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domingo, 27 de octubre de 2013

Doce

Por César Abraham Vega.


Sagitario

Mi vientre se atravesaba de dolor, mi corazón se rompía en silencio, el estruendo de su rotura se ocultaba tras el horrísono rugir de los truenos. No había parado de llover en veinte noches, no había parado yo de andar unas veinte leguas sin un rumbo fijo, de mendigar ya muchos días en las iglesias, de salir de Culhuacán y apersonarme en Chalco, van mis vestidos raídos y tiesos por el légamo, con mi vientre famélico hinchado como un globo... voy dando pena... dando tumbos... dando asco... y dando a luz.

Sagitario, arquero mesoamericano
Olgger Dubon

 
          Dando a luz en esa noche, la más oscura de mi entera vida, con las aguas de los humedales dándome más arriba de las caderas; con las aguas de los cielos dándome duro en las espaldas... 

¡Servando, maldito seas! ¡Mal haya la hora en que aspiré yo tu perfume! ¡Maldigo tus ojos tan dulces y tan tiernos! ¡Aborrezco tus palabras tan gentiles y tan bellas que aún resuenan turbias en mi más profundo adentro! ¡Maldita la criatura que traigo yo a este mundo producto de tus burlas y cínicas mentiras! ¡Maldita yo por puta, por triste enamorada! ¡Por crédula! ¡Qué ilusa! 

¡Pero este bastardo tuyo hoy se convierte en trasgo! ¡Nace para morirse! ¿Me oyes? No para ser parido, solamente defecado... como lo que se arroja a letrinas, hoy lanzo este despojo a este gris pantano.  

Y me extraje a la criatura con violencia y con las uñas, sin sacarla a superficie, sumí su cabecita en el lodo más profundo del lecho de la Ciénega; con una piedra laja corte la tripa aquella que aún muy palpitante y tibia nos unía. Maldije al vil Servando gritándolo en el cielo y el cielo, enfurecido, me devolvía centellas. 

Y cuando me dispuse a confortarme con la infame paz que viene con el asesinato, los dolores del parto no se fueron, regresaron, y me doblaron por medio los entresijos del cérvix... 

Más doloroso que el primero, me brotó un nuevo hijo inesperado, una nueva criatura que, con suplicios indecible,s me cobró factura cara por la muerte de su hermano. Retorcíome entre las aguas como anfisbena la sierpe, parir mi benjamín costo mi vida casi entera, por eso lo amé, por ser tan mío y, como yo, lo extraje de las aguas con cariño, lo arropé en mis brazos con encanto, me solacé con sus ojos de Servando, no pude... no quise... hacerle lo mismo que a su hermano. 

El benjamín me devolvió lo ilusa, pacificó la ira que el primogénito trajo y hasta la lluvia intensa pareció escamparse. Apareció el tenue brillo de múltiples estrellas y en mi cuerpo se abrieron sensaciones remotamente huidas; sentí el hambre de nuevo, compasión, frío y tristeza; un cansancio mortal y una esperanza inaudita. Toqué el fondo de mis angustias y al contemplarlas remotas supuse mansa e ingenuamente que el mundo no era malo, que podría sobreponerme, que ya nada subyugaría mi nuevo afán tan inflamado. 

Mi vástago hermoso de ojitos claros reposaba con un llanto dulce entre mis brazos, los despojos de mi bastardo flotaban destrozados y sangrientos ajados por el picado lago. 

Mientras musitaba una canción de arrullo a mi benjamín hermoso, a mi tito tan blanquito, el centauro se erigía traído por un mal hado. El sagitario negro, con su rifle encartuchado, con sus espuelas de plata y calzón encueretado, me decía desde la espalda apoyando el cañón en su antebrazo y horrorizado por el cadáver minúsculo que flotaba destrozado. 

¡Bruja, dame a ese niño! 

Un escalofrío mordiome el espinazo, se me erizaron los pelos y me temblaron los brazos. 

¡Víbora asesina, suelta a esa criatura inocente o te mato! 

¿Qué perversidad me acecha para quitármelo todo? ¿Por qué hacerme odiar a la vida, a mis sueños, a este mundo; y luego entregarme una prenda en la que cifro mi única y prematura esperanza para quitármela tan pronto profiero que le amo? 

¡Nunca! Espete al jinete negro y preferí arrancar la vida dulce de mi benjamín recién amado, pero no me socorrió la fuerza y un arcabuzazo en la espalda dio conmigo en el lago. 

Con mi más extremo aliento constreñí a mi bebé contra mis pechos, pero los brazos atroces del jinete los arrebataron de mis brazos y de los brazos de la muerte. 

¡Ay Dios!, blasfemo tu nombre para preguntarte con el último de mis alientos ¿Qué será de mis hijos? ¿Qué será de mis hijos... del que es muerto... y del que es vivo...?
 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra
 
Escorpión
Al escorpión sus semejantes lo trastornan y lo hacen sufrir de un modo indecible porque, sobre todo, no sabe si sus semejantes son diferentes a él o en absoluto, no se le asemejan en nada, como suele ocurrir. Trata entonces de verse de algún modo y comprende que ninguna mejor forma de verse que la de ser nombrado. Pues él ignora cómo se llama y también que no puede ser visto por nadie.
José Revueltas. 

Eran como cuarto pa' las tres, apagué la troca pero los faros los dejé encendidos; nunca había tenido así de miedo, o tal vez solo era el frío que calaba recio, o tal vez temblaba un poco por el frío y otro poco por el miedo. ¡A saber! Hubiera dado lo que fuera por no quedarme a oscuras en medio de ese prado tan horrible. Encendí un cigarrito como pa' calentarme. ¡Que cigarrito ni que madres! Nada, ni estando metido en el puto infierno me hubiera calentado. Sí, tenía miedo ¿y qué? No sabes lo que es estar ahí, en medio de esa oscuridad tan profunda, en medio de ese silencio tan estremecedor. La misma agua del río parecía ser muda, ni aves nocturnas, ni mosquitos, ni el viento se hubieran atrevido a rasguñar a ese putísimo silencio con alguna de sus voces. Todo estaba tan callado que podía escuchar el resuello de mi aliento rozar hasta el rinconcito más metido de mis pulmones. 
 
Escorpión
Leonardo Yosovitch
 
          Me dio risa mirar la escopeta apretada entre mis piernas, como si eso bastara para acabar con todo, como si un tiro en la frente de la Chokani por fin remediara mi interminable pesadilla y me despertara a la dulzura de la vida... de esa vida que dejé de percibir aún siendo joven... eso, si es que estoy dormido. Me es tan difícil saberlo. Pero si es que no duermo y por el contrario estoy despierto, vivo, en pos, en la persecución desesperada de ese instante en el que las cosas se remedien para finalmente quedarme dormido tras este largo, larguísimo insomnio. 

De pronto, ante mis ojos desapercibidos miré diminutas partículas de un polvo finísimo que levitaban y se paseaban en la atmósfera de afuera, al pasar a través del haz de luz de los faros brillaban como microscópicas diamantinas. Al principio no di ninguna importancia a esos corpúsculos extraños, tal vez porque eran pocos, poquísimos y apenas se veían, pero en pocos minutos se fueron concentrando en una niebla extraña que ya prácticamente sustituía a toda la oscuridad nocturna. 

No quería salirme de la troca, me cagaba del miedo ante esas cosas, no cabía duda ninguna de que la perra Chokani la traía en contra mía. Pero a eso había venido, para eso había esperado. 

Para cuando salí de la camioneta podía ver el espectro de la Chokani transfigurándose entre la nube de polvo, me llamaba, decía mi nombre con esa voz que solo sabía sonar adentro de mi cabeza.  

De ahí todo fue, acercarse a ella, cargar la escopeta, sentir frio, un piquete, dolor intenso, un alacrán, soltar la escopeta, oír el disparo, sentir un dolor en la cara y en el pecho. Luz, oscuridad.

domingo, 18 de agosto de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 

LIBRA 

Fantasma
Warren Criswell
Todo el día esperé a que llegara este momento. Todo el día desde que me levanté ansiaba poderme arrojarme sobre esta cama y dejar... así, sin más, que el sueño se apoderara de cada fibra mía que soy yo... pero a tu lado. 

Tu cuerpo es muy el tuyo, tan perfumado, tan dócil, tan tuyo, tan hombre tuyo y tan de ti; eres tú, no hay duda, no hay quien lo niegue, ni siquiera yo. Pero mi cuerpo es... un cuerpo al que no le pertenezco... es un cuerpo de alguien que me encontré, justo en el momento en que iba naciendo... O tal vez moría y yo pensaba que nacía, ¡ya ni lo sé!... ya no importa... es un cuerpo y es en el que estoy... en el que viajo; y ni siquiera me queda, pero ya ves. 

El asunto es que, cuando me abrazas y dejas ese perfume de tu cuerpo sobre este que se supone que debería de ser el mío, soy menos yo de lo que ya había sido nunca y entonces solo soy yo dentro de un cuerpo —que dios sabrá a quien diantres pertenezca— que a su vez está adentro de un halo de perfume de otro cuerpo que solo te pertenece a ti. 

Y otro asunto aún más delicado es el de los besos, esos besos que me has dado y que yo no he sabido donde ponerlos más que colgados de estas mejillas, de los labios, de las manos, de la frente, de los muslos, de los pechos y del sexo de este cuerpo que ni mío es. ¿Quién rayos me ha otorgado esta horrenda autoridad para colgar los besos tuyos sobre la piel de un cuerpo que no me pertenece? ¿Quién diablos me ha malaconsejado tanto para robarme un cuerpo tan juvenil, tan bello y pretenderme la depositaria genuina de estas caricias, de estos besos, de la fiebre tuya que me abrasa y me arroba al hacerme el amor? 

—Soy tuyo, todo tuyo mi amor— me dices sin sospechar siquiera que aquello no es posible, que no puedes ser mío porque ni yo misma me pertenezco, y entre más lo dices, entre más te aferras, entre más te haces “mío”, menos mía soy yo. Estoy perdiendo el equilibrio, ¿es esto estar enamorada? Me parece que sí, creo recordar muy vagamente que ya antes lo estuve, sí, eso parece, me enamoré y morí. Me enamoré una vez como si fueran mil en un instante... fue demasiado intenso que morí.  

Irremediablemente el amor termina conduciéndonos a la enajenación, y la enajenación es una forma triste de morir. Nada en el mundo nos obliga, nada nos tiene atados a ello, morimos por el puro gusto, por dar placer al incendiario que siempre nos habita, porque nos fascina coquetear con lo inmortal. Y entre más tuya trato de ser, voy dejando de ser quien soy. 

No eres mío, no me amas... esas cosas tuyas que me entregas pertenecen a  otra, a la dueña de este cuerpo que poseo, y esa no soy yo. Pero me gusta, me place tanto acariciar este estupor tan lindo y creo que es esto a lo que llaman felicidad; y que no es más que una mera consecuencia de aquel otro estupor aún más lindo e inabarcable que creo que es a lo que llaman amor. 

Gimes, amas, muerdes, jadeas; sufres bellamente; chupas, penetras, acaricias, te agitas, te revuelves, sacudes y eyaculas, me abrazas tembloroso como la luz de la  luna que vibra al entrar por la ventana, ajada suavemente por el follaje que es movido por el viento nocturno. 

—Te amo, Viridiana— me dices y me congelo, me muerdo los labios que no son míos hasta herirlos y quisiera gritarte al rostro que mi nombre es María; no puedo, no puedo gritarte que lo soy y que yo también te amo.

Me siento tan intrusa, esto es tan raro, sé muy bien que cuando me vaya no amarás tanto este cuerpo que no es mío porque ya no soy yo, pero segura también estoy de que no me amarías a mí sin estas carnes hermosas que fueron las que a ti te enamoraron; es tan raro porque estoy segura de que amas un poco de cada una, y moriría de nuevo por saber qué es lo que más te gusta, a quien preferirías sobre la otra. 

Ya no puedo, esto me mata, así que abandono este cuerpo de Viridiana y floto por la habitación un rato y te acaricio la piel un poco con mis manos de ectoplasma, salgo apesadumbrada por aquella misma ventana por donde entraba la luna. —Te dejo con tu Viridiana, ya no volveré nunca— murmuro en el silencio y me pregunto si esta promesa de abandono será por fin la definitiva, si de una vez por todas me convenceré de que nadie se enamora de un fantasma.
 

domingo, 21 de julio de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 


Leo

Cuando desperté pensé que dormía... hice tanto por no soltarla de mis brazos, la abracé como un león impío que no perdona, hice cuanto pude por aferrarme a sus costillas hasta el último flujo de conciencia que atravesó los cuencos de mis ojos... muchos años atrás ceñí a Elena del mismo modo, con toda fuerza, con toda vida, con toda intención de hacer con mis brazos fronteras para impedir que la vida se le saliera del cuerpo... ¡pero carajo! Se le salió. 
 
León
Bernarda Enriquez
 
Cuando desperté aquella madrugada pensé que aún dormía, pensé que sus labios seguían aún tibios, que sus mejillas tan blancas aún rebosaban de sonrojos y de hoyuelos... los hoyuelos que despuntaban cuando se sonreía. 

Pasaron tres mil segundos, quizá, antes de recordarlo todo, la sillas que le arrojamos, las esquirlas de las botellas, los vidrios de las ventanas clavadas entre mis carne, aquella triste penumbra más absoluta que a mis ojos haya cegado; el crujir de las duelas con sus pasos terribles, el sabor a la sangre que mi boca llenaba, los gritos de la Elenita ahogarse en aquella noche, después desmayé y no supe... no recuerdo casi nada... desperté y le miré su rostro, reposando en la duela junto al mío, con sus cabellos suaves cayéndole en la cara, con sus rasgos de niña inocente, imperturbable.  

Me levanté con un dolor atravesado en las rodillas, con chorros de sangre brotando de mi cara, con la luz del foco aún tambaleando desde el techo. Nunca supe cuántos de mis mareos fueros provocados por la bebida y cuantos otros por el golpe en la cabeza. Cuando pude escuchar de nuevo cada fibra de mi piel se estremeció, escuché el vaivén de su voz que henchía mis oídos con el miedo, sus pasos terribles cruzaban los cuartos de la casa retumbando estrepitosos en los maderos viejos de las duelas. La oía dar traspiés en la recámara de arriba, segundos después escuchaba su voz fétida murmurando a mis oídos cosas que me acercaban al suicidio. Azotaba las ventanas y las puertas, soplaba su aliento muerto congelándome los huesos...  

Sentí las entrañas embotadas de un cruel miedo, quería gritar hasta colapsarme los pulmones, no recuerdo mucho de eso, tal vez grité desaforado rasguñándome la cara, tal vez fue ella la que me gritaba en la cara mientras me clavaba las uñas en el rostro intentando morderme cada ojo. 

Tenía que escaparme de ahí antes de que mi alma decidiera adelantarse. Tomé la muñeca de Elena para poner su brazo alrededor de mi cuello, una descarga de hielo atravesó mis falanges desde su piel eterizada, me rehusaba a pensarla muerta y la tome de la espalda para salir junto con ella, pero me aterrorizó el ver su cabeza moverse rígida imitando la trayectoria de su torso, sin colgar desde su cuello como eventualmente lo haría un cuerpo vivo pero exangüe. El rigor mortis entablillaba cada gozne de su cuerpo, cada trazo era pétreo, inmóvil... irremediable. 

Mi miedo se trocó por odio y arrojé de todo a todos lados, invoqué a Chokani a que se llegara hasta mis brazos, a que me descubriera de su manto transparente el horror y el misterio de su rostro, a que me diera muerte fulminante, a que me dejara tomarle del pescuezo hasta morirme o yo matarle a ella de nuevo, si es que eso era posible. 

Cuando desperté ella dormía, con sus cabellos hirsutos cayéndole en la cara, su rostro totémico, con dos grandes surcos en las mejillas labrados bellamente por la erosión salina de su llanto. Yo la abrazaba sin pensar mucho en ella... mi mente estaba aterida de Elena... ¡que tristeza que haya muerto!, ¡sabía tan poco sobre ella!... que olía muy rico a veces a jazmin y otras a menta, que tenía desportillado un diente, que le gustaba London calling, que vivía sola con su mamá en la Roma, que tenía unas manos muy bonitas, que su piel era muy blanca, que era un año más grande que yo, que tenía un perro al que llamó Juguete, que le habían nombrado Elena como su abuela materna, que le gustaba el vodka, el rock, el chocolate, los  capuchinos, las tortas de milanesa, el pasto mojado, el humo de los trenes... que tenía un chingo de discos chidos... pensaba en que nunca supe su cumpleaños pero sí supe que era Leo.
 

domingo, 23 de junio de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 

Virgo 

I 

Eran cerca de las once, hacía demasiado calor, así que me quité la camisa, sin embargo el vapor que despedía la plancha me sofocaba, solo me faltaban un par de pantalones por planchar pero yo tenía tanto sueño, todo aquel procedimiento lo repetía prenda tras prenda sin pensar mucho, sin sentir nada, escuchando el chisporrotear de la lluvia sobre el pasto del jardín. A veces paseaba mis ojos apagados por los rincones de la cocina, miraba la estufa cubierta de una gruesa capa de cochambre y grasa; me prometía, como tantas veces que ya pronto la iba a limpiar, pero no había tiempo para nada, ni pa' pensarla, pues.
 
Ouija
Iván Andrés Arias García
 
Luego miraba las ventanas empañadas que daban al oscuro patio de atrás, miraba las telarañas colgadas del techo, y las cochinillas en los rincones del roda-pies; luego mi mirada se clavaba en el retablo de la Lupita; le miraba sus ojitos gachos, su piel morena, sus labios tenues y delgados, su semblante de tedio, de sueño, de desmayo. ¡Qué cansada se ve, chinga!, pensaba. Mis ojos caían de los pies de la virgen a las piernas de mis pantalones, cuidando el pliegue, marcando las pinzas, desarrugando cada pedacito de tela... antes de que mi mirada volviera a hacer el recorrido una y otra vez.

Desde mi lejana hipnosis escuche el aullido del teléfono salir de entre las penumbras de la recámara, creo que mi cuerpo subió con lentitud las escaleras y tanteó, entre la oscuridad de la planta alta, el pasaje justo a la recamara, buscó en las penumbras y contestó con muy poca gana. Digo que creo porque en realidad ya no me acuerdo si subimos juntos y entre ambos contestamos la llamada. Según yo lo recuerdo, yo me enteré después justo en el modo en que un amigo te pone al tanto de los hechos en los que no estuviste presente pero que de algún modo te conciernen.

Pues el fulano, el tal este... “mi cuerpo” me contó cuando bajó que había nos llamado el Capirucho, quesque para recordar nos que mañana era la fiesta, que chin chin si yo faltaba, que me tocaba llevar algo de chupe, y que ya había armado el business con la Elena, na' más pa' que me fuera yo animando y que no convenía nos faltar.

¡Puuuta ma'! ¡Qué vato tan gandalla! ¿Viernes? ¿Mañana es viernes? ¡Ah, cabrón! ¿En qué día vivo?

Sentí me despertar un poco, porque vi el rostro, el de mi cuerpo, partirse en dos con una sonrisa de tarado, sin darme cuenta que la plancha ardía sobre mi mano. 

II
 
Me puse el panto azul, el que era del tacuche de mi jefe, me rasuré la cara bien bonito, valiéndome madres que yo siempre había sido bien pinche lampiño; me puse mis papos mas chiditos, y me aventé el kilo de gel pa' tirar rostro. Me monté en la troca y me lanzé pa' Xochimilco a la casa del Capiru, sí me entusiasmaba un buen la idea de ver a la Elenita, la neta es que sí me pasa un resto. Y en el camino me topé un Óxxido y aproveché para comprar los tequilawers. De ahí le metí pata en serio porque ya me había colgado un chingo.

Entre más me acercaba a la casa del Capiru, más me daban ganas de rajarme, pensé en retacharme un par de veces, pero ni madres, ya estaba cerca, ya no me iba a culear. Aunque la neta antes de entrar si me tuve que echar un par de pistos y darme un trenecito porque sí estaba acobardado gacho. Después de aquello ya todo fue el relax.

Crucé la avenida con un tabaco en los labios, toqué la puerta con una mentadita, me abrió el Botargas, y luego luego se alebrestó al ver el chupe. Entré y saludé a la banda, pero entre más me acercaba a las chamacas, sentía que las patas se me hacían de trapo.

Ahí estaba la Elenita, con sus ojos verde mota, más chula que ninguna de las morras, pero nomás la saludé de lejos porque sentía que se me estaba paralizando el miembro y no quería verme muy pervertidote saludando de beso a las morras con la verdura toda tiesa. Además la Elena me pasaba en serio, neta, yo ni la morboseaba, yo no la quería para cogérmela, bueno sí, pero me latía igual para otras cosas, para un putimadral de cosas... Y eso siempre me había valido un pito con mis otras viejas. Pero ella, ella me pasaba hasta pa' platicar. ¡Qué chingaos!, ¿no?

Yo no le quité un puto ojo de encima durante toda la noche, y siento que se dio tinta de eso, a veces ella también volteaba a verme y me sostenía esa mirada que me da un miedo cabrón y yo prefería mirar para otro lado y hacerme bien pendejo.

Fue una fiesta bien pinche fresky, y la neta yo no me quería empedar pa' no hacer ridículos frente a Elenita, era una morra muy sexy, pero era más inteligente, amable, seria y bien bonita.

Al Güero se le ocurrió sacar la güija pa' que jugáramos con el patas de cabra, pero nel, nunca nos contestó, luego al Pochas se le ocurrió que invocáramos al Pedro, el valedor ese había muerto hacía tres años en un desmadre en la Morelos, pero el carnal tampoco nos peló, y así estuvimos haciéndole al wey un rato, y la neta es que yo ni hacía mucho caso porque na' más me la pasaba fisgoneando a la Elena.

Entre todo el desmadre llegó mi turno de invocar a un espíritu súper natural, yo no me la quise pensar mucho y con el tabaco entre los labios murmuré con un sonsonete entre mamón y macabro: Yo les voy a traer de nuevo a este mundo, desde su último sepulcro a la más triste y más vengativa de las almas. A la apuñalada y angustiada... Chokani. Todos me miraron estupidizados sin apenas entender. Necesito sangre virgen, les dije perverso, mientras depositaba todo el peso de mi mirada obscena sobre la carita chula de la Elena... Ella me miró fría intentando aparentar que no sentía vergüenza... Mordí mi meñique hasta que perforé mi piel con los colmillos y extraje un poco de mi sangre y así la lancé en un escupitajo sobre la güija

Y fue ahí... ahí donde empezó a joderse todito...

domingo, 26 de mayo de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 

Cáncer 

―Tú me acompañaras ¿verdad María?― Me dijo la señorita Valeria y sus palabras entraron en mí como el más suave aguamiel que jamás haya probado; como un sol muy tibio y limpio que me hacía cosquillitas en la espalda. No hacían más de once días que la señorita Valeria estaba llegada de España; los manglares, las garzas, los cangrejitos rojos, el aroma del mango, del coco, del plátano y la papaya, ponían en su rostro unas mejillas coloradas y en sus ojos una sorpresa tierna ante todo lo que miraba; parecía todo el tiempo como si quisiera llorar de una impresión tremenda o de felicidad. 

Yo conté con un miedo y una angustia sabrosa todos esos días que faltaban para ir a la fiesta de máscaras que organizaba el regidor Gil Garría con motivo de los carnavales de San Hipólito. Yo me la viví en carnavales toda mi niña vida, todos los años nuevos hasta los once de edad en que los Aragón me tomaron para trabajar como moza de su casa Nunca antes de eso usé corpiños ajustados, nunca antes de eso me puse ropa dura, almidonada; nunca antes de esos días tuve que andar por ningún lado silenciosa, cuidando de no hablar con los señores, tratando de ser en lo posible, nunca vista por las personas principales de la casa; nunca antes supe colocar los cubiertos en la mesa; ni nunca nunca antes de estos años pardos tuve que callar mis canciones tropicales con mi voz de niña que sólo podía ya cantar cuando bajaba al río a lavar las sábanas y estaba segura de que nadie me escuchaba, y nunca antes de todo eso fui a un baile en toda mi niña vida, esos eran para Españoles y también para algunos de los Criollos.  

Cuando llegó la señorita Valeria, Don Salustiano, su padre, dispuso para mí el trabajo de doncella; quien sabe que sea lo que doncella significa, sólo sé que tengo que atender a la señorita en todo lo que disponga y necesite; me pareció al principio que doncella era algo como grosella, pero poco a poco fui aprendiendo que en realidad no se parecen nada. 

Ser doncella es más sencillo que ser moza, ya no tengo que hacer tantas cosas, puedo hablar un poco más aunque no siempre, salgo en carro con la señorita a cada día, veo más calle, veo más campo, veo más gente, uso ropa más bonita, no tanto como la de la Valerita, pero sí como más y mucho más sabroso. 

―Tú me acompañaras ¿verdad María?― ¡dijo! Y yo quería decirle que sí saltando y gritando de felicidad, besándole la cara a la señorita, corriendo por toda la finca presumiendo que ni una otra moza ni doncella de esa casa iría disfrazada al baile de carnaval. Pero no pude más que contenerme y estrujando la manteleta de mis faldas asentí con la cabeza gacha. 

El día del baile la Valerita me regaló un vestido suyo, días antes se lo había dado a Romualda, la costurera, para que lo arreglara para mí; ella se vistió con un vestido del verde más hermoso que hayan visto mis ojos en mi vida niña; sus cabellos rubios los contuvo con una tiara de piedras verdes luminosas; y se embozó en el rostro un antifáz de terciopelo, encaje y piedras de una preciosa hechura que envidiaba. 

Nos llevaron en carruaje a la casa del regidor Garría; al llegar el cochero desplegó una sombrilla para resguardarnos de la tormenta que caía, y nos escoltó asidas a su brazo hasta la recepción y ahí nos dejó. 

―¿No te impresiona María?― dijo la Valerita cuando ante nosotras se descubría la gala y el esplendor del lugar: los manjares, las mesas, los candelabros rojizos, el perfume de jazmin, de vainilla, de rosas y de sándalo ponían en mi rostro unas mejillas bien rojas y en mis ojos una sorpresa tierna ante todo lo que miraba; parecía todo el tiempo como si quisiera llorar de una impresión tremenda o de felicidad.

Todo era movimiento, todo era felicidad, todo era un misterio, un morbo, una cosquilla en la espalda. Todo era belleza, armonía y suavidad. Todo el ambiente estaba ebrio de todo, de comida, de vino, de lujuria y de soledad. 

Se acercó a nosotras Don Servando, el hijo del regidor, y nos saludó a las dos con el mismo denuedo y cortesía. Nos besó las manos, nos hizo flores con su boca, nos hizo reír, me hizo estremecer con el fulgor maligno de su sonrisa, mi hizo temblar con el roce tibio de sus dedos en mis brazos, me hizo palidecer con su mirada tan atrevida. Al poco rato nos ofreció bebida. Pidió con cortesía bailar con Valiertia. Morí al ahogarme en el licor de aquella copa, tratando de apagar el ardor horrible que me consumía al verlos bailar tan diestros y tan juntos, al mirar la sonrisa de mi señora reventar en su maldita boca cuando Servando le influía no sé que otro licor en sus oídos. 

Cuando regresó sonriente, su mirada no se despegaba de mis ojos. ―Vas a bailar conmigo ¿verdad María?― Me dijo Don Servando y sus palabras entraron en mí como el más abrumador licor que jamás haya probado; como un sol ardiente y recio que me hacía cosquillas en la vientre. Y yo quería decirle que sí saltando sobre él gritando de lujuria, mordiéndole los labios, corriendo por todo el salón constreñida a su cuerpo para embarrarme con las miradas celosas de todas las mujeres ahí presentes. 

Me sacó a bailar con hartos trabajos, mis piernas parecían entumecidas, mi corazón latía con un escándalo vergonzoso que me impedía escuchar lo que Servando murmuraba en mis oídos, mi cara ardía en llamas, y mis entrañas caían por un hueco; el salón daba vueltas en un mareo rotundo e insoportable, mi vista se nublaba de repente. Sentí que caía desmayada. 

Desperté y Servando me miraba con ternura, me había sacado al balcón al aire fresco, escuchaba detrás el serpentear del río y el canto pacífico de las aves nocturnas. Servando mojaba la punta de sus dedos en una copa con licor y los frotaba en mis sienes y luego soplaba con ternura, aquello me hacía sentir mucho mejor; estábamos solos en esa terraza, y adentro la fiesta continuaba, dos urgencias crecían en mis adentros, una suplicaba que volviera adentro con la Valerita y la otra imploraba aun más fuerte porque me quedara en ese sitio para siempre. 

Servando mojó una vez más sus dedos en la copa y acarició con sus yemas mis temblorosos labios, yo los chupé con mucha fuerza, tal vez hasta mordí un poco, tal vez hasta saqué mi lengua y acaricié con la punta la carne entre sus dedos. Servando me hizo suya, más de lo que ya era hasta ese punto, y yo me entregué a él más de lo que pensé que era posible; pues consideraba que ya entonces era suya, toda suya por completo. 

Cuando terminó conmigo me abrazo muy fuerte hasta dejarme en lo más profundo de mis carnes su perfume de hombre y señorito. Me dijo con mucho denuedo y cortesía que debía volver al baile los más pronto, y dejó antes de irse, un beso raro en mis mejillas. Me quería dejar ahí, sola entre las sombras, yo quería gritar que no se fuera mas no pude más que contenerme y estrujando la tela de mis bragas asentí con la cabeza gacha. Comenzó a llover de nuevo, cada vez más fuerte... hasta que llovieron cangrejitos rojos, como el peor de los agüeros.
 
 

domingo, 28 de abril de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra


Géminis
I.
La primera vez que la miré, fue cuando estaba muy morro, vivía con mi abuela Estela en su chocita de Milpa Alta,  tenía como siete años, aunque seguro estoy de que era mucho más chiquito que cualquier niño de siete años; el hambre tan perra siempre castigó a mi familia, por eso no tengo miedo de la Chokani ―la llorona―, porque el hambre es mil veces más fea, mas despiadada y más culera. Cuando la vi la vez primera fue esa noche en que se ahogó Miguel.

II.I
Estelita nos levantó bien tempranito a mí y a Miguelón, yo traía mucho sueño, no quería pararme, estaba bien calientito sintiendo la espalda de mi canijo hermano pegadita con la mía, calientitos, calientitos y soñolientos, chinguiñosos y mugrosos y con la pancita de farol, pero bien acurrucaditos. ¡Ah! Qué chulo olía el anafre con el ocote chamuscado y el carbón que tronaba y escupía muchas luciérnagas bien chiquitas que se volaban con el aire y se iban apagando poco a poco hasta quedar renegridas como moscas flotando suaves en la luz de la madrugada. Sentía los patitas del Miguelón acariciándome las mías. Me hacía cosquillitas el cabrón. Y yo le metía las manos en las costillas para  regresarle esas cosquillas.

         Se cagaba de la risa el méndigo, y aunque nos dicen que somos iguales,  para mí que su risa no sonaba ni tantito como el sonido de mi voz, yo no hablaba con su tiple, ni con su sonsonete; mi voz, pues, era mía, una voz de chamaco cualquiera pero no la voz del Miguelón.
         La abuela nos lavó las caras con agua helada, estornudé muchas veces, me sorbí los mocos y el Miguel  me sacaba la lengua burlón.

         Teníamos que preparar la elotiza para la sanjuaneada y había un madral de elotes que pelar, algunos los desgranábamos para hacer las esquitadas.
         Agüela nos trajo un desayuno de fiestas, un café bien rico y una mitad de cocol duro para cada uno, no éramos iguales, a mi hermano decía que no le gustaba el cocol, pero yo sabía que ni era cierto; aun así me daba siempre su pedazo bien bajita la mano y yo hacía como si en verdad a él no le gustara el pan dulcito y me lo engullía completito antes de que agüela nos piscara.
         Todo el día pelar elotes, todo el día echarlos al vapor, todo el día arrancar los granos, cocinarlos, todo el santo día de dios con el humo del anafre en las caritas hasta que salían las lágrimas chillonas de tanto ardor.
         Ya en la noche cuando terminamos agarramos todas las hojas del maíz y las hicimos bolita, bien apretado, pegándolas con la resina de un pinito y amarrándola bien fuerte con un cordón, y nos quedó  una pelotita bien chula.
         Jugamos mucho rato y en una de esas Miguelón me aventó la pelota y yo la pateé con todas mis fuerzas y salió volada y cayó en la ciénaga, corrimos a rescatarla… Miguel extendió su bracito que era muy mío, porque eran iguales, iguales, igualitos. No fue suficiente, se estiró mucho más lejos y resbaló de la orilla y se clavó de cabeza en el pantano.
         Me asusté muy recio y extendí mi manita para agarrarle una de las patas que aún salían del fango, lo jalé con toda mi vida, pero no salía, le grité a la agüela, pero no venía, andaba muy lejos, no me oía, yo me agarraba bien fuerte a la patita de mi hermano, no lo iba a soltar nunca, poquito a poco mis bracitos se iban metiendo en el lodo que era tibio, luego ya me daba a la barbita, pero no lo soltaba, hasta que mis ojos se llenaron de barro, mi corazón de miedo, mi boca y mi nariz de un sabor a amargo denso que ya no me dejaba respirar.
         Yo no lo solté, no lo solté nunca, hasta que morí un poco, entonces la Chokani me sacó, con sus ojos de luciérnaga enojada, con sus manos de hueso y de aire frío, con su boca vacía de dientes y llenita de espinas, con si corazón de olote, seco, muerto, duro. Metió su vestidito al lodo y con él sacó a mi hermanito, Miguel traía los labios azules, sus ojos bien fijos, sus manos engarrotadas y el corazón igual al de la llorona, seco de vida.
         Yo lloré mucho, Chokani me besaba el pelo, lloraba también muy duro, yo quería tirarme al tremedal pero Chokani no me dejaba, me agarraba con mucha fuerza, me sometía, me hacía daño, yo nada más quería irme de prisa para alcanzar a mi hermano y jugar con la pelota allá donde él estaba.
         Lloré tanto hasta quedar dormido, desperté en la cama de la agüela, y en el tapanco estaba metido en un cajón mi hermano Miguel, ya muerto, muchas gentes morboseando, Estelita llorando, y rezando el Padre Minor.
 
II.II
Estelita nos levantó muy temprano a Jorge y a mí; yo tenía mucho sueño y no quería levantarme, me sentía tan cálido acurrucado contra la espalda de mi hermano, somnolientos y hambrientos,  pero cálidos y juntos. ¡Que aroma tan increíble el del carbón ardiendo en el anafre! Ponía mis plantas frías sobre las piernas de mi hermano, eso le hacía cosquillas y reía de un modo tan juguetón.
         Yo me moría de risa cuando el respondía igualmente haciéndome cosquillas, nuestras risas eran iguales, perfectamente duplicadas, la misma risa, la misma voz.
         Estelita nos lavó las caras con agua tibiecita de un pocillo despostillado, Jorge jugueteaba y me sacaba la lengua el muy zafio.
         Teníamos que preparar la elotiza para la fiesta de San Juan y había una pila enorme de elotes por pelar y desgranar.
         Estelita nos trajo un café y cocol para desayunar, a mi hermano le encantaba el cocol, a mí también, siempre pasamos hambres; dice Estelita que yo era el mayor por doce minutos, por eso no quería que mi hermanito pasara esos doce minutos de hambre con los que le aventajaba yo, por eso siempre le di mi cocol.
         En la noche, cuando terminamos la faena, Jorge y yo hicimos una pelota con las hojas de maíz y jugamos muchísimo rato ¡nos divertimos tanto!
         En una de esas le aventé la pelota y Jorge la pateó con mucha enjundia y fue a dar a la ciénaga, corrimos a rescatarla… extendí mi brazo sobre el lodazal para alcanzar la bola pero no era suficiente, me estiré mucho más lejos y resbalé de la orilla, dando con la cabeza en el fondo del pantano.
         Me asusté muy recio, manoteé entre las penumbras del fango, peleé con toda mi vida, pero no salía, le grité a la agüela, pero no venía, andaba muy lejos, no me oía, sentía la manecita de Jorge que me asía muy fuerte de los pies, no me soltaba y yo peleaba porque lo hiera, en esa batalla sentía que iba jalando a mi hermano conmigo, nunca me soltó, entre la oscuridad tibia del lodo descubrí su cabecita, sumergida, igual que la mía, quedamos atrapados en aquella tumba coloidal.
         Me abracé al cuerpecito de mi hermano en la profunda negritud del barro, hasta que alguien me lo arrebató de mis brazos tiesos y muertos.
         Lloré tanto hasta quedar dormido, desperté, ya muerto, en un carrizal extraño, y ahí estaba ella, con su vestido blanco manchado por el fango, con los pies hechos de barro, con sus ojos como auroras colosales, con sus cabellos como lluvias nocturnas de tranquilidad, con su boca de lirio suave, vacía de dientes y llena de mariposas, me cargó en su brazos frescos como la vida y me llevó hasta su chinampa. Ella me dijo que ya no llorara, que en adelante mis penas las lloraría ella, y así me consoló.       

domingo, 31 de marzo de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra.

Tauro 

Entonces empezó a llover y ahí es cuando la cosa de verdad se puso de la chingada, de por sí la noche estaba bien cerrada y los pinches faros de la troca casi no alumbraban nada; cuando los relámpagos estallaban en el cielo su luz también surcaba y electrocutaba toda el agua de las lagunas, el cielo se caía cabrón, se caía en serio, a los pocos minutos el agua anegó el camino y ya no se veía ni madres, no podía bajarle porque si lo hacía el agua seguiría creciendo y ahí me iba a cargar la chingada, era cuestión de minutos para que el agua siguiera subiendo y cubriera por completo la camioneta, además no podía, tenía que llegar en chinga. Ya no se divisaba la calzada, las lagunas se habían unido de nuevo, ya era una sola, gigantesca, voraz, explosiva cuando refractaba la luz de los rayos, al fondo los volcanes se miraban tan tenebrosos coronados por dos remolinos de nubes que pareciera, querían tragarse sus cumbres de un chingadazo. ¡Qué chingón se miraba, maestro! Era una cosa que daría gusto ver siempre y cuando no estuviera uno a la mitad de la tormenta a punto de que el agua lo arrastrara al fondo de esas lagunas de la chingada. Seguí acelerando y la troquita se sesgaba por la potencia del agua, de no ser por los tules que bordeaban la calzada, jamás hubiera sabido por dónde manejar, me hubiera metido a la mera laguna sin darme cuenta. La sentí de cerca, muy encabronada, pa’ mí que ella ya sospechaba que iba a verla, y no me quería dejar llegar. No se miraba ni madres, cuando pase la planta del toro pasando Valle, un relámpago hizo día la noche por tres segundos enteros, y miré el paisaje de muerte vacuna flotar por la laguna, docenas de vacas ahogadas meneadas de un sitio para otro por las aguas emputadas; cuando volví la mirada al frente el cadáver de una vaca negra me impacto por la izquierda y ya no supe nada compadre, hasta que amanecí en este pútrido hospital.
La voy a encontrar Martín, estoy bien cercas, la voy a encontrar, me cae de huevos que esta vez si la apaño… no puede darme al traste… lo sabe… y sabe que me acabo de dar tinta de eso… esta vez sí apaño a la chokani, Martín. La voy a apañar aunque me truene otros doce huesos.

domingo, 3 de marzo de 2013

Doce



Por César Abraham Vega Guerra.

Aries
I
Encuentran más de seis kilómetros de tul y encaje en el lecho seco del Canal de la Compañía.
Locales • 23 Febrero 2012 - 5:03am — Adolfo Granados
Tras iniciar las primera labores de remoción del Canal de la Compañía, la CONAGUA encuentra en el lecho del río seis kilómetros de una extraña tela perfectamente conservada.

Ixtapaluca., México. Luego de que por sexta vez el canal de aguas negras La Compañía, se colapsara, el gobierno federal, a través de la CONAGUA, decidió deshabilitar este afluente; por lo que el día de ayer se dio inicio a las primeras obras de remoción de las paredes de contención de lo que fuera el Río de la Compañía.
En dichos trabajos, una cuadrilla de obreros encontró entre las tierras fangosas que correspondían al lecho del río, rastros de lo que parecía ser una tela muy fina y en perfecto estado de conservación, al disponerse a extraerla del foso en el que la encontraron, los trabajadores se percataron de que el trecho de tela sólo era un segmento de un tramo mucho mayor que se encontraba enterrado a todo lo largo del cauce del río del que tras ocho horas de labores se extrajeron más seis mil setecientos metros de un tejido muy particular compuesto por pedazos de tul, encaje y algunas incrustaciones de piedras de muy raro color
Un grupo de antropólogos coordinó la extracción de este hallazgo y aún no pueden explicar su existencia ni mucho menos el grado de conservación que presenta el tejido, particularmente por las condiciones del entorno donde fue hallado que, aseguraron, son altamente propicias para la descomposición y degradación de este tipo de materiales.
El ingeniero Quintín Páramo, experto textil, aseguró de manera extraoficial que por el tipo de tejido y el material de que parece estar hecha, la “prenda” debe tener una edad superior a los doscientos años, aunque confirmó que serán los peritajes de laboratorio los que confirmen o refuten este dato.
El munícipe del lugar, Adalberto Salgado, aseguró que durante muchos años en las inmediaciones existía una planta textil de gran capacidad que durante más de medio siglo trajo empleo y progreso al pueblo de Ayotla, la cual cerró hace algunos años por irse a la quiebra; el alcalde sostiene que la existencia de la textilera podría explicar el origen de la tela.

II
Yo. Sola, como el borrego de la montañas, sola como está lámpara nocturna que se me clava entre los ojos, sola como la única estrella que brilla en el distante cielo, en el cielo distinto al que mis ojos vieron cuando todavía de ellos rutilaba vida, como la vida rutilante que de las estrellas salía y que atravesaban de luz a todo el cielo.
Hoy aprendí a decir una palabra nueva: No mames. Así me dicen a menudo en estos lares, así me nombran por donde me abro paso, por donde mis cabellos mojados escurren rastros de que existo, aunque ni exista.
Sí existí, y aún existo, pero existir ya es bien distinto a lo de antes. Antes llenaba mi boca de maíz y atole, antes corría y se me herían las plantas de los pies descalzos, antes tuve una palabra que era mía, que me hacía ser yo cuando se pronunciaba. Teresa: esa era mi palabra. Ixuiuhtli: me decía mamá María, Nantli me decía Jacintito; pero Teresa era mi palabra porque sólo Jacinto la decía muy raro; muy bonito pero raro; como si no quisiera que se escapara la s de mi nombre, la detenía muy suavemente con la punta de su lengua, y la acariciaba, muy suave dejándola pasar muy lento, desinflarse, impregnarse con su saliva en un beso imperfecto: Teresssa, Teresssa me decía y yo me ponía a hacer conejos con las nubes, silencios con el ruido, luces con las penumbras, ternuras con mis temores, corazones con las pitahayas, y suspiros con mis amores.
Ni yo podía nombrarme como él lo hacía, con su voz de gachupín hermosa y franca. Con su voz de trémolo cabrío apaciguado. Sólo él me daba un mundo para mí, con ese nombre, y una Teresa mas mía de lo que soy brotaba de la palabra cuando Jacinto la pronunciaba.
Ahora soy “no mames”. Hoy aprendí que así me llaman por estos lugares grises donde ando.

III
Video cortesía de Juan Pedraza: