domingo, 30 de octubre de 2011

Columna vertebral

Ausencias presentes II
Guillermina Rivas

Despierto en la madrugada, aunque el cuerpo y el calor de la cama me piden permanecer acostado un rato más, un resorte en la conciencia me catapulta primero a las pantuflas y luego a la regadera. Templo el agua sólo lo suficiente para no enfermar. Un rato después me cercioro, en el momento de salir de casa, de llevar conmigo el boleto de autobús, ya en la terminal hago fila unos instantes en el frío de la mañana antes de abordar y emprender el viaje. De camino, al levantarse la neblina, la ciudad comienza a hacerse presente y me obsequia un poco de trafico como última postal.
       Hace años que debí hacer este viaje. Siempre, sin embargo, encontraba un pretexto para evadirlo: el trabajo, la escuela, el dinero. Ella, cuando aún estábamos juntos, me decía que yo era de las personas que para salir a la calle necesitaba ir provisto incluso de un paracaídas. Ahora el viaje es impostergable, mi linaje se extingue… Así, mientras espero todos los días con ansiedad y terror la noticia de la muerte de un familiar que esta desahuciado desde hace varios meses, recuerdo cómo en sólo un par de años, tres más se han ido. Ellos que fueron una coordenada geográfica en mi alma han dejado desierta una parte muy honda de mi vida. No están y para siempre será así, por eso viajo, el pretexto ahora es llevarles flores, ya que todo el mundo lo hace, en realidad voy porque quiero ver con mis ojos, que ahora son también los suyos, esa tierra mítica en mi imaginación que tantas veces me negué a conocer. A mi llegada a la que fue su casa me encuentro con un patio abandonado, la yerba está crecida y los limones y limas pueblan con su color y aroma ese territorio virgen para mí al que me entrego. Por fin estoy aquí, les digo, y mi voz resuena por todos los rincones, salgo a caminar por el empedrado de las calles; voy a la plaza y los árboles centenarios me parecen fascinantes, casi puedo sentir su presencia, alguna vez mi horizonte fue también el suyo. Busco a los enamorados en el kiosco, imagino a las muchachas caminando en un sentido y a los chicos en otro, reconociéndose. Observo al otro extremo de la plaza a una mujer que empuja una silla de ruedas en la cual va un señor delgado con gorra de piel, que conversa animado con ella. Me digo que son ellos, que siguen aquí…
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 16 de octubre de 2011

Crisol florido


Biscie d'aqua
Gustav Klimt

Sábado en la tarde, solo, la tarea escolar me espera en mi escritorio, amenazante recordatorio de un deber aún no hecho. En tanto, afuera, en lo alto, el manto celeste se ha encobijado de lana gris y me regala con refrescantes y líquidos diamantes que se estrellan en el cristal de mi ventana y que van tomando un ritmo de bossa que recuerda Bahía y El Corcovado. Mis sueños despiertos se encaraman por las notas de la guitarra de Jobim que se derraman por los bordes del cristal en una cascada de música líquida y refrescante. Las notas del bossa nova hacen que mis pies dancen acompañados por personajes insólitos y brillantes que se van formando de los destellos de colores que lanzan las gotas al romperse contra el cristal. Incluso las montañas de nubes han comenzado a teñirse de colores, ríos de colores que fluyen en vertientes psicodélicos: rosas fulgurantes, azules rutilantes, rojos insólitos, amarillos asombrosos.
       Todo se transforma, el cielo confabula para construir poesía. Poesía colorida y fluida que llega a mí en forma de música que destila miel y sensualidad: es la voz de Astrud Gilberto que me envuelve, penetra a mi interior y me hace brillar. Meditación y sus sonoros bajos despiertan mi ánimo dormido por la Didáctica del español y hacen que mis pensamientos deriven a un mar verde esmeralda distante y prístino, como recién creado, sin mácula aún, como en el primer día del mundo.
       De algún lado del cosmos se desprende y viene directo a mí una boca femenina, de labios bermejos, carnosos, húmedos, brillantes. Los labios se mueven y dicen palabras que aún no oigo pero que entiendo perfectamente, mis sorprendidos ojos danzan con lentitud al compás de la corriente de armonías que se desparraman de esa boca grande y sensual. Poco a poco sus trinos se hacen más claros y fuertes: es la sensual boca de Gal Costa cantando Dindí.
                                             Ai, Dindí
                                                            Se soubesses o bem que eu te quero
                                                            O mundo seria, Dindí, tudo, Dindí, lindo, Dindí
                                                            Ai, Dindí
                                                            Se um dia você for embora me leva contigo, Dindí
                                                            Olha, Dindí, fica, Dindí...
Berto Naviera.

Crisol florido es un espacio abierto para aquellos que tengan algo que aportar en este sitio del universo de la red. Sugerencias y colaboraciones, sujetas a aprobación, a nidyaareli@gmail.com

domingo, 9 de octubre de 2011

La sombrita

Con el silencio y los cerros
Cecilia Revol

El silencio camina despacio, pausado y sin muchas vanas pretensiones, anda con su túnica vestido de mesurados pasos.
       El silencio es un sol silente, una sombra que lo cubre todo, un atiborrado desmenuzar de andanzas y brisas, una cuajada madrugada de perlas en el cielo.
       El silencio es un invasor del ruido, lo invade todo como manto eterno y etéreo, es un néctar que bebe y embebe lo absoluto, un trote ligero y taciturno, un soplo cuadrado que se mete entre los costados, que finiquita al hombre, a la bestia, al vegetal.
       El silencio es la larva arrebujada y sonámbula, es una célula autótrofa que se vasta sola para sólo lo que ella decidiera y quiera, es un obstinado y melancólico hado, un salpullido de pequeñas gotitas de nada, una inconmensurable grandeza callada, un invisible repujado en madera de un árbol manco y obcecado.
       El silencio es un canto que danza en la muerte, una pequeña y acomodaticia claraboya en medio de un inusitado lienzo blanco.
       El silencio es un despertar en la parca soledad del desierto, en el hielo más quimérico, más sortílego, más sacrílego, más intrincado, formado de estalactitas y estalagmitas infinitas y silenciosas.
       El silencio es un rugido que se siente en el alma como machete horadador de cabezas nefandas, es la causa perdida del revolucionario resignado y cabizbajo, es el onírico suceso en medio del griterío monstruoso de todos los días, es la pierna enraizada de la noctámbula araña, es un juego de dichas y desdichas crónicas, una elevada y rauda certidumbre, un descalabro creciente y ardiente, una muela descalza que lo perdona todo pero no lo dice, un inacabado deambular de constelaciones infinitesimales y animales y bestiales y silentes.
       El silencio es una oscuridad que deslumbra, una ociosidad que embelesa, un embalsamado sitio de internet, una punzada que solaza ampliamente a las neuronas, un pan incomible que no consuela, una constante llama fatua, un chilladero de pájaros perdidos en la oscuridad de la conciencia inconsciente, un mastuerzo con torvo espinazo y acre sabor, una palabra cegada, una bandeja de olvido, un rosario contenido, un Dios-mío en las entrañas pausadas y denodadas, una aglomeración atormentada, una bravura de orquídeas rozagantes y tristes, un pulular de insectos desconocidos y fértiles, una fuente en el Hacedor incontenible e inmensa.
       El silencio es la caricatura escueta de la existencia, el enfermizo rumiar de las horas, la fatiga llana, la voz crepitante, los ríos que no corren y, estancados, mueren.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 2 de octubre de 2011

Columna vertebral

Nabucodonosor
William Blake

El viejo se levanta de la cama trabajosamente, lo mueve un inaplazable deseo de orinar, sin embargo, considera cada movimiento antes de llevarlo a cabo, sus pies descalzos exploran el pasillo con una incertidumbre absoluta; concentra toda su atención en dicha labor, pues pretende estar listo para reaccionar ante el más impredecible obstáculo. La memoria le falla desde hace varios años, por eso, conforme se acerca al cuarto de baño aligera sus pasos presintiendo algún mueble fuera de su sitio. Este acto, tan cotidiano en su vida, se ha convertido conforme pasa el tiempo en toda una aventura. Así, al llegar a la puerta de aquel, con los dedos cada vez más torpes de su mano derecha, gira el picaporte, avanza un pie… el roce del mármol húmedo le provoca una explosión de ansiedad, ésta es el resultado de su temor a resbalar y caer en cualquier momento. En la oscuridad palpa la pared en busca del interruptor que por fin logra encontrar, lo acciona y la luz blanca ciega por un instante sus ojos, poco después acaricia la pequeña cicatriz que lleva en la barbilla, al mismo tiempo que en el espejo se proyecta la figura de un ser desconocido de ojos amarillos y marchitos, al verlo cara a cara le surge de inmediato la pregunta: — ¿Quién es IVTC? —. El otro, con la mirada triste, no le responde; se limita a sonreírle de forma grotesca. Para tratar de quitarse el sabor amargo que ha dejado la interrogante en su boca, cepilla minuciosamente la poca dentadura propia que aún conserva. Minutos más tarde, al terminar dicha tarea, acomoda cada objeto en su lugar y vuelve al pasillo, pero esta vez emprende el viaje hacia su alcoba con decisión. Avanza hasta encontrarse frente a una mesa antigua de madera apolillada, allí lo aguarda una agenda telefónica, en la hoja frontal esta escrito IVTC 75 64 41… El anciano, se repite en voz alta estas letras y el número hasta el hartazgo, entonces, con rencor, arranca el papel haciéndolo una bolita que finalmente arroja al cesto de basura, sin embargo, ésta pega en una orilla y cae al piso. Furioso la recoge para depositarla junto con las otras que yacen en el fondo.
       — Cadáveres. Eso son —, berrea — sólo cadáveres —. Es entonces cuando una punzada debajo del ombligo le recuerda que ha olvidado orinar y dirige sus pasos tardos, nuevamente, hacia el baño…

Jorge Iván Dompablo.