Por
César Abraham Vega Guerra
Géminis
I.
La primera vez que la miré,
fue cuando estaba muy morro, vivía con mi abuela Estela en su chocita de Milpa
Alta, tenía como siete años, aunque
seguro estoy de que era mucho más chiquito que cualquier niño de siete años; el
hambre tan perra siempre castigó a mi familia, por eso no tengo miedo de la
Chokani ―la llorona―, porque el hambre es mil veces más fea, mas despiadada y
más culera. Cuando la vi la vez primera fue esa noche en que se ahogó Miguel.
II.I
Estelita nos levantó bien
tempranito a mí y a Miguelón, yo traía mucho sueño, no quería pararme, estaba
bien calientito sintiendo la espalda de mi canijo hermano pegadita con la mía,
calientitos, calientitos y soñolientos, chinguiñosos y mugrosos y con la pancita
de farol, pero bien acurrucaditos. ¡Ah! Qué chulo olía el anafre con el ocote
chamuscado y el carbón que tronaba y escupía muchas luciérnagas bien chiquitas
que se volaban con el aire y se iban apagando poco a poco hasta quedar
renegridas como moscas flotando suaves en la luz de la madrugada. Sentía los
patitas del Miguelón acariciándome las mías. Me hacía cosquillitas el cabrón. Y
yo le metía las manos en las costillas para
regresarle esas cosquillas.
Se cagaba de la risa el méndigo, y aunque nos dicen que
somos iguales, para mí que su risa no
sonaba ni tantito como el sonido de mi voz, yo no hablaba con su tiple, ni con
su sonsonete; mi voz, pues, era mía, una voz de chamaco cualquiera pero no la
voz del Miguelón.
La abuela nos lavó las caras con agua helada, estornudé
muchas veces, me sorbí los mocos y el Miguel
me sacaba la lengua burlón.
Teníamos que preparar la elotiza para la sanjuaneada y había
un madral de elotes que pelar, algunos los desgranábamos para hacer las
esquitadas.
Agüela nos trajo un desayuno de fiestas, un café bien rico y
una mitad de cocol duro para cada uno, no éramos iguales, a mi hermano decía
que no le gustaba el cocol, pero yo sabía que ni era cierto; aun así me daba
siempre su pedazo bien bajita la mano y yo hacía como si en verdad a él no le
gustara el pan dulcito y me lo engullía completito antes de que agüela nos
piscara.
Todo el día pelar elotes, todo el día echarlos al vapor,
todo el día arrancar los granos, cocinarlos, todo el santo día de dios con el
humo del anafre en las caritas hasta que salían las lágrimas chillonas de tanto
ardor.
Ya en la noche cuando terminamos agarramos todas las hojas
del maíz y las hicimos bolita, bien apretado, pegándolas con la resina de un
pinito y amarrándola bien fuerte con un cordón, y nos quedó una pelotita bien chula.
Jugamos mucho rato y en una de esas Miguelón me aventó la
pelota y yo la pateé con todas mis fuerzas y salió volada y cayó en la ciénaga,
corrimos a rescatarla… Miguel extendió su bracito que era muy mío, porque eran
iguales, iguales, igualitos. No fue suficiente, se estiró mucho más lejos y
resbaló de la orilla y se clavó de cabeza en el pantano.
Me asusté muy recio y extendí mi manita para agarrarle una
de las patas que aún salían del fango, lo jalé con toda mi vida, pero no salía,
le grité a la agüela, pero no venía, andaba muy lejos, no me oía, yo me
agarraba bien fuerte a la patita de mi hermano, no lo iba a soltar nunca,
poquito a poco mis bracitos se iban metiendo en el lodo que era tibio, luego ya
me daba a la barbita, pero no lo soltaba, hasta que mis ojos se llenaron de
barro, mi corazón de miedo, mi boca y mi nariz de un sabor a amargo denso que
ya no me dejaba respirar.
Yo no lo solté, no lo solté nunca, hasta que morí un poco, entonces
la Chokani me sacó, con sus ojos de luciérnaga enojada, con sus manos de hueso
y de aire frío, con su boca vacía de dientes y llenita de espinas, con si
corazón de olote, seco, muerto, duro. Metió su vestidito al lodo y con él sacó
a mi hermanito, Miguel traía los labios azules, sus ojos bien fijos, sus manos engarrotadas
y el corazón igual al de la llorona, seco de vida.
Yo lloré mucho, Chokani me besaba el pelo, lloraba también
muy duro, yo quería tirarme al tremedal pero Chokani no me dejaba, me agarraba
con mucha fuerza, me sometía, me hacía daño, yo nada más quería irme de prisa
para alcanzar a mi hermano y jugar con la pelota allá donde él estaba.
Lloré tanto hasta quedar dormido, desperté en la cama de la
agüela, y en el tapanco estaba metido en un cajón mi hermano Miguel, ya muerto,
muchas gentes morboseando, Estelita llorando, y rezando el Padre Minor.
II.II
Estelita nos levantó muy
temprano a Jorge y a mí; yo tenía mucho sueño y no quería levantarme, me sentía
tan cálido acurrucado contra la espalda de mi hermano, somnolientos y
hambrientos, pero cálidos y juntos. ¡Que
aroma tan increíble el del carbón ardiendo en el anafre! Ponía mis plantas
frías sobre las piernas de mi hermano, eso le hacía cosquillas y reía de un
modo tan juguetón.
Yo me moría de risa cuando el respondía igualmente
haciéndome cosquillas, nuestras risas eran iguales, perfectamente duplicadas,
la misma risa, la misma voz.
Estelita nos lavó las caras con agua tibiecita de un pocillo
despostillado, Jorge jugueteaba y me sacaba la lengua el muy zafio.
Teníamos que preparar la elotiza para la fiesta de San Juan y
había una pila enorme de elotes por pelar y desgranar.
Estelita nos trajo un café y cocol para desayunar, a mi
hermano le encantaba el cocol, a mí también, siempre pasamos hambres; dice
Estelita que yo era el mayor por doce minutos, por eso no quería que mi
hermanito pasara esos doce minutos de hambre con los que le aventajaba yo, por
eso siempre le di mi cocol.
En la noche, cuando terminamos la faena, Jorge y yo hicimos
una pelota con las hojas de maíz y jugamos muchísimo rato ¡nos divertimos
tanto!
En una de esas le aventé la pelota y Jorge la pateó con
mucha enjundia y fue a dar a la ciénaga, corrimos a rescatarla… extendí mi
brazo sobre el lodazal para alcanzar la bola pero no era suficiente, me estiré
mucho más lejos y resbalé de la orilla, dando con la cabeza en el fondo del
pantano.
Me asusté muy recio, manoteé entre las penumbras del fango, peleé
con toda mi vida, pero no salía, le grité a la agüela, pero no venía, andaba
muy lejos, no me oía, sentía la manecita de Jorge que me asía muy fuerte de los
pies, no me soltaba y yo peleaba porque lo hiera, en esa batalla sentía que iba
jalando a mi hermano conmigo, nunca me soltó, entre la oscuridad tibia del lodo
descubrí su cabecita, sumergida, igual que la mía, quedamos atrapados en
aquella tumba coloidal.
Me abracé al cuerpecito de mi hermano en la profunda negritud
del barro, hasta que alguien me lo arrebató de mis brazos tiesos y muertos.
Lloré tanto hasta quedar dormido, desperté, ya muerto, en un
carrizal extraño, y ahí estaba ella, con su vestido blanco manchado por el
fango, con los pies hechos de barro, con sus ojos como auroras colosales, con
sus cabellos como lluvias nocturnas de tranquilidad, con su boca de lirio
suave, vacía de dientes y llena de mariposas, me cargó en su brazos frescos
como la vida y me llevó hasta su chinampa. Ella me dijo que ya no llorara, que
en adelante mis penas las lloraría ella, y así me consoló.




