domingo, 3 de julio de 2011

Encuentros

Camino 
Cristian Valenzuela

Avante
Túnel. Salida. Lluvia. Árboles húmedos e inquietos. Carretera de dos carriles. Avante, ¿quién va en dirección contraria? Interior de camioneta color beige. Foo Fighters, time like these. Retrovisor, mis ojos verdes. Sonrío sin recuerdos. Ausencia, fragmentos de miel. Incremento de velocidad. Neumáticos lisos. Cansancio. Incendios alrededor. Pausa.

Un hogar
es el momento
la venganza, el dolor
muebles alquilados
lágrimas.

Corazón
es la fuente
calor, besar tus labios
remedio de caos
inevitable...

Afuera. En medio del bosque. Fotografías. Lodo en las botas. Oscurece. Café frío. Respiro humo blanco. Comienzo a correr. Mirador. Colección de nubes. Tiemblo. Poesía al interior de las gotas de lluvia. Nada voy a extrañar. Continúo.

Figuras rotas
al volver no encontré
rastros tristeza.

Túnel. Entrada. Llanto. Un solo camino. Nadie. Todos. Las luces enterradas. Sin nombre la esperanza. Tan cercano es el temor. Fuerza. Pronto la ciudad. Encuentro.

Luces. Telescopio. Fuera de órbita. Puntos en el radar. Galaxia. Interior. Velocidad, distancia. Ecuaciones manipuladas. Interpretación de dominio. Cuerpos celestes. Esencia. Más allá todo. Avante, ¿quién vuelve?


Frank CasPe.

domingo, 26 de junio de 2011

Crisol florido

El túnel
Carlos Ardohain
El pasado 24 de junio se cumplieron cien años del nacimiento de Ernesto Sabato. Argentino singular que, después de estudiar un doctorado en física en la Universidad de La Plata en Argentina y trabajar en el Laboratorio Curie en París, a partir de 1945 abandona totalmente sus actividades científicas para dedicarse a la literatura. Sabato es uno de los escritores que me marcó en los inicios de mi carrera. Hace ya algunos años, tomando clase con la maestra Flor, su novela El Túnel fue tema de una de mis tareas. Cómo no recordar aquel impresionante y estremecedor párrafo con que inicia su novela: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.”, frase que es la puerta de entrada a un mundo desconcertante y quizá demasiado íntimo del cual, una vez atrapado en él, no hay escape. He de confesar que en aquellos entonces poco conocía de la literatura hispana, creo que no era más que un lector de best-sellers perdido en el vasto universo de los libros. Cómo es que poco a poco me fui convirtiendo en otro tipo de lector. Es sorprendente el proceso de cambio que ocurre en nuestras mentes y, en consecuencia, en nuestras preferencias. Cómo el perfil del “lector profesional” diría el maestro Quirarte se va forjando dentro de las paredes de las aulas de la Facultad. Y así, casi sin sentir, terminé inmerso es este mundo de la literatura en español, sin olvidar, claro, los inmanentes límites que marca Gabriel Zaid con respecto al mundo de las letras y los libros. Empero, el inicio de cualquier viaje es siempre el primer paso, es ese trémulo momento el que te adentra o te arroja para siempre de ese universo deslumbrante e “inútil” de la letra escrita. Y permítaseme aclarar el por qué lo llamo “inútil”: para aquel ajeno a la adicción a la letra impresa, nuestra manía de llenarnos de libros y de gastarnos los ojos en ellos no pasa de ser un pasatiempo de gente ociosa. Desconsolador estigma que hay que aceptar en este país que según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD) en su estudio “Hábitos de lectura” ocupa el lugar 107 de una lista de 108 países con un promedio percápita de 2.8 libros leídos anualmente por cada mexicano. Donde, como dice Guillermo Sheridan: “...al mexicano (el 99.99 por ciento) no le gusta leer. Es más, no sólo no le gusta leer, no le gustan los libros ni siquiera en calidad de cosa, ni para no leerlos ni para nada, vamos, ni para prótesis de la cama que se rompió una pata”.
       Es por esto mi celebración de ahora: por haber coincidido en tiempo, aunque no en espacio, con un literato de la magnitud del argentino Sabato. Porque su libro fue para mí aquel primer paso con que inicié este viaje. Porque aquel primer párrafo me sigue fascinando, porque sigue despertando en mí la curiosidad de saber los motivos del asesino y los pormenores de la trama. Gracias por compartir tu mundo Ernesto Sabato.
Berto Naviera.

Crisol florido es un espacio abierto para aquellos que tengan algo que aportar en este sitio del universo de la red. Sugerencias y colaboraciones, sujetas a aprobación, a nidyaareli@gmail.com

domingo, 19 de junio de 2011

La sombrita

El arte de la conversación
Eugenio Granell

La resignación es un estado que se supone llega con el tiempo, nos resignamos a los pequeños detalles de la vida que nos son molestos pero sin embargo debemos lidiar con ellos día con día. Nos resignamos a dejarnos caer en el abismo incierto pero aburrido y monótono de la cotidianidad, a ser pobres y no ricos como esperábamos serlo al crecer durante la infancia, a combatir el tedio incombatible sin poder arrancárnoslo nunca.
       Nos resignamos a las maravillas que trae la tecnología y a que lo de hoy, que es lo último de lo último, mañana será basura. Nos resignamos incluso a nuestra propia apariencia: si fuera más delgada…, si tuviera unos ojos más llamativos…; y al final subimos nuestra foto a las redes sociales en el mejor ángulo posible para parecer sexis y sentir, por qué no, un poco de la aceptación que nos negamos nosotros mismos, aceptación de personas con las mismas o más grandes inseguridades.
       Tenemos en cambio terror a intimar demasiado con la gente del entorno inmediato; nuestras familias nos parecen tan extrañas…, estamos tan fuera de lugar en la esfera donde nacimos…, nos somos tan extraños y nuestro origen es, ciertamente, más incierto que en cualquier otro siglo.
       Hemos aprendido a lidiar con la soledad de una manera cruel y resignada; y si pensamos en la “era de la tecnología y la comunicación” en que nacimos, ello resulta absurdo y paradójico. En el siglo en que la gente tiene todos los medios a su alcance para estar cerca, estamos más lejos que nunca. Luego, todo parece diseñado para mantenernos a distancia, para ser cómodo y alejarnos, distanciar las almas y los corazones, adormilar nuestras vidas en un foso insustancial en que todo se reduce al vacío. Las redes sociales dejan apenas un espacio pequeñito para que los incautos coloquen allí una síntesis de cómo marchan sus vidas, para que informen a sus amigos: “la felicidad toco a mi puerta. ¡Ya tengo novio!”, y los amigos, a muchos de los cuales ni siquiera se ha visto, respondan: “Qué padre, amiga. A ver cuándo me lo presentas”. Entonces nos quedamos con la idea de que nos hemos comunicado y de que la persona que ha comentado nuestra información es nuestra amiga, pero en realidad no sabemos nada de ella: no sabemos de su soledad, de su proclividad a enajenarse con la internet en vista de la falta de amigos reales, no sabemos si en realidad nuestra vida le tiene muy sin cuidado o lo sabemos a ciencia cierta pero no queremos verlo.
       Los mensajes son tan pequeños que es imposible saber algo certera y concretamente. Pero, por otra parte, es tan cómodo aplastarse a tener vida social frente a una computadora: no se discute, nadie nos lastima con hirientes palabras, nadie se entera demasiado de lo que somos; en fin. Lo malo es que nadie nos ama ni nos acepta de verdad. Porque el amor, la aceptación, la empatía genuinas, van más allá de un enunciado al día para mantenerse vivo en la red, más allá de 165 “amigos” de los que no sabemos nada, más allá de la foto linda que subimos para parecer algo que no somos, más allá de palabras amables para ser agradables y que los otros no nos borren de sus contactos. Hay que pensar en la resignación de hoy y en la falta que nos hace ser humanos reales, personas de carne y hueso para abrazar, amar, pelear, charlar, etc.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 12 de junio de 2011

Columna vertebral

La silla
Vincent Van Gogh
Sueños
(Segunda parte)
De mi abuelo sólo me quedan dos recuerdos. El primero es del día en que estando en casa, la mía: pues él jamás tuvo una, decidió construir unas conejeras, no sé porqué pero  di por hecho que yo era parte de la empresa, me recuerdo lloroso y desengañado en la puerta de la casa, mientras él caminaba medía cuadra adelante, no sé si lloré muy fuerte o si algo en su conciencia se dio cuenta de que era, a mis cinco años, mi primera decepción, tampoco recuerdo cómo fue pero una hora más tarde volvíamos juntos caminando por la vía del tren, venía yo más orgulloso que cansado arrastrando un palito de madera que para mi edad tenia las proporciones de un árbol majestuoso.
       El otro recuerdo que tengo de él es del día de su muerte que fue cinco años más tarde, terminábamos de comer pescado, algo insólito en esa casa pues se tenía la superstición de que el mar siempre traía desgracias, llegó un primo de mi padre, habló unas palabras con él y salieron juntos. Poco después cayó la noche…
Jorge Iván Dompablo.

domingo, 5 de junio de 2011

Encuentros

Luna
Oleg Zhivetin

Astronauta y Álgebra
Ruido rosa.
Interferencia.
Se filtran de manera aleatoria frases emitidas desde algún punto en el universo, la mayoría de ellas suelen morir en el vacío, no alcanzo a distinguir lo que hay a mis espaldas, la mirada se clava en el horizonte níveo, hace bastante calor, el sudor me escurre por la frente, respiro exhausto, a veces dan ganas de no seguir de pie, me pregunto si acaso alguien podrá entender los símbolos que he dibujado sobre la arena.
Guardo silencio.
Esto no es la Tierra, sentada sobre la superficie de un árbol seco se encuentra una astronauta, lleva puesta un traje espacial de color azul, permanece callada, me observa, le hablo en mi lengua materna, no contesta, me mira a los ojos, tampoco entiendo lo que trata de comunicarme, tal vez no somos del mismo planeta –es lo único que se me ocurre - .
Apunto con el dedo índice hacia la arena, donde ha quedado marcada una idea mía.
x³+ y²
La astronauta se levanta de su lugar, se dirige a observar los trazos, los ve por un minuto, vuelvo sus ojos a los míos, espero una respuesta, pero simplemente sonríe, un tanto apenada comienza a tararear una canción, se aleja y concluye con una oración nuestro encuentro:
-No me gusta el álgebra-.
Interferencia. Botón de emergencia. Silencio.
Frank CasPe.

domingo, 29 de mayo de 2011

La sombrita

Gatos
Louis Wain

He conocido a mi nuevo pintor clásico favorito; se trata de un artista cuya producción estriba, entre maniática y magistralmente, en gatos al por mayor. Sus creaciones se desbordan en el lienzo, por un lado, como una perfecta crítica a los seres humanos que tenemos, todos y sin excepción, algo de gatuno y, por otra parte, en una franca fascinación creciente por aquellos animales encantadores y enigmáticos a quienes por algo los egipcios tenían por deidades eternas.
       ¿Quién fuera gato para andar por los techos en plena madrugada, trepar por los más inusitados lugares, seducir gatas vecinas en una descarada y honesta poligamia sin compromisos? ¿Quién pudiera ser el gato anti-gravitatorio que se le aparecía a la legendaria Alicia de Lewis Caroll, o bien, alguno de los de Don gato y su pandilla, o el perezoso Garfield con su antitético y natural sarcasmo? ¿Quién pudiera ser gato para maullarle a la luna, seducir de vez en cuando a una cuarentona en triste soltería y vivir a sus costillas; cazar lagartijas, ratones y pájaros, y luego, seguir tan felino y desentendido sin remordimiento alguno? Aceptemos en este punto que dichas creaciones de Dios son, por mucho, más honestas que los seres humanos.
       El gato es la mascota femenina por naturaleza, es una criatura pacífica que anda descuidada pero con elegancia sin par. Ya quisiera cualquier mujer recuperar la figura tras el embarazo como lo hace la hembra de esta especie. Es, además, un ser cínico: se larga días enteros de parranda sabe Dios a dónde, luego regresa como si nada, deslizándose con todo su cuerpo desde el costado hasta la cola por la pierna de la dueña, aunque claro está que eso de “dueña” es muy relativo e imperfecto porque en realidad el único poseedor real de un felino es él mismo. Sólo el gato es amo, casi por entero, de su propio destino.
       Aunado a su personalidad de indiferencia y frivolidad extremas, está su perfecto desapego, su irreverencia hacia el ser humano: el gato mira al hombre con desprecio y desdén, como si se burlase de sus virtuales y fantasmagóricas preocupaciones, como si la sociedad y las virtudes de las buenas conciencias le parecieran de lo más simplonas. Él nos observa desde sus ojos mágicos que reflejan la luz como dos astros que miran al sol por un espejo; vigila nuestras noches en llamarada eterna y efervescente al tiempo que goza sus inauditas y descaradas orgías, en ellas chilla como un niño, les pone a los humanos los pelos de punta, los obliga a levantarse malhumorados y con el resabio de la envidia que tales noches de despreocupado placer gatuno le produce a su huraña y absurda especie. El gato le mira desde la balaustrada de la venta y, lentamente, cierra los ojos… reposa la noche… recupera fuerzas.
Nidya Areli Díaz.

domingo, 22 de mayo de 2011

Columna vertebral



El sueño
Ángel Planells

Sueños
(Primera parte)

Tener una pesadilla puede ser escalofriante, provocársela uno mismo es incomprensible; esto buscaba mi abuelo paterno según lo infiero de algunas hojas sueltas y amarillas que encontré algunos días atrás mientras escudriñaba fotos de mi infancia en una vieja maleta de viaje cargada ahora de recuerdos y polvo. Ya antes me había tropezado con ellas, pero, jamás repare en su contenido quizá porque en aquel tiempo no podía leer otra letra que no fuese la de molde, quizá porque es hasta el presente que comprendo que, lo que soy, es parte de una línea genealógica que se remonta en la historia familiar y en mi imaginación hasta donde llegan las fotos más viejas en las cuales no reconozco a ningún pariente. Como decía, por primera vez me tomé la molestia de descifrar esa caligrafía enredada con la que mi abuelo anotara fechas en un compendio que incluye sueños propios, copias perfectas de noticias atroces sacadas de periódicos sensacionalistas y lo que parecen ser relatos de propia voz de personas que enriquecieron su trabajo con pesadillas. Llegué a esta terrible conclusión al advertir que delante de cada una de estas anotaciones hay otra más detallada en la que se lee por ejemplo: "22 de mayo de 19… me recosté a la una de la madrugada después de haber estado recreando tal pesadilla en mi imaginación, durante el sueño recuerdo haber sentido el mismo terror del cual me habló X…" y, más adelante: "he tratado de recordar lo ocurrido después, pero no lo conseguí, parte de las anotaciones que hice en la primera interrupción del sueño y que en ese momento me parecieron tan claras no tienen ninguna coherencia, ni siquiera son una lluvia de imágenes con las que pueda llegarse a una interpretación…".

       Esta pieza aunque borrosa modifica la imagen previa que tenía de él y ha modificado también mi rostro ante el espejo.
Jorge Iván Dompablo.