domingo, 25 de septiembre de 2011

Encuentros

El músico
Georgína Etcheverry

La luz ya no entra por mis ojos

Esta vez decidí quedarme a escribir una canción, el público a través de las redes sociales se ha vuelto algo exigente, necesitan algo de mí, en general me da la impresión que devoran cuanta información encuentran por la internet, todo es mediático. Algunos colegas basan sus estrategias de publicidad mediante la proyección de videoclips por demás portentosos, otros se dedican a abogar por las causas sociales, se toman fotos en la colecta semanal de basura de la zona en la que viven, la suben a sus perfiles, anexan un comentario, editan la imagen en photoshop por si existiese una imperfección que les delate la calvicie, las arrugas o el sobrepeso: publicaciones intranscendentes.
       Me sugirieron algunos colegas que realizara un concierto masivo en el centro de la ciudad, pero la verdad es que también he venido analizando mi probable retiro, han sido muchos viajes, ya probé casi de todas las comidas posibles, qué decir de la cantidad de mujeres con las que he compartido noches y amaneceres. No creí mencionarlo algún día, pero la verdad estoy cansado, es hora de quedarme con la guitarra en un ambiente más íntimo, el resto del día me la pasaré aferrado al sonido que se produce al pulsar con los dedos las cuerdas, ocultaré la voz. Tengo mucho ruido en la cabeza, las ideas huelen a nostalgia y la luz ya no entra por mis ojos.
       Esta nueva melodía pretende hablar de mi estado de ánimo resultado de las sumas de los años, estoy contento en general pero hay un dejo de tristeza a pesar de los triunfos obtenidos a lo largo del tiempo, siento como cualquier humano un hueco, en el caso mío viene del corazón, es éste el momento donde quisiera estar rodeado de una familia y, en lugar de abrazar un instrumento musical, preferiría la discusión después de la cena con una esposa y un par de hijos: me estoy haciendo viejo…
       Esto es lo que soy
mis manos tocan el viento
a donde viaja voy.
       Iré a dormir, no me gusta el resultado de la letra, evaluaré para mañana si decido sacarla a los medios o la trabajo por un rato más, aunque también me pregunto si la gente se conformaría con un producto mediocre para justificar la ausencia de los reflectores, valdrá la pena escuchar opiniones de los amigos antes de decidir o, en definitiva, la otra opción es dejar pasar más tiempo y optar por el olvido.
Frank CasPe.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Crisol florido

Apocalipsis
José Maniscalco

¿Hasta dónde llegará la vista del hombre? La mayoría de las veces al centro del universo, al fin del mundo. Pero qué lugar será ese, en la antigüedad se contaban historias sobre el último borde de la tierra, dónde abundaban los animales horrorosos e inimaginables, las sirenas cautivadoras, el temor y la muerte; porque de un sitio así no habría retorno posible salvo la locura. Con el descubrimiento de América se vinieron abajo todos esos mitos pero no la idea de encontrar el lugar preciso, entonces el fin se tornó centro a pesar de Copérnico o por él mismo. Toda materia existente tiene un centro y la humanidad se precia de existir porque piensa, dicen… por lo que sea que fuere: Porque el hambre aprieta, porque es innegable la belleza de Juan Perez Manzano, famosísimo; porque mañana si no se paga la renta habrá consecuencias; porque… «Porque esto a nadie trae cuentas e igual lo escribes; porque no hace falta pensarlo mucho para saber que yo soy yo y no la señora de los tubos que se para en la esquina esperando la basura.
       Yo ¿quién soy yo? El universo es infinito y de mí hacia todos sus límites la distancia debe ser por lógica: Igual. Destruí la casa vieja porque no la necesito. Los animales, las pequeñas plantas, todos los recursos del planeta están a mi servicio. Hace mucho tiempo me cansé de recolectar frutos y de cazar mi alimento, me hice sedentario. Yo hablo desde entonces y me encanta mi voz, es tan… versátil, dormirías en mi regazo tranquilamente si escucharas mis canciones de cuna; todos los enemigos recelan mi fragor, todos. Yo pinté sobre muros de piedra, levanté montañas y cerré mis ojos y cerré mis oídos y cerré tu boca. Yo acaricié la redondez del globo, le puse dos caras a la moneda para jugar al azar, aunque la suerte no exista yo inventé los monociclos, me divertí un tiempo pero… me cansé de hacer las cosas, soy un ser sensible y delicado, es mejor que trabajen las máquinas por mí. No soy una máquina, ni estoy al servicio de nadie, que quede claro. Yo soy quien subió el queso a la luna carcajeándose con el chiste de la oferta y la demanda, pero… me aburro.
       Yo estoy abajo y arriba, inventé la jerarquía porque desde la infancia me aficioné a derrumbar torres ¿me recuerdas? ¿Quién soy yo? Con frecuencia se me olvida, pero…» Pero una cosa es existir y otra muy distinta estar de acuerdo, de otro modo cómo se explica el continuo afán por que todo termine. Si se lee una novela muchos se saltan el medio por el final, en lo que podría pasar por un arrebato de curiosidad; pero si consideramos las telenovelas, todos conocen su final y no por eso se lo pierden, salta a la vista que el móvil no es la curiosidad sino el final en sí. De no ser las profecías de Nostradamus, son las mayas (aunque ellos ni lo hubieran considerado); o qué tal las fechas curiosas como el 6 del 6 de 2006. Otros son más prácticos, no se fían de mitos y están decididos a terminar con el mundo con sus propias manos; derraman petróleo, talan bosques, tiran basura por las calles… ¿Seremos felices para siempre?
María de Jesús Gómez Lazos.

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domingo, 11 de septiembre de 2011

La sombrita

Femme fatale
Karl Bang

Un tal Romilo Croronte, de quien habla Herodoto en su libro histórico aún no hallado, el de Ilustrísimos prehistoriadores de la antigüedad, narra, según el padre de la Historia, que en cierto país de las antiguas ciudades matriarcales, una peculiar gobernante, que murió bajo el yugo auto-infligido del suicidio, fue enterrada en una tumba ya desconocida en tiempos de Croronte, con las más suntuosas exequias y bajo el llanto amargo de no pocos de sus amantes. Se dice que a sus funerales llegaron toda clase de príncipes e ilustres personajes del sexo masculino, llorando todos por la misma dama. Se desgarraban los hombres, sin importarles el peso de sus títulos ni la dignidad de su hombría, en una letanía de berridos y chillidos de la que hablaron no pocas generaciones después del suceso. Llegaron, dice Herodoto que refiere Croronte, del medio y lejano Oriente, de la isla lejana de los Atlantes y, de una muy remota tierra donde se acostumbraba derramar la sangre de las hermosas vírgenes en honor de los dioses. 
       Es un verdadero misterio cómo se propagó la fama de la mujer por todo el globo terráqueo, y mucho más enigmático aún, es el poder de seducción y enamoramiento que ejercía sobre todo tipo de hombres; príncipes y plebeyos deseaban vehementemente contraer nupcias con ella, pero, según las pesquisas del prehistoriador y, más tarde, del padre de la historia, se arroja que la gobernanta en cuestión murió sin haberse casado nunca. Hay que saber además que la mujer rehusaba, incluso, el trato con todo ser de género masculino. Sabía que, sin su deseo, todos los hombres caían rendidos a sus pies apenas les otorgaba alguna palabra de cortesía, por ello solía recluirse apartada del mundo al estudio de las artes y ciencias clásicas; no obstante, hasta su soledad llegaban los enamorados que, más instados aún por la renuencia de señora tal al trato con el mundo, se las ingeniaban para arribar hasta ella y caer rendidos de amor y a sus delicadas plantas.
       Harta de su némesis, sabiéndose la causa de la desgracia de muchos individuos de todas clases, así viciosos como virtuosos, bondadosos y malvados, insignificantes, célebres y, en fin, de todos tipos y condiciones, decidió darse muerte. Colgóse de una torre muy alta visible a muchas leguas de distancia. Los amantes, venidos en legiones desde todos los puntos de la rosa de los vientos, miraron desde allí, su fantasma aún colgado.
       Resulta difícil en estos tiempos imaginar una criatura capaz de imbuir tal hechizo sobre la rapiña escrupulosa de los hombres. El hombre con su genio, con su adarga, con su automóvil deportivo, con su perfecto dominio sobre un mundo en decadencia. Sin embargo, Lou Andreas Salomé, alumna de Freud, embrujó sin miramientos ni dificultades a Nietzsche tanto como al poeta Rainer Maria Rilke, a quienes además, se dio el lujo de despreciar…
       La Marquesa de Chatelet murió en gracia de Dios a lado de su marido el señor Marqués; del intelectual más prestigiado de la época, nada menos que Monseur Voltaire, amante de la aludida con el consentimiento del señor Marqués y, un poeta de obra desconocida llamado Jean François de Saint Lambret, que había robado el corazón de la dama en los últimos años. 
       Hay que agregar, además, que las mujeres en cuestión se destacaron no poco en diversos ámbitos de las ciencias y las artes, y creo yo, por alguna causa más allá de la calentura intelectual, gozaron el amor de tan ilustres hombres que se disputaban y derretían por ellas. Habría que averiguar si existirá hoy en día, alguna femme fatale de la ciencia y el arte que anda por el mundo rompiendo los corazones de los intelectuales cuyos tropiezos se escribirán un día en la post-historia.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Columna vertebral

Los tres pequeños cerdos
Vitor Barata

LA MUSA
(Segunda y última parte)
Después del día de ese encuentro, tuvieron que pasar varios meses antes de volverla a ver, en esa ocasión ella iba acompañada de su novio; el dibujante, en una acera, discutía con la suya, cuando estuvieron uno frente al otro se repitió aquel saludo cómplice. Luego nunca más volvió a verla, bueno, por lo menos en el plano terrenal, pues en el onírico hubo un encuentro final inquietante: ella en la oscuridad recostada e inerte como si estuviera muerta yacía sobre un montón de hojarasca, desnuda como aquella vez, sólo que ahora su desnudez era angelical en otro sentido, pues no era del todo seguro que fuese ella, era un ángel porque no tenía sexo y, a pesar de parecer muerta; su cuerpo bajo la luz del farol, que directamente la alumbraba, se veía tan suave y puro como la parafina en el instante preciso de pasar de ese liquido claro que es cuando el calor la abrasa al color opaco y suave que nos incita a moldearla con nuestros dedos cuando el calor ya no es suficiente; incluso, él estaba seguro que si de algún modo pudiera acercarse a ella percibiría esa calidez.
       A su alrededor todo estaba entre las sombras, de ellas emergieron, siniestros, tres cerdos enormes que comienzan a olisquearla, es casi seguro que terminarán devorándola, todavía no comienzan su banquete, pero es cuestión de segundos, no hay nada que hacer, tú lo sabes, pues eres él y sabes que es un sueño; sin embargo, eso no te quita la angustia que sientes. Detrás miras una vieja cabaña de madera y todavía más lejos, los árboles que van perdiendo sus oscuras hojas cuando el viento helado las cercena.
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 28 de agosto de 2011

Encuentros

El grito rojo
Carmen Luna

Ciudadano rojo

Focos rojos inundan la ciudad, se distribuyen por las calles acompañadas de portentoso sonido, crónicas de un lamento urbano. ¿A dónde huir?, se preguntan unos. ¿Cuánto tiempo más durará esta situación?, se cuestionan otros. Llego a una esquina cercana a mi domicilio, la luz verde indica seguir hacia delante, volteo alrededor antes de cruzar la calle, me asombra el hecho de hallar detenidas en el espacio a las personas y objetos, de alguna forma se terminó el movimiento de las masas. Mientras avanzo pretendo olvidar dicho suceso, no encuentro las llaves del apartamento, vuelvo a las calles, camino en reversa para intentar recordar cómo comenzó la historia de hoy, todo está como antes.
       Estoy refugiado debajo de un auto tras la explosión del restaurante en el cual solía tomar café por las noches, una camioneta con hombres armados disparan al libre albedrío, antes usaban máscaras para encubrir su identidad, ahora no tienen miedo de ser reconocidos. ¡Al suelo, al suelo! Ciudadanos cubiertos de sangre, heridos, gemebundos. ¡Ayuda! Ha pasado el peligro, y en lugar de auxiliar a los demás, las personas se disponen a grabar con sus celulares las ruinas en los rostros rojos, imágenes que serán usadas para subirlas a las redes sociales, conseguir algo de fama o dinero, salir en los periódicos y, quizá mañana también formen parte de esta calamidad.
       Entre los escombros los soldados se ocultan, la gente comienza a unirse, vestida de color blanco se reúne, avanzan antes de que el futuro decida exterminarlos, al menos tener la sensación de lucha en la piel alivia el espíritu, comienzan los gritos, reclamos y hasta poesía dirigidos a una sola figura humana, responsabilizándola en absoluto de su situación, en tanto continua su paso la mancha blanca, otros seres, ciudadanos rojos los vigilan, van directo a una hoguera sin saberlo, parece estar previsto, es el fin, comienza el incendio, el líder que los conduce se prende fuego en el cuerpo, lo siguen los demás, insisten...es el fin.
       Otra vez ha llegado el amanecer, descubro el cielo con un hermoso resplandor, encuentro mi reflejo en el baño, un poco de barba de hace dos días, mis labios secos, los ojos verdes, las líneas de expresión, lo de ayer fue una pesadilla -me repito-. Sin embargo todo sigue quieto y oscuro, ¿qué voy a hacer?, ¿hacia dónde debo dirigirme? Me visto y desayuno. Tomo un trapo, lo uso para limpiar la sangre de un rifle AK-47, también recargo el cartucho, está listo. Debajo del colchón guardaron dinero, queda muy poco, así que me llevo una bolsa con algunos gramos de cocaína para lo que se ofrezca, ¿hace cuánto que no vuelvo a casa?
Frank CasPe.

domingo, 21 de agosto de 2011

Crisol florido

La culpa de la luz
Paula Buffone

Procedimiento para paliar un rencor

El ser humano es tan intrínseco a la arrogancia como a su vanagloriado raciocinio, en su pecho pocas veces suelen cocinarse potajes tan astringentes como aquellos que se hierven en el fuego del resentimiento intestino, las causas suelen ser diversas y, ciertamente, disímbolas dependiendo del individuo aunque, según lo veo, la mayoría ―si no es que todas― detonan en la rotura de la frágil crisálida del ego por alguna afrenta de orgullo.
       Pero, ¿cómo enfrentar los embates del remordimiento? o con mayor precisión, ¿cómo paliar los efectos duros de una persona a quien hemos ofendido y nos castiga con la fustigante reata del resentimiento?
       1.- No lo tome personal: claro, es obvio que el asunto del rencor tiene sendos tintes personales; sin embargo, imagínese que se trata de un rencor de índole profesional, digamos, como aquella vez que dejó sin tóner a la oficina completa por habérsela pasando el día entero imprimiendo novelitas eróticas. Minucias en realidad. El jefe paga.
       2.- Compénselo al doble: si la ofensa es de un grado, digamos reparable, busqué a toda costa subsanarla, es más, si la repara al doble usted quedará en la posibilidad de ser tomado como un héroe en vez de un completo imbécil; por ejemplo, si usted entra medio ebrio a la cochera de casa y no se percata de que arrolla al perrito de su hija, la mejor forma de repararlo es comprándole dos perritos, o un perrito y un gato, y ya verá cómo se le pasa el enfado y gana adeptos indecibles.
       3.- Justifíquese: no importa cuán seguros estén los agraviados del escarnio o la cantidad abrumadora de pruebas que lo inculpan, siempre justifíquese empleando todos los recursos a su mano. Como cuando nalgueó a Janet, la secre del jefe, ante la mirada atónita de seis testigos y usted se justificó diciendo que padecía un horrible síndrome de personalidad múltiple y presentó la receta de su psiquiatra como evidencia de su mal. Ellos nunca se enteraron de que la sertralina es sólo un antidepresivo convencional, pero vaya excusa de campeonato. ¡Aún tiene trabajo!
       4.- Mienta y exagere: cuando los pasos anteriores no sean suficientes lleve la mentira a un nuevo nivel en el cual, ponga en un relieve tan enfático su supuesta afrenta, como por ejemplo, aquella vez que después de la llamada iracunda de su esposa reclamándole encolerizada su aparente olvido de su XV aniversario de casados, decidió pagarle a dos vagos para que le golpearan un poco a fin de fingir un asalto. Éstos terminaron mandándose al ponerle una santa golpiza, asaltándole de verdad y dejándole un balazo en el empeine que, aunque doloroso, bien sirvió para justificar el olvido arguyendo que aquellos dos rufianes le abordaron para robarle el presente de aniversario.
       5.- Emborráchese: lo cierto es que para paliar la culpa de haber sido un idiota no hay nada mejor que una buena borrachera; en realidad, el yerro le perseguirá de cerca y le recordará a menudo que es usted un desalmado, pero en estado de ebriedad no le provocará mella alguna o al menos ya no le importará tanto. Y es que en mis años de ofender a mis congéneres no he podido encontrar nada que pueda combatir el remordimiento. Salvo, claro, pedir perdón que, por cierto, nunca se me ha dado, o en su defecto, dejar de ser un imbécil, lo que me está a todas luces muy vedado. Así que como decía el buen Baudelaire en su libro de Pequeños poemas en prosa: “¡Embriagaos!”
       En fin, si usted sigue estos sencillos pasos, le aseguro que no tendrá mayor problema al subsistir y desenvolverse en esta sociedad de porquería donde no somos pocos los cretinos e insensatos.
César Abraham Vega Guerra.

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domingo, 14 de agosto de 2011

La sombrita

To be reborned
Remedios Varo

Para hallar la concentración hay que poner la mente en blanco, se debe cerrar los ojos con lentitud, respirar acompasadamente y pensar con fuerza en cada rítmica exhalación. Hay que encontrar muy dentro del pecho lo que uno buscaba en el origen, lo que uno quería aún antes de mirar la luz del mundo, hay que recordar allá, muy en lo remoto, lo que Dios nos encargó, era algo sencillo y muy directo, pero, al llegar, el mundo era de tantos y tan brillantes colores; nos llenamos de sensaciones y luego de sentimientos de todos tipos, de ideas refulgentes y acechadoras, y en algún punto olvidamos en qué consistía la tan escueta misión y… quiénes somos. Comenzamos a ser lo que nos dijeron otros, a adoptar misiones de otros, a cuidar nuestra propia imagen para no desilusionar a los otros, y la existencia perdió sentido: Dios murió.
       Ahora, para encontrarnos de nuevo, hay que cerrar los ojos y respirar muy hondo, y sentir cada inhalación como si fuera la última. Hay que dejar de pensar en los colores del mundo aunque nos deslumbren, hay que buscar en el pecho y en la mente. Al cerrar los ojos a conciencia y a contraluz, se pueden ver las paredes, la cavidad del vientre materno con su luz infrarroja del origen, cuando aún éramos gérmenes enviados por la fuerza del big bang, un dios de cosmos y estrellas y centellas en medio de la nada. Entonces, con los ojos bien cerrados, con los pulmones dispuestos a la vida, con el corazón bien colocado y presto a sentir, tal vez sea posible saber, recordar el verdadero motivo, quizá sea posible que la cavidad matriz del vientre abandonado e infrarrojo que nos sigue dentro del propio ser, nos lo recuerde.
       No se trata del Dios de las iglesias, ni del ruido y el rugido estrepitoso del mundo, ni siquiera de lo que hay alrededor. Se trata de cerrar los ojos… cerrar los ojos y recordar lo que había allá en lo remoto, cuando nos dijeron la primera vez que esto o aquello estaba mal, y a nosotros nos pareció que en realidad no lo estaba…, pero hicimos caso, y fuimos del mundo y no de nosotros mismos.
Nidya Areli Díaz.