domingo, 28 de abril de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra


Géminis
I.
La primera vez que la miré, fue cuando estaba muy morro, vivía con mi abuela Estela en su chocita de Milpa Alta,  tenía como siete años, aunque seguro estoy de que era mucho más chiquito que cualquier niño de siete años; el hambre tan perra siempre castigó a mi familia, por eso no tengo miedo de la Chokani ―la llorona―, porque el hambre es mil veces más fea, mas despiadada y más culera. Cuando la vi la vez primera fue esa noche en que se ahogó Miguel.

II.I
Estelita nos levantó bien tempranito a mí y a Miguelón, yo traía mucho sueño, no quería pararme, estaba bien calientito sintiendo la espalda de mi canijo hermano pegadita con la mía, calientitos, calientitos y soñolientos, chinguiñosos y mugrosos y con la pancita de farol, pero bien acurrucaditos. ¡Ah! Qué chulo olía el anafre con el ocote chamuscado y el carbón que tronaba y escupía muchas luciérnagas bien chiquitas que se volaban con el aire y se iban apagando poco a poco hasta quedar renegridas como moscas flotando suaves en la luz de la madrugada. Sentía los patitas del Miguelón acariciándome las mías. Me hacía cosquillitas el cabrón. Y yo le metía las manos en las costillas para  regresarle esas cosquillas.

         Se cagaba de la risa el méndigo, y aunque nos dicen que somos iguales,  para mí que su risa no sonaba ni tantito como el sonido de mi voz, yo no hablaba con su tiple, ni con su sonsonete; mi voz, pues, era mía, una voz de chamaco cualquiera pero no la voz del Miguelón.
         La abuela nos lavó las caras con agua helada, estornudé muchas veces, me sorbí los mocos y el Miguel  me sacaba la lengua burlón.

         Teníamos que preparar la elotiza para la sanjuaneada y había un madral de elotes que pelar, algunos los desgranábamos para hacer las esquitadas.
         Agüela nos trajo un desayuno de fiestas, un café bien rico y una mitad de cocol duro para cada uno, no éramos iguales, a mi hermano decía que no le gustaba el cocol, pero yo sabía que ni era cierto; aun así me daba siempre su pedazo bien bajita la mano y yo hacía como si en verdad a él no le gustara el pan dulcito y me lo engullía completito antes de que agüela nos piscara.
         Todo el día pelar elotes, todo el día echarlos al vapor, todo el día arrancar los granos, cocinarlos, todo el santo día de dios con el humo del anafre en las caritas hasta que salían las lágrimas chillonas de tanto ardor.
         Ya en la noche cuando terminamos agarramos todas las hojas del maíz y las hicimos bolita, bien apretado, pegándolas con la resina de un pinito y amarrándola bien fuerte con un cordón, y nos quedó  una pelotita bien chula.
         Jugamos mucho rato y en una de esas Miguelón me aventó la pelota y yo la pateé con todas mis fuerzas y salió volada y cayó en la ciénaga, corrimos a rescatarla… Miguel extendió su bracito que era muy mío, porque eran iguales, iguales, igualitos. No fue suficiente, se estiró mucho más lejos y resbaló de la orilla y se clavó de cabeza en el pantano.
         Me asusté muy recio y extendí mi manita para agarrarle una de las patas que aún salían del fango, lo jalé con toda mi vida, pero no salía, le grité a la agüela, pero no venía, andaba muy lejos, no me oía, yo me agarraba bien fuerte a la patita de mi hermano, no lo iba a soltar nunca, poquito a poco mis bracitos se iban metiendo en el lodo que era tibio, luego ya me daba a la barbita, pero no lo soltaba, hasta que mis ojos se llenaron de barro, mi corazón de miedo, mi boca y mi nariz de un sabor a amargo denso que ya no me dejaba respirar.
         Yo no lo solté, no lo solté nunca, hasta que morí un poco, entonces la Chokani me sacó, con sus ojos de luciérnaga enojada, con sus manos de hueso y de aire frío, con su boca vacía de dientes y llenita de espinas, con si corazón de olote, seco, muerto, duro. Metió su vestidito al lodo y con él sacó a mi hermanito, Miguel traía los labios azules, sus ojos bien fijos, sus manos engarrotadas y el corazón igual al de la llorona, seco de vida.
         Yo lloré mucho, Chokani me besaba el pelo, lloraba también muy duro, yo quería tirarme al tremedal pero Chokani no me dejaba, me agarraba con mucha fuerza, me sometía, me hacía daño, yo nada más quería irme de prisa para alcanzar a mi hermano y jugar con la pelota allá donde él estaba.
         Lloré tanto hasta quedar dormido, desperté en la cama de la agüela, y en el tapanco estaba metido en un cajón mi hermano Miguel, ya muerto, muchas gentes morboseando, Estelita llorando, y rezando el Padre Minor.
 
II.II
Estelita nos levantó muy temprano a Jorge y a mí; yo tenía mucho sueño y no quería levantarme, me sentía tan cálido acurrucado contra la espalda de mi hermano, somnolientos y hambrientos,  pero cálidos y juntos. ¡Que aroma tan increíble el del carbón ardiendo en el anafre! Ponía mis plantas frías sobre las piernas de mi hermano, eso le hacía cosquillas y reía de un modo tan juguetón.
         Yo me moría de risa cuando el respondía igualmente haciéndome cosquillas, nuestras risas eran iguales, perfectamente duplicadas, la misma risa, la misma voz.
         Estelita nos lavó las caras con agua tibiecita de un pocillo despostillado, Jorge jugueteaba y me sacaba la lengua el muy zafio.
         Teníamos que preparar la elotiza para la fiesta de San Juan y había una pila enorme de elotes por pelar y desgranar.
         Estelita nos trajo un café y cocol para desayunar, a mi hermano le encantaba el cocol, a mí también, siempre pasamos hambres; dice Estelita que yo era el mayor por doce minutos, por eso no quería que mi hermanito pasara esos doce minutos de hambre con los que le aventajaba yo, por eso siempre le di mi cocol.
         En la noche, cuando terminamos la faena, Jorge y yo hicimos una pelota con las hojas de maíz y jugamos muchísimo rato ¡nos divertimos tanto!
         En una de esas le aventé la pelota y Jorge la pateó con mucha enjundia y fue a dar a la ciénaga, corrimos a rescatarla… extendí mi brazo sobre el lodazal para alcanzar la bola pero no era suficiente, me estiré mucho más lejos y resbalé de la orilla, dando con la cabeza en el fondo del pantano.
         Me asusté muy recio, manoteé entre las penumbras del fango, peleé con toda mi vida, pero no salía, le grité a la agüela, pero no venía, andaba muy lejos, no me oía, sentía la manecita de Jorge que me asía muy fuerte de los pies, no me soltaba y yo peleaba porque lo hiera, en esa batalla sentía que iba jalando a mi hermano conmigo, nunca me soltó, entre la oscuridad tibia del lodo descubrí su cabecita, sumergida, igual que la mía, quedamos atrapados en aquella tumba coloidal.
         Me abracé al cuerpecito de mi hermano en la profunda negritud del barro, hasta que alguien me lo arrebató de mis brazos tiesos y muertos.
         Lloré tanto hasta quedar dormido, desperté, ya muerto, en un carrizal extraño, y ahí estaba ella, con su vestido blanco manchado por el fango, con los pies hechos de barro, con sus ojos como auroras colosales, con sus cabellos como lluvias nocturnas de tranquilidad, con su boca de lirio suave, vacía de dientes y llena de mariposas, me cargó en su brazos frescos como la vida y me llevó hasta su chinampa. Ella me dijo que ya no llorara, que en adelante mis penas las lloraría ella, y así me consoló.       

miércoles, 24 de abril de 2013

La dualidad de Humbert Humbert

(Uno)                                                  

En la cuerda floja de la noche me detengo.
Lolita
Roy Keitel
Las manos se ven ridículas de estar a solas;
comenzaré por hacer algunas confidencias,
acabando por clavarle un catéter a la conmiseración,
sin desgarrar la seda de los nervios.
Todo sucede dos veces,
incluso el insomnio continúa
alto en el aire y bien abajo en el suelo.
Resignado rompo amarras con mi realidad.
La noche pasa lista y tú no estás presente.
Sin embargo uno es el otro,
ante lo cual no soporta la tentación de otra cita.
La memoria es tiempo,
metamorfosis que apenas da señales
y no le importa salvar a un náufrago
que se pierde en su paranoia,
que trata de nadar su propio universo;
con escaso vocabulario
sobra lengua para decir
la vida es un pleonasmo. 

Ahora que conozco el ritmo del cronos
rutas paralelas nos acercan,
algo así como el fecebook y el twitter;                                       
de forma y manera que estamos únicos en todo. 

Armonía, las tablas en el escenario,
donde todo suele ser
sospechosamente cinematográfico,
después de todo sólo vivo a medias,
en la metafísica de ser segundo.
Tú, la equívoca promiscua que vives
apareciendo y desapareciendo al que te llama.
Múltiple de sí misma y a la vez una.
En un grumo de sabor te alojas,
y recojo del pasado
la turbamulta que de veras ocurrió;
de todo ese ánimo espacial caen señales,
señales que develan este barro,
que tampoco quiere olvido,
que no conoce de tristezas,
aunque estés disfrazada de tiempo y fugitiva.
Ya te miro venir,
las llamas charlan en la chimenea
                  -¿con regresar de quién habrá de unirse un día?
Ya te miro venir,
el destino establece sus astucias
y regresa todo lo aplazado, y me alegro.
Recapacito, me pondré en mejor postura si ella se renueva;
y detrás de este puente vas de uno a otro
magnífica y terrible.
 

(Soportando lo que no importa) 

Esa añeja costumbre de estar solo
Lolita
Manuela Torres García
se sube a espaldas de éste cansado cuerpo
que se pinta de gris y sin relieve,
soportando lo que no importa de la herida que acontece.
Ya no quiero estar solo.
Se me ocurre viajar a Nueva York,
enredarme y conocer nuevos horizontes.
Si ningún recuerdo expresa mis ideas,
no quiero ver al otoño desprenderse,
ni ver a la mascota que gime y gime echada en tu balcón.
Tu mano ya no suda con mi mano,
tu cabeza ya no roza con mis labios,
tus tacones no los oigo taconear;
de veras que no te siento, no te consigo encontrar,
vencedora, renovada surgiendo a cada embate.
El tiempo se ha detenido.
Ordenaré mis pensamientos.
Las calles adyacentes, la casa vista desde afuera
son por mucho fotos de tristeza. 

Definitivamente es una lástima
que no estés tú
si estoy yo.

 
(Binomio)
En homenaje a Vladimir Nabocov 

Miro caer la tempestad
The Vision of Humbert Humbert
Carlos Ramos
que parece traer alas,
mientras la inerme multitud
intenta en vano conjurar la catástrofe
mis lágrimas se unen al torrente cauce.
Invaden este lugar
de drama perceptible
en la ruta del naufragio.
La copa
de la mano se resbala
manchando el poema
que para ti había escrito .
Lolita,
tu nombre pronunciado
en letanía de alusiones.
Lo-li-ta,
conjuro de tos mis días
oliendo a sumisión.
Como un marido débil
escucho tu voz fría:
-nunca te quise de otro soy-,
con todo ese énfasis
el sol sigue saliendo puntual
donde retribuyen
desdenes a mi alrededor.
Escándalo soez,
amenaza reincidente
a mi yo deshabitado
le pasará lo mismo.
Cuando suceda lo que ha de suceder.

                                                    Rafael Salvador.
 

Del libro La dualidad de Humbert Humbert ; Ediciones Yesca, 2013. Pueden adquirirlo escribiéndole al autor al correo carreyro64@yahoo.com.mx

 

 

miércoles, 17 de abril de 2013

(En el dos mil doce)


Continuamente integro el flujo mental con el bloqueo psíquico,
Plumas de cotorro
Mario Vite
para liberarme del sufrimiento en la vida común.
Las felicidades se vencen a golpes, una de ellas debe morir.
Ahí anclado y lastimado hasta que volvías.
Pisan mis pies por despecho un resumidero de placer.
Por momentos estoy solo con tantas imágenes reiteradas:
Los del PRI, que resisten al destino de ser verdugos, vuelven.
Con más orgullo que conciencia hacen su debut en la pantalla grande Los indestructibles.
El narcotráfico instala el miedo y la justificación de aquellos muertos;
un minuto después la patria volverá a llorar.
Mientras yo en mi cama meo de risa con el Rayo Macoy.
(Debes haber sido un hermoso bebé), cantaba la tía Dolores.
Un piloto en edad no productiva mato a una superficial cantante,
y en simulado homenaje de la mañana a la noche
hicieron su agosto el canal de las estrellas y la bestia de enfrente.
De los decesos literarios…,
que se parecen más al sueño y al olvido se olvidaron.
Del meteoro Hercólubus sólo fueron palabras de cristal
que se rompen al chocar con la tierra.
Mañana cumpliré cuarenta y nueve,
le pregunto al lustrador de calzado que si sabe algo de Raquela;
pero el tiempo no espera por nadie.
Ámbito en que se aman los colores, aquel once de Agosto
México campeón en Londres.
¿Qué nos depara la ilusión de un principio,
cuando la gente temía que el mundo estaba a punto de acabarse…,
y por qué la magia no dura?
Un periódico amarillista anuncia una muerte de…, callejera,
mi hermano no ha vuelto…, me parece haber oído llorar a mi madre.
Y antes de seguir nado en olvido, regiones que miré y no veré;
inevitable realidad al ver las noticias por televisión.
Cuando estoy escribiendo ella entra y bebo de su aliento;
puedes cortar, mi rey; me lo pide a besos,…
…Amigos y amigas como mi lenguaje es un desorden,
las palabras bonitas no sirven a la poesía,
como a la oratoria o el periodismo,
ya intentaré contarles. 

                                                              Rafael Salvador.
                                                              Enero 1- 2013 - 11:54 a.m.

domingo, 14 de abril de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

Noche
La lluvia toca suavemente a la ventana, el respirar  acompasado, casi tranquilo. De vez  en cuando un leve gemido, un sobresalto en el pecho te hace acariciar su mejilla, abrazarla un poco más fuerte. En vano tratas de imaginar su pesadilla jamás asible, monstruo de cien cabezas que siempre se recompone ¿cómo atacarlo si está dentro de ella? A veces en la desesperación más terrible has concentrado todas tus fuerzas para asestarle el golpe definitivo y después salir huyendo.
Te imaginaste bajo la lluvia corriendo al lado del río embravecido que se lleva nuestra mierda al mar, imaginaste el contacto frío del agua y tus lágrimas calientes, imaginaste la desesperación del arrepentimiento sin salida, pero ¡sorpresa!, tu golpe siempre acertó en la niña asustada que se deshacía de dolor, luego tu arrepentimiento, el asco, tus maldiciones contra un dios en el cual ya no creías, al cual ya no podías volver por más que te esforzaras en mentirte. El rostro en el espejo que te mira con los ojos inyectados de sangre, la voz interna que dice que tienes que seguir incluso sin motivos, aunque todo esté perdido desde el comienzo.
Un sudor tibio cubre todo su cuerpo y en los espacios donde el tuyo lo toca la humedad los pega. Por vez primera, sólo por un breve momento te sientes pleno. El  cuerpo tibio, el aroma de su cabello en el cual te internas como en un bosque donde se puede respirar con tranquilidad mientras ella duerme. Lluvia que repta en los cristales. Impúdicamente estudias cada uno de sus gestos, reconoces con las manos ese espacio ajeno que, lleno de asombro, miras resplandecer en la oscuridad. Afuera los camiones de carga pasan arrancándole estertores al silencio, los imaginas como rectángulos distorsionados en color sepia que, conforme se alejan, disminuyen en proporción.
El tiempo que no perdona nada avanza y, conforme presientes la llegada del día, la angustia va aumentando. Cerdo satisfecho te dice la conciencia y tu felicidad se escapa, te saca la lengua. Las nubes negras, los buitres melancólicos, los niños de la calle, los cerdos que desde el púlpito adormecen al rebaño, sus camionetas de lujo, tu abuelo viejo que dice que ya no tiene fuerzas para levantar la cosecha, todo por dos mil pesos
La gente enloquecida por el poder, aprendiendo a bajar la cabeza hasta que les llegue su oportunidad de destrozar cráneos, ¿de sentirse vivos? Toda la angustia que llevas arrastrando sin que por ello se deshilache un poquito, ¿cómo vas a vencer si te enseñaron a no hacer trampa aunque ellos siempre la han hecho? Suena la alarma, sólo un breve tic que de inmediato callas, te liberas de sus brazos, ella te busca como un gatito ciego, la cubres, le das un beso y sales sin esperanza.  

domingo, 7 de abril de 2013

Se busca

Por María de Jesús Gómez Lazos. 

IV 

¡Sí, ya sé!, no son suficientes rostros, rumores ni rutas para encontrarla. Usted que la busca no pregunta nada; no solicita testigos de la última vez que fue vista; no frecuenta los sitios que ella frecuentaba; no se mueve si la mira… sonríe.
 
Y ella ¿se hará preguntas? Cuando entra el sol por la ventana, cuando la luna guiña desde lo alto del pasillo. ¡Qué emocionante la tercera llamada! pero las emociones se hicieron para estómagos blindados, inmunes a las amibas y a las mariposas. El resto necesita un tecito caliente con manteca y convertirse en Buda por dos o tres días de la semana. ¿Quién será ahora?, ¿llevará peluca?, ¿estará bien de salud? 
 
Si no protesta continuaré, usted sabe lo que dicen del que calla. De la bolsa del silencio seguramente va esparciendo las migajas. La nada borra el camino, los sentidos… las pisadas. Le dije ya que no habla ¿verdad? Pues en efecto, nunca ha dicho una palabra. 
 
Presiento que se encuentra en la madrugada, bajo los árboles, cuando las gotitas de rocío comienzan a cubrir las plantas. En las tardes del desierto, en las noches de la playa. Guarda en su cuaderno arena del reloj que se rompió porque para almacenar el tiempo no hace falta medidor.
 
Usted sabe que sigo y me deja continuar porque lleva arena en los ojos, porque lee antes que el mar. Guárdeme el secreto, entonces y sígame sin cesar. Llegaremos a otros tiempos, a otras tierras a otra faz. Su voz se teñirá de verde, sus pasos dejarán de caminar y plantaremos semillas en el asfalto de la ciudad. 
 
 

miércoles, 3 de abril de 2013

Al alma llana


Alba, das a la mañana
De la serie Cuerpo y Alma al desnudo
Diana Francia

el ser que me pertenece
es el merecer que crece
valga más al alma llana.
Al andar a la sabana
los contornos hoy, son otros
voy con todos, ¡con vosotros!
vi difícil dirimir
si mis iris dirigir ...
os convoco, ¡con nosotros! 

Al cantar al alma grata
menesteres deben ser
que se enteren del deber
al llamar a la cantata.
¡Jácaras para Maltrata!
los morochos con los coros
no son forzosos los foros
breve es este, que ves
el que ves, de vez en vez
como otros, no sonoros. 

Al pasar para la calma
estreméceme el perder
me desprenderé del ser
a la paz llamar al alma.
“La Zarabanda a la palma”
por lo pronto, yo compongo
yo, los coros, los propongo
enternéceme este ser,
¡es que deben entender!
yo lo doy o yo lo pongo. 

Al cantar: “La Caña brava”,
en el tren deben tener
en el express, que beber,
al andar, ¡ya nada traba!
Más allá, Adán cantaba
con morochos, con los coros
yo voy con los comodoros,
en el tren, de tres en tres
te veré en el entremés …
colofón: ¡lo doy sonoro! 

Alejandro Escudero.
5 de Diciembre de 2008.