domingo, 27 de febrero de 2011

Columna vertebral

El poeta peruano Cesar Vallejo escribió en “Los heraldos negros”, incluido en el libro del mismo nombre, que: “Hay golpes en la vida tan fuertes [...] como del odio de Dios” supongo que estos no siempre nos derribaran como a un boxeador el knockout. Intuyo que a veces el golpe terrible lo dejara a uno de pie cantando victoria ingenuamente sin sospechar que por dentro algo se ha reventado y la sangre se escapa poco a poco y, entonces vamos como si nada por la vida, con nuestra cara de siempre y los demás nos encuentran perfectos, lo cual ciega la más mínima posibilidad de preocupación, hasta el instante fatal en que caemos fulminados con una gran interrogación en el alma.

                                                     Jorge Iván Dompablo.

domingo, 20 de febrero de 2011

Encuentros

Lunar
Ya no alcanza el aliento y buscamos un respiro más, algo para detenernos, evitar como sea la cercanía con el precipicio, nos convertiremos en destrucción, los dedos de las manos se clavan como estacas a la tierra, se aferran, quieren llevarse el mundo a fuerza más que por razones, no queda nada, solo la reseña de un antiguo triunfo, se hunde el sol y con ello caemos hechos gotas de agua sobre un estanque, nos propagamos como ondas sonoras, alterado el equilibrio se pierde la noción del tiempo, aun así quedan ganas, por eso huimos sin saber que nuestro destino se define a la misma hora de cada noche entre la inquietud de las heridas.
      Esta vez observo a la luna, hoy está enorme quisiera arrancarla del cielo para darle refugio en mi pecho, quisiera presumir a las personas un corazón blanco, el idóneo lugar para aterrizar donde los paisajes son inéditos y mutantes, un mundo que ha dejado de ser mientras mi atención vuelve al teléfono celular después de largo rato de no recibir algún mensaje por el auricular.
      - Entonces, ¿qué has decidido?- intento obligar a quien amo a responder-. ¿Alguna vez te has puesto a pensar qué observo, hago o quiero mientras tú no estás a mi lado? Vamos, al menos afirma algo.
      Otra vez debo colgar para evitarle sus expresiones que transcurren en gemidos, balbuceos y respiraciones, la ausencia amplificada en el espacio por perturbaciones infantiles me tienen harto, pero a la vez sin ellas no podría crear una nueva ciudad en los ojos. Decido caminar hacia la casa para cerrar el día frente a la computadora y escribir un par de frases en mi blog.
      No hay luz.
      Observo la luna desfigurada, lo admito estoy ansioso por marcar los diez números asignados a ella, en lo que vuelve el suministro de energía intento acomodarme en los sueños y cuando está a punto de suceder comienzo a recordarla, viene su figura enredada a mi cuerpo con sus hirientes caricias, duele mientras nos queremos, siento que hemos dejado de entendernos y entonces dejo pasar todas las sensaciones para concluir en un vacío.
      Ya no alcanza el aliento, busco un respiro más, algo para detener la destrucción, se hunde el sol y se pierde el tiempo, aun así me quedan ganas aunque sea de huir sin haber notado que nuestro destino se define a la misma hora de cada noche entre la inquietud...
      Descansa amor.
                                                    Frank CasPe.

domingo, 13 de febrero de 2011

La sombrita

Muchas investigaciones científicas demuestran que, generalmente, la memoria se amolda al subconsciente del individuo en cuestión, en pocas palabras: cada quien se acuerda de lo que ocurre según las necesidades o necedades de su inconsciente. El otro día, recordando viejos amores, me vino esta idea a la mente y se me ocurrió que seguramente, lo que juramos y aseguramos como nuestro pasado no debe tener más que un porcentaje de real, hay que indagar por ende, qué porcentaje.
      Todo esto me hace pensar en el universo borgiano, quién me asegura que el amor de mi vida de la primaria no es solamente un cortocircuito de mi cerebro y en realidad nunca existió. Pienso sobre todo en aquellas gentes a las que uno conoce en cierto momento de la vida y luego no se vuelven a ver nunca, y ello es quizá porque jamás las conocimos ni estuvieron en nuestra vida. Los niños suelen tener amigos imaginarios, ¿por qué no pasaría alguno de ellos por persona real en nuestra mente laberínticamente borgiana? Y por otra parte, ¿quién puede demostrarnos sin que el acto mismo parezca treta, que nosotros mismos somos reales?, aún más, ¿quién puede definir la realidad en el mismo sentido?...
      Hay que ver en todo caso: somos un trozo de materia que un día soñó con la vida y su existencia. Todo lo demás sale sobrando, el vivir es tan legítimamente real como tener la certeza de que hoy respiramos y mañana quién sabe, como la convicción de que hay un número infinito de seres que estuvieron antes de nosotros y de quienes nunca sabremos nada. La existencia es tan real como el hecho de que en este preciso instante nada nos asegura que el compañero que despedimos ayer en el trabajo, la escuela o donde sea, no desaparecerá hoy o mañana sin dejar rastro alguno, y ello con la suficiencia para demostrarnos más su no-existencia que lo contrario.
      Con todo esto se puede refutar: una cosa es la vida y otra la existencia. Hay algo de verdad en ello. Pero acaso, ¿no es la existencia la vida de lo aparentemente inanimado? Ya sabemos que un mundo de sub-átomos se mueve en cada pedazo de materia por pequeño que sea y ¿ello no constituye una forma de vida? En todo caso la vida es efímera y la existencia no. Ello nos recuerda la ley de Newton: nada se crea ni se destruye, sólo se transforma. Pero quiénes somos para determinar qué existe y que no.
      Mientras tanto, sigamos con la ingenua ilusión de nuestras propias existencias: creamos con todo el corazón que mañana despertaremos de nuevo, con la incauta creencia de que tanto nosotros como lo que constituye nuestro universo es de verdad; es decir, no sólo una estratagema de nuestra mente, o de lo que podríamos creer nuestra consciencia.
                                                                                             Nidya Areli Díaz .

domingo, 6 de febrero de 2011

Columna vertebral

El otro


El hombre recostado sobre la cama en la habitación a oscuras siente la presencia fría del otro que de pie junto a esta lo mira impune... El hombre consciente de que esta dormido lucha en vano por despertar, concentra todos sus esfuerzos en tratar primero de levantarse; como esto no da ningún resultado intenta cuando menos mover el brazo hacia el lugar en donde el otro impasible se encuentra, sin embargo, todo es inútil es como si estuviese apresado por un bloque de concreto, que a medida que seca va comprimiendo su cuerpo, quiere gritar para despertarse, quiere que alguien lo llame por teléfono o toque a su puerta aunque sea de madrugada, aunque sea para asesinarlo...


      No ocurre nada.
      Todo esta en silencio y el otro lo mira desde su propio sueño.
      El otro sueña y se angustia cuando observa al hombre recostado y presiente que hay un enigma que siempre esta cerca de desvelarse mediante la contemplación de ese cuerpo inerte que nada hace...                             
Jorge Iván Dompablo.