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domingo, 7 de julio de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

POR FIN ERA LA CALMA

La angustia de la noche anterior había dejado de ser una opresión en la garganta, un ahogo, y un laberinto con solo una salida. Sentada con la vista fija en la danzante llama, mientras que sus manos recargadas sobre las piernas sostenían un pedazo de papel higiénico arrugado por tanto uso, trataba de fijar en la memoria la figura, el timbre de la voz y lo dicho, tal vez también el aroma. Esa era la razón que la hacía volver una y otra vez sobre sus recuerdos; los cuales al principio ganaban en riqueza, detalles nuevos se desvelaban tras una segunda, tercera, cuarta…, lectura: una arruga en la camisa, un brillo que se colaba por la ventana, la aspereza que tenía el rostro mal rasurado. Sin embargo, llegó el momento en que ya no hubo más, incluso cada retorno comenzó a desgastar la nitidez que había logrado en ellos.
Gansos
Laura Beticia Aguilar
          Alguien de la familia tose, son las tres de la madrugada y el frío comienza a colarse bajo la piel, la euforia ha abandonado a los aún presentes que se resignan a quedarse quietos en sus sitios. Ya se han contado todas las anécdotas posibles. Soñolientos todos, se resisten a la derrota, pero sus mentes divagan, trémulas sombras haciendo guardia ante el abismo. Las calles deben de estar casi desiertas y las luces de las casas apagadas.
Cuando lo trajeron, ella quería que los dejaran solos. Sacar la maleta en donde estaban guardadas, junto con los papeles más diversos, las pocas fotografías que tenían, y contarle, otra vez, como se había salvado de la fiereza de los gansos cuando era niño, gracias a la cualidad de andar gateando por el patio en vez de caminar, pues su hermano mayor que sí caminaba, constantemente era atacado por una horda de furiosos patos que se creían dueños de ese territorio. En cambio él y el perro eran respetados por su andar en cuatro patas. Quería contarle también de donde provenía la cicatriz que tenía debajo de la barbilla. Quería… Sin embargo, cuando por fin los dejaron solos tuvo que conformarse con vestirlo. Había tanto por disponer.
Entonces, todavía no era la ausencia, aún era un pinchazo no ubicable que cambiaba de lugar, que se retorcía, que por momentos parecía ser falso. Además, las mismas circunstancias reclamaban cierta atención de su parte, responder a preguntas prácticas de familiares acomedidos que, torpemente, trataban de ser útiles. No sería sino hasta horas más tarde cuando por fin habría de llegar  la calma. Olor a tierra húmeda, a flores dulces en descomposición, a tabaco y a café. El dolor puro, sin angustia, sin incertidumbre, sin más escenarios posibles que lo realmente acontecido.

domingo, 9 de junio de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

UN DÍA
Cuando sonó la alarma de mi teléfono celular sentí, como cada día, que debería arrojarlo fuertemente contra el piso y continuar descansando. Últimamente me cuesta mucho trabajo conciliar el sueño: apenas consigo dormir algunos minutos cuando ya está sonando el maldito aparato. Sin embargo, contrario a mis deseos, tuve que sentarme a la orilla de la cama; así, a oscuras, y comencé a rasurarme. Hace tiempo que huyo de mirarme en los espejos.
El espejo atormentado
Egon Schiele
El ruido de la lluvia, que regresaba precisamente ahora que me preparaba para salir, me hizo pensar que sería un mal día. Agreguémosle que, ¡idiota de mí!, otra vez me corté. ¿Cómo es posible que aún no consiga acostumbrarme? La gota gorda que corrió por mi mejilla me obligó a entrar al cuarto de baño y encender la luz para mirar el desperfecto. Ahí estaba, era una cortada de medio centímetro que pretendía arrancar una parte de la amplía cicatriz: solo una pequeña cicatriz que se sumaba sin añadir nada a la otra. Me puse un poco de cinta y pasé a la cocina a tomar un vaso de leche antes de salir.
Al llegar a las oficinas vi que el Firuláis ya me estaba esperando dentro del carro; ni siquiera iba a poder fumarme un cigarro antes de comenzar la jornada. Encendí el motor y esperé la orden… Vagamos sin sentido por la ciudad toda la mañana, en silencio. El tedio aumentaba conforme transcurrían las horas, de vez en cuando miraba con deseo el bolsillo de la camisa donde permanecían intactos los cigarros.
Odio este trabajo y, sin embargo, es lo único que sé hacer. Después del accidente intenté dedicarme a otra cosa; no había nada para mí, incluso trabajé dos meses como cajero en un minisúper, pero la paga era mala y no me alcanzaba. Si fuera yo solo no tendría problema con eso, pero tengo una hija y, aunque casi no la veo por algunas diferencias que tuve con su madre, no pienso desentenderme de ella. Aquí la paga es mejor y tengo un seguro de vida que servirá de algo. No me quejo, sé que la vida es así, nadie ha dicho que deba ser fácil, se hace lo que se puede.
A las dos de la tarde tomamos rumbo a la plaza, nos tocaba manifestación de nuevo. De unas semanas para acá la cosa se está calentando, corren rumores de que hay algunas células armadas; también se dice que los armados pertenecen a otras corporaciones. La verdad es que en esto nunca se sabe de dónde va a venir el golpe o hacia dónde se va a dar, uno nada más recibe órdenes y las cumple; ruedan cabezas y todo está bien mientras no sea la tuya.
Dejamos el auto estacionado a dos cuadras de distancia y nos metimos a la manifestación a tomar fotos. Como a las cuatro otra vez comenzó a llover. Unos minutos más tarde la gente se esparcía por las distintas calles cercanas a la plaza. Nosotros hicimos lo mismo y estábamos a punto de meternos al carro cuando sonaron los primeros disparos. En poco tiempo la gente corría de un lado a otro, volaban piedras, se empujaban unos a otros, se escuchaban los gritos de alguien que desde el suelo suplicaba que no lo pisaran.
El cobarde Firuláis se escudó detrás de mí, pero con todo y eso no se pudo salvar, una piedra que trazó una parábola en el aire le dio justo en el rostro. No era grave, así que me limité a observar cómo gemía mientras una lágrima asomaba de sus diminutos ojos. Los labios se le habían hinchado horriblemente; por un momento tuve la certeza de que iba a caerse; trastabilló unos pasos y luego, con su brazo extendido, se asió del de un joven cualquiera, que trataba de alejarse del alboroto. El muchacho, desconcertado por el tirón, volvió el rostro en el momento en que otra mano se aproximaba hacia su nuca, después fue a dar de cara contra la puerta del vehículo, luego fue molido a patadas por un Firuláis que rabiaba y lo metía a empujones en él mientras me ordenaba que arrancara. —A ver si de veras eres muy machín, cabrón—, le decía a gritos al pobre tipo que estaba completamente desconcertado, a la vez que usaba su cuerpo como costal de entrenamiento. —Tú fuiste de los que dispararon—. Y como el otro lo negaba, le pegaba con la cacha de su arma en la cabeza. Así continúo por varios minutos hasta que el chico dejó de moverse. Entonces por primera vez en este día volteó a mirarme. —Este ya no nos va a servir—, me dijo, y luego regresó a su mutismo de siempre.
 

domingo, 12 de mayo de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

El cementerio
No me gusta pasar por el lado del cementerio, no es miedo a los muertos el que tengo, incluso acompaño a mamá  cada mes a llevarle flores a mi abuela. A pesar de la aridez de la tierra, pues no hay ni una sola lápida en aquel panteón, el lugar me parece agradable. Me llevo un cuaderno y un lápiz y me pongo a dibujar monigotes,  peces, árboles. En otras ocasiones me dedico a observar los bichos, hay gran variedad de ellos: saltamontes, grillos, arañas de diferentes tipos, moscas de colores, abejas, ciempiés… En fin, con decirles que mamá en muchas ocasiones tiene que dar un fuerte tirón en mi camisa para que regrese al mundo.
         No, no es miedo a los muertos,  ellos ya no causan problemas, se quedan quietecitos en su lugar, no le ponen peros al cajón en que se van. Mi miedo se debe a otras razones, ¿cómo decirlo…? Bueno, pues habrá que comenzar por el principio y decir que el panteón en donde está mi abuela y el cementerio que me causa terror no son la misma cosa. Aquí en el pueblo le decimos El cementerio a un terreno baldío que está en las afueras, era de las tierras que repartieron después de la revolución, según me conto mi abuelo, para que la gente cultivara, nada más que de un tiempo acá, con eso del cambio climático y como no tenemos presa, ya no le siembran nada porque se seca la cosecha.
         A mí me da pavor caminar por ahí solo, por eso mis compañeros en la escuela dicen que soy marica; ellos, en cambio, esperan todo el santo día a que suene la chicharra y corren al cementerio. Esto a pesar de la advertencia de los maestros, quienes siempre nos andan diciendo que no pasemos por ahí, que mejor le demos la vuelta por el otro lado del pueblo. Yo siempre les hago caso y no es que me las dé de muy obediente, la verdad antes era mi lugar favorito para irme a buscar bichos y dibujar monigotes, me le escondía a mi papá cuando se iba con los borregos a buscar algo de yerba para que comieran.  Él se enojaba mucho y empezaba a gritar —Cabrón chamaco, ¿dónde te metiste?—. Y yo escondido detrás de los chiqueros escuchaba como mi mamá le decía —déjalo, que de seguro tiene mucha tarea y la tiene que hacer— y me iba al cementerio con mi mochila,  por si me cachaban aparentar que estaba haciendo la tarea, pero luego luego que llegaba me ponía a ver los bichos o sacaba una libreta y comenzaba a dibujar.
         Así anduve meses, pero un día cuando llegué al cementerio que me encuentro a un hombre. Tenía la camisa manchada de sangre y a su alrededor había una mancha negra y unas moscas de color verde esmeralda ―la verdad es que nunca he visto una esmeralda, pero con ese tono de verde me las imagino― le volaban encima. No tuve miedo. Sí, mi miedo no es a los muertos. Me le quede mirando un rato y luego regrese para mi casa, venía yo tan pensativo que no me di cuenta de que era la hora en que regresaba mi papá y, pues, que lo encuentro a mitad del camino.  Como me empezó a regañar, para tratar de distraerlo le conté lo del muerto. Me dijo que me fuera para la casa con las borregas. Llegué y las metí al corral.
Casi toda la tarde anduve dando vueltas y vueltas, esperando a que mi papá regresará y nos contara que había pasado. Por la noche mi mamá, ya muy preocupada porque no volvía, lo fue a buscar. Regresó llorando y me dijo que lo tenían detenido, porque supuestamente él era el principal sospechoso por el muertito y aunque  les dijo que si él lo hubiese matado no les habría ido a avisar, no le creyeron y ahí sigue desde hace dos años. A partir de entonces, aunque  han aparecido muchos cuerpos, ya nadie se atreve a avisar. —Ahora se avisan ellos solitos después de algunos días de venir a echarlos—, dicen en el pueblo.
Por eso no me gusta pasar por el cementerio y prefiero darle la vuelta aunque me tarde el doble. Tenía, según me enteré, como dos meses que no habían ido a sembrar muertito. Con decirles que hasta mis compañeros habían cambiado de ruta y se iban por el otro lado, donde está el mercado  y el quiosco con los columpios alrededor; sin embargo, hoy en la mañana me quedé dormido más de la cuenta y tuve que pasar por ahí. Estaba temblando, pero a mitad del camino pensé: si te ven así  tus compañeros te matan a pedradas y eres el próximo muertito que encuentren, así que respire profundo, saque el pecho y me puse a silbar, y así hubiera continuado si no es porque ya para salir del baldío que me encuentro a un muchacho como de unos veinte años tirado y con la cabeza llena de sangre. El color me hipnotizó, la sangre no estaba negra y seca como la vez anterior, era roja y escurría poco a poquito de sus cabellos.
 La verdad es que me hubiera quedado todo el día mirando el espectáculo si no es porque de momento lo vi que se giró. Me pegó un susto tan grande que no paré de correr hasta llegar a la escuela. Ya en la entrada, a  un maestro se le ocurrió preguntarme si me pasaba algo, yo le dije que estaba bien, que sólo había corrido para llegar a tiempo. La verdad me remuerde un poco la conciencia, pero no me voy a arriesgar a que ahora me salgan con que mi mamá es la principal sospechosa.          

domingo, 14 de abril de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

Noche
La lluvia toca suavemente a la ventana, el respirar  acompasado, casi tranquilo. De vez  en cuando un leve gemido, un sobresalto en el pecho te hace acariciar su mejilla, abrazarla un poco más fuerte. En vano tratas de imaginar su pesadilla jamás asible, monstruo de cien cabezas que siempre se recompone ¿cómo atacarlo si está dentro de ella? A veces en la desesperación más terrible has concentrado todas tus fuerzas para asestarle el golpe definitivo y después salir huyendo.
Te imaginaste bajo la lluvia corriendo al lado del río embravecido que se lleva nuestra mierda al mar, imaginaste el contacto frío del agua y tus lágrimas calientes, imaginaste la desesperación del arrepentimiento sin salida, pero ¡sorpresa!, tu golpe siempre acertó en la niña asustada que se deshacía de dolor, luego tu arrepentimiento, el asco, tus maldiciones contra un dios en el cual ya no creías, al cual ya no podías volver por más que te esforzaras en mentirte. El rostro en el espejo que te mira con los ojos inyectados de sangre, la voz interna que dice que tienes que seguir incluso sin motivos, aunque todo esté perdido desde el comienzo.
Un sudor tibio cubre todo su cuerpo y en los espacios donde el tuyo lo toca la humedad los pega. Por vez primera, sólo por un breve momento te sientes pleno. El  cuerpo tibio, el aroma de su cabello en el cual te internas como en un bosque donde se puede respirar con tranquilidad mientras ella duerme. Lluvia que repta en los cristales. Impúdicamente estudias cada uno de sus gestos, reconoces con las manos ese espacio ajeno que, lleno de asombro, miras resplandecer en la oscuridad. Afuera los camiones de carga pasan arrancándole estertores al silencio, los imaginas como rectángulos distorsionados en color sepia que, conforme se alejan, disminuyen en proporción.
El tiempo que no perdona nada avanza y, conforme presientes la llegada del día, la angustia va aumentando. Cerdo satisfecho te dice la conciencia y tu felicidad se escapa, te saca la lengua. Las nubes negras, los buitres melancólicos, los niños de la calle, los cerdos que desde el púlpito adormecen al rebaño, sus camionetas de lujo, tu abuelo viejo que dice que ya no tiene fuerzas para levantar la cosecha, todo por dos mil pesos…
La gente enloquecida por el poder, aprendiendo a bajar la cabeza hasta que les llegue su oportunidad de destrozar cráneos, ¿de sentirse vivos? Toda la angustia que llevas arrastrando sin que por ello se deshilache un poquito, ¿cómo vas a vencer si te enseñaron a no hacer trampa aunque ellos siempre la han hecho? Suena la alarma, sólo un breve tic que de inmediato callas, te liberas de sus brazos, ella te busca como un gatito ciego, la cubres, le das un beso y sales sin esperanza.  

domingo, 17 de marzo de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

Elevación

En un principio no había luz, todo era silencio, los ojos un par de esferas que orbitaban en vano, ciclos que se repiten. Luego el criick, lamento de los desposeídos, aleteo. Alto, cada vez más alto, ombligo del cielo desgarrado, no un rayo, apenas luz sin emisor, una gota de leche en la taza de café. Fría niebla danza con suavidad, a uno y otro lado se descubre el vacío, menos la ramita que te sostiene. Un algo que necesitas que no viene de la conciencia, sólo un presentimiento. Te extiendes y saltas pero no caes.
         Polvo y piedras que vienen, llegan y se van. Más alto, distancia barrida en la búsqueda, sólo polvo ahora. No, también luz y aire, toda una inmensidad para ti,  hasta donde alcancen tus fuerzas, el espacio es tuyo, el sol, el aire, el aire…
         Polvo y más polvo y… entonces viste la señal en el horizonte, pero algo abajo te distrajo, un bulto, cosa rara arrojada. El sol se aleja y algunos granos de polvo crecen transformándose en piedras. Te encojes, latir acelerado. Sube y baja con suavidad y se convulsiona, pequeña niebla blanca, giro sorpresivo que te aleja de la tierra.
         El punto crece en cuatro direcciones, más hacia arriba y hacia abajo. Verde sonido que repica. Seres que entran, mientras otros permanecen afuera, pan para el hambriento, sólo las migajas por las que otros como tú pelean, por fin una es tuya, una más y luego la gloria, blanca paloma de pan frente a tus ojos, hipnotizado vas al matadero, codicia… Golpe seco desde la nada. No la nada, sino el anonimato, aliento húmedo de las fauces, libertad y agonía alternadas, latir enloquecido. Imposible la elevación ya sin tu fuerza, saltitos hacia la sombra, momento final que no llega.
         Shhhhhh, piel que te ampara sin tú saberlo, pasos en travesía, exploración. No la libertad sino el encierro compartido, ojos que te miran, se alejan, vuelven. Tiempo inexistente, medida del vacío. Calma, renacimiento. Piel que te busca y la rechazas, elevación, golpe seco contra el cristal y caída, piel que te ampara sin tú saberlo. Pasas nuevamente de la sombra a la luz, libertad y elevación.
Polvo y piedras que vienen, llegan y se van. Más alto, distancia barrida en la búsqueda, sólo polvo ahora. Aún luz y aire, toda una inmensidad para ti,  hasta donde alcancen tus fuerzas, el espacio es tuyo, el sol, el aire, el aire…
De nuevo el bulto ya sin movimiento, extraño milagro. No lo sabes pero presientes que pronto vendrán los gusanos. 

domingo, 17 de febrero de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.
 

Había llovido toda la tarde
Había llovido toda la tarde en que Andrea llegó empapada a su casa; cuando su madre salió a abrirle la puerta,  llevaba, para medio protegerse, un viejo paraguas al que le faltaban algunas varillas dándole un aspecto ridículo. Estaba a punto de comenzar con el regaño ritual, pero el aspecto de naufraga que traía la chica la obligó a hacerse a un lado y simplemente la dejó pasar, incluso trató de protegerla como si no trajera encima toda la lluvia que había caído en esa tarde.
         Apenas entró en la primera habitación, de las dos que componían junto con el pequeño patio de tierra toda la casa, se quedó parada encima de la jerga, su madre que se había entretenido en colocar el paraguas detrás de la puerta se le quedó mirando, tiritaba.
­          - Te va a dar una pulmonía- le dijo.
Andrea permanecía clavada en su sitio, encima de la jerga, con la mirada extraviada. Su madre buscó una toalla en el ropero, con ella la envolvió tanto como pudo y la condujo a la siguiente pieza en donde la obligó a sentarse encima de la cama y fue a buscar unas ollas para poner a calentar un poco de agua. Mientras tanto la hija rememoraba.
Cuando le llamaron para decirle que al fin lo habían encontrado, no supo que sentir, hacía tres días que no se sabía nada de él, las siguientes palabras que escuchó orientaron su dolor. Salió tan a prisa que olvidó llevar consigo las monedas suficientes para tomar el microbús de regreso. Afuera de la casa del muchacho vio el maldito moño negro, la puerta estaba abierta, adentro un grupo muy reducido de personas se miraban entre sí y luego volvían a la contemplación monótona del ataúd.
 La casa era igual de pobre que la suya. No supo cuanto tiempo estuvo parada sin saber qué hacer, hasta que el aroma dulzón de un café que se preparaba  en la cocina la hizo tomar conciencia de sí misma, usó todas sus energías para dar unos pasos desafiando a la fuerza de gravedad que tiraba de sus entrañas en dirección al piso.
El rostro que miró a través del cristal le pareció el de un extraño, pensó casi con felicidad que se habían equivocado, que no era él; el rostro pálido se veía mucho más ancho que el que su memoria guardaba, se parecía más bien al de un muñeco de plástico. Tuvo que comparar cada uno de los rasgos de ese rostro con sus recuerdos de una forma metódica para convencerse de que era él. Qué tanto nos cambia la muerte que ni siquiera nos parecemos a nosotros mismos, pensó.
En los días de angustia vividos tuvo tiempo para crear un sinfín de escenarios, en los peores se imaginó parada frente al féretro llena de odio reclamándole por no hacerle caso, y ahora que estaba allí supo que no tenía sentido, ¿de qué valía ahora que ella tuviera razón si al final de cuentas quien estaba muerto era él, si de todas formas ya no la escucharía? Se dio vuelta y salió.
 

domingo, 20 de enero de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

Era la tierra seca

Era la tierra seca, áspera y blanquecina lo que más le molestaba de la situación, lo otro no importaba, después tendría tiempo para preocuparse. Lo inmediato era evitar esa picazón en la garganta que lo obligaba a toser contra su voluntad, pues, ahora lo veía, el aire que expulsaban con violencia sus pulmones levantaba diminutas tempestades frente a su rostro, tempestades que inhalaba con desesperación a su pesar. Había entrado en un círculo vicioso, en el que la convulsiva tos le vaciaba de aire los pulmones con la consiguiente sensación de ahogamiento, lo cual lo obligaba a aspirar de manera desesperada los remolinos de polvo.

          Cerró los ojos que comenzaban a arderle y trato de pensar. Algo en especial debe de tener esta tierra, alguna sustancia a la que soy alérgico. Nuevos estruendos vibraron en su pecho, iba a abrir los ojos, pero la orden muscular, que ya viajaba veloz, fue interceptada en el último momento por la idea de que sería un gasto innecesario de energía, esperó todavía a que pasará el siguiente ataque. Aspiró y antes de que las convulsiones llegaran otra vez, concentró todas sus fuerzas en un movimiento con el cual consiguió voltearse boca arriba.

          El picor en la garganta fue disminuyendo hasta que cuajó en una costra. Los parpados cerrados cambiaron de un tono café a uno naranja que rápidamente se convirtió en rojo intenso, maquinalmente giró un poco la cabeza para tratar de evitarlo. Es el sol. Se sintió feliz. Me recuperaré un poco, estoy muy agotado.

          Un choque de adrenalina lo obligó a abrir instintivamente los ojos y el sol se los quemó, volvió a cerrarlos. Algo caminaba por arriba de su ceja derecha. Una araña. Intento mover sus manos pero no pudo. Va a meterse en mi oído. No podía hacer nada, sólo imaginar, describirse la sensación… No era muy grande y estaba tibia. Estoy sudando. Sonrió, y para comprobarlo giró la cabeza al lado contrario. El movimiento que sentía arriba de la ceja se detuvo y luego cambió de dirección.

          Se imaginó a sí mismo tirado como estaba, sudando en medio de la nada, el rojo de los parpados cambió el color del sudor en su imaginación. Quizá es sangre. Aspiró profundo tres veces y alcanzó a percibir un sabor a ocre. Es sangre…

          A ver si deberás eres muy machín, cabrón…

          Algo se le revolvió en el estomago, no quería pensar en eso, escuchó un crujido y la tierra comenzó a temblar acompasadamente, respiró profundo una vez y estuvo atento. Ahí siguen. Sólo la tierra seguía temblando. Comenzó a contar lentamente. Uno, dos, tres…

          Paró en el tres mil seiscientos. Una hora y nada. Pero la tierra seguía temblando. Maldito sol, de seguro es mi cabeza, ojalá pronto oscurezca. Intento mover uno por uno de sus miembros y, exceptuando la cabeza que podía ir de izquierda a derecha, ninguno le respondió. Estoy muy débil. Más al rato.

          Para pasar el tiempo se ejercitó en recordar, saltaba de un momento a otro de su vida. Es como un largo insomnio. Hábilmente evitó durante horas los hechos recientes. No supo en qué momento el rojo dejó de serlo. Primero observó a su derecha, luego a su izquierda. Nada, estoy solo. Y comenzó a sentirse triste, luego el hambre y finalmente la sed que sentía lo hicieron concentrarse en otras cosas.

          Trató en vano de moverse en repetidas ocasiones. Estaba a punto de llorar, pero se sintió ridículo. No tiene caso…

          Primero apareció la luna, después una estrella. Es un planeta, pero ¿cuál? La noche toda llena de estrellas se veía magnifica. Tenían razón no valía la pena meterse en estas cosas… Se interrumpió, y se quedo mirando el cosmos, luego cerró los ojos…