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domingo, 25 de noviembre de 2012

Columna vertebral


La soledad mata

La soledad
Camille Carot
Hace algunos años escuché por primera vez esta frase y, aunque en aquel entonces estuve de acuerdo, han tenido que pasar varios años para que comprendiera el alcance de estas palabras.

          Quizá después de un día abrumador en donde, entre otras situaciones, se han tenido que pasar largas horas compartiendo con otros cientos de personas el mismo aire viciado en un vagón del metro, uno sienta el deseo inaplazable de alejarse de las personas, sobre todo si se es un poco claustrofóbico. Incluso habrá ocasiones en las cuales necesitemos estar solos; tomar un espacio para nosotros mismos para reflexionar y resolver asuntos que nos aquejan o por lo menos vislumbrar un camino, por vago que sea, a seguir; sin embargo, la soledad cuando se prolonga por mucho tiempo hace daño, el aislamiento enferma al individuo que lo padece.

          A veces, con sorpresa, uno cae en cuanta de que un día —no se sabe exactamente en qué momento— comenzó a sentir los estragos: ansiedad, desánimo, tristeza, falta de apetito, etcétera, y todo ello acompañado por un sentimiento inconmensurable de orfandad parecido al que refiere el poeta Cesar Vallejo en su poema “Ágape” cuando escribe “[…] He salido a la puerta, / y me da ganas de gritar a todos: / si echan de menos algo, aquí se queda! […]” y es que la falta de contacto con los otros literalmente puede llevarnos a la tumba.

          Respecto al sentimiento de abandono apunta Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos “[…] Sentirse abandonado es, esencialmente, sentirse abandonado del «dios en nosotros», del componente eterno del espíritu, proyectándose en una situación existencial ese sentimiento de extravío que también posee relación con el tema del laberinto” (Cirlot, 63)

          En efecto, la soledad es un laberinto en donde la única escapatoria es mirar a otros ojos y reconocerse así mismo. Viene ahora a mi memoria el pasaje de Don Quijote de la Mancha en donde éste tiene el encuentro con el afligido Cardenio y la primera reacción de nuestro querido caballero andante es abrazar al pobre hombre que, a fuerza de permanecer en el aislamiento, ha perdido el juicio: “Don Quijote le devolvió las saludes con no menos comedimiento, y, apeándose de Rocinante, con gentil continente y donaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido” (I, XXIII). Y es que la primera vez que leí este encuentro sentí que don Quijote no sólo estaba abrazando al otro, sino que al mismo tiempo se abrazaba a sí mismo.

          Digo, pues, que la soledad mata y contra la falta de un interlocutor con quien compartir el mundo, no sirven sucedáneos como hablar por teléfono, enviar mensajes por correo electrónico, conversaciones virtuales y demás formas de “contacto” por medios tecnológicos. Una conversación vía telefónica por más tiempo que dure, jamás aportará la misma sensación de bienestar que transmite un abrazo, un saludo o el simple hecho de compartir el mismo espacio con otra persona.

Jorge Iván Dompablo.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Columna vertebral


EL BARBAS

Gato colorido
Vanessa García González
El Barbas llevaba perdido dos semanas más o menos, esa fue la conclusión a la que llegamos por la noche del martes mientras tomábamos café acompañado de galletas de animalitos salidas quien sabe de dónde. Así que aprovechamos para rememorar algunas aventuras de nuestro afamado gato: de color blanco con una pequeña mancha negra debajo del hocico, de allí su nombre. El Barbas había llegado a nuestras vidas dos años atrás, era apenas un niño…, bueno era un cachorrito cuando se lo encontró mi novia justo a tres metros de llegar a la tortillería (yo la acompañaba), le había parecido muy simpático y desamparado pues estaba maullando desconsoladamente y por la calle andaban muchos perros distraídos que aún no lo notaban. Yo en principio no me lo quise llevar, pero ella insistió tanto diciéndome, entre otras cosas, que mi vecino que tenía otro gato “sin duda” lo querría. Más por enternecimiento por ella y por el gato que porque me convenciera su argumento me lo lleve a mi casa. La bolita blanca de pelos no paraba de pedirme que la alimentara.

          Mi vecino, por supuesto, me mando por un tubo; de todas formas sólo se lo había comentado por no dejar, pues ya me había encariñado con el gatito y si él lo hubiese aceptado igual y le digo que era una broma. Yo como no sabía de esos menesteres sólo atine a comprar un cartón de leche y una jeringa con la cual lo alimentaba varias veces al día, la última antes de irme a dormir y la primera al despertar. Lo que más trabajo me costaba era entibiar la leche pues siempre me quedaba con la duda de si no estaría o muy caliente o muy fría y mi hijo mientras tanto maullaba desconsolado. Así pase de ser un joven sin responsabilidades a verme como padre y madre del Barbas.

          El Barbas era un valiente cazador, aunque sólo tuvo la oportunidad de enfrentarse a no muy fieras lagartijas que por la tarde se asoleaban en la barda del jardín, esto lo hacía en contra de mis órdenes determinantes de no matarlas porque siempre me han gustado mucho esos dinosauritos. Entonces lo que yo hacía era que cada vez que veía una corría y se la espantaba y lo regañaba muy seriamente, cosa que a él poco le importaba porque siempre se quedaba dormido a mitad de mi arenga. También a veces me daba unos sustos de aquellos… Como cuando me daban pesadillas, de esas en las que sabes que estás dormido, pero no te puedes despertar. Entonces con mucho esfuerzo en algunas ocasiones lograba despertarme y lo primero que veía eran unos ojos muy brillantes frente a los míos, con el salto que pegaba del miedo, él se desconcertaba y se ponía de pie, y con sus patitas delanteras empezaba a mullir la sabana, lo cual siempre me pareció una especie de masaje gatuno que me obsequiaba para que hiciésemos las paces.

          Todos esa noche, menos mi mamá, estábamos convencidos de que no regresaría. Por eso fue ella quien se levantó a lavar el tazón de las croquetas y, llenándolo, comenzó a llamar, luego todos salimos a imitarla, pero el Barbas nunca volvió.

Jorge Iván Dompablo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Columna vertebral


Ciudad imaginaria
Carmen Medina
Hay en algún punto del universo fuera del globo terráqueo una ciudad distinta; yo la conozco, he estado en ella; no puedo asegurar que sea mejor que la ciudad en la que vivo —quizá no—. Sólo se decir que ejerce en mí un grado de fascinación especial. Existe en ella, al Sur, una avenida que sube una colina rodeada de un bosque por cuyas hojas siempre pasa el viento; aleteo de mariposas amarillas que la luz del sol matiza, agudos lamentos que hieren el alma, tenues suspiros… Del otro lado, al bajar por la pendiente, una curva gira a su derecha en donde apenas se perciben algunas casitas lejanas esparcidas en la orilla. Alejado de ahí, al Norte, existe un camino como trazado con regla todo desértico, su tierra blanca se levanta muy fácilmente y quema los ojos, sin embargo cuenta con un autobús que si lo tomo y viajo en él muchas horas —en las cuales siempre “duermo”— me llevará, aunque jamás he llegado, a la casa de mi abuelo. Al Este hay un río poco profundo de aguas tranquilas bordeado por campos sin sembrar, cercana a él está una alberca sumida en un barranco, algunas veces he saltado en ella y aunque el agua es deliciosa luego me viene una desesperación profunda pues ya no puedo subir; no es que sienta que me ahogo, de hecho esto nunca ocurre, pero me quedo atrapado allá abajo. El centro de esta ciudad tiene un parque al que dos farolitos no alcanzan a iluminar, por ello siempre está en penumbras; esto, sin embargo, no evita que tenga siempre dos o tres transeúntes que viajan separados. El otro punto cardinal me es un misterio, por alguna razón extraña jamás me he aventurado a explorarlo. Digo que esta ciudad existe porque he estado cientos de veces en ella, por favor no piense que le miento, ni piense que estoy loco, para mí es de por sí difícil el tratar de explicármelo; muchas veces al abrir los ojos y encontrarme con la oscuridad de mi cuarto trato de definir hacia dónde está cualquiera de los puntos que le he descrito y no lo consigo; pero si cierro los ojos en ese momento en el cual aún no se está completamente dormido o despierto, digamos en un punto neutro, todo cobra claridad y aunque no pueda en ese estado desplazarme en ella, sí distingo hacia dónde está cada uno de sus territorios. En mi vida cotidiana hace algunos días encontré la avenida que sube la colina. Quiero confesarle que cada sábado por la noche, después de tomar algún café con mis amigos y platicar acerca de El Quijote paso cerca de ella; es entonces cuando me invade el deseo vehemente de seguirla, sin embargo, me paraliza un miedo que yo sé que es irracional y continúo mi camino. Querido lector, esto es una confidencia: si se lo cuento es porque tengo la esperanza de que usted también la conozca o, si no es así, por lo menos la esperanza de que tenga una confidencia similar a la mía que aún no se haya atrevido a contar.


Jorge Iván Dompablo.



domingo, 18 de marzo de 2012

Columna vertebral


Camino de los recuerdos
Leonid Afremov

Un ejercito aguarda impávido en profunda ensoñación… Cuando la bandera mítica ondee en el campo, signo inequívoco de la batalla, los diversos escuadrones comenzarán su avance y, con toda su maquinaria dispuesta, combatirán arduamente hasta conseguir sitiar el alma de aquel que, sin darse cuenta ha dado la señal de alarma al percibir inconscientemente un aroma, un sabor o quizá una música que lo ha sacado de su cotidianeidad y lo ha llevado a un instante lejano y olvidado de su vida. Así, por ejemplo: el mezcal orgánico que probé hará un año llevaba inmerso en su gusto acre un atardecer cualquiera de mi niñez en casa de mis abuelos con aroma a tierra, humo y magueyes, incluso me permitió escuchar el mugido de las vacas que rumiaban el zacate junto a la pileta llena de agua fresca; o el perfume de mujer que a veces percibo, y que como acto reflejo me obliga a buscar la silueta femenina de donde emana, del que no sé el nombre, y me embriaga de angustia cada vez que tropiezo con él, aunque también contiene algunos matices coloreados de felicidad que no sabría explicar, que además me traen a la memoria la imagen nítida de ella. O qué decir de la música que con acordes dolorosos me transporta a largas noches frías que pasé en la soledad y en las cuales buscaba la iluminación sin comprender que la oscuridad del alma también tiene su encanto.
       Habrá que perder todas las batallas, dejarse herir dulcemente por esos inciertos ejércitos, que en realidad luchan contra el olvido, y recuperar para siempre los instantes que permanecen ocultos en lo profundo de nuestro pasado para así poder ir más completos deambulando por la vida.
Jorge Iván Dompablo.