domingo, 1 de abril de 2012

Crisol florido


Ocaso
José Luis Ceña Ruiz

De la abuela

No nos mira la abuela
desde el día de las flores,
sus canarios no trinan
y no arrulla a su gata.

Los pasitos ligeros
de sus chanclos menudos
no rondan por el patio
con un dejo pesado.

No se queja quejosa
de sus varios dolores,
y sus gustos garbosos
no se lucen en fiestas.

          Al sonar las campanas
          de la misa de doce
          ya no he visto a la abuela
          dirigirse a la iglesia.

                              No pregunta la abuela
                              por el muerto del día
                              ni le manda una cera
                              a la viuda de hoy.

                                                  Ya no riñe al abuelo
                                                  por sentirse ignorada
                                                  ni diserta de muerte
                                                  con el cura José.

                                                                      No transforma los años
                                                                      en recuerdos mejores
                                                                      y sus múltiples fármacos
                                                                      caducados están.

                                                                                Desde aquellas canciones
                                                                                ya no canta la abuela,
                                                                                en un "entre tus manos"
                                                                                se ha dormido su voz.

                                                                                                    La abuela no sonríe,
                                                                                                    ni entristece ni mira,
                                                                                                    ya se ha ido la abuela
                                                                                                    donde el polvo carnal.

                                                                                                  Sergio Adrián Moctezuma.

 
Crisol florido es un espacio abierto para aquellos que tengan algo que aportar en este sitio del universo de la red. Sugerencias y colaboraciones (ensayo o cuento de 400 a 600 palabras o poesía de máximo 60 versos) a nidyaareli@gmail.com

domingo, 25 de marzo de 2012

La sombrita



Circe ofreciendo la copa a Odiseo
J. W. Waterhouse


Las rodillas de Circe

Mario amaba las rodillas de Judih, le parecía un milagro que unos guijarros tan tenues, tan delicados, pudiesen mantener en pie semejante escultura de galana mujer; se le semejaban a Mario esas rodillas como un par de redondas pelotitas de frontón: las miraba ir y venir sobre la acera, el patio, el estacionamiento del edificio, e incluso, las alfombras de los hotelitos de paso. Una acompañaba a la otra con pasmosa fidelidad, detrás o adelante, alternándose en la butaca del cine cuando la Venus cruzaba la pierna. Allí por detrás, en el gemelo derecho: un lunar tan oscuro como enervante. A Mario le encantaba ponerse las piernas de su diosa sobre los hombros, penetrarla sujetándola por las rótulas, abrirla en canal pero aferrado a las tiernas naranjitas como de suave cartílago. Las lamía y besaba con frecuencia, una vez las mordió, sin embargo allí paró la cosa porque su Circe pegó un gritó y asestando una patada en la cara sugiriole un rotundo No. Enterado el gentilhombre, maravillado por la fuerza con que aquellas pequeñas habían impulsado semejante patadón, las veneró con mayor vehemencia. 
       —Regálame tus rodillitas—, le dijo un día —no está mal la turgencia de tu vientre ni la firmeza de tus piernas. Amo la tersura de tus senos y el soporífero aroma de tu vagina, pero regálame tus rodillas. Por ellas —un silencio— vendo a Dios.
       Judith se dio vuelta en la cama dándole la espalda, y se convulsionó en una gran carcajada.
       Mario la bebía, la degustaba, la mascaba. Decíase que el amor es eso: amar las rodillas de Lilith, de la vampira Lilith, la ninfa Circe, la hermosa Venus. Era amar su vaivén por las escaleras del metro, su trote ligero en los pasillos de cualquier edificio, su devaneo en la cama mientras la cogía y re-cogía. Amarla era eso: morder el lunar, meter la lengua en las coyunturas entre la rótula y el fémur, prolongar cada bocado y luego repetirlo. Amar a Judith era desnudarse frente a ella y cederle el paso, abrirle la puerta del auto y ofrecerle flores y cartas, era ponerle crédito en el teléfono para esperar por las tardes sus llamadas y que nunca llegaran, era llamarla él como por azar, era fingir ante los embates de la mentira y el disimulo, soportar los celos y celarla más, celar sus rotulitas perfectas.
       —Tienes unas rodillas de fractal—, le dijo. Luego la encontraron con un tiro de gracia, los labios arrancados a besos y las piernas, con todo y rodillas, limpiamente cortadas con cierra.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 18 de marzo de 2012

Columna vertebral


Camino de los recuerdos
Leonid Afremov

Un ejercito aguarda impávido en profunda ensoñación… Cuando la bandera mítica ondee en el campo, signo inequívoco de la batalla, los diversos escuadrones comenzarán su avance y, con toda su maquinaria dispuesta, combatirán arduamente hasta conseguir sitiar el alma de aquel que, sin darse cuenta ha dado la señal de alarma al percibir inconscientemente un aroma, un sabor o quizá una música que lo ha sacado de su cotidianeidad y lo ha llevado a un instante lejano y olvidado de su vida. Así, por ejemplo: el mezcal orgánico que probé hará un año llevaba inmerso en su gusto acre un atardecer cualquiera de mi niñez en casa de mis abuelos con aroma a tierra, humo y magueyes, incluso me permitió escuchar el mugido de las vacas que rumiaban el zacate junto a la pileta llena de agua fresca; o el perfume de mujer que a veces percibo, y que como acto reflejo me obliga a buscar la silueta femenina de donde emana, del que no sé el nombre, y me embriaga de angustia cada vez que tropiezo con él, aunque también contiene algunos matices coloreados de felicidad que no sabría explicar, que además me traen a la memoria la imagen nítida de ella. O qué decir de la música que con acordes dolorosos me transporta a largas noches frías que pasé en la soledad y en las cuales buscaba la iluminación sin comprender que la oscuridad del alma también tiene su encanto.
       Habrá que perder todas las batallas, dejarse herir dulcemente por esos inciertos ejércitos, que en realidad luchan contra el olvido, y recuperar para siempre los instantes que permanecen ocultos en lo profundo de nuestro pasado para así poder ir más completos deambulando por la vida.
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 11 de marzo de 2012

Encuentros

Flaming June
Frederic Leighton
Maldito Perverso

Corazón perverso
inquisidor de recuerdos
escombro de anhelos
infante confuso
amor que no encuentras.

Corazón maldito
nostalgia desprecio carne.

Corazón perverso
amorfo e incompleto
incurable desconsuelo
del mundo disperso
la herida que habitas.

Corazón maldito
semilla cráneo desorden.

Frank CasPe.

domingo, 4 de marzo de 2012

Crisol florido

Tentación
Emilia Castañeda Martínez
Cáliz
LA LUZ ESTÓLIDA del farol consumía tiernamente el aceite de su cáliz, las moléculas de lluvia interminables, postergaban la escampada hasta el vecindario del infinito, en el cenicero ardía un hálito de cigarro lánguido, largo y protervo como la casi extinta luz del corazón de Florita, dos veces pronunció con su labio alforzado y leporino “Te amo tanto, Mario…” dejando que su aliento se abrazara cálido, muerto y espectral con el humo incensado del tabaco crudo volando por la cara más oscura de este universo.
       La medianía de sus ojos ateridos en un epitelio acuoso, casi ahogados en lágrimas, titilaban esquilando el cielo raso, la cómoda, las lámparas, el espejo, los rollos de ropa inertes sobre la mullida alfombra; mi dedo índice sobre la aureola de su pecho, proyectando una diagonal imaginaria que se incrustaba hasta la profundidad de su corazón rojo y etéreo.
       Su voz de flauta fulguraba temerosa, indecisa, emboquetada por la oquedad ociosa de su paladar hendido… musitante y sinfónica junto al croar de otras ranas que se colaba por las fisuras sutiles de las ventanas de la terraza… Imagino que la luna afuera, embozada por el tafetán de las espesas nubes, refulgía el vómito rojizo de su luz más enferma.
       El carisma trémulo de su mano izquierda garabateaba las últimas tildes de confusión sobre el jaspe de mis barbas, los grandes trazos de su mirada pulcra, comenzaba a desquebrajarse en solaz avieso, la mordida cruzada por sus propios labios en aspaviento de angustia marrullera, por fin asentaban el desplome ferozmente ambicionado de ese muro que se nos interponía; le besé la frente con un ósculo eufémico, después le pací los labios en prenda y prima del favor tendido…, ante su tortuoso seño yo le sonreí ladino…
       Me duele comprender doliente el largo tiempo que contemple sus ojos con deseo clandestino, lo vedada que me estuvo su boca de oblea, insípida y frágil; sus ojos infantiles de un mirar estulto, mas no puedo explicar ni en quinientas palabras, el relicario que soy de carnes femeninas, de las diversas calañas y disímbolos calibres, poseedor de rosas, vorágine de alientos perfumados, de labios carnosos y afrutados, dueño sin fe de almas golosas y de hímenes castos, de bellezas de zafir algunas y de mármol otras, hermosas la mayor parte, pero ninguna tan deseada como Florita, con su talle de ángel fatuo imperseguible, como las ansias precarias que me asaltan a consumirme, cual fuego, a las mujeres en sustituto paliativo de su prohibitiva entrega.
       Le doy grosero mil besitos por su piel vibrátil, amasijo incipiente cada seno, trepa mi lengua por su cuello, firmo los muslos con resuellos, respiro borracho entre su vellos, convulso y tremendo la trepido, perforo su virginal escucha con groseras palabras de veneno, mastico sus labios muy, muy quedo; aspiro la arena de su aliento, reptan mis manos por sus glúteos, surge mi ardor y me pregunto: ¿Por qué no te tuve antes, mi Florita? E Incrusto mis carnes en las dulcísimas carnes de mi hermanita.
César Abraham Vega Guerra.

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domingo, 26 de febrero de 2012

La sombrita


La caída de Ícaro
Carlo Saraceni
Volviendo al añejo y trasudado tema de los sueños, pasemos al vuelo onírico. Usted, ¿ha soñado que vuela?, cuando vuela, ¿vuela usted de pie o en la posición de Superman? y, en el segundo caso, ¿debe aletear cual pájaro o se eleva como un aeroplano?
       Existen diversos tipos de vuelos durante los sueños; es muy variado incluso el impulso para efectuar la operación, una de las maneras para lograrlo es el salto de resorte: usted simplemente toma impulso mediante las rodillas, haciendo resorte con el suelo, y sale felizmente al vuelo, pero con una fuerza tan suficiente y efectiva que avanzará una distancia considerable. En este caso el vuelo es de pie, se ve al horizonte pero no lo que hay debajo, hay que notar además que si a uno se le ocurre voltear abajo, inclinándose, será fácil perder el equilibrio y caer a tierra.
       Otra de las forma es mediante la levitación; en esta manera en realidad no importa mucho la posición que se asuma porque se trata de hacer una especie de vacio alrededor del cuerpo, y digo alrededor y no debajo porque en este vacío generado, uno simplemente flota, no es necesario un propulsor en los pies que nos haga salir disparados; como si el cuerpo se volviese de vapor y, más ligero que el aire, simplemente se elevara mesurado y calmo sin prisa alguna.
       Volar como Superman no ostenta la dignidad humana de los primeros vuelos; en este caso se anda como la gente, de pie, y se vuela como los animales, bocabajo. Este tipo de vuelo se debe a algo que debe parecerse al vuelo de los aviones que funciona con la velocidad, y la presión del aire generada bajo el cuerpo, claro que sería menester que este cuerpo fuera plano y llevase unas turbinas por debajo, pero en ese caso cualquiera podría hacerlo y no tendría mérito.
       Otro de los vuelos es el del pájaro, e insisto en la forma de las alas aplanadas, nuestros flacuchos brazos no son buenos para el vuelo; no obstante en los sueños hay quien mediante el braceo logra elevarse y planear, en este caso no faltará quien cambie en el onírico mundo esos brazos inhábiles por unas magníficas alas, o bien, le crezcan unas a la espalda como de ángel, muy en contra de la morfología natural, pues en vez de cuatro, los ángeles tienen seis extremidades. Claro, y habrá, además, que ver cómo es que un ángel se puede hallar volando terrestre y en tierra sin ver a Dios. Por supuesto, no se es un ángel sino un hombre con alas con el don angelical del vuelo.
       Pensemos ahora en algunas de las posibilidades que nos llevan al vuelo durante los sueños: 1) una típica persecución en la que a uno ya no le queda más que echarse a volar, y porque sueña lo hace, sale uno volando sin más. 2) un sueño lúcido en el que uno se percata de las posibilidades del estado onírico y desafiando las leyes naturales le da por hacer las cabriolas que no puede en la vigilia, así que una de ellas es echarse a volar, yo conozco un matemático al que no le faltará ocasión de experimentar con los diferentes tipos de vuelo, sólo por ver qué se siente. 3) por inducción de alguien más, un personaje que aparece en el sueño y nos enseña cómo se vuela, 4) por falta de gravedad, 5) otras.
       En pos del vuelo onírico altamente recomendable, le sugiero con efusión que lo practique; no debe perderse los vuelos cósmicos por el Cinturón de Orión y la Próxima Centauri, o si es un poco más modesto o le interesan más los lugares terrestres, puede usted visitar alguna isla paradisiaca, las Europas o el lugar de su preferencia. Es muy saludable, gratificante y gratuito.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 19 de febrero de 2012

Columna vertebral

Retorno a Atenas
Bonnie Hofkin
Expiración

Distantes ecos
de luz que el negro apaga,
calle desierta.

Inapelable
desazón de las aves
abrasa el alma.

Orfandad final
de los exhaustos huesos
bajo la lluvia.

Fuente serena,
concavidad de sombras,
quietud marmórea.


Jorge Iván Dompablo.