domingo, 26 de agosto de 2012

Encuentros

       
       Fiera

La anarquía de la Magmateria
Pepe Valera
Fuerza descomunal
Carne
Oscuridad desperdicio
Hambre
Momentos quimeras
Nube
Naturaleza insomnio
Elefante
Lamento demencia
Debacle
Anarquía desaliento.

Encuentro pérdida
La fiera adentro
engaña despierta
la fiera trastorno
inequidad lluvia.

             Frank CasPe.

domingo, 19 de agosto de 2012

Crisol florido

Apariencias


I
Mosca
Alesia Lund Paz
La percudida luz inundaba la habitación, las figuras de humo producidas por los cigarrillos que consumían algunos de los dolientes danzaban pesadamente dibujando caprichosas formas, dándole un aspecto de tertulia bohemia a aquella reunión fúnebre. Una alfombra de rostros ajenos, hipócritas y de fastidio tapizaba la habitación recubierta de madera; los murmullos de rezos hacían dormitar a algunos de los presentes. Francisco, mejor conocido entre la familia como el tío Panchito, un hombre mayor y de semblante serio dejó parsimoniosamente, como toda la gente de edad, su lugar frente al féretro; mientras cerraba cuidadosamente su libro de rezos echó un último vistazo a su sobrino lejano y después se sentó junto a su esposa en una de las esquinas del velatorio.
          —Pobrecito si estaba re’ joven.
          —Sí, pero creo que por más que le recemos ya ha de estar en el infierno, imagínate: hereje y aparte suicida.
          —¿Por qué lo habrá hecho?
          —Quién sabe, siempre tuvo la mirada triste, además estaba medio loco.
          —Pues no sé, pero hay que aguantar; apenas son las seis de la mañana y el entierro está programado a las nueve.
          —Yo no sé por qué vinimos, viejo, si ya estamos grandes, cansados, además yo estoy enferma y a mi edad dicen que hace daño el aire de muerto; y para colmo ni lo conocíamos, ni nos caía bien.
          —¡Cállate mujer que te van a oír!
          Una mujer gorda sostenía su rosario con los ojos cerrados mientras murmuraba oraciones. Quien la hubiera visto en ese momento la podría haber confundido con una efigie de buda, otra mujer totalmente antagónica, flaca, y con cara de aburrimiento se acerco a ella ofreciéndole una torta.
          —Coma algo, doña Olga, no ha probado bocado en toda la noche.
          —Espérame, Esther, ya mero termino además estamos junto al difunto, hay que tener algo de respeto.
          La mujer se sentó junto a su amiga mientras perdía la mirada en la flama de uno de los cirios que rodeaban el féretro. Olga al terminar tomó la torta que su amiga tenía en la mano y comenzó a engullirla con cortés voracidad.
          —Ya ve, ¿cómo si tenía hambre?
          —Primero están las cosas de Dios.
          Esther asintió y volvió a perder la mirada en la flama del cirio, un momento de silencio imperó entra las dos mujeres.
          —Oiga, Olga, usted que sabe mucho, dígame, ¿a dónde van las almas de los suicidas?
          —Pues eso sí no lo sé bien, pero supongo que al infierno porque la vida Dios la da y Dios la quita; nosotros no somos nadie para decidir cuándo morir.
          —¡Ay, pobrecito si tenía todo! Trabajo, casa, creo que hasta novia…oiga ¿se habrá matado por amor?
          Olga, al escuchar el comentario, puso una mirada soñadora y respondió.
          —No sé…pero sería muy romántico. Imagínate nada más, que un hombre se mate por una… ¡ay eso sí es amor! Como en los boleros.
          Ambas mujeres se tomaron de la mano y suspiraron.

II
Alma estaba acostada sobre el piso con los ojos rojos e hinchados por el llanto, su rostro parecía el de aquellas efigies de la virgen María, con mirada triste y soñadora. Se había encerrado desde que recibió aquella nefasta llamada de la madre de Ricardo, cuya voz, mezcla de llanto y odio, se repetía en su cabeza.
          —¿Qué le hiciste a mi hijo, perra?... Se tiró por la ventana.
          Repetía en su mente aquella imagen del último momento en que lo vio, su sonrisa, su perfume, el último abrazo y el último beso.
          —¿Por qué lo hizo? Si yo lo quería, se lo he dicho siempre.
          Se repetía estas palabras a sí misma una y otra vez, queriendo encontrar una explicación a tan funesto suceso, pero todo era un misterio no sabía siquiera si había dejado una nota de suicida. En ese momento pensó: ¿se habrá enterado de lo de Omar?

III
Sentados en la banqueta fuera del cementerio estaban Omar y Gerardo, amigos de Ricardo, bebiendo cerveza y fumando mientras esperaban que iniciara el entierro, Omar dio un gran sorbo a su cerveza y dijo: 
          —Pobre Richard, si habíamos quedado de ir a Cuba en un mes…
          Gerardo seguía con la mirada la silueta de una joven voluptuosa que posiblemente se dirigía a su trabajo.
          —Así es esto, güey, yo tampoco lo esperaba…si estuvimos de briagos hace una semana.
          —¿Crees que su vieja haya tenido la culpa?
          —No creo, además ese cabrón sólo la quería para coger y ella no lo trataba mal…después de todo no dejó nota de suicidio así que no podemos saber qué lo puso tan mal para que hiciera eso.
          Omar pensaba si acaso Ricardo se había enterado de lo que pasó con Alma el otro día, y si fue así ellos eran culpables de su muerte. No pudo más y se soltó en llanto en el hombro de su amigo, mientras le confesaba lo que había pasado.

IV
Una mosca recorrió todo el perímetro de la sala del departamento de Ricardo posándose en diferentes sitios en busca de alimento, hasta que lo encontró en las gotas de sudor que estaban sobre su rostro. Así la mosca interrumpió el momento más interesante de la lectura del cuento de horror fantástico de Ricardo. Él, con relativa indiferencia, espantó a la mosca y prosiguió con su lectura.
          La sensación de riesgo que atravesé entonces no fue demasiado inquietante, tal vez por toda la serie de imprecisos temores que había sentido. Aunque sin definir exactamente la razón, estaba en guardia instintivamente y esto suponía cierta ventaja para el momento en que me enfrentara con el pleito verdadero que me estaba esperando. De todas maneras el hecho de que mis indeterminadas ideas encarnaran en una amenaza real y próxima me sacudió emocionalmente. Ni un solo instante creí que él estaba forcejeando con la llave en mi cerrojo, podría haberse equivocado de habitación. Desde un principio creí que albergaba oscuras razones, de modo que me quede mudo como un muerto en espera de los próximos sucesos…
          Justo en ese momento en que por fin conocería quién acosaba al aterrorizado personaje, la mosca se volvió a posar sobre él, ahora justo en su nariz. Ricardo le lanzó una mirada de odio al mismo tiempo que la espantaba.
          La mosca recorrió de nuevo la habitación intentando encontrar alguna otra fuente de alimento, pero todo fue inútil, así que decidió jugarse el todo por el todo, —morir o alimentarse—, pensó la mosca, mientras arremetía con celeridad hacia su presa.
          Ricardo se puso iracundo al sentir a la mosca ahora en su frente.
          —¡Pinche mosca pendeja, acabas de firmar tu sentencia de muerte, cabrona!—, dijo Ricardo en voz alta.
          Y así comenzó la peculiar batalla entre la mosca y Ricardo. Él manoteaba en el aire esperando acertar un buen manazo a ese despreciable bicho que más rápido y ágil, tal despliegue de poder hizo rabiar a Ricardo que puso todo de su parte para asesinar a su gran adversario. Finalmente se armó con una vieja revista enrollada y comenzó a perseguirla hasta que la acorralo frente al ventanal. La mosca temió por su vida. Todo se decidiría en un movimiento, ambos se miraron al estilo de un western estelarizado por Clint Eastwood, dando un tinte cinematográfico a la escena. Ricardo, totalmente convencido de su superioridad sobre la mosca, sentencio:
          —Ahora sí, pinche bicho, ni dios padre te va a salvar.
          Y tiró una estocada bastante fuerte pero poco certera. Lamentablemente el ventanal no estaba totalmente cerrado y con un cómico movimiento resbaló y cayó al vacío. En el momento, mientras caía del quinto piso del edificio de departamentos, pensó en muchas cosas, todos sus recuerdos románticos y felices pasaron por su mente, también se imagino lo que dirían sus amigos, su familia, lo que pensaría Alma, y el cariño que nunca le correspondió Sandra, su único amor; pero a final de cuentas aunque él hubiese querido decir algo sus palabras fueron ahogadas por todo ese torrente de ideas.
          El cuerpo de aquel hombre cayó pesadamente en la banqueta ante la mirada asombrada de algunos transeúntes que observaban la masa de sangre y sesos que se había formado. La mosca descendió tranquilamente, con la satisfacción del deber cumplido, y comenzó a degustar tal manjar con voracidad.

Armando Zamorano.



domingo, 12 de agosto de 2012

La sombrita

Sesgos vibrátiles


Voces del sentimiento
Linda Robles
Por fin ya dejo de escuchar las voces. No tengo más que un poco de tristeza. Salió María del salón contiguo, y salieron los ecos del distrito.

Ernesto regurgitaba los versos como si fuesen mala cebada, reclamaba perdido y pernicioso el sesgo bueno que trajese verdadera poesía a su corazón y a sus dedos. No se hallaba ni en lo interno ni en lo diurno, como el paria abatido, desterrado de un país en un mundo demasiado pequeño. Venían de pronto algunas líneas, pero antes de escribirlas caía en cuenta de que se trataba de lugares comunes, nada digno, nada bueno. -Ruega por nosotros-, pensaba, con la imaginativa en su madrecita santa allá en el cielo rubicundo y obnubilado. – ¿Por qué no vienen los putos versos? ¿Acaso no saben mi sesera y mi alma que quiero hacer poemas?-. Escribir un verso no era suficiente, a él debían seguir otros y, en conjunto, cumplir con una serie de tópicos difíciles de atrapar aún después de diez años de reglamentarias sentadas nocturnas con café bien cargadito.

Ya llegaron las noches agoreras, Yavé, levantamos las manos a tus partes pudendas, levantamos la vista y nos levantas los sobacos a cosquillas.

Procesaban la luz una letanía de sinrazones áureas, opacados y difusos, los colores abrumaban a los irises gatunos; sin embargo a Rodita no le molestaba, desde hacía años, hecha a los antros multicolores y estrambóticos, se daba el lujo de escribir blasfemias en las caras internas de las servilletas. –Un hombre a la vez-, se repetía, mientras saboreaba los griteríos de la noche precedente en brazos de un moreno de labios cafecitos. El padre lejos descansaba, como un pobre huérfano deshijado, cobijado por una perentoria invalidez, por un olvido de sospechosa apatía, por un semblante malencarado y chueco, como su propia mueca embólica, como sus genitales tumefactos. –Y Roda, que no llega, ya llevo yuxtapuesta la yugular. Canalla yegua de mala yunta. Calla, viejo que ya llega-, y guardaba silencio prestando oído al patio, a la avenida, pero Rodita no estaba.

Paraninfos noctívagos de bruces, puestos a los silencios descarnados, recuperado impuro del olvido, y arrebujado de sol y de soslayo.

Beatriz no me miraba desde que Benito había venido a buscarla, sus ojos estaban ausentes y su carne fría y meditabunda, como congelada en una espera extraviada. No me dijo nunca que el amor de su juventud era él, hasta que vino y le propuso fugarse con la justificación de que no se había casado con ella por el presidio inesperado. –Bety, somos uno, Betita, ya llevamos quince años durmiendo bajo la misma cobija, tú me diste a mis hijos, Betita. No te me vayas, ni me odies porque nunca fui tan bueno para ti-, pero Beatriz simplemente suspiraba, embebida toda ella en una errática y consumada fuga. Me miraba con hartazgo, desesperanzada, con los ojos chinos de tanto llorar. Estrujaba a sus hijos toda ajena a sus caritas tristes, a sus años, a las buenas navidades en que comíamos el pavo enchilado con sopa fría o los romeritos calientes. Miraba la casa con desdén y con desgano. Yo comprendía, sin comprender, que ya todo se iba, que mi Betita no pronunciaría más palabras dulces en un buen tajo de tiempo, que la comida sería amarga, que la congregación de sus caricias no me buscaría más a la espera de mi cuerpo todo de ella. Yo sabía que si Bety se quedaba no era por mí ni por sus hijos, sino por el despecho de los quince años que aquél la había dejado a mi merced. Lloraba en silencio y silbaba la noche. Beatriz se acostaba volteada hacia la pared, dándome la espalda, con los cabellos mojados por las sales de sus ojos.

Los crótalos caían como hojas, las estelas de luz los alumbraba, boca-incierta cantaba mis canciones, somnolientos los crótalos gritaban.

Nidya Areli Díaz.

domingo, 5 de agosto de 2012

Columna vertebral

Dolor

Grito
Oswaldo Guayasamin
Espina vislumbrada
en eterno corazón
domesticado,
sombra que se escapa por la tarde
mientras el iris sangrante
se descompone
y una parvada de moscas
deposita sus huevos
sobre una piel marchita.
Mira como se quiebra su fémur
bajo tu planta,
el crujir de hojas secas
abandonadas
al fango de tus pies;
obsesiva resurrección
de anécdotas húmedas,
enmohecido pensamiento
bajo la sombra de tus labios,
mapa mental
entretejido por rumores
de una piel joven
que clama entre rezos
la agonía donde
una mujer y un hombre
miden sus fuerzas y renacen;
allí, el corazón domesticado
brama y se desborda al vacío,
como potro se muerde las venas
para respirar al ser
herido por el tajo
de unos labios opresores.

                             Jorge Iván Dompablo.


domingo, 29 de julio de 2012

Encuentros



En blanco

Muchedumbre
Miguel Angel Gatti
Puedo percibir como el viento mueve los objetos, levanta la tierra, la gente corre despavorida y entra a sus casas a refugiarse, el lugar en pocos instantes queda desértico, pronto el aire viene acompañado de una ligera brizna, la cara se me llena de agua y polvo, lodo, espero a que todo vuelva a la calma, las aves agitan sus alas en el horizonte, blanco y negro, mutismo, ha pasado poco desde que llegué aquí, no lo soporto más, cada vez hay menos colores en el horizonte, la música ausente, los ruidos disminuyen, me confunde el orden de la realidad, ¿respiro?
          Las personas desaparecen, las casas se incendian, se consumen, el humo sofoca a la ciudad, queda reducida a cenizas, nadie corre o escapa, resignación colectiva, cargo en las manos un revólver, descargo las municiones, los proyectiles encuentran cuerpos, caen, adquiero poder, es aberrante sentir compasión una vez iniciado el juego, blanco y rojo, angostas son las venas por las que fluyen las palabras, sin fuerza pierden la voz, protestas inválidas, disparos, fuegos artificiales, distracciones, un micrófono encendido, al frente invenciones espontáneas de líderes, desaparecen uno, dos, muchos, mientras tanto los charlatanes se aprovechan de la esperanza para vender espejos, observo desde mi trinchera, hace tiempo que considero me son ajenos los problemas que aquejan a los personajes anónimos del presente, no soy partidario de la anarquía, pero tampoco pienso permitir que cientos de huellas humanas obstruyan las rutas hacia el objetivo que persigo. Insomnio.
          Avanzo, arrastro los pies, las paredes son blancas, callejón sin salida, muchedumbre enajenada, bolitas de papel, mis ideas ayer aplaudidas, hoy obsoletas, reaccionario, izquierda - derecha, ideologías retorcidas, inconsistencia, amenazas y consignas, decido perder la identidad si es que alguna vez la tuve, los medios de transmisión de mensajes virales, uno a uno pretenden convencer las preferencias, alto, el hartazgo me orilla a salir a las calles, ni ganas de encontrar, llevo la consigna de la ignorancia, un elemento en contra me señala y condena, intento escapar, de un plumón de tinta oscura lanzo gotas en forma de balas, las esquiva, añade a sus sentimientos la venganza, alrededor se congregan otros seres sedientos, y como quien huele el miedo se unen, se hacen fuertes, nada los controla, trazo líneas, las convierto en escaleras, subo, los edificios se caen, alcanzo a dibujar unas alas con las cuales logro alejarme del peligro, aunque algunos objetos punzocortantes logran herirme, me fundo en el sol.
          Preso en una torre, sueño todas las noches en convertirme en el peón que derrote a la reina, el fin de una era, fábulas, pensamientos filosóficos, conocimiento empírico, deletreo las palabras de una poesía, una ecuación matemática, la salida a este túnel donde la información abunda, lagartos hambrientos, pedazos de la mente las presas, sobrevivo, nado con la muchedumbre a ninguna dirección en particular, individuo soberbio, desconozco a la razón, consumo chatarra, la reciclo, convengo en apoyar causas si la corrupción lo impide, cada uno tiene su precio, cuántas aristas tiene un diamante. Brillo, el presente en blanco.
Frank CasPe.


domingo, 22 de julio de 2012

Crisol florido


El paraíso negado

Después de la creación de los cielos y la tierra, y de haberse extendido los valles y las montañas, y de que los árboles y las plantas se irguieran hacia el cielo; tiempo después de que los peces nadaran en las aguas de los ríos y los mares, y de que las aves surcaran el aire y las serpientes las arenas; el primer hombre aceptó irrefutablemente su condición solitaria y privilegiada de reinar sobre todo su orbe. Entró en contacto con la naturaleza y dispuso de cuanto encontró a su paso: peces, conchas rellenas y crustáceos fueron su alimento acuático; de reses, roedores, reptiles, canes y de insectos se alimentó en la tierra; las pieles y plumas de panteras y pájaros fueron reclamados como trofeo de su más grande logro. El cielo, las nubes y todo lo que aquél descubría moverse debajo de éstos fueron su compañía. Para este hombre, el Paraíso estaba entera y específicamente dispuesto para su provecho individual. Hasta que la aventura, la caza y la diversión no le fueron suficientes y suplicó por una compañía que, al igual que él, pudiera corresponderle las mismas sensaciones que vivía día con día.
Adán y Eva
Jesús Buenrotro Galicia
          Y fue un día en que su voz se alzó al cielo y su anhelo de búsqueda fue descubierto en una planicie junto a un río antes desconocida: un ser asemejado a Él —al menos a una distanciada primera vista—. El encuentro, o mejor dicho, el acercamiento, no fue inmediato; la experiencia del hombre en la caza se lo precisaba. Al ser dos seres hechos a semejanza, —según los deseos de este hombre—, tuvieron —al menos así lo pensó él—, la precaución de limitarse a observar al contrario desde una distancia segura. Pasado un rato el cazador se encontró descubierto y vio como se alejaba apresuradamente el otro. Él, no tuvo de otra más que disponer de su nuevo hallazgo. Su acercamiento, a falta de costumbres de tipo social, fue tan brusco que el otro, o dicho mejor a la manera de ella: la otra, despavorida, emprendió una carrera al verse sorprendida por quien ella creyó fuera un tigre pues, a lo lejos, no pudo distinguir al hombre debajo de la piel rayada que había visto, previamente, furtivo en el monte.
          Días después Eva, como se presentaría ella misma más tarde, regresó a la misma planicie cercana al monte boscoso del cual bajaba un riachuelo, donde fuera sorprendida por aquel animal carnívoro que aún la aguardaba allí. Él, bautizado como Adán por Eva rato más tarde, la observaba con mejor acecho. Absorto en los movimientos de Eva, Adán no supo explicarse el porqué de arrancar los objetos rojos de los árboles en la pradera. Y así, observando el grácil cuerpo femenino de aquel ser extraño y pensando la razón de aquella actividad tan ajena a sus costumbres, caviló durante largo rato sobre estos hechos tan insignificantes para Eva.
          De la misma manera en que desconocemos infinidad de realidades, independientes a nuestra conciencia para su propia existencia, no sabemos la edad de Adán pues no hemos podido determinar una fecha exacta a su creación, o a su nacimiento, para quienes deseen mayor precisión en las acepciones. Lo que sí sabemos y podremos deducir de manera autodidacta, si es que prestamos un poco de atención a nuestro propio ser antes de atender a nuestra persona y de adornarla con caprichos egocéntricos, es que gran parte de la existencia del hombre transcurrirá en un balance entre la inherente soledad y las relaciones humanas y sociales, tan innatas a nuestra necesidad de manifestar nuestras experiencias vivenciales a alguien más. Por la acostumbrada y solitaria vida de Adán, su persona se desplazará siempre hacia un lado más que al otro. Pues, ustedes tendrán el derecho a debatir lo contrario, si es que mi razonamiento no se ha estancado en la limitación de mis consideraciones: nacemos solos y nos morimos solos, por más que tratemos de perdernos en cavilaciones filosóficas de la constitución del ser como un ente social; muy a pesar de la necesaria concepción humana a partir de dos seres sexuales opuestos; aunque hablemos aquí de la dependencia de otro ser en la gestación y, también, en oposición a la idea platónica de encontrar la contraparte existencial del hombre y la mujer.
          Aludía a la ignorancia de la edad de Adán porque, además de desconocer a sus progenitores —si es que los tuvo—, tampoco sabemos de los primeros años de su infancia. Podemos adentrarnos en un mundo de especulaciones acerca de cómo fue que adquirió el conocimiento básico para la supervivencia en un mundo agreste, plagado de retos, complicaciones y peligros para el desarrollo de cualquier especie habitante de esta tierra. ¿Sería el destino? ¿Cuestión de suerte? ¿Designio de una fuerza omnipotente desconocida? Tal vez fuera pura imitación animal, instinto o llámesele como cada quien pueda. Si atendemos a los hechos presentados al principio, Adán dominó y se valió por sí solo de las cualidades de caza para alimentarse. Deduzco por imaginación que también supo valerse de ventajas de la misma índole que mi deducción, para encontrar refugio a un clima tan variable y protegerse de otros depredadores que, como él, seguirán buscando a diario el sustento proteínico que reclama el organismo para su manutención. Por necesidad o deseos propios ideamos siempre la manera de obtener lo que nos plazca.
          Pero sabemos que no sólo de pan vive el hombre, o en el caso de Adán: no sólo de carne, como tampoco se vive de una misma saciedad fisiológica, si es que nos adelantamos al momento del acercamiento carnal con Eva. Pero esa es ya otra historia. Porque para acercarnos a ese remoto suceso tenemos que seguir contando las consecuencias del encuentro entre estos dos seres opuestos, provocando en Adán un choque contra su microcosmos o, en otras palabras, más adecuadas a esta historia, a la noción de su paraíso personal; no sólo por el descubrimiento de la forma de vida de Eva, sino también porque ella le fue develando e introduciendo paulatinamente en su otro paraíso a éste que, ingenuamente, creía ser el hombre primogénito sobre la faz de la tierra. Conforme pasó el tiempo se fue enterando de una raza de hombres avezados en ingenios distintos a los suyos; de una forma de alimentación diferente a la suya, de la manera de vestir más cómoda y apta para las tareas diarias, de otras formas para reverenciar a la naturaleza y a la vida y de un suceso tan ajeno para él: el de convivir con otros, tan idénticos a su especie pero tan disímiles en sus costumbres.
          Con el tiempo, Adán supo enteramente los pormenores de la vida de este grupo de hombres y mujeres, de su cosmovisión y sus tradiciones. Sí, leyó usted bien: de sus tradiciones. Porque estos hombres supieron tanto dominar el arte de la comunicación que construyeron un sistema de escritura para plasmar sus conocimientos y transmitirlos de generación en generación para el bien de la comunidad, negando de manera opuesta la idea del antiguo paraíso de Adán. Y aunque éste adoptó muchas de las nuevas costumbres, sólo modificó la concepción de su paraíso añadiendo a Eva dentro de él. Optó por abandonar su soledad física, por juntarse primeramente con Eva y luego con los demás congéneres, pero nunca olvidó la manera autocomplaciente de disponer a sus anchas de las oportunidades provechosas para su persona, deficiente de concepciones empáticas para su alma tan idéntica a la de los otros y necesarias para su vida nueva en comunidad.
          Adán no tardó en habituarse al lenguaje hablado que Eva le enseñó, pero no dejó rastro escrito de su vida particular ni de su pensamiento arcaico, por eso ignoramos si su descendencia sobrevivió al embate constante del tiempo y si la hallemos actualmente viviendo entre nosotros.
Roberto Marav.

domingo, 15 de julio de 2012

La sombrita


ODA A LOS CERDOS

Los cerdos
Diego Capuz
Te encuentro lleno de luz
cerdo diamante,
tunco que confunde
las noches con el día,
cebón que anochece
mientras la penumbra
se oculta demente.

Cerdo capaz.
Cerdo cóncavo.
Cerdo escueto
que el silencio
llamó cerdo.

Porcino de las mangas rotas
más tiempo amante
y el rabo inquieto.

Verrón con las moscas allegadas,
de las orejas azules
y el despertar cotidiano.

Es el guarro tan amigo
como idiota.

Los cerdos son personas importantes en la vida,
son razones embargadas
rompibles solo a proeza
que se mueven perezosos
y despiertan atareados.

Los porcinos son personas ocupadas.
Son los chanchos el elixir
de este mundo ya sin vida.

Misericorde es el puerco,
indiscutible es el puerco,

¡es el tunco soberano tragafuegos!
Es el gocho cosmopolita correcto
de cantar impredecible.

Pobre tunco que poeta
viene a cavar nuestras tumbas,
a revolcarse en su escoria,
se redobla en nuestra sombra.

Es el guarro indecoroso preceptor
que corrompe las ciudades,
denuncia las armonías
y se mete en los confines
del arte que mana cerdos.

¡Mana tuncos este cerdo!

Nuestros chanchos son los musos desgarbados,
son los dogmas apareados,
convecciones sulfurantes.

¡Que cerdezco,
que roído,
que infame lo que halla sido!,
lo que al mirarse sosiego
optó por volverse guarro.

Puercos raudos y elocuentes,
guarro tinta,
guarro piedra.

Cerdo que rompe cantares
y canta en tono tan cerdo.

Cerdos, cerdos,

¡todo en esta vida es cerdo!,

todo amigo,
todo amante,
toda canción contrariada.

Es el verraco juez inapelable,
coloreado tunco
de chillido opaco.

Cerdo que le canta a los cantares.

Cerdo modesto, apremiante
que se come nuestra mierda,
acaba con nuestras voces,
corre a devorar las almas
y se mira el parentesco con los hombres...

                                                  Nidya Areli Díaz.