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domingo, 6 de octubre de 2013

Café y a la misma hora

Por Nidya Areli Díaz.

Arribé,  libro en mano como siempre, la vista al alcance de mi lugar favorito, sin embargo, un hombre atractivo, cuyas manos sostenían a la altura del mentón un ejemplar como el mío, lo invadía. Peor aún: todas las mesas ocupadas. Entonces me acerqué bajo la sospecha de que el individuo aguardaba por mujer alguna. —¿Esperas a alguien? —, pregunté casi con temor, y ante la negativa de aquella boca de cereza pegada al cafeto, tomé lugar. Luego el mesero vino por saber que deseaba. Un doble cortado con denominación Blue Mountain hubiera estado bien, pero la idea de un buen grano brasileño recién molido y preparado a la Bedoña me reanimó.
 
Cefé vienés
Ernest Descals  
 
          Mientras el mesero vertía  la aromática infusión, me percaté que el par de abismos incitantes del guapo hace rato me miraban. El perfume subía lento hasta penetrar mi alma por las fosas nasales. No estaba segura de decir algo: la gama de presentaciones es un mar de posibilidades entre dos desconocidos. Esos vapores, de un resabio entre dulzón y amargo, estimularon lo suficiente mis papilas  para dar el sorbo de entrada; luego la sonrisa surgió espontánea, yo había dado el primer paso y ahora él, con sus ojos color grano tostado y a propósito del aroma embriagador, correspondió: —¡Qué maravillosa bebida! Dicen que la descubrió un pastor etíope—. —Y que durante un buen tiempo estuvo prohibida en Europa bajo pena de tortura—, lo interrumpí, pues de sobra conocía la leyenda, la historia y las denominaciones del café. La conversación afloró espontánea bajo el efecto socializante del exquisito elixir.

Nos fuimos después de varias horas de charla... y quedamos de vernos al día siguiente a la misma hora.         

                                                                                             

domingo, 14 de julio de 2013

Soy

Por Nidya Areli Díaz.

 
Yo soy los pasos distraídos que no doy,
Madre e hijo muerto
Jacek Yerka
un escombro diletante,
las almohadas insidiosas desdobladas
en oquedades siniestras,
el zapato precavido del enterrador
encumbrado ―pobrecillo― en sus dunas.
          Soy la víctima de mí.
          No encuentro desde hace mucho
palabras ni vocablos ni voces.
          No encuentro estilos que ponderen
nuestras esperanzas.
          Solo quedo sola seminómada conversa,
semiatea y semimaometana,
distrayendo los pasos por distraer algo.
          Un lirismo ansioso me obsesiona
…si tú supieras de mis notas vagas,
de las conformidades del desván de mis sueños,
de mi cabeza retrotraída en llamas,
de los convexos lapsos de tristezas errabundas;
…si tú imaginaras mis fluidos verticales,
todos los vanos versos que dejo en la punta de mis lágrimas,
el ungüento maloliente que me queda dentro,
pudriéndose.
          ¡Ay!, cómo me desborda el azul craneano del cosmos,
cómo se me eriza el cogote de mirar las banquetas;
soy las latitudes todas del mar océano,
comiendo además el lomo de una tortuga,
cuatro elefantes,
un gran plano,
la caída blonda en el éxtasis
kunderiano del vértigo.
          Tengo cerrados los ojos con monedas,
cerradas las manos con un pocito de barro dentro,
cerrada la vagina con torundas de algodón,
cerradas la orejas con bolitas de alcanfor;
calzo guaraches de lazo,
visto de blanco muy blanco lino,
mi rebozo lo llevo en la cabeza,
mi escuintle a lado,
mi beldad,
mi grito,
mi grito…
          No entiendo a qué ha venido mi alma,
por qué me llamaba Dios.
          ―¿Dios existe?―, me pregunto,
Dios me llamaba y existe,
pero nunca se presenta a donde voy,
nunca mira mis circunstancias,
no se conmueve ante los vellos míos que se erizan
reinterpretando el mundo. 
 

domingo, 16 de junio de 2013

Acurrucar el silencio

Por: Nidya Areli Díaz.

Yo no sé de acurrucar el silencio, debiera darme miedo el murmullo más quedo, el soliloquio mental, el desencuentro imperfecto de la voz y el oído. Sé de dramáticas noches de chocolate caliente con tamalitos frescos, de comalear de vez en vez el suelo para la siembra, de medir la contrayerba seca para hacer un brebaje medicinal, de costurar lenta y pesadamente los calcetines roídos. Sé de los cuijes nocturnos saliendo apenitas llega al cielo la primera estrella, de dobletear los trabajos cuando sube el pasaje y la comida, del empiojamiento postmortem que sufren los pobrecitos adelantados, de la encatrinada vecina de enfrente siempre de tacones. Sé de mi escribidera árida y rebuscada,  del erizo espinero al final de la calle principal del pueblo, del fuetazo del padre al hijo, de la doñita santa que ayuda a nacer las criaturas…
Viejo andino
Aureliano Alfonzo Barrios
          Nos robaron la nochebuena. Los muy canijos se pasaron de cabrones con nuestra flor bendita. Robaron a nuestros muertos con sus glorias osadas. Robaron nuestro himno lúgubre, de tal suerte que ahora debemos pedírselos emprestado. Nos han robado tanto que no nos quedan ni dientes para emitir un crujido de dolor. ¡Pobres de las flores que ya no pueden nacer sin permiso, de las arboledas que quedan sin vida, sumidas en un peñasco triste, de los canales que no conocen ya más que el agua pantanosa de caca y meados, de los inocentes niñatos sin tortas de puro aguacate con queso!  ―Pase, usted, abuelo― le digo al viejo, y me quedo piense y piense en la milpa que no crece. ¿Qué tiene la milpa?, digo, y el silencio acurrucado hace un eco platicón, de muerte sin muertos, con la desesperación del hombre que ni sonríe ni contesta, nomás entra despacio con sus años y se sienta tímido, como pidiendo disculpas, como quien se sabe apestado por el mundo.
Hace mucho que no chista nada, que no acompaña por la mañana el café con su cocol, que no dice ni pregona sus cantos por la plaza del kiosco ni toca la trompetilla para atraer a niños y adultos, que con mucha pesantez arrastra el triciclo de aquí para allá pero sin jolgorio ni alegría, como un cristo que cargara su cruz de camino al Gólgota. El viejo está ya tan viejo que apenas sostiene el raspador con su mano pecosa, temblándole incluso la quijada. Murmura muy quedo si vas a querer tu diablito con limón y chile, lo prepara con hartos trabajos, con desolación y desgaste añoso, derramando el jarabe fuera del vaso, tirando de vez en cuando un poco de hielo. ―Ya no vayas, abuelo―, le he dicho muchas veces, pero él se ofende porque no sabe más que trabajar. Hace sesenta años que sale con el triciclo a vender sus raspados, ¿cómo no hacerlo un día?
El viejo no deja el lloro desde que la milpa está así. Se queda mucho tiempo pensativo con el ceño garrasposo y triste. Yo me pregunto a menudo por qué no estudié algo del campo. Harto campo que tenemos y ya nadie le hace caso. Ya nadie siembra ni ayuda al abuelo con la parcela. Me da pena que la milpa no crece, me atosiga una tristeza insalubre, como la de él. Ya casi nadie le compra sus raspados porque está viejo. A los niños les da asco que un anciano les prepare algo que se van a comer. No saben los condenados que mi abuelo vio crecer a sus padres, ni lo fuerte que era, ni que antes hacía los mejores raspados y que era el único que los vendía, que él inventó los diablitos, que los otros le copiaron.
Desconocemos por qué no crece el maíz, por qué la tierra se puso rebelde tan de repente, por qué se apaga la luz de los ojos de mi viejo. Antes desgranábamos las mazorcas, nos gustaba harto sentarnos todos alrededor del gran montón de maíz seco. Se me hacía que era yo importante a pesar de ser tan niña. Era una de esas veces en que me sentía esencial para la familia y para la vida. Desgranar el maíz era guardar el germen para el otro año, fecundar la prosperidad de la próxima siembra, cumplir con la cuota de Dios para no ser olvidados. Todos en la casa sabíamos: mis tíos estaban allí con sus hijos, las niñas y las mujeres grandes comadreaban de igual a igual mientras iban cayendo los granos amarillos en un bonito y dorado montículo. ¡Ah, qué mi viejo!, le daba harto gusto vernos a todos allí. Era una fiesta.
Pero la ciéniga poco a poco se fue olvidando: los tíos partieron a trabajar a otros lados, los nietos se despegaron de la tierra, fuimos a la preparatoria y luego a la universidad. Dejamos tirada la parcela. Solo el viejo siguió allí, empecinado, laborioso, fuerte ante el olvido, con sus eternos cigarros sin filtro y el cuartito de brandy en la bolsa del pantalón, mastique y mastique los días que se apelotonan torrenciales sin misericordia. No sé qué pasará con la milpa el día que nos falte ese viejo. La tierra está muy dolida ya y no ha dado nada. Nomás no creció la mata, no dio su verdor dorado, no bendijo las alargadas y mullidas y tiesas y pecosas manos llenas de arrugas grandes y chicas.
Dice mi viejito que es el maíz del vecino, que trajo y sembró un grano malo, una semilla envenenada que no es fértil y contagia a las otras. Dice que la tierra se puso mala desde que el vecino quiso probar. El silencio acurrucado es mejor, es mejor el soliloquio mental y el desencuentro imperfecto de la voz y el oído. Yo me quedo muda de tanto dolor rancio, del jarabe apestado que deja de ponerse a los raspados porque ya nadie los compra, de los bloques de hielo que se le derriten, del deterioro del triciclo que ya no luce los colores brillantes del sol, de la ciéniga rota, del monstruo que habita en la semilla venenosa, de las muchas arrugas y los muchos años del viejo que con muchas penas va empujando el triciclo…  

domingo, 24 de marzo de 2013

Novela 3

Por Nidya Areli Díaz.
3. Una gran explosión
 
Una gran explosión ocurrió en el hexaedro de contención, tras ella el interior había quedado destrozado en su totalidad. Una mezcla de chatarra informe con líquidos de fusión y litio hubieron de dificultar el rescate del cerebro de C’ell; por otro lado, los funerales de Rouse Troski habían pasado sin pena ni gloria. El doctor C’ell, que amaba  a la que fuera su mujer durante trece años, en la inconciencia de su cerebro convaleciente no se dio por enterado. Ambos trabajaban en las investigaciones cuando ocurrió el desastre. Aunque también se hubiera podido recuperar el cerebro de Rouse, el costo de la operación, más o menos comparado con el de mandar un hombre de viaje a la Alfa Centauri, descalificó a la doctora como candidata a recibir el tratamiento. El doctor C’ell, en cambio, de mayor mérito, había sido seleccionado. Todo ocurrió gracias a un descuido del técnico encargado de verificar las estructuras de micro-simulación, una de ellas con un híper-capacitor mal calibrado había generado un cortocircuito en plena fusión, el hexaedro de contención, que afortunadamente no generó mayores estragos que los internos, evitó que la explosión sobrepasara sus propios límites. La investigación que consistía en mejorar la rentabilidad atómica, básica para la corporación en aquél momento, quedó parada tras el acontecimiento. La única esperanza de continuar con ella era la reincorporación de C’ell al trabajo en el menor tiempo posible y que la pérdida de la doctora Rouse no le resultara contradictoria en su tardada y penosa recuperación.

Cuando el doctor C’ell abrió los ojos en el Hexaedro de Operaciones Especiales se encontró con la sonrisa amistosa de Angelo Bikeko; aturdido quiso incorporarse, pero todo intento de movilidad le resultaba desastroso; era su cerebro que no reconocía su nuevo cuerpo. Bikeko lo tranquilizó, ―en dos o tres meses andarás como si nada, ya vas a ver―. En efecto, a la operación de recuperación y traslado cerebral  aún faltaba la terapia psicológica y el entrenamiento psicomotor. C’ell aún no comprendía ni lo que le había ocurrido ni exactamente en lo que se hallaba convertido, intentó pronunciar palabra pero tampoco pudo, le sobrevino entonces la desesperación de la impotencia y la duda maligna de si aquel terrible estado era de por vida; Bikeko, que lo leyó en sus ojos grises, los mismos de antes, tecleó una orden a la computadora. Los ojos de C’ell comenzaron a serenarse, recorrieron lentamente el hexaedro con sus paredes de espejo y su piso marmóreo en perfecta simetría con el techo exagonal también blanco. Alcanzó a vislumbrar, como entre sueños, los aparatos, que no reconoció, de pos-transferencia cerebral y el contenedor muy parecido a una gran pecera con el líquido humectante de purpúrea opalescencia. En la confusión del reconocimiento terminó de cerrar lentamente los ojos sin comprender aún. C’ell reanudó su largo sueño. Aquél duró tres meses.   

domingo, 24 de febrero de 2013

Novela 2

Por Nidya Areli Díaz Garcés.
 
2. La CIFON
 
La Corporación de Formación e Investigación Nuclear estaba ubicada al  este de una isla grande denominada Sección 29 que a su vez se situaba entre el océano Atlántico y el Caribe. De proporciones majestuosas, la CIFON ocupaba la décima parte de la isla; el clima, ahora frío, había sido muy cálido en algún momento no hacia demasiado tiempo, antes del deshielo. En el centro se hallaba el Edificio de Gobierno, un hexaedro de enormes proporciones coronado una capsula estática y colosal; una edificación gris como todos los inmuebles, minimalista, sincrético; a lo lejos parecía, el apartamento superior, una nave espacial flotante.
 
          De esta construcción se extendían otros hexaedros simétricamente ubicados de los que a la vez nacían otros más, separados por pasillos anchos y verdes y que desembocaban en una pequeña fuente también minimalista y siempre solitaria. El ala norte del conjunto pertenecía al rubro de la investigación: laboratorios, dormitorios, comedores y centros de esparcimiento para los  investigadores, la conformaban. El ala sur contaba además con salones de clases, auditorios y sala de convenciones. La mega biblioteca a un lado del edificio de gobierno se compartía por ambas secciones al igual que el área de deportes y albercas. Toda la red de edificios estaba meticulosamente concebida y se alimentaba de energía nuclear generada en las afueras de la corporación en una planta bajo el subsuelo. En el lugar residían los científicos prominentes,  y los investigadores novatos tanto como el alumnado. Todos contaban el permiso de salir los fines de semana, pero aquellos cuyas familias vivían  lejos debían conformarse con recorrer la isla, bañarse en la playa o simplemente no salir. La CIFON se había creado después de “Guerra de fusiones” hacía ya setenta y ocho años, desde entonces el mundo había cobrado nuevas formas de organización. Mucha gente había emigrado a la Luna o a alguna de las colonias de Marte. Desechas las naciones de la Tierra, el globo se reordenó en secciones que contaban doscientas veintiséis, controladas a su vez por cinco módulos. Ahora el mundo funcionaba con energía nuclear, volaba un aerobús  tanto como se calentaba una taza de té o funcionaba un anotador portátil gracias a ella. La CIFON llevaba sus años como la institución líder en el ramo de la investigación nuclear, auguraba tantos logros para el futuro como avances que, ya en uso, comprendían las comodidades de la  vida cotidiana. Aunque los programas  eran intensos y extenuantes, muchos estudiantes de otras secciones entraban cada año como becarios o en intercambio, igual número de   investigadores dejaba a sus familias para contentarse a llevar una vida de soledad y ascetismo con tal de laborar en ese lugar. La CIFON era una oportunidad para muchos, las metas individuales se traducían en avances y descubrimientos tecnológicos que, a su vez, sustentaban la plataforma financiera de la institución y daba oportunidad a que otros ingresaran. En el ambiente riguroso del lugar era difícil hacer amigos, los dormitorios individuales impedían distracciones a profesores y alumnos tanto como a  directivos e investigadores. Sólo algunos profesores del ala de formación trabajaban también en proyectos de investigaciones especiales. Tal había sido el caso del doctor C’ell que se distinguía en la corporación por su entrega y tesón por el trabajo científico. Los cursos más intensos se completaban en catorce años, los menos largos duraban ocho. Verdaderos genios se formaban en aquellos hexaedros, los laboratorios súper equipados no tenían precedente ni comparación en todo el globo. Sólo los más destacados lograban permanecer, la institución que movía miles de intereses en el mundo se mantenía tan rígida e impecable como el primer día, sobresalía por sus múltiples cualidades. Se comía cinco veces al día, era obligatoria una hora diaria de actividad física en cualquiera de las opciones disponibles, cuatro horas estaban destinadas al esparcimiento que cada quién empleaba a su antojo, se estudiaban algunas lenguas del pasado orden además del idioma universal y, en fin, la vida no dejaba tiempo para más opciones. Dedicada a la investigación nuclear, la CIFON gastaba una buena suma en proyectos periféricos que completaban su liderazgo, gracias a uno de estos proyectos periféricos impulsado por el médico neurocirujano Angelo Bikeko, se podía presumir en los círculos más selectos de haber logrado la transferencia y rescate cerebral. El doctor C’ell pertenecía ahora a los siete prototipos exitosos en todo el sistema solar.  
 
 
 

domingo, 27 de enero de 2013

Novela. 1

Por Nidya Areli Díaz.

1.El doctor C’ell con su nuevo cuerpo


Hacía tres meses que el doctor C’ell había perdido todo su cuerpo durante un experimento científico en la “Corporación de Investigación y Formación Nuclear”; después de la terrible detonación sólo pudo sobrevivir su cabeza con el cerebro y los ojos intactos, quizá algunos segmentos de piel y algunos huesos. A C’ell, que era un científico notable y había dejado paradas, tras el accidente, varias investigaciones de vital importancia, le fue imposible a la corporación dejarlo partir a los misteriosos dominios de la muerte. Construyeron mediante fibras sintéticas un nuevo doctor C’ell idéntico al que había sido al menos en el exterior, a este cuerpo le metieron el cerebro brillante que aguardaba intacto en un contenedor especial dormido en un líquido purpúreo y salino, los hubieron de conectar mediante redes micro eléctricas que además decodificaban los deseos y pensamientos del cerebro natural mediante pequeñísimos chips que transportaban la información a una micro computadora en una cavidad situada estratégicamente en la zona pectoral, desde ahí maquina y cerebro convivirían infinitamente o hasta que la corporación lo requiriera. Con los trozos de piel que subsistieron cultivaron más, cubrieron el cuerpo sintético con la dermis nueva y ésta debía ser humectada durante un período prolongado en una mezcla líquida especial de sales y nutrientes esenciales, de este modo cuando el doctor C’ell volviera a la vida, habría de dormir cada noche durante varias horas en un contenedor especial con este líquido. El nuevo doctor, mucho más resistente que el de antes, no necesitaba comer ni defecar pues no había tracto digestivo, le habían adaptado por pura estética los miembros genitales de un porcino cuya erección era posible gracias a un pequeño contenedor de líquido neutro que se llenaba mientras el doctor C’ell dormía y que se mantenía vivo nutriéndose a su vez con el líquido nocturno, este accesorio le concedería al doctor el privilegio —en su nuevo estado— de tener relaciones sexuales casi con el mismo placer que seguramente hubiera de sentir antes del accidente. Cuando el contenedor llevaba demasiado tiempo con el mismo líquido, la microcomputadora del interior de C’ell mandaba un mensaje a su cerebro para que éste sintiera ganas de orinar, se descargaba la mitad del líquido y se renovaría la otra mitad en la noche, lo cual le concedería la posibilidad de tener al menos una erección durante el día siempre y cuando se humectara cada noche como era debido y también le obligaba a ir al baño a orinar una vez al día. Todo esto, aunque en el sentido estricto de la ciencia era innecesario, contribuía de alguna manera a mantener cuerdo al individuo y que sus nuevas condiciones no le desquiciaran haciéndole sentir del todo ajeno a la vida humana. Lo único indispensable que requería el nuevo doctor era el sueño, los científicos del globo no habían podido en ciento veinte años, hallar una forma de prescindir del sueño, pese a que se había abierto el campo de esta investigación desde mucho antes que ocurriera la “Guerra de Fusiones” y la corporación existiera, lo más que había logrado la ciencia onírica era reducir las horas necesarias de sueño de siete u ocho a solamente la mitad que eran cuatro, pero seguía siendo necesario dormir cada noche y muchas veces las personas que no tenían acceso a la dosis semestral del inhibidor, tenían que conformarse con inyecciones de drogas más baratas para mantenerse despiertos en tanto los demás lo estaban, sólo desistían de dicha operación cuando podían conseguir una orden oficial falsa o el dinero suficiente para adquirir la dosis. No era la primera vez que la corporación llevaba a buen termino este tipo de hazañas y finalmente había salvado lo único que le interesaba de C’ell: su cerebro, y ahora el doctor estaba casi listo para volver a la vida con su nuevo cuerpo, sumergido en un líquido rosáceo, hacían los últimos ajustes a su mezcla humectante de diario, el cerebro o más bien el doctor C’ell en su nuevo cuerpo simplemente soñaba con su vida pasada desde la pecera vital que lo contenía.

miércoles, 23 de enero de 2013

La muerte de la página


La muerte de un artísta
Xavi Carbonell
Pero, ¿cómo será la muerte de la página?


Es una palpitación acelerada y luego fu… nada.

Un par de horas, un par de minutos, dos pares de días,

se viene el universo a la hoja en blanco,

se vienen en tropeles los significantes, los fonemas, las grafías.

La página muere simplemente,

la página agoniza simplemente,

deja de darse la página

del interior del pubis a los rostros sedientos.

¿Cómo será tocar el infinito?,

mecerse con el eco de la gloria,

la oscilación encarnada de las palabras,

la discontinuidad de los instantes.

Una insinuación celeste ha de ser,

una rimbombante nota, tal vez,

un lumínico gran grito;

erizado desierto en el hipotálamo,

en las cavidades laxas de la corteza,

en los hemisferios todos del axón.

He jugado a embridarme en mis razones comunes,

a declinar a favor del Dios avecindado a mí,

a crear con paciencia la oración unificada,

a secundar los alcances del Parnaso,

a huir del ruido cuando no se está;

pero siempre termino guarecida,

sin saber cómo la página,

cómo la noche,

cómo el mito,

cómo la discontinuidad espacio-temporal.

No puedo más,

callo, pero,

¿cómo será la muerte de la página?,

el silencio nacido,

la estrechez de las notas que quedaron varadas,

un inmediato galimatías de sonidos,

una precariedad

agonizando

agonizante.

                                Nidya Areli Díaz.

miércoles, 9 de enero de 2013

Qué bonitos ojos tiene...


Pueblo rural
Eduardo José Guerrero Duarte
Hay unos lindos ojos manchadores de almas. Ojos de rubí y de gema y de incontables destellos estelares. ¿Por qué no puedo olvidar los ojos?, ¿a qué debo el desbordamiento de mis obnubilados sueños? Ah, sí: llegué de noche al jardín pero allí estaban los ojos, mirándome. Le he dicho a mi abuelo que cierre bien la puerta cuando duermo en la tarde. Enumeraba los adoquines mientras avanzaba por la bóveda celeste, escuché las estruendosas campanas de la parroquia, un perro desconcertado salió en huída espantado por mis pasos de deshoras. Los ojos estaban escondidos, en mi anonadado paseo los pasé de largo sin atender.

          Oye, niña, ¿a dónde tan solita?, dijo la voz mientras los ojos me perseguían. Yo quedé impávida, muy niña y muy mujer enamorada de las estrepitosas chispas de ese orbe. ¿Cómo le digo a usted que se arranque los ojos porque los quiero míos? Sin razón me detuve a mirarlos en el intento de adivinar al portador. Quizá lo conociera de alguna vez. Quizá de día no me hubiera sentido impregnada de nube, de la nube etérea que lo secundaba. Pero, ¡ah!, si me permite: “qué bonitos ojos tiene / debajo de esas dos cejas. / Debajo de esas dos cejas / qué bonitos ojos tiene”. Ya me hacía yo dominando el torrente que me arrastraba ahora. Seduciendo con mis doce años aquellos delirios que se llaman vistas.

          Las manos de la voz y de los ojos me tomaron mis manitas inquietas. Niña, te llevo donde vives. No está bien que camines de noche. Ay, señor de las manos y la voz, ¿quién le nombró a usted mi protector? Cuídese de mí, señor, que de Lolitas pulula el mundo. Esas manos rasposas me gustaban, eran como de campo y como de ciudad; es decir, un poco de ambos como es aquí. Porque aquí los jóvenes van a trabajar al centro en la mañana y pasan a la milpa por el viejo en la tarde; o bien, llevan a las vacas temprano y luego sacan el taxi a dar unas vueltas para llegar en la noche o en la madrugada. Los jóvenes de aquí son taxistas, obreros y chalanes. Otros, con más suerte, llegan a maestros o hasta ingenieros, doctores a veces.

          Le decía a usted, señor, que me cuadra para papá de mis hijos. Yo ni lo miraba, estaba muy sonsa como para darle la cara. El señor era señor quizá hasta casado. A mí todavía me ponían vestido y, lo peor, floreado. Traía las tiras sueltas por detrás, se me había deshecho el moño en la tarde, cuando me quedé dormida después de andar corriendo. Tuve pesadillas y me salí de la casa sin darme cuenta de lo noche que es. Estas manos medio rasposas me tomaban con fuerza. Las niñas no piensan en casarse y esas cosas de grandes; yo pensaba sin embargo. A mí me cuadraban las manos y la voz y los ojos que no me atrevía a ver de frente. Me percataba incluso del olor que acompañaba a las manos y a la voz y a los ojos. Me gustaba todo.

          ¿De quién eres hija?, espetó el señor. Yo no decía nada. Estaba chiveada. Mi chiveamiento no me permitía abrir la boca. Me hubiera gustado más bien que el señor me llevara a su casa, que el señor me quitara mi vestido floreado, que me contara un cuento mientras me metía a la cama para dormir. ¿Cómo va una a saber lo que le hubiera gustado?, en realidad una se da cuenta de esas cosas mucho después, sin saber muy bien porqué fueron de una forma y no de otra. Ahora deseaba llorar. Llorar quería porque ni me salía palabra ni pensamiento. Me reflejaba en el temblor de la noche; digo que la noche temblaba de frío y yo con ella. Ojalá el señor me hubiera llevado a su casa. De frente venía mamá con su reboso puesto y mi suéter blanco en la mano. Ay, muchas gracias, Pancho, que esta niña otra vez se nos escapó. Le da la pesadilla y se sale corriendo.

          Nada más me puso el suéter y me llevó de la mano. Atrás quedaron los ojos, la voz, la mano y el olor de Pancho. ¡Se llama Pancho!, pensé, como mi abuelo Pancho.

Nidya Areli Díaz.

domingo, 30 de diciembre de 2012

La sombrita


Epitafio

Diente de león
Tito Varela

Éste es mi leprosario,

mi desvelado mito;

el canto del silencio granulado,

los halos ingrávidos

de las flores mudas y dispersas.



Yazco muy suspendida,

tan ufana,

con una carcajada como joya,

cual piedra ardiente de mina lejana,

cual tejidos exóticos de oriente,

como una estela de estrellas consumidas

y una ranura abierta de aves blancas.



Éste es mi leprosario,

me acompañan las nubes

y los vientos helados,

el aliento deífico y azur

del elevado ombligo

de preciosas gemas estelares;

me acompañan también

una cigarra llorona,

la rana saltarina y briosa,

el gusano que me come,

las sales terrestres,

terrenas y terrosas.



Éste es mi leprosario

y me consuela

la rosa que huérfana trajiste,

los nenúfares crecientes

que un soplo diletante mece,

un diente de león,

un campanario lejano

que resuena entristecido cada hora;

el infinito cielo,

el cielo, la bóveda,

la bóveda

y el Dios.


                                Nidya Areli Díaz.







domingo, 2 de diciembre de 2012

La sombrita


Pelicuije pelón

Pax
Donatello Getsemaní
Un pelicuije pelón llegó el verano pasado a manos de la familia Ordoñez Mesa. Lazarita, que es la menor de las hijas fue quien en primer lugar se encariñó con él; así que, desde su venida, todas las sucesivas mañanas lo ha sacado a caminata por el cocotal del puerto.

          Laváronle muy bien la carita sonrosada por la calvicie prematura, la naruquita de caramelo que al perrito Vampi le gustó morder desde el principio, sus orejitas paradas de gato desvalido, sus pequeñas extremidades de chocolate, y su muy prominente pancita de hembra cargada.

          Se dice que los pelicuijes suelen ser criaturas muy pacíficas, pero lo cierto es que cuando el pequeño Lalo quiso jalar en broma su colita multicolor, moteada y peludita, este pelicuije, que era apenas un cachorrito tierno, lanzó al niño tan tremendo zarpazo que tuvieron que meterle doce puntas a un tamaño desfiguro que quedó de recuerdo en su brazo en forma de cicatriz. Opinan varios sabios y bastos veterinarios además de un chaman de Catemaco que el afrentoso desplante del animal pudiera deberse, más que a cualquier otra cosa como la dieta o el trato de la familia Ordoñez Mesa, a la calvicie misma que debe ser un caso un mal congénito, toda dilucidación a cuenta de que: ¿cuándo se había visto en este mundo un pelicuije pelón?

          Fuera que aquél alarmante suceso, la criatura se ha portado del todo bien: come a sus horas, hace de las aguas al pie de la ceiba que adorna el centro del jardín, duerme de noche y anda de día cuida la casa cuando la familia está fuera y, además, lleva recados a los vecinos de la señora Flor cuando ella se lo pide. ¡Qué buen pelicuije!, le dicen todos…

Nidya Areli Díaz.

domingo, 4 de noviembre de 2012

La sombrita


Círculos de lectura

Bibloioteca
Manuel Domínguez
Juguemos a los círculos de lectura, es muy fácil: primero volteas a ver al amigo más querido y más cercano, no importa que no le guste leer, no importa que no tenga libros, no importa que lo hayas conocido en una fiesta perreando con reguetón. Le propones a tu amigo que lean un libro juntos y, para que le sea atractivo, piensas un poco en qué podría llamarle la atención. Quizá sea un dark más vampírico que el mismísimo Drácula en su momento más sanguinario; en ese caso puedes sugerirle al maestro del terror: H. P. Lovecraft y, para que se la crea, hasta podrías ingeniártelas para que piense que el de la idea fue él y que tú solo lo secundas.

          No importa, pues, qué bandera enarbole tu amigo, si su lema es “Naco es chido”, pues algo de Armando Vega Gil; si la violencia y lo transgresor es lo suyo, por qué no Fernando Vallejo; si es una chica a la que le llama más lo rosa, estará bien Louisa May Alcott o la misma Jane Austen; ahora que si los laberintos lo intrigan, Borges le irá muy bien. No importa a qué se dedique o cuáles sean sus intereses, lo importante es encontrar algo que lo haga feliz. Por otro lado, si son amigos, seguramente tendrán algo en común, de allí ha de salir la lectura que los una y los amigue más. Si no sabes qué leer siempre puedes buscar algún blog de literatura en la red para que te den sugerencia, o puedes pedirle consejo a un maestro; o puedes, incluso, acercarte a alguien que lea y que se mueva en el medio que te interesa.

          Una vez que hayan conseguido el libro ideal, el paso siguiente es poner un día de análisis o de lectura. Pueden conseguir el libro por internet, fotocopiarlo, robarlo, o también comprarlo. Debe haber un día a la semana en el que puedan verse ya sea para leer juntos o para platicar de la lectura que hayan acordado antes. El punto es que cada uno pueda expresarse a sus anchas para decir que el capítulo está poca-madre o que el guey que lo escribió es un pendejazo. Aquí lo importante es compartir impresiones. Es vital que acaben de leer todo el libro porque de ello dependerá que vayan haciéndose un criterio literario. Aunque lo ideal es que les guste lo que eligieron, ya sea porque ya tienen nociones al respecto o porque alguien se los recomendó ampliamente; dicen que echando a perder se aprende, así que no teman equivocarse al elegir un libro para odiarlo después. La ventaja de ello radicará en que a partir de la experiencia podrán emitir un juicio y poseerán un bagaje que antes no tenían.

          La constancia es súper importante. Si han quedado en discutir un capítulo una vez a la semana, que sea el día y a la hora que eligieron sin omitir ni una sílaba en la discusión. Si es una vez al mes no importa, lo imprescindible es que no dejen de hacerlo así llueva, truene o esté a punto de acabarse el mundo. Una vez que hayan iniciado las sesiones y que te hayas tomado muy en serio tu papel de moderador, pueden seguir invitando valedores que compartan sus gustos. Así como “naco es chido”, leer es chingón, cool, súper, la neta, etcétera; así que no temas decirle al mundo lo que haces. Se lee para defender una postura, para conocer modos de pensar distintos, para liberar al espíritu. Debes sentirte muy orgulloso de ser un lector activo.

          Cuando terminen los santos preceptos de lo fantástico de Harry Potter, quizá les interese seguir con algo más intenso como Julio Verne, o más psicológico como Cortazar. Hay que leer un poquito cada día y, si tal actividad te elevó, no dudes en escribir en un cuaderno o en el mismo libro tus pensamientos. Verás cómo comienzas a comprenderte mejor a ti mismo, a conocerte más, a desentramarte como el acertijo que eres para tu propia mente.

          Cada vez que terminen un capítulo se sentirán muy orgullosos y satisfechos, y cuando lleguen al final del libro, sabrán que son capaces de aprender y saber muchas cosas que el resto del mundo ignora. Nunca un círculo será demasiado grande, serán bienvenidos todos los que quieran unirse y pasen la prueba de las tres primeras sesiones, lo demás será historia. Una hermandad, una secta, una cofradía, un microcosmos puede gestarse allí. Así que no esperes más, libérate y libera a alguien más, sé paciente, perseverante e inicia tu propio círculo de lectura.

Nidya Areli Díaz.

domingo, 7 de octubre de 2012

La sombrita


SOLILOQUIO SUICIDA





La suicida
Juan Carlos Boveri
Los dédalos bruñidos, la noche descampada,

entre un batir de vientos virulentos, bizarros;

calmada estoy calmada, y también desquiciada,


 suicida que esperaba resurrección en Cristo.



No han venido los cálices hirsutos de noviembre,

no llegó la sustancia votiva del exilio.

En cambio tuve sí, en camino de mí, la encrucijada

de dejarme silente en osamenta o levantar de nuevo

los huesos rumorosos de tertulia interior.



¿Es que estoy encriptada desde muerta?

Yo fui la niña muerta, por Dios,

fui la fantasma derruida de las horas familiares.

Yo le dije a mi padre que olvidara las horas,

y recordara siempre mi cara desmayada.



No divisé el olvido ni cerca ni de lejos

ni hubo recortes dignos de mi sed en los diarios,

y desahuciada de vida me vi correr al sol,

tan tuerta y tan herrada, tan lejana de Dios.



¿Por qué no morí tan sólo de una vez?

Se negaron quizás, a mis ojos, los efluvios violentos del Apocalipsis.

En cambio tratos tuve con Belcebú en desiertos,

en valles remojados con gotas de maná.



Mandó Yavé a mis manos las espinas de Cristo,

le respondí con rezos un insulto carnal.

¡Me dejas destetada en esta tierra sepia!,

mientras se modifica mi espina vertical.



¡Me dejas desterrada, Creador irrebatible!,

soy sólo la cadena deshilada de Adán.

Y Adán me dio su mano, mamé leche de Eva,

cerré por fin los ojos para no despertar.



                                           Nidya Areli Díaz.

domingo, 9 de septiembre de 2012

La sombrita



ESPERANZAS

Esperanzas y deseos
Dakota Tarraga
Cuando por fin nos percatamos de lo que ocurría, las cosas ya estaban muy mal. No supimos cuándo habían comenzado a enfermar y morir las esperanzas, no conocíamos las causas por las que la tasa de natalidad esperanticia se hallaba tan disminuida con respecto a los años pasados; los niños prácticamente nacían sin ellas, faltos de toda gana de alcanzar ideales, casi desnudos de buenos sentimientos. —¿Dónde están las esperanzas?—, nos preguntamos aquél fatídico día. Todos miramos en rededor nuestro quizá con una pequeñita esperanza de hallar la respuesta pero desanimados en demasía. Ahora mirábamos lo descuidados que habíamos sido, lo mal que las habíamos tratado, olvidándolas a menudo en un rincón de nuestras casas; nos lamentábamos porque ahora, más que nunca, teníamos menester de ellas.
Los viejos, demasiado viejos y sin esperanzas, esperábamos que la juventud se encargara de encontrar nuevas esperanzas y las repartieran por todo el país. Los jóvenes en cambio que, para el caso, ni habían tenido la virtud de nacer esperanzados y, por el contrario, vivían sin ellas desde siempre, no las echaban en falta; miraban a los viejos con extrañeza, reprobando que aquellos añoraran abstracciones tan vanas.
¿Qué pasó con nuestras esperanzas?, ¿dónde las dejamos?, ¿por qué han muerto de esta manera? Nadie encontraba explicación. Nadie sabía decir nada. Las pocas esperancitas que aún quedaban vivas no nos decían nada. Nos miraban atónitas y egoístas; ciertamente que eran las más, aquellas individualistas y soberbias. Esperanzas nobles eran las menos, y tan enfermas que se nos morían en los brazos. Exhalaban por última vez bañadas en copiosas lágrimas de pesar. En fin, que ante la falta de remedio y explicación, resolvimos lo único que se nos ocurrió: mantenerlas en observación, registrar los cambios, tratar de alimentarlas aunque fuera poco y difícil.
—¿Qué está pasando con las esperanzas?—, nos dijimos sólo una semana después. Milagrosamente parecían muy repuestas. Incluso parecían nacer nuevas esperanzas en nosotros. ¡Qué felicidad!, al fin tendremos esperanzas otra vez. La emoción fue tanta que más gordas y rosadas se pusieron las esperanzas. A los jóvenes, antes carentes e independientes de ellas, ahora parecía nacerles alguna de vez en cuando. Fiestas de la esperanza. Coloquios sobre las esperanzas. Taxonomía de las esperanzas. Toda clase de atenciones a las esperanzas, todo tipo de bienestar que redundaba en estar cada vez más esperanzados. Por un tiempo no sólo nos sentíamos más vivos y mejor, sino además nuestras vidas estaban cambiando. Teníamos esperanzas de nuevos y mejores días, de ser mejores personas, y en consecuencia procurábamos dar lo mejor de nosotros mismos. Las esperanzas nos hacían vivir mejor.
Pero un día, después de muchos meses, nos sentimos fuertes e independientes de nuevo, y las dejamos otra vez abandonadas. Las esperanzas comenzaron a morir sin que de ello tuviéramos consciencia. Otra vez los niños nacían carentes de toda luz. Otra vez se cernía la oscuridad de la apatía sobre todo el país. —No sabemos qué pasa con las esperanzas—, nos dijimos cuando nos percatamos de la muerte masiva. Las juntamos a todas en una clínica esperanticia, las tuvimos otra vez en observación; pero siguieron muriendo… muriendo.

      Nidya Areli Díaz.