Por Nidya Areli Díaz.
Bradbury salió
con Pola tomándola por el brazo, le sostenía firmemente el húmero al grado de
lastimarla, Pola con todo y el dolor no se atrevía a protestar, se dejaba
llevar como una oveja al matadero. Bradbury rabiaba, poco le faltó para sacar
espuma por la boca, subió a Pola con brusquedad al auto y manejo a más de 150
km/hr Pola que habría de ser destazada al llegar a casa, sollozaba de vez
en cuando, la idea de ser mesera de cantina le hubo de pasar alguna vez por la
mente, pero de eso a desnudarse y bailar para los borrachos había una
diferencia que le asaltaría solo dos meses antes. Pola sabía que Bradbury le
contaría todo a su padre, pensaba fervientemente en la virgen, en San Judas, en
Jesucristo, pero ninguno la auxilió en el trayecto a casa. Bradbury preguntó al
fin con un dejo de ironía --¿Te cogen los borrachos o nada más les bailas?--,
Pola se sintió humillada en lo más hondo de su ser, apretó los puños y se le
escapó un alarido, Bradbury añadió --Si no me contestas te va ir peor-, fue
entonces cuando Pola respondió con una voz sorda y apenas perceptible --Nada más
bailo, nunca me he acostado con ninguno--, Bradbury loco de rabia se había
detenido en un motel, Pola lo miro incrédula, en realidad se preguntaba por qué
su hermano se estacionaba en ese lugar, Pola no tenía idea, solo se le ocurrió
que entrando, Bradbury la molería a golpes o algo por el estilo, no temía tanto
que le batieran la cara como que su padre se enterara. Bradbury entro a la
administración, Pola no sabía si salirse corriendo del auto y simplemente
desaparecer o esperar a ser asesinada por su propio hermano. Pola y Bradbury
siempre habían tenido una relación hostil, la madre de Brad había muerto siendo
él un niño de cuatro años, su padre se había vuelto a casar con una mujer joven
que engendró a Pola, la mujer había muerto trece años más tarde, el viudo sin
más ánimos para el amor se había recluido en su empleo de supervisor de una
fábrica y desde entonces Bradbury y Pola quedaron abandonados a la deriva, él
que ya contaba 26 años al fin halló un empleo que le satisfizo económicamente,
Pola que seguía estudiando había agarrado la costumbre de desaparecer los fines
de semana y llegar a casa hasta bien entrada la madrugada, Bradbury se la fue a
encontrar en un antro de mala muerte semiencuerada bailando cadenciosamente
mientras le depositaban billetes en el hilo dental, él solo había atinado a
ponerle su chamarra encima y sacarla del lugar. Ahora Pola esperaba entre
arrepentida y temerosa, desgreñada, con la cara lavada por el llanto, en el
asiento del auto. Bradbury vino otra vez y la hizo salir, la condujo a una
habitación y le ordenó que se bañara, cuando Pola salió de la ducha y se
percató de que Bradbury había desaparecido dejándola encerrada, se sentó en la
cama a llorar, lloró amargamente hasta quedarse dormida enredada en las sábanas
sucias, Bradbury vino a despertarla un rato después y le dio un pantalón y una
sudadera. Pola se vistió con la cara enrojecida de vergüenza, sintió entonces
la presencia masculina de su hermano, aspiró el perfume atrayente de hombre que
muchas veces había ignorado, Bradbury se acercó lentamente y la abrazó, Pola
pensó entonces que esa noche pecaría más de lo usual, pidió perdón a la virgen
de antemano y cerro los ojos, Bradbury le dijo entonces que no le diría nada a
su padre, le dio un beso en la mejilla y la condujo despacio a la salida.
Marcharon a casa en silencio.
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