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domingo, 9 de septiembre de 2012

La sombrita



ESPERANZAS

Esperanzas y deseos
Dakota Tarraga
Cuando por fin nos percatamos de lo que ocurría, las cosas ya estaban muy mal. No supimos cuándo habían comenzado a enfermar y morir las esperanzas, no conocíamos las causas por las que la tasa de natalidad esperanticia se hallaba tan disminuida con respecto a los años pasados; los niños prácticamente nacían sin ellas, faltos de toda gana de alcanzar ideales, casi desnudos de buenos sentimientos. —¿Dónde están las esperanzas?—, nos preguntamos aquél fatídico día. Todos miramos en rededor nuestro quizá con una pequeñita esperanza de hallar la respuesta pero desanimados en demasía. Ahora mirábamos lo descuidados que habíamos sido, lo mal que las habíamos tratado, olvidándolas a menudo en un rincón de nuestras casas; nos lamentábamos porque ahora, más que nunca, teníamos menester de ellas.
Los viejos, demasiado viejos y sin esperanzas, esperábamos que la juventud se encargara de encontrar nuevas esperanzas y las repartieran por todo el país. Los jóvenes en cambio que, para el caso, ni habían tenido la virtud de nacer esperanzados y, por el contrario, vivían sin ellas desde siempre, no las echaban en falta; miraban a los viejos con extrañeza, reprobando que aquellos añoraran abstracciones tan vanas.
¿Qué pasó con nuestras esperanzas?, ¿dónde las dejamos?, ¿por qué han muerto de esta manera? Nadie encontraba explicación. Nadie sabía decir nada. Las pocas esperancitas que aún quedaban vivas no nos decían nada. Nos miraban atónitas y egoístas; ciertamente que eran las más, aquellas individualistas y soberbias. Esperanzas nobles eran las menos, y tan enfermas que se nos morían en los brazos. Exhalaban por última vez bañadas en copiosas lágrimas de pesar. En fin, que ante la falta de remedio y explicación, resolvimos lo único que se nos ocurrió: mantenerlas en observación, registrar los cambios, tratar de alimentarlas aunque fuera poco y difícil.
—¿Qué está pasando con las esperanzas?—, nos dijimos sólo una semana después. Milagrosamente parecían muy repuestas. Incluso parecían nacer nuevas esperanzas en nosotros. ¡Qué felicidad!, al fin tendremos esperanzas otra vez. La emoción fue tanta que más gordas y rosadas se pusieron las esperanzas. A los jóvenes, antes carentes e independientes de ellas, ahora parecía nacerles alguna de vez en cuando. Fiestas de la esperanza. Coloquios sobre las esperanzas. Taxonomía de las esperanzas. Toda clase de atenciones a las esperanzas, todo tipo de bienestar que redundaba en estar cada vez más esperanzados. Por un tiempo no sólo nos sentíamos más vivos y mejor, sino además nuestras vidas estaban cambiando. Teníamos esperanzas de nuevos y mejores días, de ser mejores personas, y en consecuencia procurábamos dar lo mejor de nosotros mismos. Las esperanzas nos hacían vivir mejor.
Pero un día, después de muchos meses, nos sentimos fuertes e independientes de nuevo, y las dejamos otra vez abandonadas. Las esperanzas comenzaron a morir sin que de ello tuviéramos consciencia. Otra vez los niños nacían carentes de toda luz. Otra vez se cernía la oscuridad de la apatía sobre todo el país. —No sabemos qué pasa con las esperanzas—, nos dijimos cuando nos percatamos de la muerte masiva. Las juntamos a todas en una clínica esperanticia, las tuvimos otra vez en observación; pero siguieron muriendo… muriendo.

      Nidya Areli Díaz.