquier especie habitante de esta tierra. ¿Sería el destino? ¿Cuestión de suerte? ¿Designio de una fuerza omnipotente desconocida? Tal vez fuera pura imitación animal, instinto o llámesele como cada quien pueda. Si atendemos a los hechos presentados al principio, Adán dominó y se valió por sí solo de las cualidades de caza para alimentarse. Deduzco por imaginación que también supo valerse de ventajas de la misma índole que mi deducción, para encontrar refugio a un clima tan variable y protegerse de otros depredadores que, como él, seguirán buscando a diario el sustento proteínico que reclama el organismo para su manutención. Por necesidad o deseos propios ideamos siempre la manera de obtener lo que nos plazca.
          Pero sabemos que no sólo de pan vive el hombre, o en el caso de Adán: no sólo de carne, como tampoco se vive de una misma saciedad fisiológica, si es que nos adelantamos al momento del acercamiento carnal con Eva. Pero esa es ya otra historia. Porque para acercarnos a ese remoto suceso tenemos que seguir contando las consecuencias del encuentro entre estos dos seres opuestos, provocando en Adán un choque contra su microcosmos o, en otras palabras, más adecuadas a esta historia, a la noción de su paraíso personal; no sólo por el descubrimiento de la forma de vida de Eva, sino también porque ella le fue develando e introduciendo paulatinamente en su otro paraíso a éste que, ingenuamente, creía ser el hombre primogénito sobre la faz de la tierra. Conforme pasó el tiempo se fue enterando de una raza de hombres avezados en ingenios distintos a los suyos; de una forma de alimentación diferente a la suya, de la manera de vestir más cómoda y apta para las tareas diarias, de otras formas para reverenciar a la naturaleza y a la vida y de un suceso tan ajeno para él: el de convivir con otros, tan idénticos a su especie pero tan disímiles en sus costumbres.
          Con el tiempo, Adán supo enteramente los pormenores de la vida de este grupo de hombres y mujeres, de su cosmovisión y sus tradiciones. Sí, leyó usted bien: de sus tradiciones. Porque estos hombres supieron tanto dominar el arte de la comunicación que construyeron un sistema de escritura para plasmar sus conocimientos y transmitirlos de generación en generación para el bien de la comunidad, negando de manera opuesta la idea del antiguo paraíso de Adán. Y aunque éste adoptó muchas de las nuevas costumbres, sólo modificó la concepción de su paraíso añadiendo a Eva dentro de él. Optó por abandonar su soledad física, por juntarse primeramente con Eva y luego con los demás congéneres, pero nunca olvidó la manera autocomplaciente de disponer a sus anchas de las oportunidades provechosas para su persona, deficiente de concepciones empáticas para su alma tan idéntica a la de los otros y necesarias para su vida nueva en comunidad.
          Adán no tardó en habituarse al lenguaje hablado que Eva le enseñó, pero no dejó rastro escrito de su vida particular ni de su pensamiento arcaico, por eso ignoramos si su descendencia sobrevivió al embate constante del tiempo y si la hallemos actualmente viviendo entre nosotros.
Roberto Marav.