domingo, 26 de mayo de 2013

Doce

Por César Abraham Vega Guerra. 

Cáncer 

―Tú me acompañaras ¿verdad María?― Me dijo la señorita Valeria y sus palabras entraron en mí como el más suave aguamiel que jamás haya probado; como un sol muy tibio y limpio que me hacía cosquillitas en la espalda. No hacían más de once días que la señorita Valeria estaba llegada de España; los manglares, las garzas, los cangrejitos rojos, el aroma del mango, del coco, del plátano y la papaya, ponían en su rostro unas mejillas coloradas y en sus ojos una sorpresa tierna ante todo lo que miraba; parecía todo el tiempo como si quisiera llorar de una impresión tremenda o de felicidad. 

Yo conté con un miedo y una angustia sabrosa todos esos días que faltaban para ir a la fiesta de máscaras que organizaba el regidor Gil Garría con motivo de los carnavales de San Hipólito. Yo me la viví en carnavales toda mi niña vida, todos los años nuevos hasta los once de edad en que los Aragón me tomaron para trabajar como moza de su casa Nunca antes de eso usé corpiños ajustados, nunca antes de eso me puse ropa dura, almidonada; nunca antes de esos días tuve que andar por ningún lado silenciosa, cuidando de no hablar con los señores, tratando de ser en lo posible, nunca vista por las personas principales de la casa; nunca antes supe colocar los cubiertos en la mesa; ni nunca nunca antes de estos años pardos tuve que callar mis canciones tropicales con mi voz de niña que sólo podía ya cantar cuando bajaba al río a lavar las sábanas y estaba segura de que nadie me escuchaba, y nunca antes de todo eso fui a un baile en toda mi niña vida, esos eran para Españoles y también para algunos de los Criollos.  

Cuando llegó la señorita Valeria, Don Salustiano, su padre, dispuso para mí el trabajo de doncella; quien sabe que sea lo que doncella significa, sólo sé que tengo que atender a la señorita en todo lo que disponga y necesite; me pareció al principio que doncella era algo como grosella, pero poco a poco fui aprendiendo que en realidad no se parecen nada. 

Ser doncella es más sencillo que ser moza, ya no tengo que hacer tantas cosas, puedo hablar un poco más aunque no siempre, salgo en carro con la señorita a cada día, veo más calle, veo más campo, veo más gente, uso ropa más bonita, no tanto como la de la Valerita, pero sí como más y mucho más sabroso. 

―Tú me acompañaras ¿verdad María?― ¡dijo! Y yo quería decirle que sí saltando y gritando de felicidad, besándole la cara a la señorita, corriendo por toda la finca presumiendo que ni una otra moza ni doncella de esa casa iría disfrazada al baile de carnaval. Pero no pude más que contenerme y estrujando la manteleta de mis faldas asentí con la cabeza gacha. 

El día del baile la Valerita me regaló un vestido suyo, días antes se lo había dado a Romualda, la costurera, para que lo arreglara para mí; ella se vistió con un vestido del verde más hermoso que hayan visto mis ojos en mi vida niña; sus cabellos rubios los contuvo con una tiara de piedras verdes luminosas; y se embozó en el rostro un antifáz de terciopelo, encaje y piedras de una preciosa hechura que envidiaba. 

Nos llevaron en carruaje a la casa del regidor Garría; al llegar el cochero desplegó una sombrilla para resguardarnos de la tormenta que caía, y nos escoltó asidas a su brazo hasta la recepción y ahí nos dejó. 

―¿No te impresiona María?― dijo la Valerita cuando ante nosotras se descubría la gala y el esplendor del lugar: los manjares, las mesas, los candelabros rojizos, el perfume de jazmin, de vainilla, de rosas y de sándalo ponían en mi rostro unas mejillas bien rojas y en mis ojos una sorpresa tierna ante todo lo que miraba; parecía todo el tiempo como si quisiera llorar de una impresión tremenda o de felicidad.

Todo era movimiento, todo era felicidad, todo era un misterio, un morbo, una cosquilla en la espalda. Todo era belleza, armonía y suavidad. Todo el ambiente estaba ebrio de todo, de comida, de vino, de lujuria y de soledad. 

Se acercó a nosotras Don Servando, el hijo del regidor, y nos saludó a las dos con el mismo denuedo y cortesía. Nos besó las manos, nos hizo flores con su boca, nos hizo reír, me hizo estremecer con el fulgor maligno de su sonrisa, mi hizo temblar con el roce tibio de sus dedos en mis brazos, me hizo palidecer con su mirada tan atrevida. Al poco rato nos ofreció bebida. Pidió con cortesía bailar con Valiertia. Morí al ahogarme en el licor de aquella copa, tratando de apagar el ardor horrible que me consumía al verlos bailar tan diestros y tan juntos, al mirar la sonrisa de mi señora reventar en su maldita boca cuando Servando le influía no sé que otro licor en sus oídos. 

Cuando regresó sonriente, su mirada no se despegaba de mis ojos. ―Vas a bailar conmigo ¿verdad María?― Me dijo Don Servando y sus palabras entraron en mí como el más abrumador licor que jamás haya probado; como un sol ardiente y recio que me hacía cosquillas en la vientre. Y yo quería decirle que sí saltando sobre él gritando de lujuria, mordiéndole los labios, corriendo por todo el salón constreñida a su cuerpo para embarrarme con las miradas celosas de todas las mujeres ahí presentes. 

Me sacó a bailar con hartos trabajos, mis piernas parecían entumecidas, mi corazón latía con un escándalo vergonzoso que me impedía escuchar lo que Servando murmuraba en mis oídos, mi cara ardía en llamas, y mis entrañas caían por un hueco; el salón daba vueltas en un mareo rotundo e insoportable, mi vista se nublaba de repente. Sentí que caía desmayada. 

Desperté y Servando me miraba con ternura, me había sacado al balcón al aire fresco, escuchaba detrás el serpentear del río y el canto pacífico de las aves nocturnas. Servando mojaba la punta de sus dedos en una copa con licor y los frotaba en mis sienes y luego soplaba con ternura, aquello me hacía sentir mucho mejor; estábamos solos en esa terraza, y adentro la fiesta continuaba, dos urgencias crecían en mis adentros, una suplicaba que volviera adentro con la Valerita y la otra imploraba aun más fuerte porque me quedara en ese sitio para siempre. 

Servando mojó una vez más sus dedos en la copa y acarició con sus yemas mis temblorosos labios, yo los chupé con mucha fuerza, tal vez hasta mordí un poco, tal vez hasta saqué mi lengua y acaricié con la punta la carne entre sus dedos. Servando me hizo suya, más de lo que ya era hasta ese punto, y yo me entregué a él más de lo que pensé que era posible; pues consideraba que ya entonces era suya, toda suya por completo. 

Cuando terminó conmigo me abrazo muy fuerte hasta dejarme en lo más profundo de mis carnes su perfume de hombre y señorito. Me dijo con mucho denuedo y cortesía que debía volver al baile los más pronto, y dejó antes de irse, un beso raro en mis mejillas. Me quería dejar ahí, sola entre las sombras, yo quería gritar que no se fuera mas no pude más que contenerme y estrujando la tela de mis bragas asentí con la cabeza gacha. Comenzó a llover de nuevo, cada vez más fuerte... hasta que llovieron cangrejitos rojos, como el peor de los agüeros.
 
 

domingo, 19 de mayo de 2013

Dos hermanos

Por Nidya Areli Díaz.
 
Bradbury  salió con Pola tomándola por el brazo, le sostenía firmemente el húmero al grado de lastimarla, Pola con todo y el dolor no se atrevía a protestar, se dejaba llevar como una oveja al matadero. Bradbury rabiaba, poco le faltó para sacar espuma por la boca, subió a Pola con brusquedad al auto y manejo a más de 150 km/hr Pola que habría de ser destazada al llegar a casa, sollozaba de vez en cuando, la idea de ser mesera de cantina le hubo de pasar alguna vez por la mente, pero de eso a desnudarse y bailar para los borrachos había una diferencia que le asaltaría solo dos meses antes. Pola sabía que Bradbury le contaría todo a su padre, pensaba fervientemente en la virgen, en San Judas, en Jesucristo, pero ninguno la auxilió en el trayecto a casa. Bradbury preguntó al fin con un dejo de ironía --¿Te cogen los borrachos o nada más les bailas?--, Pola se sintió humillada en lo más hondo de su ser, apretó los puños y se le escapó un alarido, Bradbury añadió --Si no me contestas te va ir peor-, fue entonces cuando Pola respondió con una voz sorda y apenas perceptible --Nada más bailo, nunca me he acostado con ninguno--, Bradbury loco de rabia se había detenido en un motel, Pola lo miro incrédula, en realidad se preguntaba por qué su hermano se estacionaba en ese lugar, Pola no tenía idea, solo se le ocurrió que entrando, Bradbury la molería a golpes o algo por el estilo, no temía tanto que le batieran la cara como que su padre se enterara. Bradbury entro a la administración, Pola no sabía si salirse corriendo del auto y simplemente desaparecer o esperar a ser asesinada por su propio hermano. Pola y Bradbury siempre habían tenido una relación hostil, la madre de Brad había muerto siendo él un niño de cuatro años, su padre se había vuelto a casar con una mujer joven que engendró a Pola, la mujer había muerto trece años más tarde, el viudo sin más ánimos para el amor se había recluido en su empleo de supervisor de una fábrica y desde entonces Bradbury y Pola quedaron abandonados a la deriva, él que ya contaba 26 años al fin halló un empleo que le satisfizo económicamente, Pola que seguía estudiando había agarrado la costumbre de desaparecer los fines de semana y llegar a casa hasta bien entrada la madrugada, Bradbury se la fue a encontrar en un antro de mala muerte semiencuerada bailando cadenciosamente mientras le depositaban billetes en el hilo dental, él solo había atinado a ponerle su chamarra encima y sacarla del lugar. Ahora Pola esperaba entre arrepentida y temerosa, desgreñada, con la cara lavada por el llanto, en el asiento del auto. Bradbury vino otra vez y la hizo salir, la condujo a una habitación y le ordenó que se bañara, cuando Pola salió de la ducha y se percató de que Bradbury había desaparecido dejándola encerrada, se sentó en la cama a llorar, lloró amargamente hasta quedarse dormida enredada en las sábanas sucias, Bradbury vino a despertarla un rato después y le dio un pantalón y una sudadera. Pola se vistió con la cara enrojecida de vergüenza, sintió entonces la presencia masculina de su hermano, aspiró el perfume atrayente de hombre que muchas veces había ignorado, Bradbury se acercó lentamente y la abrazó, Pola pensó entonces que esa noche pecaría más de lo usual, pidió perdón a la virgen de antemano y cerro los ojos, Bradbury le dijo entonces que no le diría nada a su padre, le dio un beso en la mejilla y la condujo despacio a la salida. Marcharon a casa en silencio.
 

domingo, 12 de mayo de 2013

Impresiones

Por Jorge Iván Dompablo.

El cementerio
No me gusta pasar por el lado del cementerio, no es miedo a los muertos el que tengo, incluso acompaño a mamá  cada mes a llevarle flores a mi abuela. A pesar de la aridez de la tierra, pues no hay ni una sola lápida en aquel panteón, el lugar me parece agradable. Me llevo un cuaderno y un lápiz y me pongo a dibujar monigotes,  peces, árboles. En otras ocasiones me dedico a observar los bichos, hay gran variedad de ellos: saltamontes, grillos, arañas de diferentes tipos, moscas de colores, abejas, ciempiés… En fin, con decirles que mamá en muchas ocasiones tiene que dar un fuerte tirón en mi camisa para que regrese al mundo.
         No, no es miedo a los muertos,  ellos ya no causan problemas, se quedan quietecitos en su lugar, no le ponen peros al cajón en que se van. Mi miedo se debe a otras razones, ¿cómo decirlo…? Bueno, pues habrá que comenzar por el principio y decir que el panteón en donde está mi abuela y el cementerio que me causa terror no son la misma cosa. Aquí en el pueblo le decimos El cementerio a un terreno baldío que está en las afueras, era de las tierras que repartieron después de la revolución, según me conto mi abuelo, para que la gente cultivara, nada más que de un tiempo acá, con eso del cambio climático y como no tenemos presa, ya no le siembran nada porque se seca la cosecha.
         A mí me da pavor caminar por ahí solo, por eso mis compañeros en la escuela dicen que soy marica; ellos, en cambio, esperan todo el santo día a que suene la chicharra y corren al cementerio. Esto a pesar de la advertencia de los maestros, quienes siempre nos andan diciendo que no pasemos por ahí, que mejor le demos la vuelta por el otro lado del pueblo. Yo siempre les hago caso y no es que me las dé de muy obediente, la verdad antes era mi lugar favorito para irme a buscar bichos y dibujar monigotes, me le escondía a mi papá cuando se iba con los borregos a buscar algo de yerba para que comieran.  Él se enojaba mucho y empezaba a gritar —Cabrón chamaco, ¿dónde te metiste?—. Y yo escondido detrás de los chiqueros escuchaba como mi mamá le decía —déjalo, que de seguro tiene mucha tarea y la tiene que hacer— y me iba al cementerio con mi mochila,  por si me cachaban aparentar que estaba haciendo la tarea, pero luego luego que llegaba me ponía a ver los bichos o sacaba una libreta y comenzaba a dibujar.
         Así anduve meses, pero un día cuando llegué al cementerio que me encuentro a un hombre. Tenía la camisa manchada de sangre y a su alrededor había una mancha negra y unas moscas de color verde esmeralda ―la verdad es que nunca he visto una esmeralda, pero con ese tono de verde me las imagino― le volaban encima. No tuve miedo. Sí, mi miedo no es a los muertos. Me le quede mirando un rato y luego regrese para mi casa, venía yo tan pensativo que no me di cuenta de que era la hora en que regresaba mi papá y, pues, que lo encuentro a mitad del camino.  Como me empezó a regañar, para tratar de distraerlo le conté lo del muerto. Me dijo que me fuera para la casa con las borregas. Llegué y las metí al corral.
Casi toda la tarde anduve dando vueltas y vueltas, esperando a que mi papá regresará y nos contara que había pasado. Por la noche mi mamá, ya muy preocupada porque no volvía, lo fue a buscar. Regresó llorando y me dijo que lo tenían detenido, porque supuestamente él era el principal sospechoso por el muertito y aunque  les dijo que si él lo hubiese matado no les habría ido a avisar, no le creyeron y ahí sigue desde hace dos años. A partir de entonces, aunque  han aparecido muchos cuerpos, ya nadie se atreve a avisar. —Ahora se avisan ellos solitos después de algunos días de venir a echarlos—, dicen en el pueblo.
Por eso no me gusta pasar por el cementerio y prefiero darle la vuelta aunque me tarde el doble. Tenía, según me enteré, como dos meses que no habían ido a sembrar muertito. Con decirles que hasta mis compañeros habían cambiado de ruta y se iban por el otro lado, donde está el mercado  y el quiosco con los columpios alrededor; sin embargo, hoy en la mañana me quedé dormido más de la cuenta y tuve que pasar por ahí. Estaba temblando, pero a mitad del camino pensé: si te ven así  tus compañeros te matan a pedradas y eres el próximo muertito que encuentren, así que respire profundo, saque el pecho y me puse a silbar, y así hubiera continuado si no es porque ya para salir del baldío que me encuentro a un muchacho como de unos veinte años tirado y con la cabeza llena de sangre. El color me hipnotizó, la sangre no estaba negra y seca como la vez anterior, era roja y escurría poco a poquito de sus cabellos.
 La verdad es que me hubiera quedado todo el día mirando el espectáculo si no es porque de momento lo vi que se giró. Me pegó un susto tan grande que no paré de correr hasta llegar a la escuela. Ya en la entrada, a  un maestro se le ocurrió preguntarme si me pasaba algo, yo le dije que estaba bien, que sólo había corrido para llegar a tiempo. La verdad me remuerde un poco la conciencia, pero no me voy a arriesgar a que ahora me salgan con que mi mamá es la principal sospechosa.          

miércoles, 8 de mayo de 2013

La Señora y el Señor

Para Lupita y Carlos 

Sobre un juego de palabras de Gonzalo Rojas,
Bettie Mucama
Noela Rose 
en tanto un cuerpo se clasifica con otro cuerpo.
Si fuera cierto el pasado…,
blonda la leche y miel cuando se miran.
¿Por qué en gozo o desgozo todo es vaivén para ser y más ser?
Única psicología del tiempo posible;
Cómo explicarlo, ya…,
los hace penetrar la trama más espesa,
por atuendo un leve rumor no se queda en suspenso;
directo de su hermosura los amantes catapultan su mejor condimento
y se reconocen.
En el jardín de niños ni una historia todavía.
Mucama, mucama ladra el perro en la superficie rala.
Tan adentro lo ser ha sido,
después de tantas palabras vientre lleno sin cesárea
y nada de lágrimas en la edad de la punzada.
Lo peor de lo mejor ha pasado y queda lo mejor de lo peor.
¿Quién quiere invocar…convocar a la noche?
¡Yoo, yoo, yo!
A beber en la fuente de los cielos
la satisfacción de haber cumplido;
en esa semillita blanca están Hermes y Afrodita.
Un te quiero exquisito de pronto saca la frente
y camina como la razón del mundo una escuincla.
Para recordar viejos tiempos,
en opinión de su hijo: Mama, Papa no quiere volver a ver la sopa de fideos.
Corte de caja,  la Señora y el Señor tienen que hacer una nueva alianza.

                                                                    Rafael Salvador.

domingo, 5 de mayo de 2013

Se busca

Por María de Jesús Gómez Lazos.
 
V 

         Cae la noche y se retoma la búsqueda. Cierra los ojos, los oídos… la mira, no la ha visto nunca pero la mira.  

¿La conoce usted?, ¿podría describirme como se mueve su falda al atravesar la calle?  

Recuerda el sonido del agua, el pasto húmedo y los aspersores trabajando. Las hormigas huyen a su paso porque su tacto es suave y antojable; se perderían inevitablemente en la obscuridad de su conciencia si osaran picarla en los tobillos o en uno de sus dedos o en el arco de su planta o…

¿Buscaría usted hormigas? 

… es agua su voz. Agua que al regarse va formando charcos en la Tierra; a veces  jugando la despeina y si se arrepiente, le hace chongos pequeños que imitan a las nubes. ¡Ah la Tierra! por un tiempo breve se broncea y se imagina Noche y aprieta los músculos con cierta intrepidez de adolescente coqueta, entonces desprende su aroma de conquista enloqueciendo a las aves hasta unirlas al canto que las alimenta. ¡Y yo escuché su voz, yo que estoy hecho de Tierra! 

Cuando la Noche es más negra hace prisionera a la Luna, se disfraza para retenerla y la envuelve en sus largos brazos, la oculta completa para que nadie más pueda atreverse a verla. Pobre Noche, pobre imitación de Tierra, no puede sentirla aunque ya la tenga y se angustia y cede y la Luna sale a contemplar su Tierra. Cuando cae la Noche no salgo a buscarla, la busco en mis ojos porque ella se acerca. 

Ya no dijo más ni pregunté nada, era muy de noche, ahí estaba ella.  

miércoles, 1 de mayo de 2013

Paseo clandestino



Caminan por las duras calles,
Atardecer en el paseo Karl Joham
Edvard Munch
se embelesen con el destello de los sueños hechos piedra,
tal vez se queman con algún latido debajo de la piel
o con el lánguido suspiro del minuto que se fue. 

Se detienen para observar complejos pensamientos
cargados de hipocresía, horror y decepción.
¡Decepción avasalladora,
implacable hipocresía,
horror devastador! 

Encuentran necedad en sus pupilas y vanidad en su saber.
Amortajados en sus tumbas, levantar la voz quisieren,
no consiguen si no el tierno silencio de su alma que se mina
al fondo del olvido junto a su ídolo infernal.
¡Mediocridad se hace llamar!
Es sugestivo opresor
que desgarra el pensamiento y destruye la consciencia. 

Hoy, con todos sus ídolos se permean en mis pupilas,
en mis venas ya se instalan,
los siento, los pienso,
los amo como susurros del pasado.

                   Victor Hugo Pedraza.