domingo, 17 de julio de 2011

La sombrita

La columna rota
Frida Kahlo
 
El dolor es una constante natural en la vida de todo ser humano, basta tener la certeza de que cada día sentimos y nos sometemos conscientes o inconscientes a pequeños o medianos dolores que nos son tan necesarios como respirar; los tacones de la vanidad, levantar cosas pesadas, caminar una buena distancia, y en general todo el ejercicio físico produce cierto grado de dolor; el dolor es en este punto, no sólo benéfico sino necesario para el hombre.
       Debió ser harto doloroso, creo, el proceso mediante el cual el mono dejó de ser bestia para transformarse en el “moderno y evolucionado” ser que se llama hombre. Deformar los huesos a tal grado de cambiar todo el sistema morfológico en pro de la evolución no parece fácil ni mucho menos exento de una buena dosis de dolor. Evolucionar el alma -si acaso la hay-, es por antonomasia, aún más tortuoso. Pero, ¿quién quiere evolucionar su alma?; el órgano parece más bien imaginario, uno no lo representa como una constitución de partes bien delimitadas y materiales como el corazón, con unos ventrículos y arterias y venas, sino como un algo que bien podría ser gaseoso y flota dentro y a la par de las personas. El alma es luminosa y de un gas cuya composición química aún no se descubre. Con todo es un mito, y creemos que existe principalmente porque duele, -¿a quién no le ha dolido el alma?-. Yo estoy segura de que me duele porque incluso me hace llorar, me resulta insoportable; siento el malestar en el pecho y en el estómago pero sé que lo que en realidad está doliendo es mi alma porque si me froto amorosamente el pecho o el estómago -que es donde siento un agujero- no cesa el dolor, y se aglutinan las lágrimas, inclementes e impasibles, y tengo una serie de síntomas físicos que no puedo disimular ni con una farmacia completa. Caeré en la inconsciencia con alguna pastillita pero al despertar el dolor seguirá allí, y es tan certero y tan preciso que incluso dormida lo sentiré.
       He tenido un sueño que me causó conmoción: unos monjes tibetanos con sus túnicas naranjas eran ensartados por la espalda de forma vertical con una especie de afilada varilla, luego se les colocaba barro en el cuerpo a manera de emparedados para, finalmente, introducirlos en una maquinaría a base de engranes gigantescos por donde pasaban de cuerpo entero a medida que sus huesos uno a uno eran triturados. La escena permitía contemplar el proceso con una pasmosa claridad y lentitud para captar el momento exacto en que el cráneo del monje se iba deformando en una especie de óvalo y luego estallaba. Todo ello con el tibetano consciente en su totalidad, de manera voluntaria y sin chistar ni un poco, embebido en una dignidad de honor oriental que rayaba si no en el placer, en la indiferencia. Luego, creo que el acto constituía un ritual para expiar alguna falta.
       Es claro que los monjes tibetanos no tienen esta clase de costumbres, e ignoro si alguna vez en la historia haya existido una maquina tan aterradora. Todo el sueño fue una diabólica creación de mi mente que quiso jugarme la mala treta de interrumpirme el descanso en mitad de la madrugada. Lo que sí veo muy claro es que los seres humanos somos especialistas en propiciarnos y soportar el dolor. El hombre nace con dolor, no imagino que nacer deba ser placentero o poco doloroso; el dolor es tan primordial y tan constante en nuestras vidas que lo hemos llevado al límite. Incluso nuestros dioses son de dolor: lo veneramos y respetamos al grado de llevarlo pasmosamente colgado del cuello en forma de Cristo crucificado. El humano se auto infringe el dolor en una beligerante y lasciva obsesión quizá por afirmar su propia existencia. Es una forma de demostrarnos que estamos vivos -por lo menos eso creemos-, y hacernos la ilusión de que palpamos nuestro ser, de que tenemos alma y de que ésta siente y nos hace sentir.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 10 de julio de 2011

Columna vertebral

Noche estrellada
Vincent Van Gog

Sueños
(Tercera y última parte)
La noticia de su muerte nos la dio mi madre después de que ellos dos se fueron, recuerdo que pensé que efectivamente el mar siempre traía desgracias a nuestra familia, desde entonces cada vez que pruebo algún producto procedente de él, siento cómo el desasosiego se va adentrando con un vaivén escalofriante en las profundidades de mi alma. Al día siguiente nos levantamos de madrugada para ir a la aventura que representaba para mí ese lugar distante en donde había vivido sus últimos años, en realidad no volví a verlo, poco recuerdo de los diferentes periodos de excitación y terror de aquella jornada, la mayor parte del tiempo la pasé afuera sentado en un columpio apartado de la caja metálica color gris en donde lo encerraron, sintiendo el vértigo de imaginarlo e imaginarme a mí en ese lugar húmedo y oscuro donde terminaría.
       Lo que más persiste en mi memoria es, cuando al pasar junto a un auto viejo, me dijeron que allí dentro había vivido, me asomé, sólo vi una botella de refresco de cola sin terminar, ese era todo el legado que nos dejo. Miento, quedaron también algunas hojas sueltas, dibujos que nunca he visto y con los cuales sueño a veces; tres libros desvencijados, que encontré muchos años antes que las hojas con las pesadillas, los cuales me llevaron por el camino de la literatura y muchas interrogantes acerca de quién fue.
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 3 de julio de 2011

Encuentros

Camino 
Cristian Valenzuela

Avante
Túnel. Salida. Lluvia. Árboles húmedos e inquietos. Carretera de dos carriles. Avante, ¿quién va en dirección contraria? Interior de camioneta color beige. Foo Fighters, time like these. Retrovisor, mis ojos verdes. Sonrío sin recuerdos. Ausencia, fragmentos de miel. Incremento de velocidad. Neumáticos lisos. Cansancio. Incendios alrededor. Pausa.

Un hogar
es el momento
la venganza, el dolor
muebles alquilados
lágrimas.

Corazón
es la fuente
calor, besar tus labios
remedio de caos
inevitable...

Afuera. En medio del bosque. Fotografías. Lodo en las botas. Oscurece. Café frío. Respiro humo blanco. Comienzo a correr. Mirador. Colección de nubes. Tiemblo. Poesía al interior de las gotas de lluvia. Nada voy a extrañar. Continúo.

Figuras rotas
al volver no encontré
rastros tristeza.

Túnel. Entrada. Llanto. Un solo camino. Nadie. Todos. Las luces enterradas. Sin nombre la esperanza. Tan cercano es el temor. Fuerza. Pronto la ciudad. Encuentro.

Luces. Telescopio. Fuera de órbita. Puntos en el radar. Galaxia. Interior. Velocidad, distancia. Ecuaciones manipuladas. Interpretación de dominio. Cuerpos celestes. Esencia. Más allá todo. Avante, ¿quién vuelve?


Frank CasPe.

domingo, 26 de junio de 2011

Crisol florido

El túnel
Carlos Ardohain
El pasado 24 de junio se cumplieron cien años del nacimiento de Ernesto Sabato. Argentino singular que, después de estudiar un doctorado en física en la Universidad de La Plata en Argentina y trabajar en el Laboratorio Curie en París, a partir de 1945 abandona totalmente sus actividades científicas para dedicarse a la literatura. Sabato es uno de los escritores que me marcó en los inicios de mi carrera. Hace ya algunos años, tomando clase con la maestra Flor, su novela El Túnel fue tema de una de mis tareas. Cómo no recordar aquel impresionante y estremecedor párrafo con que inicia su novela: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.”, frase que es la puerta de entrada a un mundo desconcertante y quizá demasiado íntimo del cual, una vez atrapado en él, no hay escape. He de confesar que en aquellos entonces poco conocía de la literatura hispana, creo que no era más que un lector de best-sellers perdido en el vasto universo de los libros. Cómo es que poco a poco me fui convirtiendo en otro tipo de lector. Es sorprendente el proceso de cambio que ocurre en nuestras mentes y, en consecuencia, en nuestras preferencias. Cómo el perfil del “lector profesional” diría el maestro Quirarte se va forjando dentro de las paredes de las aulas de la Facultad. Y así, casi sin sentir, terminé inmerso es este mundo de la literatura en español, sin olvidar, claro, los inmanentes límites que marca Gabriel Zaid con respecto al mundo de las letras y los libros. Empero, el inicio de cualquier viaje es siempre el primer paso, es ese trémulo momento el que te adentra o te arroja para siempre de ese universo deslumbrante e “inútil” de la letra escrita. Y permítaseme aclarar el por qué lo llamo “inútil”: para aquel ajeno a la adicción a la letra impresa, nuestra manía de llenarnos de libros y de gastarnos los ojos en ellos no pasa de ser un pasatiempo de gente ociosa. Desconsolador estigma que hay que aceptar en este país que según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD) en su estudio “Hábitos de lectura” ocupa el lugar 107 de una lista de 108 países con un promedio percápita de 2.8 libros leídos anualmente por cada mexicano. Donde, como dice Guillermo Sheridan: “...al mexicano (el 99.99 por ciento) no le gusta leer. Es más, no sólo no le gusta leer, no le gustan los libros ni siquiera en calidad de cosa, ni para no leerlos ni para nada, vamos, ni para prótesis de la cama que se rompió una pata”.
       Es por esto mi celebración de ahora: por haber coincidido en tiempo, aunque no en espacio, con un literato de la magnitud del argentino Sabato. Porque su libro fue para mí aquel primer paso con que inicié este viaje. Porque aquel primer párrafo me sigue fascinando, porque sigue despertando en mí la curiosidad de saber los motivos del asesino y los pormenores de la trama. Gracias por compartir tu mundo Ernesto Sabato.
Berto Naviera.

Crisol florido es un espacio abierto para aquellos que tengan algo que aportar en este sitio del universo de la red. Sugerencias y colaboraciones, sujetas a aprobación, a nidyaareli@gmail.com

domingo, 19 de junio de 2011

La sombrita

El arte de la conversación
Eugenio Granell

La resignación es un estado que se supone llega con el tiempo, nos resignamos a los pequeños detalles de la vida que nos son molestos pero sin embargo debemos lidiar con ellos día con día. Nos resignamos a dejarnos caer en el abismo incierto pero aburrido y monótono de la cotidianidad, a ser pobres y no ricos como esperábamos serlo al crecer durante la infancia, a combatir el tedio incombatible sin poder arrancárnoslo nunca.
       Nos resignamos a las maravillas que trae la tecnología y a que lo de hoy, que es lo último de lo último, mañana será basura. Nos resignamos incluso a nuestra propia apariencia: si fuera más delgada…, si tuviera unos ojos más llamativos…; y al final subimos nuestra foto a las redes sociales en el mejor ángulo posible para parecer sexis y sentir, por qué no, un poco de la aceptación que nos negamos nosotros mismos, aceptación de personas con las mismas o más grandes inseguridades.
       Tenemos en cambio terror a intimar demasiado con la gente del entorno inmediato; nuestras familias nos parecen tan extrañas…, estamos tan fuera de lugar en la esfera donde nacimos…, nos somos tan extraños y nuestro origen es, ciertamente, más incierto que en cualquier otro siglo.
       Hemos aprendido a lidiar con la soledad de una manera cruel y resignada; y si pensamos en la “era de la tecnología y la comunicación” en que nacimos, ello resulta absurdo y paradójico. En el siglo en que la gente tiene todos los medios a su alcance para estar cerca, estamos más lejos que nunca. Luego, todo parece diseñado para mantenernos a distancia, para ser cómodo y alejarnos, distanciar las almas y los corazones, adormilar nuestras vidas en un foso insustancial en que todo se reduce al vacío. Las redes sociales dejan apenas un espacio pequeñito para que los incautos coloquen allí una síntesis de cómo marchan sus vidas, para que informen a sus amigos: “la felicidad toco a mi puerta. ¡Ya tengo novio!”, y los amigos, a muchos de los cuales ni siquiera se ha visto, respondan: “Qué padre, amiga. A ver cuándo me lo presentas”. Entonces nos quedamos con la idea de que nos hemos comunicado y de que la persona que ha comentado nuestra información es nuestra amiga, pero en realidad no sabemos nada de ella: no sabemos de su soledad, de su proclividad a enajenarse con la internet en vista de la falta de amigos reales, no sabemos si en realidad nuestra vida le tiene muy sin cuidado o lo sabemos a ciencia cierta pero no queremos verlo.
       Los mensajes son tan pequeños que es imposible saber algo certera y concretamente. Pero, por otra parte, es tan cómodo aplastarse a tener vida social frente a una computadora: no se discute, nadie nos lastima con hirientes palabras, nadie se entera demasiado de lo que somos; en fin. Lo malo es que nadie nos ama ni nos acepta de verdad. Porque el amor, la aceptación, la empatía genuinas, van más allá de un enunciado al día para mantenerse vivo en la red, más allá de 165 “amigos” de los que no sabemos nada, más allá de la foto linda que subimos para parecer algo que no somos, más allá de palabras amables para ser agradables y que los otros no nos borren de sus contactos. Hay que pensar en la resignación de hoy y en la falta que nos hace ser humanos reales, personas de carne y hueso para abrazar, amar, pelear, charlar, etc.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 12 de junio de 2011

Columna vertebral

La silla
Vincent Van Gogh
Sueños
(Segunda parte)
De mi abuelo sólo me quedan dos recuerdos. El primero es del día en que estando en casa, la mía: pues él jamás tuvo una, decidió construir unas conejeras, no sé porqué pero  di por hecho que yo era parte de la empresa, me recuerdo lloroso y desengañado en la puerta de la casa, mientras él caminaba medía cuadra adelante, no sé si lloré muy fuerte o si algo en su conciencia se dio cuenta de que era, a mis cinco años, mi primera decepción, tampoco recuerdo cómo fue pero una hora más tarde volvíamos juntos caminando por la vía del tren, venía yo más orgulloso que cansado arrastrando un palito de madera que para mi edad tenia las proporciones de un árbol majestuoso.
       El otro recuerdo que tengo de él es del día de su muerte que fue cinco años más tarde, terminábamos de comer pescado, algo insólito en esa casa pues se tenía la superstición de que el mar siempre traía desgracias, llegó un primo de mi padre, habló unas palabras con él y salieron juntos. Poco después cayó la noche…
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 5 de junio de 2011

Encuentros

Luna
Oleg Zhivetin

Astronauta y Álgebra
Ruido rosa.
Interferencia.
Se filtran de manera aleatoria frases emitidas desde algún punto en el universo, la mayoría de ellas suelen morir en el vacío, no alcanzo a distinguir lo que hay a mis espaldas, la mirada se clava en el horizonte níveo, hace bastante calor, el sudor me escurre por la frente, respiro exhausto, a veces dan ganas de no seguir de pie, me pregunto si acaso alguien podrá entender los símbolos que he dibujado sobre la arena.
Guardo silencio.
Esto no es la Tierra, sentada sobre la superficie de un árbol seco se encuentra una astronauta, lleva puesta un traje espacial de color azul, permanece callada, me observa, le hablo en mi lengua materna, no contesta, me mira a los ojos, tampoco entiendo lo que trata de comunicarme, tal vez no somos del mismo planeta –es lo único que se me ocurre - .
Apunto con el dedo índice hacia la arena, donde ha quedado marcada una idea mía.
x³+ y²
La astronauta se levanta de su lugar, se dirige a observar los trazos, los ve por un minuto, vuelvo sus ojos a los míos, espero una respuesta, pero simplemente sonríe, un tanto apenada comienza a tararear una canción, se aleja y concluye con una oración nuestro encuentro:
-No me gusta el álgebra-.
Interferencia. Botón de emergencia. Silencio.
Frank CasPe.